Los ríos y los mares se suman a nuestro “Slow Change”

BY MARTHA ZEIN

Llevamos toda la jornada recorriendo el mar para alcanzar el Ebro en una lenta e improvisada cuenta atrás. Las tormentas han acompañado la travesía, obligándonos a afinar nuestras estrategias. Aunque a medida que avanzábamos el gris se fue transformando en un azul intenso, el viento no ha querido ponérnoslo fácil, obligando a nuestra proa a entrar en el delta mirando de lado. Una vez en su seno, el río ha vuelto a  hacer plácido el viaje. Sonrientes, hemos alcanzado Amposta al atardecer.

Regresamos a estas orillas porque WWF ha decidido cerrar la campaña “Embárcate” enlazando la defensa de los fondos marinos con la de la sostenibilidad del Ebro. El viernes, el Consejo de Ministros tiene previsto aprobar un Plan Hidrológico que secará el cauce de este río de forma irreversible. Asisto a las tomas de decisiones, los debates, los compromisos… desde mi simbólico cuarto de máquinas, impresionada por los caprichos del destino, porque cuando comencé este viaje el Ebro sólo era mi pasión privada y nuestro paso por él la confirmación secreta de un idilio. Ahora formo parte de los cuatro millones de personas que respaldan a WWF desde todas las partes del mundo, comprometidas con el bienestar de este planeta, y de ese mar de gentes que desde hace 13 años defienden la salud de este soberano y silencioso río a través de la Plataforma por la defensa de  l’Ebre.

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El Ebro habla en Tortosa
Recibo el lema del final de la campaña (“Sin el agua del Ebro no hay peces”) con el corazón esponjado, como si participara en una fiesta sorpresa. “Traemos sal para tu dulce boca, teñimos de azul tu verde, en la mezcla van diluidos los testimonios de decenas de personas con las que hemos hablado estas semanas”, le digo al río.
Contemplo con emoción su cauce. Vuelven a querer secarle, como ocurría hace más de diez años, cuando comencé a caminar junto a él. Ahora, aunque parezca imposible, regresan para multiplicar el número de embalses, crear espejismos agrarios, privatizar sus aguas… El proceso, que empieza formalmente este viernes, 2 de agosto, durará tres largos años, de modo que aquí estamos, armad@s con piel y razones, surcando una vez más este cauce, repitiendo las veces que haga falta que el planeta es nuestro hogar.
Estamos organizando un acto reivindicativo para el próximo domingo, 4 de agosto, en Amposta. Se lo vamos contando a todo el mundo. Será el resultado simbólico de la suma conciencias y voluntades que van más allá de este territorio, de un gobierno preciso o un ministro concreto.
Nada más entrar en el río, desde tierra, nos saludan, como si el mundo estuviera dispuesto, y no hacemos más que amarrar cuando ya nos aborda, sonriente, un hombre. Es un francés, se llama Sylvain, es miembro de un movimiento de segadores voluntarios de transgénicos. Desde él voy dibujando una fina flecha río arriba, con personas concretas, precisas, las que piensan y hacen.
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 Sylvain con los pins que revindican sus posturas
Le contamos que saldremos de Deltebre a las 08:30h de la mañana, en dirección a Amposta, a donde llegaremos previsiblemente las 10:00h, rodead@s de barcas, piraguas, bicicletas, y tod@s aquell@s que se quieran apuntar a acompañar al río. Dice que se suma, quizá acuda con sus hij@s.
Continúo el camino, emocionada, susurrándole al río “hola, ya estamos de nuevo aquí, no estás sólo”. Ya no son mis pies los que se hermanan con el Ebro, a bordo de este barco solar mis pies son miles.
La mujer que fuí, aquella que caminó durante 42 días a solas junto al Ebro, nunca imaginó que sus pasos desembocarían en esta situación. Levanto una copa invisible hacia el sol, agradecida. “Quizás las personas mueran, pero sus sueños permanecen”, me cuento a media voz, mientras brindo con cada persona con la que me he encontrado en este camino.
Apuro el vaso con María, la abuela de nuestra amiga Mine (que pasó por Arenys de Mar como voluntaria). Aquella frágil y dulce mujer subió al barco el 7 de julio, con su nieta y con su hija, para dejarse llevar por el sol. Al terminar su silencioso periplo (apenas abrió la boca) escribió en el libro de los sueños que llevamos a bordo: “Es una maravilla. Crec que els temps que venen en el món podrán suprimir moltes coses que el destrueixen”.
Veinte días después María se iba de este mundo, por eso doy un trago a esta copa hecha de luz y miro la orilla de este río que duele y amo mientras me repito que los sueños no nos pertenecen porque hay millones de personas en este planeta que toman el testigo.
Desde que me enrolé en el catamarán solar tengo la fortuna de poner nombre y apellidos a quienes hasta ahora no imaginaba que existían, personas que dejaron de ser anónimas por el simple hecho de asomarse al barco. Les agradezco que me dejaran contemplar su sorpresa al comprobar que se puede navegar (estar en el mundo) de otra manera. No imaginé que la ternura por el planeta y los seres que la habitan pudiera conmoverme tanto… Y vuelvo a brindar, esta vez por mi suerte, que me permite azuzar desde la retaguardia la mirada de tantas personas.
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María, escribiendo en el libro de los sueños
Me emborracho con el reflejo de la luz del sol en estas aguas turbias de la desembocadura. Las gaviotas Adouin juegan a seguirnos los pasos. Vuelvo a recordar a Simone Weil, la filósofa del amor y la desgracia, cuyo libro “La gravedad y la gracia” se coló a bordo hace unos días. Como remedio contra las injusticias y desmanes del ser humano, en él desea “una clorofila que permitiera alimentarse de luz”… Y a mi alrededor todo es verde, buen principio.
Ebria de luz me digo que “No creí que ser marinera podría parecerse a ser partera de sueños, de los que también formo parte”, intentando encontrar una frase que lo abarque todo.
Basta formularla para que aparezcan ante mí decenas de conversaciones, de las que me he alimentado. En 2011, Pedro, un hombre de 68 años, pescó 484 lubinas con su caña. El año pasado fueron 173 y éste sólo 14. “La mitad perdían las escamas; están enfermas por todo el veneno que echamos a la tierra”. Me explicó que la lubina vive en las desembocaduras de los ríos, allí donde las aguas dulces y saladas se encuentran, de modo que son un preciado termómetro de nuestra actividad terrestre. “Ahora lo que hago es comer menos, vivir con lo que hay y rechazar los pesticidas”.
De la mano de Guillem, miembro del GROC (Grup de Recerca d’Opistobranquis de Catalunya), descubrí que existe otra especie que podría ser también un sensor de la salud de los fondos marinos. Se trata de una pequeñas y coloridas babosas, violetas, naranjas, amarillas, azules, moteadas, rayadas, lisas, “peludas”… que habitan el fondo del mar. Han elaborado un listado, con retratos incluidos, de las especies más abundantes en el litoral catalán, al que desde hace días me asomo, fascinada por la levedad de estas mariposas marinas. Le empiezo a explicar que hace siete años rodeé Mallorca a pie con un hilo, deseando hacer de la isla un simbólico capullo de seda, con todos sus habitantes dentro. Aún creo que la isla es una mariposa capaz de renacerse una y otra vez… Pero no, creo que sólo pensé en contárselo, prefiero escuchar sus propuestas.
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En el fondo de los ojos de Eloy, su madre… y el panda
Eloy, de 9 años, me dijo, muy formal “¿Y qué tal si pescamos menos?”. A su lado, Joan Pï, amigo de Pedro, experto en diseñar fuselajes de sus propios ultraligeros, hacía sus propias cuentas: “16 kilowatios de energía transportando 13 toneladas a 6 nudos… ¡Qué maravilla de casco!”. Días antes, bailé en la cubierta de este barco con cinco niñas y un niño de la asociación animalista Trifolium, gritando un himno improvisado “(Somos bucaneeeeras, y no pescamos peeeeeces”) que aún tarareo a solas. Definitivamente, hay personas que están despiertas y son contagiosas.
Me asomo al cuaderno de sueños e hilo frases al azar, con la fantasía de estar escribiendo el libro más largo del mundo: “Navegando por las líneas invisibles del mar y de la vida, abierto a la sorpresa, agradecido… (Julio) Veo a la mariposa y su velocidad acompañando al barco, siento los fotones impactar sobre el azul, somos agua y somos energía… (Manolo) La sostenibilitat d’aquest món comença amb coses com aquestes… (Ray) Ojalá el mundo se vaya acercando al sol, volviendo al mar… (Mine) Crec que els temps que venen en el món podrán suprimir moltes coses que el destrueixen… (Su abuela, María) Somniant en el futur de la navegaciò pot ser el somni es ja una realitat l’abast… (Jordi) Por un nuevo mundo, un nuevo niño… (Yeray, 3 años) Si mai necessiten un mariner, aquí teniu el meu mail y tlf… (Arnau) Todo esto es vivir, y vivir no tiene precio… (Fernando) Siento que hay una gran conexión entre tod@s con este barco… (Raúl)… Y lo que más me ha gustado es tocar la caracola (Nuria, 7 años)…
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Foto de Pablo (9 años) del barco solar que él mismo había dibujado en el cuaderno de sueños
En estos últimos días ardieron 2000 hectáreas de Mallorca, con árboles, fauna y flora endémica, jardines, animales domésticos, patrimonio cultural, millones de insectos e invertebrados y muchos sueños sublimes. Cuando nos encontrábamos a 20 millas del Ebro y a unas 200 de la Tramontana, subió a bordo una canción, “Pare”, que Joan Manuel Serrat ya cantaba en los ochenta. Como llevan las novias entre las enaguas, tomo prestada su letra y la sumo al cuaderno de sueños: “Padre, decidme qué le han hecho al río que ya no canta… Pare, digueu-me què li han fet al bosc que no hi ha arbres… si no hay pinos no se hacen piñones, ni gusanos, ni pájaros. Padre, donde no hay flores no hay abejas, ni cera, ni miel… Pare, demà del cel plourà sang. El vent ho canta plorant…”
Todo lo que sube a bordo deja una huella pequeña que enhebro en este vaivén por el Ebro. Hilo su luz con las vidas segadas en el tren de alta velocidad en Galicia y con el reguero de suicidios de quienes no han podido afrontar el desalojo de sus casas. Recuerdo que Pedro, el pescador de lubinas, ha hecho un recuento de las aves que ha dejado de ver en Palamós. De las 150 especies que conoció de niño y que ya no anidan en sus tierras echa de menos al tejedor, capaz de hacer verdaderas obras de arquitectura con trozos de lana, crines de caballo, ramas…
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El tejedor en su nido
En nombre de ese ave que dejó de anidar en los jardines de tantos hombres buenos engarzo los tesoros que he ido encontrando durante el viaje, queriendo regalarle al Ebro un collar que luzca en sus días más duros. Así, mientras voy de la cocina a los cabos,  contemplo el río, pues, como indica Simone Weil. el trabajo manual está al ras de la contemplación y es útil para sentir y conocer verdaderamente el mundo. Así, desde ese lugar, a pie de agua, rescato testimonios azules.
Cuando Joan Sol (fundador del movimiento slow sailing) embarcó,, la tarde empezaba a vencerse. Le pregunté por su primer paso, por cómo se le ocurrió abrir ese trayecto, y recordó las palabras que en su momento escribió en su blog ( “El mar es el camí”): “Trobo que el viatge és tan o més interessant que la meta, sigui quin sigui el premi. A més, quan arribes a port, la navegació i, per tant, el plaer de navegar s’acaba. Quin sentit te, doncs, córrer per arribar el primer? Si arribar primer és més gratificant que el viatge, quin sentit té llavors navegar?”. El concepto cobró forma el 19 de enero de 2009 con un decálogo qué califica de “romántico, como todos los manifiestos”, y que arranca con la siguiente afirmación: “L’important no és el vaixell, sinó la teva relació amb ell i amb el mar”.
Slow no significa ser lento sino dar a cada asunto su tiempo, el necesario para que crezca, para asimilarse, para cambiar el mundo. Esa misma tarde, en la que veíamos acercarse el skyline de Bracelona junto con su compañera, Marta, tejedora de insólitos bolillos contemporáneos y nuestra cómplice Judith (que vivió a bordo una de las tormentas nocturnas más estruendosas del viaje antes de regresar al Centre d’Estudis del Mar de Sitges), apareció en nuestro lenguaje un nuevo concepto: Slow Change, un cambio con tiempo… Su muñidor, Miguel Murcia (coordinador de la campaña “embarcate” en el que está inmerso el WWFsolar) suele dar en la diana.
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“Mar”. Punta de Coixi contemporánia. Obra de Marta Salomó
Slow, repito, mientras vuelvo a remontar el Ebro lentamente (que es como decir eternamente), deseando que llegue el domingo. A mi lado el capitán no deja de trazar redes, con l@s responsables del WWF, con l@s de la Plataforma en Defensa de l’Ebre, con quienes se acercan a nuestra vera, con l@s amig@s que se sumarán en este trayecto… “Veniu el diumenge”, venid, con piraguas, con flotadores, con quien queráis. Venid del pasado, Yolanda, Rafa, y mirad en qué desembocó aquel viaje a pie en el que me acompañasteis hace tantos años, pues ya se están acercando aquell@s que nunca conocí. Llegan en forma de canciones, de memoria heredada, de libros encontrados…
Hace tan sólo cinco días conocí a Daniela Schlettwein, la persona que financió la construcción de este barco. “Gracias por su sueño, desde hace cinco semanas habito en él”, le dije, estrechándole la mano. Y la anciana, tan dulce y menuda como María, contestó: “Yo sólo deseo que siga creciendo”.
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Daniela, escribiendo en el cuaderno de sueños
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Nos acostaron innovador@s, nos levantaron piratas

BY MARTHA ZEIN

Lluvia de verano. Las nubes se están comiendo el azul. Hoy navegaremos sin sol.
Me placen ciertas paradojas: la lluvia de verano, el sol de invierno, llorar de risa, que atardezca nada más amanecer (previsiblemente esta luz plateada nos bañará todo el día)… y esos días en los que, como hoy, toca tener los pies en el mar y en la cabeza nubes.
Sé que habrá un momento en el que todo quedará en silencio. No importa la cantidad de personas que suban a bordo. Lo espero. Contemplaré los rostros arrobados por la belleza (las sonrisas quedan pendientes de un labio, los pestañeos se vuelven más lentos…). Disfruto observando la entrega de l@s niñ@s escuchando al cuentacuentos, el gesto rendido del pintor ante ese cuadro admirado, la melómana dejándose llevar por los acordes, la pausa con la que aquel adolescente pasaba las hojas del libro… Tod@s rumian el mismo elixir, aquel en que se emborrachan los placeres y los días.
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Abandono la contemplación. Toca soltar amarras. Este gesto cotidiano sigue generándome el júbilo del primer día. ¡Enaguas fuera! Me dan ganas de gritar al capitán. De nuevo damos esquinazo a la tierra, quedamos liberad@s de su orden del mundo. Mientras coloco las defensas en su sitio, empiezo a rumiar la idea que dejé pendiente en el desayuno: navegar en un barco solar se ha convertido en una actividad subversiva por decreto. El ministerio de Industria ha diseñado un plan que consiste, entre otros despropósitos, en imponer un diezmo a quienes utilicen energía solar o eólica. Lo llaman “peaje de respaldo”. Mis endorfinas, que llevan toda la vida autoconsumiendo energía solar, dicen que se van a hacer insumisas y, como respuesta, multiplican su alegría de vivir cantando “la vida pirata es la vida mejooor”.
Las del capitán tampoco se quedan atrás porque dice que a ver si a las eléctricas y sus representantes en el gobierno también les está dando por hacer visualizaciones. Yo lo que deduzco es que han visto que dentro de 5 años ese alto porcentaje de la ciudadanía que se está desenganchando de sus redes eléctricas para consumir energía eólica y fotovoltáica homemade habrá colapsado su negocio y están tomando medidas. Han anunciado que sancionarán con multas de hasta 30 millones de euros a quienes no inscriban sus placas solares o molinos de viento en un registro oficial y a quienes se nieguen a pagar el peaje. Eso no es una tasa, es una penalización para quienes no quieran ser sus sierv@s…
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Sé que la indignación es sólo un punto de partida y la risa una estación de paso, sin embargo hago el recorrido. Al salir del puerto los veleros participantes de una regata me recuerdan que el trayecto importa, de modo que abandono el enojo para apearme con gusto en la primera carcajada: La resistencia al cambio de los lobbies eléctricos me resulta grotesca, pues en sus previsiones no cabe la realidad de este barco.
Pido a mis endorfinas un poco de consideración, que estamos hablando de un decreto y no de un mal chiste, pero insisten en que vea el tamaño de su miedo:  Es tan grande que obran de manera predecible: anuncian su plan en plena canícula de julio, creyendo que pillarán a nuestras neuronas de vacaciones, olvidando que desemplead@s, autónom@s, estudiantes, artistas, jubilad@s… hace tiempo que no saben qué es un calendario laboral. Les recuerdo que hoy el cielo se desplomará sobre nuestras cabezas, haciendo evidente que todo es posible, y dejo que mi reflexión siga su trayecto.
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En días como estos las personas vuelven a cubrirse, sembrando su cuerpo de escondrijos tostados que en invierno nadie adivinaría. La piel erizada por un golpe de viento puede ser muy sensual. Aún el día es tibio y hay quien no pierde la esperanza de un baño, por eso otean el cielo a bordo, con la esperanza de encontrar un agujero azul.
El hecho de que no hagamos ruido potencia la idea de que nos deslizamos, lo que propicia que las conversaciones nazcan desde el paladar. Alguien saca a colación que dos meses después se que se apruebe el decreto (lo que vendría a coincidir con el final del verano) tod@s deberíamos haber declarado nuestras fuentes de energía renovable al estado y mi hipotálamo entra en frenesí. Empiezo a imaginar a miles de niñ@s comenzando el curso escolar ante las ventanillas del ministerio de Industria, registrando sus calculadoras solares, librándose del crimen de tener un juguete solar en casa, dejando constancia de la fuente que fluye en el jardín con una plaquita fotovoltáica, mientras, en el otro lado de la mesa John Silver, el Largo, intenta arrancarles el mapa del tesoro. !Oh, sí, que me detengan por el cargador de baterías!
No soy la única a la que se le despiporran las neuronas. La noticia se aborda en cubierta con cara de satisfacción. No se debe sólo a que esperemos que l@s expert@s en cuestiones jurídicas puedan frenar una iniciativa que nos parece ilegal y claro que nos vamos enterando de las estrategias que ya están elaborando las cooperativas de energía verde (Som Energia, Zencer, Goiener, Enerplus), junto con organizaciones como Viure de l’aire y Ecooo, que fomentan las inversiones limpias y con aquellas que defienden un modelo energético limpio y democrático (Fundación Terra), la razón del subidón de endorfinas es este barco: Navegamos en un modelo de vida que no entra en sus planes. Lo que para nosotr@s es orilla, para las oligarquías es alta mar.
No somos excepción ni esto es un asunto de un puñao de iluminad@s. Sin ir más lejos, hoy pernoctaremos en el Club Naútico de L’Estartit (Girona), que ya usa paneles solares en sus instalaciones. Sus razones, las nuestras, no son las económicas (aunque siempre viene bien ahorrar dinero en tiempos de recesión económica): practicamos un modelo de consumo respetuoso con el entorno. Para más inri, nos encontramos en el entorno del parque natural de las islas Medas.
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La tormenta llega por estribor. Un pez luna salta por popa, haciendo aún más noctámbula la mañana. Me pregunto si antes de que terminemos la campaña no aparecerá por aquí un barco de la agencia tributaria espada en mano y volvamos a vivir una de aquellas escenas de pirateo que durante siglos ha presenciado el Mediterráneo. En esta costa el pirata Barbarroja aniquiló, diezmó y asoló localidades como Palamós en el siglo XVI. La imagen me inspira. Ahora l@s corsari@s son tan civilizad@s que en vez de hacer correr la sangre, nos sangran, convencidos que podrán secarnos en vida. Junto a ell@s, están los cronistas que explican que los habitantes de “la clase media de este país” (esas personas que siempre son “los otros”) son unos sinsangre incapaces de tomar las armas o la calle o el Parlamento o los cañones, convirtiendo en fracaso la sublevación que esperan y negando la existencia de cualquier otra realidad.
Llegada a este punto, miro mis pies, encaramados desde hace 654 millas a este catamarán solar, y me vuelve la risa al rostro, con toda su sangre, y saco la lengua a quienes hasta hace unos días otorgaban el título de “innovadores” a l@s que pidieran créditos y subvenciones para pasarse a las renovables sólo por volverles a tener en sus manos; y hago una pedorreta a quienes dicen que la ciudadanía de este país está narcotizada, borracha de anuncios y teleseries zafias; y bailo un taconeado a es@s que no reconocen lo que ya sucede… Lo hago porque llevo un mes navegando desenganchada de la red. Que vengan ahora a cobrarme en diferido.
Perdemos de vista la costa, sabiendo que la lluvia de julio convierte en domingo cuanto toca. Las cortinas grises arañan la piel del horizonte. Desde el mar hoy la vida parece transcurrir a cámara lenta. Es un buen momento para dar un giro a las conversaciones. Como he aprendido de las reuniones con l@s pescador@s de Arenys de Mar, Palamós, Roses, ahora L’Estartit… celebro cada encuentro de este viaje; el método permite conectar con la gratitud y reconocer el trayecto compartido.
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Recuerdo el rostro de pescador@s, buzos, coraler@s, patrones… que están adaptando sus embarcaciones en su apuesta por la energía solar. Saben que no se trata de consumir más barato, sino de vivir de otra manera. Ya conocen el poder catalizador del bien común, el empoderamiento que da reconocer los trayectos compartidos, la fuerza que se gana cuando se abandona la indignación para pasar a las propuestas y los actos cotidianos. No estamos hablando de victorias y derrotas. Las calizas de Roses que van dejando a las pizarras de Cap de Creus (haciendo que el paisaje pase lentamente del verde al gris) lo entienden. El Mediterráneo podría ser un mar rojo si a la sangre le diera por no diluirse en el agua. Simplemente, es hora de que la humanidad cuente su historia desde otros parámetros.
Miro la roca, inmóvil, junto a la que hemos fondeado, antes de que la tormenta de verano se lleve su sombra por delante. El constante y rítmico batir de olas horada su superficie, excavando en ella caprichosas formas. Su método me parece una alternativa a la ígnea confrontación que tantos jalean o frustran, esa que hace que nuestr@s gobernantes esperen a que llegue el verano para dar los pasos más cobardes, por ejemplo. Mientras me quito la ropa escucho cómo al agua nos habla sobre la resistencia.
El mar erosiona, disuelve y luego deposita, remueve y reordena, silenciosamente. Comprendo que desde hace un mes, vamos arrastrando en cada puerto a personas y propuestas, con nombres y apellidos, integrando causas y efectos. Estamos inmers@s en un constante y rítmico movimiento, es decir, en una suma de acciones y reacciones, de esto hablan las olas. Los juegos de la luz en este abismo gris son infinitos. A mi espalda continúan las conversaciones. He recordado que en alguna parte de mi ordenador está el listado de ex ministr@s de economía que trabajan o han trabajado formalmente para las compañías eléctricas, recibiendo sueldos insultantes. Les pagamos a través de los impuestos cuando nos gobiernan y a través del recibo de la luz cuando regresan al mercado. Del problema paso a las soluciones: la autogestión, la insumisión, la desobediencia, la cooperación, desenchufarse de la red, recoger agua de lluvia, apagar la luz, consumir menos… reapropiarnos de los márgenes, porque es ahí donde se forman los remolinos.
Delante de mí, el ancla, a la pendura, ofrece resistencia al agua. El fluido la envuelve, la bordea, generando torbellinos en el envés del hierro. Observo las espirales que forma el agua cuando se encuentra con un objeto resistente. El agua gira y cambia de orden, genera formas, se renueva… en el revés del objeto que se resiste.
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Al fin estalla la tormenta. En el agua, remolinos; en el aire, turbulencias; en mi ADN espirales…  Vuelve a la punta de mi lengua uno de esos estribillos que me da por cantar cuando estoy a solas. Nació durante la Guerra de la Independencia, en Cádiz, hace 2 siglos. Dicen que con la metralla del bombardeo con el que la artillería napoleónica asediaba la ciudad, las mujeres se hacían bigudíes con los que se rizaban el pelo. Por eso, por mujer, por los rizos, por la alegría, tarareo “Con las bombas que tiran los fanfarroneees, se hacen las gaditanas tirabuzoneees…”
Canturreando rebusco en la memoria del portátil la lista de l@s bien pagad@s, para ponerles nombres y apellidos, para volverles tan verdaderos como mortales. No son una abstracción, aunque formen parte de un sistema hecho a su medida. En sus traseros ya hay personas que trazan remolinos y se movilizan para modificar la Ley de Incompatibilidades, de modo que quienes ejercen cargos de responsabilidad en las grandes empresas energéticas no puedan ejercerlos posteriormente en la Administración pública y viceversa. Observo los rizos del agua, intentando comprender sus secretos. Me doy cuenta, por ejemplo, que en sus embestidas no minan el núcleo duro, sino que disuelven los bordes y deshacen las partes más blandas. Aprendo que no hay enemigo que enterrar sino conocimiento que absorber y transportar. Comprendo que ese risco del que no quieren bajar las personas que se enriquecen con el acceso a la energía, terminará cayendo si seguimos haciendo nuestra labor de forma rítmica y constante.
Los lobbies energéticos de este país están retrasando su naufragio, como esta roca sabe que con el tiempo formará parte del lodo. El modo de vida que encabezan, con su orden, organización, redes y normas, se está desmoronando por sus costados. Lo que les asusta es su propio estruendo.
La lluvia arrecia. Las gaviotas han vuelto a tierra. En medio del abrazo del agua el barco avanza al ritmo del batir de alas. Las turbulencias del viento se suman a los giros del agua. Formo parte de un movimiento, constante, rítmico y vital. En mis pantorrillas una gota de mar persigue a una gota de lluvia y yo las uno, dulcemente, con un dedo.

Amarrad@s al muelle de las confidencias

BY MARTHA ZEIN

Hasta ahora había vivido la situación desde el lado de quienes se acercan al puerto cuando baja el calor. El momento más intenso era la hora en que regresaban los arrastreros, con hordas de gaviotas a sus espaldas, antes de que los cerqueros volvieran a medirse con el mar. A partir de una cierta edad el caminar se hacía más pausado y el volumen de las conversaciones amainaba hasta hacerlas ininteligibles. L@s niñ@s corríamos, de hallazgo en hallazgo, sorteando redes y paseantes. Coincidíamos con ell@s tan sólo en el equinoccio del recorrido (esa hora plata en el que día y noche se encuentran) frente a un horizonte extenso en el que todos perdíamos la mirada. Allí moría la luz, al mismo tiempo que nacían las confidencias.

Aquello no me gustaba. Normalmente los secretos de los adultos eran tristes, de modo que me desasía de su mano y trotaba tras los embelesos. Prefería descubrir por mí misma el mundo. Así fue como desentrañé el significado de los largos silencios de los pescadores que lanzaban la caña siempre sobre la misma roca: guardaban un secreto tan infinito y gris como el mar de otoño. Por eso me parecía hiriente ese saludo con el que cualquiera se dirigía a ellos. “¿Qué? ¿Pican?”, les espetaban, sin más prolegómenos. Yo, a los pescadores de caña, siempre les acompañé en el sentimiento.

No recuerdo cuándo empecé a dejar de jugar ni cómo fui ocupando el lugar de los adultos en este lánguido recorrido, ni quién me enseñó a bajar la voz hasta perderme en mis silencios. De aquellos años aún me queda el pudor que me da cuando se me escapa un “¿Qué? ¿Pican?”, por eso enseguida paso a la siguiente pregunta.

Sabía que algunas cosas cambiarían, y lo hicieron, pero nunca me planteé que había otro lugar para mí en esta historia. No imaginé que formaría parte del paisaje.
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Llevábamos tres días en el puerto de Palamós, rodead@s de arrastreros, palangreros y pescadores de caña. Nuestro amarre se situaba en los aledaños de un crucero y frente a un yate de lujo. No era un lugar privilegiado. El día no moría a nuestro lado ni oteábamos el mejor rincón del horizonte, pero la aparatosidad de nuestros vecinos nos permitía pasar desapercibidos, que es lo más aproximado a intimidad que puede darse cuando se vive en un barco como éste, en el que la cubierta es tan grande como una pista de baile y los camarotes escuetos como una garita, es decir, que nuestra vida transcurre a vista de todo el mundo.
Yo andaba organizando una caja de herramientas que se nos había volcado en una de las maniobras y lo hacía de espaldas al puerto, para evitar conversaciones. Ensimismada con el orden, me doblaba en el taburete, con la cabeza ligeramente vencida sobre el ombligo, como los pescadores cuando ceban el anzuelo. Tornillo tras tornillo, mi cuerpo se mecía al mismo ritmo que los mástiles de las embarcaciones de la zona. Avanzaba la tarde, apagando también los comentarios de l@s paseantes. Poco a poco sus voces se fueron convirtiendo en susurros, que se deslizaban por popa sin demasiada intención. Hasta que se coló a bordo la voz de una mujer con una frase redonda. Dijo, muy quedo, “Amar mucho no es suficiente, no es suficiente” y tras un breve silencio añadió: “Quizá se trate de algo más sencillo”. Su reflexión era diferente al resto de los murmullos, tan clara que hubiera jurado que iba dirigida a mí de no ser porque enseguida terció su verdadero confidente: “Menos amor y más chicha, no te líes…”.
No me di la vuelta, un poco para respetar el anonimato de aquella duda y sus consecuencias pero también porque el orden de las tuercas podía írseme al garete, así que me contenté con incorporar sus disquisiciones a mis monólogos. Fui del cuánto amor al mucho apego, sopesando qué es sencillo y qué es azar, y de ahí a la chicha, lo que desembocó en el “kit erótico queer” del que me habló días atrás, en uno de los puertos del camino, Esther Nolla (presidenta de la Asociación de Madres y Padres de Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales). “Hay que dejar de hablar de sexo para hablar de erotismo y acabar con la tiranía del mercado”, aseguraba con energía en una esquina de la larga mesa, después de reivindicar que el uso correcto de conceptos como género, sexo, orientación sexual, identidad de género… haría el mundo mucho más amable y saludable.
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Seducida por alguna de estas ideas debí de retirar las manos de la caja de herramientas, porque al volver a fijar la vista no vi destornilladores ni alicates sino un extraño firmamento: La luna jugaba a dibujar sus propias constelaciones en el agua. Minúsculas estrellas bailaban a mis pies. Hacía tiempo que era de noche y no me había dado cuenta. Saqué mi cámara de la cabina, dispuesta, a pescar luceros.
En esas estaba cuando volvió a asomarse por popa otra voz. De nuevo era la de una mujer. Decía: “Mira, cariño, este barco navega con el sol”.
La respuesta de cariño fue inmediata: “¿Y con la luna?”.
Yo también quedé esperando la contrarréplica, de modo que fuimos dos quienes escuchamos: “Yo creo que aún no han inventado uno que funcione con la luz de la luna…”.
Aunque la conversación de las dos mujeres, niña y adulta, se fue deshaciendo en dirección al yate de lujo vecino, mi silencio tomó la palabra. ¿Cómo que no? ¿Y las naves piratas surcando los cielos? ¿Y las alfombras voladoras? A ver, define qué es inventar. ¿E intuir, que también empieza por “i”? ¿Y percibir? ¿Imaginar? ¿Están reñidos esos verbos con el conocimiento? ¿Desde qué lugar vamos construyendo nuestra imagen del mundo? ¿Es que hay alguna manera más o menos legítima?
Por supuesto, cuando fui a abrir la boca y contestar a la niña que las motas de polvo y las gotas de lluvia navegan con la luz de la luna, ya no había ni rastro de ellas entre la muchedumbre, de modo que, con las herramientas aún desplegadas y la cámara a mis pies, enderecé la espalda y plegué los ojos, a ver si al menos podía distinguir sus voces.
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La jornada anterior habíamos participado en un monitoreo acústico con l@s científic@s de Submon, una plataforma de servicios ambientales que realiza proyectos de conservación en el medio marino. Querían aprovechar la silenciosa navegación de nuestro barco solar para lanzar su larga sonda por popa en busca de silbidos de delfines y nosotr@s encantados por la idea. Estuvimos unas ocho horas oteando en el azul y registrando los sonidos que llegaban a los monitores. Cuando me pusieron los cascos en la cabeza me emocioné. Me daba igual no saber cuánto de lo que oía eran olas, motores lejanos, aleteos de peces o el eco de antiguos naufragios. “¡El mar habla!”, exclamé, y abrí los oídos todo lo que pude, como cuando escucho un poema en un idioma desconocido. Me quedé fascinada con los ritmos y los matices.
Para explicarme de dónde procedían aquellos rumores, me dijeron que las velocidades de propagación de las vibraciones sonoras son 4 veces mayores en el agua que en el aire. Si hubiera un delfín a cinco millas, podríamos oír sus silbidos, pero no tuvimos suerte, los cetáceos parecían haber cambiado de residencia. Aquellas horas de silenciosa observación, sin embargo, no pasaron en balde: nos dió tiempo a rumiar conversaciones. Lo que a mí me fascinó fue aquella proporción numérica, de 1 a 4, que habían mencionado porque la respiración humana guarda una relación parecida con el latido del corazón: Por término medio realizamos 18 respiraciones por minuto, mientras que en ese mismo tiempo el corazón lanza una media de 72 latidos. Es decir, los ritmos de la sangre son 4 veces más rápidos que el compás que usa el aire para pasar por nuestros pulmones. Imaginé la partitura: un aliento durando una negra de aire junto a cuatro corcheas de latidos.
Ya sé que son sólo cifras y porcentajes, pero me gusta jugar con estos términos, al fin y al cabo vivimos en una sociedad tan llena de medidas de este tipo que hasta nos da para hablar de más amor o menos salud en nuestra voluntad por abarcar lo intangible. Además, me permite enlazar “científicamente” ciertas concordancias. Por ejemplo, hace unos meses me enteré que el punto equinoccial del sol tarda en recorrer el zodiaco 25.920 años. Pues bien, hagamos números: si tomamos aliento una media de 18 veces por minuto, esto supone que al cabo del día realizamos 25.920 bocanadas de aire. ¿No da como para un pensamiento?
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No me di cuenta hasta que terminé mi faena que la música que tarareaba desde hacía largo rato procedía de la radio de un pescador que, a pocos metros de mí, a mi espalda, esperaba a que picaran. Digamos que fui siguiendo su sedal hasta alcanzar la caña, y de ahí a su silla. Fue eso lo que me hizo saltar de la mía: estaba en el lado de donde pican los peces, recogía mis bártulos desde el fondo del pozo de los deseos, vivía en el lugar donde se lanzan las confidencias…
Recordé el monólogo escrito por Wong Kar-Wai, en “Deseando amar” (In the mood of love): “¿Sabes lo qué hacían las personas en el pasado, cuando tenían secretos que no deseaban compartir? Subían a una montaña, buscaban un árbol y tallaban un agujero en él. Luego, susurraban el secreto en el agujero y lo recubrían con barro, de ese modo nadie de entre las personas afines a él descubriría su secreto”. De alguna manera, este barco solar era un árbol hueco, receptor de deseos.
Aquella percepción cambió definitivamente mi forma de estar en este barco. Llevo semanas diciendo que a él se asoman loc@s, visionari@s, emprendedor@s… capaces de dar un vuelco al mundo, pero se trata de algo más sutil: la presencia del barco solar en un muelle, entre palangreros, yates de lujo y transatlánticos, da fe de que se pueden cumplir los sueños y hacerlo de manera insistente, lenta y silenciosa, en medio del ruido. No se trata sólo de energía solar o del respeto a los fondos marinos, la presencia de esta dulce anomalía en forma de catamarán es un hilo del que se puede tirar y tras el que salen las ilusiones, sueños, percepciones, intuiciones, convicciones, impulsos, certezas que existen aunque sigan sin tener trono, secretos y todos esos otros elementos que nos hacen hermosamente humanos.
Nunca hasta ese momento había imaginado que se podía habitar en el paisaje, ocupar el lugar de  las rocas a las que nos empinábamos para otear el horizonte.
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Al día siguiente corroboré que no se trata sólo de un asunto crepuscular. Me pude colar en un encuentro del WWF con los pescadores de Palamós. Durante cinco horas, la habitante del barco lento, silencioso y sostenible que soy escuchó las emociones, convicciones y sueños de los palangreros. El método de José, el facilitador de aquella larga conversación, permitió que aquellos hombres recios visualizaran el futuro en el que les gustaría habitar dentro de cinco años. Emocionada, abrí mi cuaderno y tomé el bolígrafo, dispuesta a pescar frases.
“Hemos reducido motores, y no nos cuesta pescar tanto”, “Hemos solucionado la contaminación”, “El pescado de Palamós es el mejor del mundo, y yo me lo creo”, “Se ha conseguido una verdadera sostenibilidad del proceso”, “Reducimos para mejorar los resultados”, “Estamos orgullosos de nuestra trayectoria”, “Ya no somos vistos como depredadores y tenemos una imagen digna com trabajadores” , “Recuperamos el recurso para dejárselo mejor a los que vienen detrás”…
Al describir el paisaje soñado, hablaban de las ausencias del presente e iban conformando su imagen del mundo. Es decir, comenzaban a transformarlo. Mientras visualizaban su futuro, habitaban el paisaje.

L@s pescador@s que enseñan a tejer redes

BY MARTHA ZEIN

La vida de la mar resulta estética en las fotos, aparece épica en nuestro imaginario y grandiosa en la ensoñación, pero en la vida el frío atiere, la sal curte, el sol abrasa y Moby Dick es una ballena sin nombre. ¿Pero qué sucede cuando quien vive en ella la relata? ¿Y qué si es al revés, si quien cuenta se apea de la palabra y encarna el nombre? Desde hace dos semanas soy la marinera de carne y hueso de un barco solar, ese es mi nuevo nombre. No sólo habito en él, “soy” la marinera, el último escalafón de la tripulación.

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Manos que guardan historias
Las palabras tienen memoria. Lo sabemos desde hace siglos. En culturas indígenas, el nombre es la máxima expresión del espíritu. En la Patagonia, por ejemplo, lo llaman el ‘sonido del alma’, el primer canto que acompaña a la persona durante toda la vida, por eso hacen referencia al viento, la energía, la luna, el agua, la esperanza, la vida… Muchas tribus se lo otorgan a l@s niñ@s ya en la pubertad, intentando que esa palabra exprese su forma de estar en el mundo, su lugar dentro del grupo… De modo que estoy atenta.
La primera gran pista aparece en una de esas conversaciones a medias propia de Internet en las que una de las partes deja a la otra con la palabra en el aire de forma intempestiva. A medida que pasan los días esa frase que parecía vulgar puede ir cogiendo fuerza y volverse catártica, como en una sesión cibernética de psicoanálisis lacaniano. En este caso la sacó a la luz mi amigo Alberto, desde Lleida. Le dije, “Me llama el mar” y antes de que desapareciera contestó: “Ea, marinera, !A tejer redes!”
De golpe aparecieron ante mí las imágenes de mujeres reparando nasas que alguna vez vi en museos del mar, como el que hay en Palamós. Es el único lugar en las que las he visto protagonizando un relato, apenas aparecen en las maravillosas novelas de Julio Verne, Jack London, Joseph Conrad, Ernest Hemingway…
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Tjiendo redes bajo el sol
Volví a las tareas del barco rumiando su expresión como si guardara algún secreto que tuviera que considerar. Ahora que tod@s estamos en red, que nuestros vínculos y compromisos pasan por estar enredad@s… esas mujeres que sabían remendar almadrabas tendrían mucho que decir.
Tradicionalmente ellas eran las que reparaban las nasas en el puerto. ¿De qué hablarían, sentadas al sol? El mar deshacía al amanecer lo que ellas cosían en el puerto,  no creo que nadie les hablara de Sísifo, quizás por ellas Penélope tejía por el día lo que destejía por las noches. Día tras día sus manos cumplían los ciclos del sol y el movimiento de las olas, quizás lo supieran aunque nadie nunca se lo dijo.
Por eso atesoro esos esbozos de historias que apenas ocupan unas líneas en la memoria colectiva… como la de la tía Beneta.
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La tía Beneta se quedó soltera…
Aquella mañana estaba previsto que subieran al barco l@s sonsaires (pescador@s de sonso), hombres y mujeres curtid@s en el mar que han logrado llenar de nuevos sentidos la ancestral labor de tejer redes.
Desde hace un año y medio protagonizan una nueva forma de actuar, que les ha permitido  subir el precio de las capturas, reducir su jornada laboral y cuidar los fondos marinos partiendo de principios como la cogestión, la colaboración y el compromiso. Allí, en cubierta, tendría la oportunidad de preguntarles, escucharles en medio del silencio, debatir lentamente y crear vínculos, una buena forma de llenar de sentido mi nuevo nombre.
De la protesta pasaron a las propuestas y de ahí a la acción. Atenta este proceso, les pregunté por los ingredientes que usaron para hacer el cambio y el asunto se convirtió en el eje de nuestra conversación. El primero que pusieron encima de la mesa fue la necesidad de un detonante.
Según su experiencia, para que sea posible el cambio hace falta un reactivo lo suficientemente potente como para provocar la cohesión de un colectivo. En 2006 la Unión Europea sacaba a la luz una normativa que limitaba los tipos de red y las profundidades a las que se puede pescar el sonso. La aplicación de estas reglas exigía que la Administración española elaborara un plan de gestión nuevo, pero llegó el momento de aplicar la ley y no habían creado plan alguno, de modo que la actividad era declarada ilegal. Esto dejó en una situación de indefensión a unos 20 barcos, que son los que practican esta arte tradicional en Cataluña, de Arenys de Mar hasta L’Estartit. Quedarse de un día para otro sin poder pescar y, por tanto, sin sustento, generó la necesidad de buscar una solución, y ésta no podía venir por los cauces habituales, es decir, de la mano de la clase política.
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Pescadores de antaño, recogiendo redes, trabajando en equipo
Había llegado el momento debían de pensar en algo más que competir para ganar más, al margen del agotamiento de los fondos marinos; otra gobernanza era necesaria y los primeros que tenían que cambiar eran ell@s. “El final de un modo de vida, nos hizo conectar con nuestro poder”, comenta uno de ellos, como si no dijera nada.
Curiosamente aquel día una de las voluntarias de WWF, Mine, había traído al barco un libro de Krishnamurti, http://es.wikipedia.org/wiki/Jiddu_Krishnamurti con el que desayuné. Una de las páginas abiertas al azar decía que cuando nuestra mente ha de enfrentar un reto, toda la energía acude para que podamos actuar. Desaparecen las preguntas y con ellas la mente se diluye, somos pura acción en busca de una salida. “En una crisis usted tiene toda la energía y esa energía perdura si nada interfiere en ella”. Ninguno de aquellos hombres que hoy subían al barco solar habían leído “Sobre el amor y la soledad” ni habían oído hablar de este maestro espiritual, sin embargo habían actuado en consecuencia.
No era la única que tomaba nota. Mine también atendía a su relato. Bebíamos juntas de la misma fuente. Me gustó el vaso compartido. Pensé: “Conocen qué es enfrentarse a una tormenta en plena mar, no debió resultarles difícil recordar lo que saben. Simplemente, tenían que aplicarlo en otro lugar”, mientras cazaba frases a vuelapluma.
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Aprendiendo a tejer redes
¿Cuántas veces hemos de inventar la rueda? A estas alturas tendríamos que tener claro que quienes deberían tener miedo a la crisis son quienes hasta ahora han tenido la sartén por el mango y han hecho dejación de sus responsabilidades… Porque para el resto el final de una era puede generar una energía cristalizadora.
La experiencia de l@s pescador@s de sonso me resultó aleccionadora: dejaron de obedecer las órdenes ministeriales para participar en la creación de las reglas del juego de su actividad pesquera. Esto les obligó a sustituir la competitividad por la colaboración, la explotación de los fondos marinos por el cuidado, trabajar en su propio beneficio a trabajar en red con científic@s, polític@s locales y Ong’s conservacionistas interesad@s, comprendiendo que les une un bien común, ese pequeño pez llamado sonso… Y, sobre todo, les permitió recordar quiénes eran, qué sabían, qué amaban…
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Pescadores “de siempre”, hoy, en Arenys. Un mundo que se deshace
Lo más habitual es que antes de cambiar nos adaptemos infinitamente, alargando el pasado; así de potente es el miedo. Sé que apenas llevan año y medio trabajando de otro modo, que no son santos, ni héroes, que “simplemente” necesitaron hacerlo de otro modo. Sin embargo, precisamente por ser humana y no divina, rebaño su experiencia hasta las espinas. Pienso en aquellas personas que conozco que hoy apuestan por la autogestión, la creación de ecoaldeas, las iniciativas de transición… Soy marinera, soy mujer, tejo redes y en ellas descubro los ingredientes del cambio. L@s sonsaires, que aquí y ahora, hacen de maestr@s.
Paladeo lo aprendido, por ejemplo, que es importante la existencia de un grupo unido por una necesidad común. No se trata de creencias ni de ideologías, no tiene que ver con la mente ni con el impulso ni con los deseos ni con las convicciones. Tiene que ver con lo esencial, con la vida y con la muerte, con la existencia… Con eso conectamos cuando se pone en peligro nuestro techo o nuestro plato.
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El mar, el alimento
 En Arenys son 8 embarcaciones las que se dedican a este tipo de pesca, lo que da de comer a unas 20 familias. Todos se conocen, llevan años trabajando en el mar desde hace generaciones; conocen las fortalezas y las debilidades de cada cual… Saben qué significa que ahora estén tod@s en el mismo barco. Para llegar a buen puerto tuvieron que remar a una, es decir, hizo falta el diálogo constante y la empatía, hacer junt@s y sentir junt@s. Resultado: hasta ahora todas las decisiones han sido tomadas por consenso.
No han hecho falta las votaciones. Fue así cómo decidieron plantear a la Administración un plan de co-gestión que convenciera a la UE. Si no aceptaba, la llevarían ante los tribunales por dejación de responsabilidades. Esta toma de poder me resuena doblemente en estos días en los que el destino de la ciudadanía de Egipto ha sido secuestrado por el ejército a través de un golpe de estado y el análisis que ha hecho mi compañera Nazanín Armaniam http://www.nazanin.es/?p=9713. Las revoluciones no pueden prosperar si se mantienen las mismas estructuras de poder. Para llevar el cambio a buen fin es necesario pensar de otra manera, entender el poder de otro modo.
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L@s pescador@s nunca viajan solos
Cuando a l@s sonsaires les llegó el momento de organizarse para dar su particular golpe de estado, se repartieron las tareas, de modo que cada uno estuviera en el lugar adecuado. El representante fue elegido, no se presentó, y éste aceptó defender el bien común, servir al grupo y representar su voluntad. No se las da de jefe ni dejó de pescar por eso cuenta con el apoyo de un grupo en el que cada un@ tiene su lugar.
Horas después de que est@s pescador@s dejaran nuestro barco, el libro de Krishnamurti permanecía allí. Volví a abrirlo al azar. Esta fue la frase con la que me encontré: “Cuando de veras comparte algo con otro, significa que ambos deben tener la misma intensidad, al mismo tiempo, y en el mismo nivel, de lo contrario no pueden compartir. ambos deben tener un mismo interés común, sentir la misma pasión…” Y pensé que liderar era eso, compartir el poder con un interés común, una misma pasión, una misma intensidad, a mismo tiempo… Es algo más que “horizontalidad” o “representación” o “democracia”…
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Aprendiendo a compartir
De vez en cuando vuelvo a los datos, un poco para hacerle el guiño a Pessoa y recordarme que, efectivamente, “Navegar é preciso”, y otro poco para regodearme en los hechos. Por ejemplo, con el techo de capturas fijado desde el año 2010 (250 kilos diarios para barcas de dos marineros y 325 kilos para las de tres), han desarrollado una red de acuerdos, de modo que cuando algún barco supera esta cantidad se pone en contacto con los sonseros de otra embarcación, ofreciéndoles lo que le sobra. Al final de mes hacen cuentas. Si alguien captura de más varios días, se le acumulan las partidas de modo que al final de la semana deberá de pescar menos.
Para no sobrepasar estas cantidades, cada barco sale a pescar en semanas alternas, de manera que nadie se enriquece pero todos ganan en calidad de vida. Al limitar el número de capturas, se ha reducido la oferta de sonso en los mercados, de modo que su precio es mayor, multiplicándose por cinco comparado a lo que se llegaba a pagar apenas hace dos años.
Hablan de “compañeros”, del bien común, del “hoy por tí y mañana por mí”, de la la ley de la oferta y la demanda, de los procesos administrativos, de especies, de procesos… No sé si de dan cuenta, pero su lenguaje es transversal, hasta tal punto que, a durante la navegación se interesaron por el ahorro energético y la posibilidad de construir un barco solar adaptado a su arte de pesca. Cierro el cuaderno apuntando: “La innovación es contagiosa” y me pongo a tejer redes: les comento que en el puerto de Arenys se levanta el primer astillero español en fabricar un barco solar: Drassana Dalmau. Precisamente ahora llega el capitán con su responsable, Jordi Serra, y yo vuelvo a lanzar mis redes, a ver qué conocimientos pesco…
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El capitán y Jordi, compartiendo su pasión por la energía solar

Es@s loc@s y sus sueños azules bailan al sol

BY MARTHA ZEIN

Escribo en el cuarto de la lavadora del club náutico, sentada en uno de los bancos del vestuario de señoras. Como en este catamarán no hay sala de máquinas, ni rincones donde guarecerse, ni puntos muertos, no he encontrado un refugio mejor. Si fumara, estaría echando ahora una de esas caladitas de triunfador/a, porque durante la hora y media que dura el programa (centrifugado incluido) nadie me interrumpirá con una pregunta o una historia o una orden. A falta de pitillo, contemplo a pelo: La luz ciega la puerta de acceso al vestuario, se entretiene en las fregonas y rebota en la puerta de la secadora.
Este lugar reúne muchos símbolos de la reclusión en el que millones de mujeres se ven sumidas habitualmente, sin embargo yo me siento libre, precisamente porque le cambio de sentido: voy a narrar en él historias torcidas. Sí, de eso me gustaría escribir hoy.
Satisfecha con mi plan, me descalzo, tomando posesión del territorio. Sigo la estela de la primera idea que se me cruza. Levanto la cabeza como si fuera una voluta de humo y recuerdo la conversación con Miracles Delgado.
Era la hora en que la noche se come las sombras del puerto y empiezan a encenderse las farolas. Antes de ser la coordinadora editorial de Ecohabitar, Miracles se dedicaba a diseñar jardines. Los creaba atendiendo al espíritu del lugar y al ánimo de quien cuidaría de las plantas. Es decir, era sensible a la humedad, la luz, el tipo de tierra, la forma que tenían l@s dueñ@s del futuro jardín de transitar, sus hábitos y capacidades como jardiner@s, al diálogo de las semillas… Mientras me lo contaba, la imaginaba caminando por una tierra aún sin forma ni nombre, prestando atención a lo intangible, siendo capaz de percibir la belleza mucho antes de que el ciclo de la vida se pusiera en marcha. Sucedió hace diez años, o quizás quince, es decir, era una pionera.
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(sucedió en la hora en la que las sombras se diluyen)
Aquella noche Miracles me habló de la naturaleza del espacio como aquello que denota lo que un lugar es y también lo «que quiere ser» y subrayó que es muy importante llegar a buenos acuerdos con el entorno.
Aquí, ahora, observo el rincón que habito, contemplo su ánimo y decido retratarlo. En vez de pensar en encuadres, exposición, contraste… intento ver más e incluso jugar con el azar. En ese momento, atraviesa el velo de luz la responsable de la limpieza de las instalaciones. Primero es una mancha, luego un cuerpo. Quedo fascinada por la textura que aparece en mi pantalla de modo que la saludo con una sonrisa doble mientras sigo intentando capturar el alma del lugar.
Mientras mi comadre comienza a dar brillo al suelo, un lóbulo de mi cerebro se centra en la imagen y el otro sigue dándole vueltas a la conversación con Miracles. Cuando le pregunté qué había aprendido de Fukuoka, con quién había colaborado en varios proyectos, me dijo: “Que las plantas son agua”. La absorben, la lanzan al cielo, conservan su frescura en la boca de los manantiales, la distribuyen a su alrededor, la hacen circular… Desde el musgo que crece entre las rocas a los robles, pasando por las plantas que consideramos malas hierbas, las silvestres, las hortalizas…
Dejo la cámara, siento que ha llegado el momento de escribir. Abro mi cuaderno rojo. En la portada he escrito “cuadern de la pécora bitácora” para desmarcarme del cuaderno de abordo que, como en todos los barcos, también existe en éste y, como es habitual, redacta el capitán. En el mío apenas hablo de coordenadas y fuerzas del viento, la historia contada por las marineras es inevitablemente otra. Saco mi bolígrafo rojo con parsimonia. Canturreo “cuando nadie me ve, puedo ser o no seeer”.
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(el sitio de mi recreo)
          – “¿Cómo?”
La mujer habla tan quedo que no me había dado cuenta que llevaba ya un rato intentando comunicarse conmigo.
          – ” No, no te he hecho una foto a tí, sino al lugar. Es que lo del cubo y la fregona y la lavadora en el baño de señoras… y esta luz…”
No deja de mirarme fijamente a los ojos, en silencio. Comprendo que mis explicaciones no hacen más que entorpecer el asunto de modo que busco en la tripa de la cámara las fotos que he tomado, convencida de que no tengo nada que ocultar y que cuando vea las texturas sonreirá. Por sus modales dulces, por su acento y por el color de su piel comprendo que procede del Magreb. Doy marcha atrás a la memoria de la cámara diciendo “¿Ves?¿Ves?” mientras descarto contarle que hace poco mi amiga Mali Ka me explicó la relación con lo invisible en Marruecos. Hablamos durante horas sobre el impacto de la palabra en su cultura (comparable a la ascendencia de la imagen en Europa, por ejemplo) y sobre los diferentes caminos que utilizan místic@s, poetas, artistas…  de ambas partes del mundo para expresar lo que no se ve ni tiene nombre. Ahora lo único que cuenta es que ella quiere desaparecer de mi galería.
Sabía que en las primeras aparecería; apenas como un bulto, una mancha, pero he de aceptar la evidencia: la huella de nuestro cuerpo también nos pertenece. Sé que la mujer obrará sin concesiones. Aunque sea contradictorio, me gusta su serena y firme determinación, de modo que obedezco a los ligeros asentimientos que hace con la cabeza cuando indica que las borre. Van cayendo una tras otra hasta un total de cinco. Durante el proceso le confirmo que es legítimo defender su “derecho a la imagen” aunque sé que se trata de no querer que nadie capture tu forma pues al hacerlo te cosifica, te arranca de lo velado.
Cuando damos por zanjado el asunto vuelve a mis ojos y me dice, antes de seguir con sus tareas: “Tú eres de las que graba”. La frase me sitúa en una tribu universal, no vinculada con el territorio ni con el idioma ni con el color de mi piel ni clase social… Ella dice que soy “de las que graba” y demuestra que no piensa formar parte de las que habitan en las fotos. Mientras cubro el vientre de mi cámara y vuelvo a mi cuaderno rojo me digo que no, que no soy exactamente una mujer que graba. Es cierto que narro el mundo para contribuir a transformarlo, es verdad que habito en las ideas, pero también soy la marinera de este barco solar y estamos las dos en el mismo cuarto.
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(hablamos mientras el mundo dormía)
Regresa mi corazón a aquella misma noche en la que el mundo dormía y Miracles me hablaba de hasta qué punto podía ser revolucionaria una brizna de paja (haciendo referencia a uno de los libros emblemáticos de Fukuoka). En otro rincón, su pareja y a la sazón editor de Ecohabitar, Toni Marín, me comentaba su hambre de tribu. Le pregunté cuál es el principal rasgo de ese grupo con el que querría convivir en un espacio común para seguir creciendo, su respuesta fue corta: “mi tribu es de los que ofrecen propuestas”. Los “suyos” actúan para cambiar el mundo y puso como ejemplo la desobediencia solar: “Se trata de formar parte de la red de comuneros de Ecooo que luchan de manera conjunta por un cambio de modelo energético. Aportas 100€ y contribuyes al desarrollo de la energía solar fotovoltaica sobre tejado al tiempo que obtienes una rentabilidad del 6% anual después de impuestos…”
Curiosamente estar en este barco me permite constatar que muchas de las personas que se asoman a él pertenecen a una misma tribu: la de aquell@s que  en algún momento de sus vidas tuvieron una “visión” que les separaba del camino convencional. Son l@s innovador@s, l@s soñador@s, l@s pioner@s… personas como Josep Viver, dueño de una empresa de suministros de energías alternativas. Le conocí departiendo, feliz, con el capitán, en el puerto de Barcelona. Cuando me incorporé a la conversación contaba que en el año 91 fabricó con sus manos el primer prototipo de embarcación movida por energía solar de este país. Hubiera podido ser el primero de Europa, pero la escasez de medios le obligó a ser lento. Entonces soñaba con que alguien le facilitaría alguna embarcación en la que aplicar sus innovaciones “pero era demasiado pronto para eso”.
Su historia me recuerda a la que me contó el capitán sobre el creador del motor con el que nos movemos, Cedryc Linch,. Su obra es una pequeña joya de ingenieria que diseñó en 1979, a los 24 años. Lleva una bobina que se mantiene flotante entre dos carcasas con imanes de Neodimio potentísimos. La fuerza de los imanes mantiene ‘montado’ el motor, es decir, que no hay tornillos que fijen la carcasa. Su tamaño es menor que el del motor de una lavadora y eso me divierte. Su mantenimiento es sencillo, lo que rompe nuestra habitual dependencia de l@s especialistas y se burla de la tiranía de l@s expert@s..
Linch no supo defender su patente y le fue copiado el diseño por unos alemanes. Aunque la historia se repita y la humanidad crezca sobre tanto expolio, la copia del conocimiento, si beneficia al planeta, ya me va bien. Por otro lado, l@s pioner@s seguirán abriendo caminos inevitablemente. Actualmente Linch está fabricando motores en India.
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(Esperamos. Todo lo que pisamos es azul)
Esta embarcación es el resultado de una apuesta de muchas personas que creyeron que era posible cruzar el mar usando sólo la energía del sol: la microbióloga Daniela Schlettwein, que donó los fondos necesarios para su construcción; el diseñador de la embarcación, Marc Wüst, que llevó a cabo este prototipo y formó parte de los cinco tripulantes que cruzaron el Atlántico para demostrar que era posible (ninguno de los cinco había navegado hasta entonces, salvo el patrón); l@s miembr@s de WWF Adena, que llenan de sentido este viaje… Todas y cada una de estas personas han dejado su impronta en esta desnuda nave, dotándola de alma.
A esta particular nave de l@s loc@s se asoma la tribu de los que tiñen de azul allá por donde pisan. Poner el pie a bordo les da alegría y alivio. Desde hace diez días vivo en ella…
De golpe la luz del cuarto en el que escribo se apaga y se enciende.
          – “Me he tirat de cap y no me he fet mal”.
Álvaro está apretando la clavija mientras me lo cuenta, esperando a que le pida que deje de hacerlo. Apenas separa medio metro del suelo de modo que tiene que empinarse. Detrás de él llega Laia, con el flotador enganchado al cuello.
          – “Ay Alvaro, no pot ser, no pot ser”, dice, mientras le retira suavemente la mano.
Detrás de ella llegan otras cinco personas del mismo tamaño, con el pelo mojado y los rostros exultantes. Uno de ellos, mientras logra ponerse la camiseta me pregunta “¿Ets mare?”, como queriendo ofrecerse a buscar a mi hij@ dentro de su tribu.
          – “No exactamente, soy… un elefante”.
Ahora son cuatro los que se arremolinan a mi alrededor, mientras se siguen vistiendo. Al ver que están dispuest@s a creerme, corto por lo sano:
          – “Noooo, que es broma,  digamos que  soy una mamá… pero mi hijo está fuera”.
Del mismo modo que vinieron se van, salvo uno, que intenta desengancharse el bañador de la sandalia. Mientras sacude el pie señala con el dedo mi camiseta (llevo el oso panda del WWF impreso en el pecho).
          – “¿Això és un álbum?”
          – “No, es una camiseta y esto es un oso panda”.
          – “Jo tenc dues. En ca meva”, responde. Y se vuelve a la monitora pidiendo ayuda…
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Las tribus del futuro
Apenas un par de minutos después de que abandonaran el lugar, entra en el baño la joven que me vendió la moneda para poner en marcha la lavadora. Nos saludamos, sonrientes, mientras vuelvo a abrir el cuaderno.  La lavadora ya ha entrado en el aclarado. Me queda poco tiempo, de modo que decido ir a lo inmediato: la salida que hicimos esta mañana con algunos pescadores de sonso.
Escribo “el sonso un pez de cuerpo muy delgado, cilíndrico, y cuyas medidas máximas en los ejemplares adultos no van más allá de los 15 o 17 centímetros. Su pesca es una de las artes tradicionales de Cataluña y está regulada por la Unión Europea“.
Noto que la joven se enjuaga las manos mientras me observa a través del espejo. Nada más levantar la mirada de mi cuaderno, se dirige hacia mí: “Disculpa, ahora que te veo, Mali Ka me ha dicho que está preocupada por que le hiciste unas fotos…”.
Salto del banco. La encargada de la limpieza se llama como mi amiga. La máquina ha iniciado la fase del centrifugado y yo me rindo ante las sincronías.

La costa es un horizonte color piel

BY MARTHA ZEIN

Escribo esta crónica con los ojos cerrados, el viento hoy brama, sus gemidos nos desvelan. Aún así, prefiero los quejidos a su silencio pues en él hacen su sarao los mosquitos. No hay nada más absurdo que palmearse la cara a la caza de uno de esos minúsculos insectos. En mi caso me abofeteo más que mato…

Desde que subimos al catamarán procuramos dormir en cubierta, en contacto con todos los fluidos, asomados a esta ventana al mar, como dos pájaros sin nido. Esto supone ser fiel a los ciclos circadianos. Es decir: nos despierta el sol, nos mece la luna. Ningún amanecer es igual. El Sol se pone a una hora distinta, el viento sopla diferente, el día es más o menos húmedo, la presión atmosférica cambia, hay más o menos nubes… Nuestros pensamientos fluyen, nuestro ánimo es variable, como todo lo que es vida. Esta noche, por ejemplo, tiene su propio carácter: agónica y algo lasciva. Me adapto a ella con los ojos cerrados y comienzo a escribir esta crónica, como antaño se escribían las cartas de amor.

¿Recuerdas aquellas cartas? Las paseabas en la cabeza, las escribías a borbotones, las enviabas en sobres con huellas de besos o de dedos o flores secas o entradas del último concierto… y luego esperabas, esperabas, como quien espera que un árbol dé sus frutos o una semilla arraigue.
Al otro lado de mis párpados ulula el viento y yo escribo que viajar en un barco solar obliga a ver más, que desde el amanecer hasta que llega el sueño no hay forma de mirar hacia otro lado (incluso cuando cierro los ojos chisporrotea el sol detrás de ellos, burlándose de mis tontos trucos)… Pero ahora sí, ahora que puedo, agazapada bajo mis pestañas, me pregunto sobre las rectas y las curvas.
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(Desde el mar, julio es un horizonte color piel)
Llevamos días bordeando el levante peninsular. Navegamos siempre más o menos cerca de la costa; lo hacemos lentamente, como quien pasea el dedo por las cicatrices del ser amado: una mezcla de estremecimiento, respeto y más amor. Una tras otra, contemplo las rectas rajas que crea el cemento en la curvilínea orilla. Inevitablemente, la herida siempre me parece monstruosa y profunda, no importa el tamaño. Voy a las causas concretas, quiero señalar con ese mismo dedo con el que amo a quienes infringieron el daño.
La reforma de la ley de costas adquiere delante de mí textura, piel, aliento… y subraya los últimos puntos vulnerables en el mapa, que vamos dejando lentamente atrás. A partir de ahora Serra Grossa, el puerto de Santa Pola y Rocafel (en la costa alicantina), quedan excluidas del dominio público. Hemos visto de cerca la orilla de Oliva (Valencia) y Xilxes (Castelló), sabiendo que desde el pasado mes de mayo están a expensas de los intereses urbanísticos. No basta con todo lo que ya hay, con las torres asomándose al mar agónico, los insaciables quieren más.
Inevitablemente, le saco el dedo a Bautista Soler Crespo, el magnate de la construcción en Valencia, en nombre de todos aquellos cuyas fechorías desconozco. Su nombre aparece en el informe que Greenpeace publicó en diciembre. A estas alturas estará disfrutando con los beneficios que le genera esta reforma, pues le ha condonado los 10 edificios que construyó ilegalmente en la playa de la Patacona (Alboraia, Valencia), cuyas obras han sido paralizadas por la Administración central y por los que ha sido sancionado reiteradamente… el amparo de la administración local y autonómica ha facilitado que sus construcciones permanezcan en pie y ahora, además, con la frente bien alta. Tirando del hilo, esta ONG consigue desvelar uno de los conflictos de intereses en los que entra el actual gobierno al aprobar de forma unilateral esta reforma: Soler Crespo está vinculado con Ignacio López de Hierro y Joaquín Rivero en empresas como Bami Newco, Gecina, Metrovacesa… sociedades vinculadas, a su vez, con la trayectoria laboral del actual ministro de Mediambiente Arias Cañete.
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(Me alío con la luz y borro el paisaje)
A bordo de este barco, la afirmación del WWF de que la letra de la ley no tiene en cuenta en las medidas el cambio climático y sus efectos sobre el litoral (el aumento de la altura del mar, el incremento en número e intensidad de los temporales…) adquiere todo su sentido. En un futuro no muy lejano quienes hoy se enriquecen serán  responsables de los daños personales y materiales que sufran quienes hoy habitan en la costa. Mientras Greenpeace y Azaaz recogen firmas (http://www.avaaz.org/es/protege_la_costa/)     para que el Parlamento europeo impida que esta reforma fructifique (pues incumple al menos 9 directivas comunitarias) me alío con la luz y borro el paisaje, sabiendo que ni siquiera es magia sino un impulso absolutamente humano, porque la naturaleza nunca se plantea empezar de nuevo, ella crea crea y evoluciona siempre de forma continua, teniendo en cuenta la experiencia.
El Ebro no se “recupera” después de enfriar una central nuclear, por ejemplo, he visto cómo  evoluciona, avanza, integrando todo lo que ha vivido, en constante negociación con el contexto. Ahora, amarrad@s en un destartalado embarcadero, en su desembocadura, intento comprender que los ríos siempre escogen el camino “idóneo” para asegurar el equilibrio y la estabilidad del conjunto. E intento definir qué es, para un ser humano “el conjunto”.
Así, poco a poco, esperando el amanecer, guarecida tras mis párpados, dejo a un lado las rectas de hormigón que arañan las orillas para volver a las curvas sobre las que me asiento y que rozan mi piel, pues aire y agua saben de bucles, espirales, torbellinos… Vuelvo a la imagen de esta tarde, a orillas del Ebro (el viento jugaba con la arena a trazar olas) y de ahí voy a los pliegues de tierra con los que los movimientos telúricos hicieron los acantilados y a los bucles de los meandros y, al fin, aquí, a la jugosa boca de este río que nos mece y que hace aullar al viento.
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(El viento traza olas en la arena)
Convierto a mis párpados en dos nidos redondos. Me cuento que una esfera es un “todo” orgánico, un circuito en el que no se distingue el comienzo ni el fin, donde todo está íntimamente unido y en relaciones recíprocas. Recuerdo que donde quiera que se encuentre el agua, tendrá siempre la tendencia a adoptar la forma esférica y que es la ley terrestre (la gravedad) la que la obliga a derrarmarse y correr. Mis párpados son eficaces, con menos superficie de exposición consiguen una máxima resistencia, bajo ellos mis pupilas permanecen a salvo del ambiente exterior. Con ellas van las pequeñas aventuras de estos días, los recuerdos, las heridas del paisaje y los arrebatos mágicos. Una mano muy grande me mece. Hoy comienza julio, dejaremos atrás el río con el que me hermano. Debajo de este barco el Ebro y el Mediterráneo se abrazan, formando remolinos. El aire brama. Las aguas dulces y las saladas se besan. Todo es húmedo.
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Amanece… con curvas y rectas, con besos azules