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Es@s loc@s y sus sueños azules bailan al sol

BY MARTHA ZEIN

Escribo en el cuarto de la lavadora del club náutico, sentada en uno de los bancos del vestuario de señoras. Como en este catamarán no hay sala de máquinas, ni rincones donde guarecerse, ni puntos muertos, no he encontrado un refugio mejor. Si fumara, estaría echando ahora una de esas caladitas de triunfador/a, porque durante la hora y media que dura el programa (centrifugado incluido) nadie me interrumpirá con una pregunta o una historia o una orden. A falta de pitillo, contemplo a pelo: La luz ciega la puerta de acceso al vestuario, se entretiene en las fregonas y rebota en la puerta de la secadora.
Este lugar reúne muchos símbolos de la reclusión en el que millones de mujeres se ven sumidas habitualmente, sin embargo yo me siento libre, precisamente porque le cambio de sentido: voy a narrar en él historias torcidas. Sí, de eso me gustaría escribir hoy.
Satisfecha con mi plan, me descalzo, tomando posesión del territorio. Sigo la estela de la primera idea que se me cruza. Levanto la cabeza como si fuera una voluta de humo y recuerdo la conversación con Miracles Delgado.
Era la hora en que la noche se come las sombras del puerto y empiezan a encenderse las farolas. Antes de ser la coordinadora editorial de Ecohabitar, Miracles se dedicaba a diseñar jardines. Los creaba atendiendo al espíritu del lugar y al ánimo de quien cuidaría de las plantas. Es decir, era sensible a la humedad, la luz, el tipo de tierra, la forma que tenían l@s dueñ@s del futuro jardín de transitar, sus hábitos y capacidades como jardiner@s, al diálogo de las semillas… Mientras me lo contaba, la imaginaba caminando por una tierra aún sin forma ni nombre, prestando atención a lo intangible, siendo capaz de percibir la belleza mucho antes de que el ciclo de la vida se pusiera en marcha. Sucedió hace diez años, o quizás quince, es decir, era una pionera.
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(sucedió en la hora en la que las sombras se diluyen)
Aquella noche Miracles me habló de la naturaleza del espacio como aquello que denota lo que un lugar es y también lo «que quiere ser» y subrayó que es muy importante llegar a buenos acuerdos con el entorno.
Aquí, ahora, observo el rincón que habito, contemplo su ánimo y decido retratarlo. En vez de pensar en encuadres, exposición, contraste… intento ver más e incluso jugar con el azar. En ese momento, atraviesa el velo de luz la responsable de la limpieza de las instalaciones. Primero es una mancha, luego un cuerpo. Quedo fascinada por la textura que aparece en mi pantalla de modo que la saludo con una sonrisa doble mientras sigo intentando capturar el alma del lugar.
Mientras mi comadre comienza a dar brillo al suelo, un lóbulo de mi cerebro se centra en la imagen y el otro sigue dándole vueltas a la conversación con Miracles. Cuando le pregunté qué había aprendido de Fukuoka, con quién había colaborado en varios proyectos, me dijo: “Que las plantas son agua”. La absorben, la lanzan al cielo, conservan su frescura en la boca de los manantiales, la distribuyen a su alrededor, la hacen circular… Desde el musgo que crece entre las rocas a los robles, pasando por las plantas que consideramos malas hierbas, las silvestres, las hortalizas…
Dejo la cámara, siento que ha llegado el momento de escribir. Abro mi cuaderno rojo. En la portada he escrito “cuadern de la pécora bitácora” para desmarcarme del cuaderno de abordo que, como en todos los barcos, también existe en éste y, como es habitual, redacta el capitán. En el mío apenas hablo de coordenadas y fuerzas del viento, la historia contada por las marineras es inevitablemente otra. Saco mi bolígrafo rojo con parsimonia. Canturreo “cuando nadie me ve, puedo ser o no seeer”.
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(el sitio de mi recreo)
          – “¿Cómo?”
La mujer habla tan quedo que no me había dado cuenta que llevaba ya un rato intentando comunicarse conmigo.
          – ” No, no te he hecho una foto a tí, sino al lugar. Es que lo del cubo y la fregona y la lavadora en el baño de señoras… y esta luz…”
No deja de mirarme fijamente a los ojos, en silencio. Comprendo que mis explicaciones no hacen más que entorpecer el asunto de modo que busco en la tripa de la cámara las fotos que he tomado, convencida de que no tengo nada que ocultar y que cuando vea las texturas sonreirá. Por sus modales dulces, por su acento y por el color de su piel comprendo que procede del Magreb. Doy marcha atrás a la memoria de la cámara diciendo “¿Ves?¿Ves?” mientras descarto contarle que hace poco mi amiga Mali Ka me explicó la relación con lo invisible en Marruecos. Hablamos durante horas sobre el impacto de la palabra en su cultura (comparable a la ascendencia de la imagen en Europa, por ejemplo) y sobre los diferentes caminos que utilizan místic@s, poetas, artistas…  de ambas partes del mundo para expresar lo que no se ve ni tiene nombre. Ahora lo único que cuenta es que ella quiere desaparecer de mi galería.
Sabía que en las primeras aparecería; apenas como un bulto, una mancha, pero he de aceptar la evidencia: la huella de nuestro cuerpo también nos pertenece. Sé que la mujer obrará sin concesiones. Aunque sea contradictorio, me gusta su serena y firme determinación, de modo que obedezco a los ligeros asentimientos que hace con la cabeza cuando indica que las borre. Van cayendo una tras otra hasta un total de cinco. Durante el proceso le confirmo que es legítimo defender su “derecho a la imagen” aunque sé que se trata de no querer que nadie capture tu forma pues al hacerlo te cosifica, te arranca de lo velado.
Cuando damos por zanjado el asunto vuelve a mis ojos y me dice, antes de seguir con sus tareas: “Tú eres de las que graba”. La frase me sitúa en una tribu universal, no vinculada con el territorio ni con el idioma ni con el color de mi piel ni clase social… Ella dice que soy “de las que graba” y demuestra que no piensa formar parte de las que habitan en las fotos. Mientras cubro el vientre de mi cámara y vuelvo a mi cuaderno rojo me digo que no, que no soy exactamente una mujer que graba. Es cierto que narro el mundo para contribuir a transformarlo, es verdad que habito en las ideas, pero también soy la marinera de este barco solar y estamos las dos en el mismo cuarto.
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(hablamos mientras el mundo dormía)
Regresa mi corazón a aquella misma noche en la que el mundo dormía y Miracles me hablaba de hasta qué punto podía ser revolucionaria una brizna de paja (haciendo referencia a uno de los libros emblemáticos de Fukuoka). En otro rincón, su pareja y a la sazón editor de Ecohabitar, Toni Marín, me comentaba su hambre de tribu. Le pregunté cuál es el principal rasgo de ese grupo con el que querría convivir en un espacio común para seguir creciendo, su respuesta fue corta: “mi tribu es de los que ofrecen propuestas”. Los “suyos” actúan para cambiar el mundo y puso como ejemplo la desobediencia solar: “Se trata de formar parte de la red de comuneros de Ecooo que luchan de manera conjunta por un cambio de modelo energético. Aportas 100€ y contribuyes al desarrollo de la energía solar fotovoltaica sobre tejado al tiempo que obtienes una rentabilidad del 6% anual después de impuestos…”
Curiosamente estar en este barco me permite constatar que muchas de las personas que se asoman a él pertenecen a una misma tribu: la de aquell@s que  en algún momento de sus vidas tuvieron una “visión” que les separaba del camino convencional. Son l@s innovador@s, l@s soñador@s, l@s pioner@s… personas como Josep Viver, dueño de una empresa de suministros de energías alternativas. Le conocí departiendo, feliz, con el capitán, en el puerto de Barcelona. Cuando me incorporé a la conversación contaba que en el año 91 fabricó con sus manos el primer prototipo de embarcación movida por energía solar de este país. Hubiera podido ser el primero de Europa, pero la escasez de medios le obligó a ser lento. Entonces soñaba con que alguien le facilitaría alguna embarcación en la que aplicar sus innovaciones “pero era demasiado pronto para eso”.
Su historia me recuerda a la que me contó el capitán sobre el creador del motor con el que nos movemos, Cedryc Linch,. Su obra es una pequeña joya de ingenieria que diseñó en 1979, a los 24 años. Lleva una bobina que se mantiene flotante entre dos carcasas con imanes de Neodimio potentísimos. La fuerza de los imanes mantiene ‘montado’ el motor, es decir, que no hay tornillos que fijen la carcasa. Su tamaño es menor que el del motor de una lavadora y eso me divierte. Su mantenimiento es sencillo, lo que rompe nuestra habitual dependencia de l@s especialistas y se burla de la tiranía de l@s expert@s..
Linch no supo defender su patente y le fue copiado el diseño por unos alemanes. Aunque la historia se repita y la humanidad crezca sobre tanto expolio, la copia del conocimiento, si beneficia al planeta, ya me va bien. Por otro lado, l@s pioner@s seguirán abriendo caminos inevitablemente. Actualmente Linch está fabricando motores en India.
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(Esperamos. Todo lo que pisamos es azul)
Esta embarcación es el resultado de una apuesta de muchas personas que creyeron que era posible cruzar el mar usando sólo la energía del sol: la microbióloga Daniela Schlettwein, que donó los fondos necesarios para su construcción; el diseñador de la embarcación, Marc Wüst, que llevó a cabo este prototipo y formó parte de los cinco tripulantes que cruzaron el Atlántico para demostrar que era posible (ninguno de los cinco había navegado hasta entonces, salvo el patrón); l@s miembr@s de WWF Adena, que llenan de sentido este viaje… Todas y cada una de estas personas han dejado su impronta en esta desnuda nave, dotándola de alma.
A esta particular nave de l@s loc@s se asoma la tribu de los que tiñen de azul allá por donde pisan. Poner el pie a bordo les da alegría y alivio. Desde hace diez días vivo en ella…
De golpe la luz del cuarto en el que escribo se apaga y se enciende.
          – “Me he tirat de cap y no me he fet mal”.
Álvaro está apretando la clavija mientras me lo cuenta, esperando a que le pida que deje de hacerlo. Apenas separa medio metro del suelo de modo que tiene que empinarse. Detrás de él llega Laia, con el flotador enganchado al cuello.
          – “Ay Alvaro, no pot ser, no pot ser”, dice, mientras le retira suavemente la mano.
Detrás de ella llegan otras cinco personas del mismo tamaño, con el pelo mojado y los rostros exultantes. Uno de ellos, mientras logra ponerse la camiseta me pregunta “¿Ets mare?”, como queriendo ofrecerse a buscar a mi hij@ dentro de su tribu.
          – “No exactamente, soy… un elefante”.
Ahora son cuatro los que se arremolinan a mi alrededor, mientras se siguen vistiendo. Al ver que están dispuest@s a creerme, corto por lo sano:
          – “Noooo, que es broma,  digamos que  soy una mamá… pero mi hijo está fuera”.
Del mismo modo que vinieron se van, salvo uno, que intenta desengancharse el bañador de la sandalia. Mientras sacude el pie señala con el dedo mi camiseta (llevo el oso panda del WWF impreso en el pecho).
          – “¿Això és un álbum?”
          – “No, es una camiseta y esto es un oso panda”.
          – “Jo tenc dues. En ca meva”, responde. Y se vuelve a la monitora pidiendo ayuda…
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Las tribus del futuro
Apenas un par de minutos después de que abandonaran el lugar, entra en el baño la joven que me vendió la moneda para poner en marcha la lavadora. Nos saludamos, sonrientes, mientras vuelvo a abrir el cuaderno.  La lavadora ya ha entrado en el aclarado. Me queda poco tiempo, de modo que decido ir a lo inmediato: la salida que hicimos esta mañana con algunos pescadores de sonso.
Escribo “el sonso un pez de cuerpo muy delgado, cilíndrico, y cuyas medidas máximas en los ejemplares adultos no van más allá de los 15 o 17 centímetros. Su pesca es una de las artes tradicionales de Cataluña y está regulada por la Unión Europea“.
Noto que la joven se enjuaga las manos mientras me observa a través del espejo. Nada más levantar la mirada de mi cuaderno, se dirige hacia mí: “Disculpa, ahora que te veo, Mali Ka me ha dicho que está preocupada por que le hiciste unas fotos…”.
Salto del banco. La encargada de la limpieza se llama como mi amiga. La máquina ha iniciado la fase del centrifugado y yo me rindo ante las sincronías.
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