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Amarrad@s al muelle de las confidencias

BY MARTHA ZEIN

Hasta ahora había vivido la situación desde el lado de quienes se acercan al puerto cuando baja el calor. El momento más intenso era la hora en que regresaban los arrastreros, con hordas de gaviotas a sus espaldas, antes de que los cerqueros volvieran a medirse con el mar. A partir de una cierta edad el caminar se hacía más pausado y el volumen de las conversaciones amainaba hasta hacerlas ininteligibles. L@s niñ@s corríamos, de hallazgo en hallazgo, sorteando redes y paseantes. Coincidíamos con ell@s tan sólo en el equinoccio del recorrido (esa hora plata en el que día y noche se encuentran) frente a un horizonte extenso en el que todos perdíamos la mirada. Allí moría la luz, al mismo tiempo que nacían las confidencias.

Aquello no me gustaba. Normalmente los secretos de los adultos eran tristes, de modo que me desasía de su mano y trotaba tras los embelesos. Prefería descubrir por mí misma el mundo. Así fue como desentrañé el significado de los largos silencios de los pescadores que lanzaban la caña siempre sobre la misma roca: guardaban un secreto tan infinito y gris como el mar de otoño. Por eso me parecía hiriente ese saludo con el que cualquiera se dirigía a ellos. “¿Qué? ¿Pican?”, les espetaban, sin más prolegómenos. Yo, a los pescadores de caña, siempre les acompañé en el sentimiento.

No recuerdo cuándo empecé a dejar de jugar ni cómo fui ocupando el lugar de los adultos en este lánguido recorrido, ni quién me enseñó a bajar la voz hasta perderme en mis silencios. De aquellos años aún me queda el pudor que me da cuando se me escapa un “¿Qué? ¿Pican?”, por eso enseguida paso a la siguiente pregunta.

Sabía que algunas cosas cambiarían, y lo hicieron, pero nunca me planteé que había otro lugar para mí en esta historia. No imaginé que formaría parte del paisaje.
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Llevábamos tres días en el puerto de Palamós, rodead@s de arrastreros, palangreros y pescadores de caña. Nuestro amarre se situaba en los aledaños de un crucero y frente a un yate de lujo. No era un lugar privilegiado. El día no moría a nuestro lado ni oteábamos el mejor rincón del horizonte, pero la aparatosidad de nuestros vecinos nos permitía pasar desapercibidos, que es lo más aproximado a intimidad que puede darse cuando se vive en un barco como éste, en el que la cubierta es tan grande como una pista de baile y los camarotes escuetos como una garita, es decir, que nuestra vida transcurre a vista de todo el mundo.
Yo andaba organizando una caja de herramientas que se nos había volcado en una de las maniobras y lo hacía de espaldas al puerto, para evitar conversaciones. Ensimismada con el orden, me doblaba en el taburete, con la cabeza ligeramente vencida sobre el ombligo, como los pescadores cuando ceban el anzuelo. Tornillo tras tornillo, mi cuerpo se mecía al mismo ritmo que los mástiles de las embarcaciones de la zona. Avanzaba la tarde, apagando también los comentarios de l@s paseantes. Poco a poco sus voces se fueron convirtiendo en susurros, que se deslizaban por popa sin demasiada intención. Hasta que se coló a bordo la voz de una mujer con una frase redonda. Dijo, muy quedo, “Amar mucho no es suficiente, no es suficiente” y tras un breve silencio añadió: “Quizá se trate de algo más sencillo”. Su reflexión era diferente al resto de los murmullos, tan clara que hubiera jurado que iba dirigida a mí de no ser porque enseguida terció su verdadero confidente: “Menos amor y más chicha, no te líes…”.
No me di la vuelta, un poco para respetar el anonimato de aquella duda y sus consecuencias pero también porque el orden de las tuercas podía írseme al garete, así que me contenté con incorporar sus disquisiciones a mis monólogos. Fui del cuánto amor al mucho apego, sopesando qué es sencillo y qué es azar, y de ahí a la chicha, lo que desembocó en el “kit erótico queer” del que me habló días atrás, en uno de los puertos del camino, Esther Nolla (presidenta de la Asociación de Madres y Padres de Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales). “Hay que dejar de hablar de sexo para hablar de erotismo y acabar con la tiranía del mercado”, aseguraba con energía en una esquina de la larga mesa, después de reivindicar que el uso correcto de conceptos como género, sexo, orientación sexual, identidad de género… haría el mundo mucho más amable y saludable.
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Seducida por alguna de estas ideas debí de retirar las manos de la caja de herramientas, porque al volver a fijar la vista no vi destornilladores ni alicates sino un extraño firmamento: La luna jugaba a dibujar sus propias constelaciones en el agua. Minúsculas estrellas bailaban a mis pies. Hacía tiempo que era de noche y no me había dado cuenta. Saqué mi cámara de la cabina, dispuesta, a pescar luceros.
En esas estaba cuando volvió a asomarse por popa otra voz. De nuevo era la de una mujer. Decía: “Mira, cariño, este barco navega con el sol”.
La respuesta de cariño fue inmediata: “¿Y con la luna?”.
Yo también quedé esperando la contrarréplica, de modo que fuimos dos quienes escuchamos: “Yo creo que aún no han inventado uno que funcione con la luz de la luna…”.
Aunque la conversación de las dos mujeres, niña y adulta, se fue deshaciendo en dirección al yate de lujo vecino, mi silencio tomó la palabra. ¿Cómo que no? ¿Y las naves piratas surcando los cielos? ¿Y las alfombras voladoras? A ver, define qué es inventar. ¿E intuir, que también empieza por “i”? ¿Y percibir? ¿Imaginar? ¿Están reñidos esos verbos con el conocimiento? ¿Desde qué lugar vamos construyendo nuestra imagen del mundo? ¿Es que hay alguna manera más o menos legítima?
Por supuesto, cuando fui a abrir la boca y contestar a la niña que las motas de polvo y las gotas de lluvia navegan con la luz de la luna, ya no había ni rastro de ellas entre la muchedumbre, de modo que, con las herramientas aún desplegadas y la cámara a mis pies, enderecé la espalda y plegué los ojos, a ver si al menos podía distinguir sus voces.
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La jornada anterior habíamos participado en un monitoreo acústico con l@s científic@s de Submon, una plataforma de servicios ambientales que realiza proyectos de conservación en el medio marino. Querían aprovechar la silenciosa navegación de nuestro barco solar para lanzar su larga sonda por popa en busca de silbidos de delfines y nosotr@s encantados por la idea. Estuvimos unas ocho horas oteando en el azul y registrando los sonidos que llegaban a los monitores. Cuando me pusieron los cascos en la cabeza me emocioné. Me daba igual no saber cuánto de lo que oía eran olas, motores lejanos, aleteos de peces o el eco de antiguos naufragios. “¡El mar habla!”, exclamé, y abrí los oídos todo lo que pude, como cuando escucho un poema en un idioma desconocido. Me quedé fascinada con los ritmos y los matices.
Para explicarme de dónde procedían aquellos rumores, me dijeron que las velocidades de propagación de las vibraciones sonoras son 4 veces mayores en el agua que en el aire. Si hubiera un delfín a cinco millas, podríamos oír sus silbidos, pero no tuvimos suerte, los cetáceos parecían haber cambiado de residencia. Aquellas horas de silenciosa observación, sin embargo, no pasaron en balde: nos dió tiempo a rumiar conversaciones. Lo que a mí me fascinó fue aquella proporción numérica, de 1 a 4, que habían mencionado porque la respiración humana guarda una relación parecida con el latido del corazón: Por término medio realizamos 18 respiraciones por minuto, mientras que en ese mismo tiempo el corazón lanza una media de 72 latidos. Es decir, los ritmos de la sangre son 4 veces más rápidos que el compás que usa el aire para pasar por nuestros pulmones. Imaginé la partitura: un aliento durando una negra de aire junto a cuatro corcheas de latidos.
Ya sé que son sólo cifras y porcentajes, pero me gusta jugar con estos términos, al fin y al cabo vivimos en una sociedad tan llena de medidas de este tipo que hasta nos da para hablar de más amor o menos salud en nuestra voluntad por abarcar lo intangible. Además, me permite enlazar “científicamente” ciertas concordancias. Por ejemplo, hace unos meses me enteré que el punto equinoccial del sol tarda en recorrer el zodiaco 25.920 años. Pues bien, hagamos números: si tomamos aliento una media de 18 veces por minuto, esto supone que al cabo del día realizamos 25.920 bocanadas de aire. ¿No da como para un pensamiento?
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No me di cuenta hasta que terminé mi faena que la música que tarareaba desde hacía largo rato procedía de la radio de un pescador que, a pocos metros de mí, a mi espalda, esperaba a que picaran. Digamos que fui siguiendo su sedal hasta alcanzar la caña, y de ahí a su silla. Fue eso lo que me hizo saltar de la mía: estaba en el lado de donde pican los peces, recogía mis bártulos desde el fondo del pozo de los deseos, vivía en el lugar donde se lanzan las confidencias…
Recordé el monólogo escrito por Wong Kar-Wai, en “Deseando amar” (In the mood of love): “¿Sabes lo qué hacían las personas en el pasado, cuando tenían secretos que no deseaban compartir? Subían a una montaña, buscaban un árbol y tallaban un agujero en él. Luego, susurraban el secreto en el agujero y lo recubrían con barro, de ese modo nadie de entre las personas afines a él descubriría su secreto”. De alguna manera, este barco solar era un árbol hueco, receptor de deseos.
Aquella percepción cambió definitivamente mi forma de estar en este barco. Llevo semanas diciendo que a él se asoman loc@s, visionari@s, emprendedor@s… capaces de dar un vuelco al mundo, pero se trata de algo más sutil: la presencia del barco solar en un muelle, entre palangreros, yates de lujo y transatlánticos, da fe de que se pueden cumplir los sueños y hacerlo de manera insistente, lenta y silenciosa, en medio del ruido. No se trata sólo de energía solar o del respeto a los fondos marinos, la presencia de esta dulce anomalía en forma de catamarán es un hilo del que se puede tirar y tras el que salen las ilusiones, sueños, percepciones, intuiciones, convicciones, impulsos, certezas que existen aunque sigan sin tener trono, secretos y todos esos otros elementos que nos hacen hermosamente humanos.
Nunca hasta ese momento había imaginado que se podía habitar en el paisaje, ocupar el lugar de  las rocas a las que nos empinábamos para otear el horizonte.
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Al día siguiente corroboré que no se trata sólo de un asunto crepuscular. Me pude colar en un encuentro del WWF con los pescadores de Palamós. Durante cinco horas, la habitante del barco lento, silencioso y sostenible que soy escuchó las emociones, convicciones y sueños de los palangreros. El método de José, el facilitador de aquella larga conversación, permitió que aquellos hombres recios visualizaran el futuro en el que les gustaría habitar dentro de cinco años. Emocionada, abrí mi cuaderno y tomé el bolígrafo, dispuesta a pescar frases.
“Hemos reducido motores, y no nos cuesta pescar tanto”, “Hemos solucionado la contaminación”, “El pescado de Palamós es el mejor del mundo, y yo me lo creo”, “Se ha conseguido una verdadera sostenibilidad del proceso”, “Reducimos para mejorar los resultados”, “Estamos orgullosos de nuestra trayectoria”, “Ya no somos vistos como depredadores y tenemos una imagen digna com trabajadores” , “Recuperamos el recurso para dejárselo mejor a los que vienen detrás”…
Al describir el paisaje soñado, hablaban de las ausencias del presente e iban conformando su imagen del mundo. Es decir, comenzaban a transformarlo. Mientras visualizaban su futuro, habitaban el paisaje.
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2 thoughts on “Amarrad@s al muelle de las confidencias

  1. Queridísima Marta, nunca dejas de sorprenderme, naturalmente de manera muy positiva. He leido tu blog, me ha encantado, y tambien tus experiencias. Como me alegro de que siempre cambies a mejor. Besos. Charly

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