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Nos acostaron innovador@s, nos levantaron piratas

BY MARTHA ZEIN

Lluvia de verano. Las nubes se están comiendo el azul. Hoy navegaremos sin sol.
Me placen ciertas paradojas: la lluvia de verano, el sol de invierno, llorar de risa, que atardezca nada más amanecer (previsiblemente esta luz plateada nos bañará todo el día)… y esos días en los que, como hoy, toca tener los pies en el mar y en la cabeza nubes.
Sé que habrá un momento en el que todo quedará en silencio. No importa la cantidad de personas que suban a bordo. Lo espero. Contemplaré los rostros arrobados por la belleza (las sonrisas quedan pendientes de un labio, los pestañeos se vuelven más lentos…). Disfruto observando la entrega de l@s niñ@s escuchando al cuentacuentos, el gesto rendido del pintor ante ese cuadro admirado, la melómana dejándose llevar por los acordes, la pausa con la que aquel adolescente pasaba las hojas del libro… Tod@s rumian el mismo elixir, aquel en que se emborrachan los placeres y los días.
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Abandono la contemplación. Toca soltar amarras. Este gesto cotidiano sigue generándome el júbilo del primer día. ¡Enaguas fuera! Me dan ganas de gritar al capitán. De nuevo damos esquinazo a la tierra, quedamos liberad@s de su orden del mundo. Mientras coloco las defensas en su sitio, empiezo a rumiar la idea que dejé pendiente en el desayuno: navegar en un barco solar se ha convertido en una actividad subversiva por decreto. El ministerio de Industria ha diseñado un plan que consiste, entre otros despropósitos, en imponer un diezmo a quienes utilicen energía solar o eólica. Lo llaman “peaje de respaldo”. Mis endorfinas, que llevan toda la vida autoconsumiendo energía solar, dicen que se van a hacer insumisas y, como respuesta, multiplican su alegría de vivir cantando “la vida pirata es la vida mejooor”.
Las del capitán tampoco se quedan atrás porque dice que a ver si a las eléctricas y sus representantes en el gobierno también les está dando por hacer visualizaciones. Yo lo que deduzco es que han visto que dentro de 5 años ese alto porcentaje de la ciudadanía que se está desenganchando de sus redes eléctricas para consumir energía eólica y fotovoltáica homemade habrá colapsado su negocio y están tomando medidas. Han anunciado que sancionarán con multas de hasta 30 millones de euros a quienes no inscriban sus placas solares o molinos de viento en un registro oficial y a quienes se nieguen a pagar el peaje. Eso no es una tasa, es una penalización para quienes no quieran ser sus sierv@s…
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Sé que la indignación es sólo un punto de partida y la risa una estación de paso, sin embargo hago el recorrido. Al salir del puerto los veleros participantes de una regata me recuerdan que el trayecto importa, de modo que abandono el enojo para apearme con gusto en la primera carcajada: La resistencia al cambio de los lobbies eléctricos me resulta grotesca, pues en sus previsiones no cabe la realidad de este barco.
Pido a mis endorfinas un poco de consideración, que estamos hablando de un decreto y no de un mal chiste, pero insisten en que vea el tamaño de su miedo:  Es tan grande que obran de manera predecible: anuncian su plan en plena canícula de julio, creyendo que pillarán a nuestras neuronas de vacaciones, olvidando que desemplead@s, autónom@s, estudiantes, artistas, jubilad@s… hace tiempo que no saben qué es un calendario laboral. Les recuerdo que hoy el cielo se desplomará sobre nuestras cabezas, haciendo evidente que todo es posible, y dejo que mi reflexión siga su trayecto.
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En días como estos las personas vuelven a cubrirse, sembrando su cuerpo de escondrijos tostados que en invierno nadie adivinaría. La piel erizada por un golpe de viento puede ser muy sensual. Aún el día es tibio y hay quien no pierde la esperanza de un baño, por eso otean el cielo a bordo, con la esperanza de encontrar un agujero azul.
El hecho de que no hagamos ruido potencia la idea de que nos deslizamos, lo que propicia que las conversaciones nazcan desde el paladar. Alguien saca a colación que dos meses después se que se apruebe el decreto (lo que vendría a coincidir con el final del verano) tod@s deberíamos haber declarado nuestras fuentes de energía renovable al estado y mi hipotálamo entra en frenesí. Empiezo a imaginar a miles de niñ@s comenzando el curso escolar ante las ventanillas del ministerio de Industria, registrando sus calculadoras solares, librándose del crimen de tener un juguete solar en casa, dejando constancia de la fuente que fluye en el jardín con una plaquita fotovoltáica, mientras, en el otro lado de la mesa John Silver, el Largo, intenta arrancarles el mapa del tesoro. !Oh, sí, que me detengan por el cargador de baterías!
No soy la única a la que se le despiporran las neuronas. La noticia se aborda en cubierta con cara de satisfacción. No se debe sólo a que esperemos que l@s expert@s en cuestiones jurídicas puedan frenar una iniciativa que nos parece ilegal y claro que nos vamos enterando de las estrategias que ya están elaborando las cooperativas de energía verde (Som Energia, Zencer, Goiener, Enerplus), junto con organizaciones como Viure de l’aire y Ecooo, que fomentan las inversiones limpias y con aquellas que defienden un modelo energético limpio y democrático (Fundación Terra), la razón del subidón de endorfinas es este barco: Navegamos en un modelo de vida que no entra en sus planes. Lo que para nosotr@s es orilla, para las oligarquías es alta mar.
No somos excepción ni esto es un asunto de un puñao de iluminad@s. Sin ir más lejos, hoy pernoctaremos en el Club Naútico de L’Estartit (Girona), que ya usa paneles solares en sus instalaciones. Sus razones, las nuestras, no son las económicas (aunque siempre viene bien ahorrar dinero en tiempos de recesión económica): practicamos un modelo de consumo respetuoso con el entorno. Para más inri, nos encontramos en el entorno del parque natural de las islas Medas.
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La tormenta llega por estribor. Un pez luna salta por popa, haciendo aún más noctámbula la mañana. Me pregunto si antes de que terminemos la campaña no aparecerá por aquí un barco de la agencia tributaria espada en mano y volvamos a vivir una de aquellas escenas de pirateo que durante siglos ha presenciado el Mediterráneo. En esta costa el pirata Barbarroja aniquiló, diezmó y asoló localidades como Palamós en el siglo XVI. La imagen me inspira. Ahora l@s corsari@s son tan civilizad@s que en vez de hacer correr la sangre, nos sangran, convencidos que podrán secarnos en vida. Junto a ell@s, están los cronistas que explican que los habitantes de “la clase media de este país” (esas personas que siempre son “los otros”) son unos sinsangre incapaces de tomar las armas o la calle o el Parlamento o los cañones, convirtiendo en fracaso la sublevación que esperan y negando la existencia de cualquier otra realidad.
Llegada a este punto, miro mis pies, encaramados desde hace 654 millas a este catamarán solar, y me vuelve la risa al rostro, con toda su sangre, y saco la lengua a quienes hasta hace unos días otorgaban el título de “innovadores” a l@s que pidieran créditos y subvenciones para pasarse a las renovables sólo por volverles a tener en sus manos; y hago una pedorreta a quienes dicen que la ciudadanía de este país está narcotizada, borracha de anuncios y teleseries zafias; y bailo un taconeado a es@s que no reconocen lo que ya sucede… Lo hago porque llevo un mes navegando desenganchada de la red. Que vengan ahora a cobrarme en diferido.
Perdemos de vista la costa, sabiendo que la lluvia de julio convierte en domingo cuanto toca. Las cortinas grises arañan la piel del horizonte. Desde el mar hoy la vida parece transcurrir a cámara lenta. Es un buen momento para dar un giro a las conversaciones. Como he aprendido de las reuniones con l@s pescador@s de Arenys de Mar, Palamós, Roses, ahora L’Estartit… celebro cada encuentro de este viaje; el método permite conectar con la gratitud y reconocer el trayecto compartido.
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Recuerdo el rostro de pescador@s, buzos, coraler@s, patrones… que están adaptando sus embarcaciones en su apuesta por la energía solar. Saben que no se trata de consumir más barato, sino de vivir de otra manera. Ya conocen el poder catalizador del bien común, el empoderamiento que da reconocer los trayectos compartidos, la fuerza que se gana cuando se abandona la indignación para pasar a las propuestas y los actos cotidianos. No estamos hablando de victorias y derrotas. Las calizas de Roses que van dejando a las pizarras de Cap de Creus (haciendo que el paisaje pase lentamente del verde al gris) lo entienden. El Mediterráneo podría ser un mar rojo si a la sangre le diera por no diluirse en el agua. Simplemente, es hora de que la humanidad cuente su historia desde otros parámetros.
Miro la roca, inmóvil, junto a la que hemos fondeado, antes de que la tormenta de verano se lleve su sombra por delante. El constante y rítmico batir de olas horada su superficie, excavando en ella caprichosas formas. Su método me parece una alternativa a la ígnea confrontación que tantos jalean o frustran, esa que hace que nuestr@s gobernantes esperen a que llegue el verano para dar los pasos más cobardes, por ejemplo. Mientras me quito la ropa escucho cómo al agua nos habla sobre la resistencia.
El mar erosiona, disuelve y luego deposita, remueve y reordena, silenciosamente. Comprendo que desde hace un mes, vamos arrastrando en cada puerto a personas y propuestas, con nombres y apellidos, integrando causas y efectos. Estamos inmers@s en un constante y rítmico movimiento, es decir, en una suma de acciones y reacciones, de esto hablan las olas. Los juegos de la luz en este abismo gris son infinitos. A mi espalda continúan las conversaciones. He recordado que en alguna parte de mi ordenador está el listado de ex ministr@s de economía que trabajan o han trabajado formalmente para las compañías eléctricas, recibiendo sueldos insultantes. Les pagamos a través de los impuestos cuando nos gobiernan y a través del recibo de la luz cuando regresan al mercado. Del problema paso a las soluciones: la autogestión, la insumisión, la desobediencia, la cooperación, desenchufarse de la red, recoger agua de lluvia, apagar la luz, consumir menos… reapropiarnos de los márgenes, porque es ahí donde se forman los remolinos.
Delante de mí, el ancla, a la pendura, ofrece resistencia al agua. El fluido la envuelve, la bordea, generando torbellinos en el envés del hierro. Observo las espirales que forma el agua cuando se encuentra con un objeto resistente. El agua gira y cambia de orden, genera formas, se renueva… en el revés del objeto que se resiste.
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Al fin estalla la tormenta. En el agua, remolinos; en el aire, turbulencias; en mi ADN espirales…  Vuelve a la punta de mi lengua uno de esos estribillos que me da por cantar cuando estoy a solas. Nació durante la Guerra de la Independencia, en Cádiz, hace 2 siglos. Dicen que con la metralla del bombardeo con el que la artillería napoleónica asediaba la ciudad, las mujeres se hacían bigudíes con los que se rizaban el pelo. Por eso, por mujer, por los rizos, por la alegría, tarareo “Con las bombas que tiran los fanfarroneees, se hacen las gaditanas tirabuzoneees…”
Canturreando rebusco en la memoria del portátil la lista de l@s bien pagad@s, para ponerles nombres y apellidos, para volverles tan verdaderos como mortales. No son una abstracción, aunque formen parte de un sistema hecho a su medida. En sus traseros ya hay personas que trazan remolinos y se movilizan para modificar la Ley de Incompatibilidades, de modo que quienes ejercen cargos de responsabilidad en las grandes empresas energéticas no puedan ejercerlos posteriormente en la Administración pública y viceversa. Observo los rizos del agua, intentando comprender sus secretos. Me doy cuenta, por ejemplo, que en sus embestidas no minan el núcleo duro, sino que disuelven los bordes y deshacen las partes más blandas. Aprendo que no hay enemigo que enterrar sino conocimiento que absorber y transportar. Comprendo que ese risco del que no quieren bajar las personas que se enriquecen con el acceso a la energía, terminará cayendo si seguimos haciendo nuestra labor de forma rítmica y constante.
Los lobbies energéticos de este país están retrasando su naufragio, como esta roca sabe que con el tiempo formará parte del lodo. El modo de vida que encabezan, con su orden, organización, redes y normas, se está desmoronando por sus costados. Lo que les asusta es su propio estruendo.
La lluvia arrecia. Las gaviotas han vuelto a tierra. En medio del abrazo del agua el barco avanza al ritmo del batir de alas. Las turbulencias del viento se suman a los giros del agua. Formo parte de un movimiento, constante, rítmico y vital. En mis pantorrillas una gota de mar persigue a una gota de lluvia y yo las uno, dulcemente, con un dedo.
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2 thoughts on “Nos acostaron innovador@s, nos levantaron piratas

  1. Brutal! Me ha encantado Marta, mmm delicada contundencia ..menos mal que a ratos nos da por reirnos del absurdo! El mar y la lluvia ayudan..claro! Que buena tormenta inspiradora!

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