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L@s pescador@s que enseñan a tejer redes

BY MARTHA ZEIN

La vida de la mar resulta estética en las fotos, aparece épica en nuestro imaginario y grandiosa en la ensoñación, pero en la vida el frío atiere, la sal curte, el sol abrasa y Moby Dick es una ballena sin nombre. ¿Pero qué sucede cuando quien vive en ella la relata? ¿Y qué si es al revés, si quien cuenta se apea de la palabra y encarna el nombre? Desde hace dos semanas soy la marinera de carne y hueso de un barco solar, ese es mi nuevo nombre. No sólo habito en él, “soy” la marinera, el último escalafón de la tripulación.

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Manos que guardan historias
Las palabras tienen memoria. Lo sabemos desde hace siglos. En culturas indígenas, el nombre es la máxima expresión del espíritu. En la Patagonia, por ejemplo, lo llaman el ‘sonido del alma’, el primer canto que acompaña a la persona durante toda la vida, por eso hacen referencia al viento, la energía, la luna, el agua, la esperanza, la vida… Muchas tribus se lo otorgan a l@s niñ@s ya en la pubertad, intentando que esa palabra exprese su forma de estar en el mundo, su lugar dentro del grupo… De modo que estoy atenta.
La primera gran pista aparece en una de esas conversaciones a medias propia de Internet en las que una de las partes deja a la otra con la palabra en el aire de forma intempestiva. A medida que pasan los días esa frase que parecía vulgar puede ir cogiendo fuerza y volverse catártica, como en una sesión cibernética de psicoanálisis lacaniano. En este caso la sacó a la luz mi amigo Alberto, desde Lleida. Le dije, “Me llama el mar” y antes de que desapareciera contestó: “Ea, marinera, !A tejer redes!”
De golpe aparecieron ante mí las imágenes de mujeres reparando nasas que alguna vez vi en museos del mar, como el que hay en Palamós. Es el único lugar en las que las he visto protagonizando un relato, apenas aparecen en las maravillosas novelas de Julio Verne, Jack London, Joseph Conrad, Ernest Hemingway…
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Tjiendo redes bajo el sol
Volví a las tareas del barco rumiando su expresión como si guardara algún secreto que tuviera que considerar. Ahora que tod@s estamos en red, que nuestros vínculos y compromisos pasan por estar enredad@s… esas mujeres que sabían remendar almadrabas tendrían mucho que decir.
Tradicionalmente ellas eran las que reparaban las nasas en el puerto. ¿De qué hablarían, sentadas al sol? El mar deshacía al amanecer lo que ellas cosían en el puerto,  no creo que nadie les hablara de Sísifo, quizás por ellas Penélope tejía por el día lo que destejía por las noches. Día tras día sus manos cumplían los ciclos del sol y el movimiento de las olas, quizás lo supieran aunque nadie nunca se lo dijo.
Por eso atesoro esos esbozos de historias que apenas ocupan unas líneas en la memoria colectiva… como la de la tía Beneta.
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La tía Beneta se quedó soltera…
Aquella mañana estaba previsto que subieran al barco l@s sonsaires (pescador@s de sonso), hombres y mujeres curtid@s en el mar que han logrado llenar de nuevos sentidos la ancestral labor de tejer redes.
Desde hace un año y medio protagonizan una nueva forma de actuar, que les ha permitido  subir el precio de las capturas, reducir su jornada laboral y cuidar los fondos marinos partiendo de principios como la cogestión, la colaboración y el compromiso. Allí, en cubierta, tendría la oportunidad de preguntarles, escucharles en medio del silencio, debatir lentamente y crear vínculos, una buena forma de llenar de sentido mi nuevo nombre.
De la protesta pasaron a las propuestas y de ahí a la acción. Atenta este proceso, les pregunté por los ingredientes que usaron para hacer el cambio y el asunto se convirtió en el eje de nuestra conversación. El primero que pusieron encima de la mesa fue la necesidad de un detonante.
Según su experiencia, para que sea posible el cambio hace falta un reactivo lo suficientemente potente como para provocar la cohesión de un colectivo. En 2006 la Unión Europea sacaba a la luz una normativa que limitaba los tipos de red y las profundidades a las que se puede pescar el sonso. La aplicación de estas reglas exigía que la Administración española elaborara un plan de gestión nuevo, pero llegó el momento de aplicar la ley y no habían creado plan alguno, de modo que la actividad era declarada ilegal. Esto dejó en una situación de indefensión a unos 20 barcos, que son los que practican esta arte tradicional en Cataluña, de Arenys de Mar hasta L’Estartit. Quedarse de un día para otro sin poder pescar y, por tanto, sin sustento, generó la necesidad de buscar una solución, y ésta no podía venir por los cauces habituales, es decir, de la mano de la clase política.
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Pescadores de antaño, recogiendo redes, trabajando en equipo
Había llegado el momento debían de pensar en algo más que competir para ganar más, al margen del agotamiento de los fondos marinos; otra gobernanza era necesaria y los primeros que tenían que cambiar eran ell@s. “El final de un modo de vida, nos hizo conectar con nuestro poder”, comenta uno de ellos, como si no dijera nada.
Curiosamente aquel día una de las voluntarias de WWF, Mine, había traído al barco un libro de Krishnamurti, http://es.wikipedia.org/wiki/Jiddu_Krishnamurti con el que desayuné. Una de las páginas abiertas al azar decía que cuando nuestra mente ha de enfrentar un reto, toda la energía acude para que podamos actuar. Desaparecen las preguntas y con ellas la mente se diluye, somos pura acción en busca de una salida. “En una crisis usted tiene toda la energía y esa energía perdura si nada interfiere en ella”. Ninguno de aquellos hombres que hoy subían al barco solar habían leído “Sobre el amor y la soledad” ni habían oído hablar de este maestro espiritual, sin embargo habían actuado en consecuencia.
No era la única que tomaba nota. Mine también atendía a su relato. Bebíamos juntas de la misma fuente. Me gustó el vaso compartido. Pensé: “Conocen qué es enfrentarse a una tormenta en plena mar, no debió resultarles difícil recordar lo que saben. Simplemente, tenían que aplicarlo en otro lugar”, mientras cazaba frases a vuelapluma.
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Aprendiendo a tejer redes
¿Cuántas veces hemos de inventar la rueda? A estas alturas tendríamos que tener claro que quienes deberían tener miedo a la crisis son quienes hasta ahora han tenido la sartén por el mango y han hecho dejación de sus responsabilidades… Porque para el resto el final de una era puede generar una energía cristalizadora.
La experiencia de l@s pescador@s de sonso me resultó aleccionadora: dejaron de obedecer las órdenes ministeriales para participar en la creación de las reglas del juego de su actividad pesquera. Esto les obligó a sustituir la competitividad por la colaboración, la explotación de los fondos marinos por el cuidado, trabajar en su propio beneficio a trabajar en red con científic@s, polític@s locales y Ong’s conservacionistas interesad@s, comprendiendo que les une un bien común, ese pequeño pez llamado sonso… Y, sobre todo, les permitió recordar quiénes eran, qué sabían, qué amaban…
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Pescadores “de siempre”, hoy, en Arenys. Un mundo que se deshace
Lo más habitual es que antes de cambiar nos adaptemos infinitamente, alargando el pasado; así de potente es el miedo. Sé que apenas llevan año y medio trabajando de otro modo, que no son santos, ni héroes, que “simplemente” necesitaron hacerlo de otro modo. Sin embargo, precisamente por ser humana y no divina, rebaño su experiencia hasta las espinas. Pienso en aquellas personas que conozco que hoy apuestan por la autogestión, la creación de ecoaldeas, las iniciativas de transición… Soy marinera, soy mujer, tejo redes y en ellas descubro los ingredientes del cambio. L@s sonsaires, que aquí y ahora, hacen de maestr@s.
Paladeo lo aprendido, por ejemplo, que es importante la existencia de un grupo unido por una necesidad común. No se trata de creencias ni de ideologías, no tiene que ver con la mente ni con el impulso ni con los deseos ni con las convicciones. Tiene que ver con lo esencial, con la vida y con la muerte, con la existencia… Con eso conectamos cuando se pone en peligro nuestro techo o nuestro plato.
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El mar, el alimento
 En Arenys son 8 embarcaciones las que se dedican a este tipo de pesca, lo que da de comer a unas 20 familias. Todos se conocen, llevan años trabajando en el mar desde hace generaciones; conocen las fortalezas y las debilidades de cada cual… Saben qué significa que ahora estén tod@s en el mismo barco. Para llegar a buen puerto tuvieron que remar a una, es decir, hizo falta el diálogo constante y la empatía, hacer junt@s y sentir junt@s. Resultado: hasta ahora todas las decisiones han sido tomadas por consenso.
No han hecho falta las votaciones. Fue así cómo decidieron plantear a la Administración un plan de co-gestión que convenciera a la UE. Si no aceptaba, la llevarían ante los tribunales por dejación de responsabilidades. Esta toma de poder me resuena doblemente en estos días en los que el destino de la ciudadanía de Egipto ha sido secuestrado por el ejército a través de un golpe de estado y el análisis que ha hecho mi compañera Nazanín Armaniam http://www.nazanin.es/?p=9713. Las revoluciones no pueden prosperar si se mantienen las mismas estructuras de poder. Para llevar el cambio a buen fin es necesario pensar de otra manera, entender el poder de otro modo.
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L@s pescador@s nunca viajan solos
Cuando a l@s sonsaires les llegó el momento de organizarse para dar su particular golpe de estado, se repartieron las tareas, de modo que cada uno estuviera en el lugar adecuado. El representante fue elegido, no se presentó, y éste aceptó defender el bien común, servir al grupo y representar su voluntad. No se las da de jefe ni dejó de pescar por eso cuenta con el apoyo de un grupo en el que cada un@ tiene su lugar.
Horas después de que est@s pescador@s dejaran nuestro barco, el libro de Krishnamurti permanecía allí. Volví a abrirlo al azar. Esta fue la frase con la que me encontré: “Cuando de veras comparte algo con otro, significa que ambos deben tener la misma intensidad, al mismo tiempo, y en el mismo nivel, de lo contrario no pueden compartir. ambos deben tener un mismo interés común, sentir la misma pasión…” Y pensé que liderar era eso, compartir el poder con un interés común, una misma pasión, una misma intensidad, a mismo tiempo… Es algo más que “horizontalidad” o “representación” o “democracia”…
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Aprendiendo a compartir
De vez en cuando vuelvo a los datos, un poco para hacerle el guiño a Pessoa y recordarme que, efectivamente, “Navegar é preciso”, y otro poco para regodearme en los hechos. Por ejemplo, con el techo de capturas fijado desde el año 2010 (250 kilos diarios para barcas de dos marineros y 325 kilos para las de tres), han desarrollado una red de acuerdos, de modo que cuando algún barco supera esta cantidad se pone en contacto con los sonseros de otra embarcación, ofreciéndoles lo que le sobra. Al final de mes hacen cuentas. Si alguien captura de más varios días, se le acumulan las partidas de modo que al final de la semana deberá de pescar menos.
Para no sobrepasar estas cantidades, cada barco sale a pescar en semanas alternas, de manera que nadie se enriquece pero todos ganan en calidad de vida. Al limitar el número de capturas, se ha reducido la oferta de sonso en los mercados, de modo que su precio es mayor, multiplicándose por cinco comparado a lo que se llegaba a pagar apenas hace dos años.
Hablan de “compañeros”, del bien común, del “hoy por tí y mañana por mí”, de la la ley de la oferta y la demanda, de los procesos administrativos, de especies, de procesos… No sé si de dan cuenta, pero su lenguaje es transversal, hasta tal punto que, a durante la navegación se interesaron por el ahorro energético y la posibilidad de construir un barco solar adaptado a su arte de pesca. Cierro el cuaderno apuntando: “La innovación es contagiosa” y me pongo a tejer redes: les comento que en el puerto de Arenys se levanta el primer astillero español en fabricar un barco solar: Drassana Dalmau. Precisamente ahora llega el capitán con su responsable, Jordi Serra, y yo vuelvo a lanzar mis redes, a ver qué conocimientos pesco…
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El capitán y Jordi, compartiendo su pasión por la energía solar
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