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La costa es un horizonte color piel

BY MARTHA ZEIN

Escribo esta crónica con los ojos cerrados, el viento hoy brama, sus gemidos nos desvelan. Aún así, prefiero los quejidos a su silencio pues en él hacen su sarao los mosquitos. No hay nada más absurdo que palmearse la cara a la caza de uno de esos minúsculos insectos. En mi caso me abofeteo más que mato…

Desde que subimos al catamarán procuramos dormir en cubierta, en contacto con todos los fluidos, asomados a esta ventana al mar, como dos pájaros sin nido. Esto supone ser fiel a los ciclos circadianos. Es decir: nos despierta el sol, nos mece la luna. Ningún amanecer es igual. El Sol se pone a una hora distinta, el viento sopla diferente, el día es más o menos húmedo, la presión atmosférica cambia, hay más o menos nubes… Nuestros pensamientos fluyen, nuestro ánimo es variable, como todo lo que es vida. Esta noche, por ejemplo, tiene su propio carácter: agónica y algo lasciva. Me adapto a ella con los ojos cerrados y comienzo a escribir esta crónica, como antaño se escribían las cartas de amor.

¿Recuerdas aquellas cartas? Las paseabas en la cabeza, las escribías a borbotones, las enviabas en sobres con huellas de besos o de dedos o flores secas o entradas del último concierto… y luego esperabas, esperabas, como quien espera que un árbol dé sus frutos o una semilla arraigue.
Al otro lado de mis párpados ulula el viento y yo escribo que viajar en un barco solar obliga a ver más, que desde el amanecer hasta que llega el sueño no hay forma de mirar hacia otro lado (incluso cuando cierro los ojos chisporrotea el sol detrás de ellos, burlándose de mis tontos trucos)… Pero ahora sí, ahora que puedo, agazapada bajo mis pestañas, me pregunto sobre las rectas y las curvas.
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(Desde el mar, julio es un horizonte color piel)
Llevamos días bordeando el levante peninsular. Navegamos siempre más o menos cerca de la costa; lo hacemos lentamente, como quien pasea el dedo por las cicatrices del ser amado: una mezcla de estremecimiento, respeto y más amor. Una tras otra, contemplo las rectas rajas que crea el cemento en la curvilínea orilla. Inevitablemente, la herida siempre me parece monstruosa y profunda, no importa el tamaño. Voy a las causas concretas, quiero señalar con ese mismo dedo con el que amo a quienes infringieron el daño.
La reforma de la ley de costas adquiere delante de mí textura, piel, aliento… y subraya los últimos puntos vulnerables en el mapa, que vamos dejando lentamente atrás. A partir de ahora Serra Grossa, el puerto de Santa Pola y Rocafel (en la costa alicantina), quedan excluidas del dominio público. Hemos visto de cerca la orilla de Oliva (Valencia) y Xilxes (Castelló), sabiendo que desde el pasado mes de mayo están a expensas de los intereses urbanísticos. No basta con todo lo que ya hay, con las torres asomándose al mar agónico, los insaciables quieren más.
Inevitablemente, le saco el dedo a Bautista Soler Crespo, el magnate de la construcción en Valencia, en nombre de todos aquellos cuyas fechorías desconozco. Su nombre aparece en el informe que Greenpeace publicó en diciembre. A estas alturas estará disfrutando con los beneficios que le genera esta reforma, pues le ha condonado los 10 edificios que construyó ilegalmente en la playa de la Patacona (Alboraia, Valencia), cuyas obras han sido paralizadas por la Administración central y por los que ha sido sancionado reiteradamente… el amparo de la administración local y autonómica ha facilitado que sus construcciones permanezcan en pie y ahora, además, con la frente bien alta. Tirando del hilo, esta ONG consigue desvelar uno de los conflictos de intereses en los que entra el actual gobierno al aprobar de forma unilateral esta reforma: Soler Crespo está vinculado con Ignacio López de Hierro y Joaquín Rivero en empresas como Bami Newco, Gecina, Metrovacesa… sociedades vinculadas, a su vez, con la trayectoria laboral del actual ministro de Mediambiente Arias Cañete.
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(Me alío con la luz y borro el paisaje)
A bordo de este barco, la afirmación del WWF de que la letra de la ley no tiene en cuenta en las medidas el cambio climático y sus efectos sobre el litoral (el aumento de la altura del mar, el incremento en número e intensidad de los temporales…) adquiere todo su sentido. En un futuro no muy lejano quienes hoy se enriquecen serán  responsables de los daños personales y materiales que sufran quienes hoy habitan en la costa. Mientras Greenpeace y Azaaz recogen firmas (http://www.avaaz.org/es/protege_la_costa/)     para que el Parlamento europeo impida que esta reforma fructifique (pues incumple al menos 9 directivas comunitarias) me alío con la luz y borro el paisaje, sabiendo que ni siquiera es magia sino un impulso absolutamente humano, porque la naturaleza nunca se plantea empezar de nuevo, ella crea crea y evoluciona siempre de forma continua, teniendo en cuenta la experiencia.
El Ebro no se “recupera” después de enfriar una central nuclear, por ejemplo, he visto cómo  evoluciona, avanza, integrando todo lo que ha vivido, en constante negociación con el contexto. Ahora, amarrad@s en un destartalado embarcadero, en su desembocadura, intento comprender que los ríos siempre escogen el camino “idóneo” para asegurar el equilibrio y la estabilidad del conjunto. E intento definir qué es, para un ser humano “el conjunto”.
Así, poco a poco, esperando el amanecer, guarecida tras mis párpados, dejo a un lado las rectas de hormigón que arañan las orillas para volver a las curvas sobre las que me asiento y que rozan mi piel, pues aire y agua saben de bucles, espirales, torbellinos… Vuelvo a la imagen de esta tarde, a orillas del Ebro (el viento jugaba con la arena a trazar olas) y de ahí voy a los pliegues de tierra con los que los movimientos telúricos hicieron los acantilados y a los bucles de los meandros y, al fin, aquí, a la jugosa boca de este río que nos mece y que hace aullar al viento.
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(El viento traza olas en la arena)
Convierto a mis párpados en dos nidos redondos. Me cuento que una esfera es un “todo” orgánico, un circuito en el que no se distingue el comienzo ni el fin, donde todo está íntimamente unido y en relaciones recíprocas. Recuerdo que donde quiera que se encuentre el agua, tendrá siempre la tendencia a adoptar la forma esférica y que es la ley terrestre (la gravedad) la que la obliga a derrarmarse y correr. Mis párpados son eficaces, con menos superficie de exposición consiguen una máxima resistencia, bajo ellos mis pupilas permanecen a salvo del ambiente exterior. Con ellas van las pequeñas aventuras de estos días, los recuerdos, las heridas del paisaje y los arrebatos mágicos. Una mano muy grande me mece. Hoy comienza julio, dejaremos atrás el río con el que me hermano. Debajo de este barco el Ebro y el Mediterráneo se abrazan, formando remolinos. El aire brama. Las aguas dulces y las saladas se besan. Todo es húmedo.
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Amanece… con curvas y rectas, con besos azules
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4 thoughts on “La costa es un horizonte color piel

  1. Cómo me transportan tus posts! Como cada verano, son ventanitas abiertas al Mediterráneo en la mesa de mi despacho. Y quién mejor que tú y que Toni para traerme el Mediterráneo a casa. Vosotros que lo conocéis, que lo sufrís y que, por encima de todo, lo amais. Us estimo preciosos!

  2. Hola Martita! Aquí casualmente nos hemos juntado “los chicos de las cerezas” para enviaros un dulce, fresco y sabroso beso como el que un dia juntos nos comimos en Cala Brafi.
    Que bonito es vivir….Os quiero!

    • Minutos antes de recibir este mensaje hablábamos de vosotros. Me encantan las sincronías, sí, sí y sí. Me Pinto la boca con el jugo de cerezas y ala, me lanzo a celebrar la vida. !Va por ustedes vosotros! Abrazos y besos de lobo de mar del capitán

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