En la tierra, con ella; en el mar, sobre él.

BY MARTHA ZEIN

Si te sientes parte de los ciclos de la naturaleza, si en tu casa apenas hay puertas, si sabes que estás constantemente evolucionando… ¿Cómo creer en los cierres? Hace días que el catamarán solar duerme en el amarre donde pasará el invierno. Dejará de navegar durante unos meses, probablemente el mismo que estemos sin pisar su cubierta, ¿Se puede decir que hemos llegado al final? ¿Cómo hacer esta afirmación si nos embarcamos dispuest@s a ir hacia “donde el sol nos lleve”, es decir, si nuestro viaje nunca tuvo destino, si yo soy un ser de procesos más que de objetivos?
Desde esta forma de habitar el mundo escucho que se acerca el final de las vacaciones.  Esta frase, dicha a bordo de un barco, implica apurar los culos de los bronceadores, los protectores solares, las leches hidratantes… y el fondo de la nevera. No es cuestión de negar la evidencia. Efectivamente, hay cosas que se acaban o se dan por terminadas, se trata de la tiranía de los sustantivos, objetos léxicos que solemos hacer perecederos.
Se acaban las cosas, quizás, incluso el verano puede darse por terminado, o el amor,  o una guerra… y cuando regresen nos haremos l@s sorprendid@s, o diremos que hay asuntos cíclicos o que nos gusta repetirnos. Con los adjetivos somos más difus@s, por  aquello de que son intercambiables quizás. Los verbos, en cambio: Dejar partir, fluir, dar oportunidad a que “las cosas sucedan”, desapegarse, amar, respirar, son acciones que nos recuerdan que la agenda laboral se parece más y más a una ficción, que “las temporadas” pretenden apagar los ciclos, que la ansiedad por el triunfo/fracaso acorta o alarga el paso del tiempo, que las guerras son una constante en manos de “l@s de siempre”.
image
Se acabó el bote de ese aceite con el que nos embadurnamos la piel tras las duchas de agosto, sin embargo nuestra pituitaria no olvida su aroma evocador. Poco a poco van bajando las temperaturas pero permanece el placer de ver avanzar las sombras en el paisaje.  Durante dos meses dijimos “!Tierra a la vista!”, desde hace unos días la tierra está bajo nuestros pies y en nuestras manos. Enredado en los tomates llegó Joanet (marinero en otras aventuras náuticas), con las almendras volvimos a Julio, Berenice, y Manolo, entre los higos compañer@s de vida como Ada y Oscar, el influjo de la luna trajo a Manuela a este planeta. ¿Qué es lo que se acaba para aquellas personas que conectan con “la constante”? A ella van enganchados verbos, frases, relatos, actitudes, conocimientos…
Después de dos meses de navegar lentamente sobre el azul y bajo él, puedo asegurar que todo está vivo, que todo es inteligente y que todo está conectado. Por tanto, ¿Quedan abolidos los finales?. Veo el último corte de la película “Jumping with Jess” de mi amigo, el cineasta Josë Luis Matoso, y, pegada a la silla, afirmo que eros y tanatos hacen una buena pareja y que su hija, la vida, es la constante que nos lleva. Nacimos tantas veces como morimos, confundimos ocasos con auroras, así de humanos seguimos siendo.
“En Alicante duerme el barco solar”, escribo esta frase en la barriga de un velero, el “Triple G”, que se ha cruzado en nuestra vida de casualidad, cedido por Jose Pedro y Manino, dos rebeldes capaces de inflar las velas de sus sueños y lograr que recorran mundo. ¿No habíamos dejado el mar? ¿Entonces, qué hacemos de nuevo aquí, con la despensa llena de tomates? ¿Cuántas veces decimos “!Se acabó!” y al poco rato vuelve a empezar el lío? ¿Cuántas veces crees que abandonas, que ya no puedes más, que ya no sabes más, y te encuentras con que sigues avanzando? ¿Qué sucede cuando descubres que eso que llamamos final es una ciudad fronteriza abierta hasta el amanecer?
Aquel cielo que antes era azul ahora es gris. Las nubes cambiaron de sitio. ¿Dónde quiere llevarnos el sol?
image
Es verdad, vaciamos la despensa del catamarán, los camarotes, recogimos los aperos, es cierto que el motor no volverá a encenderse aunque el sol cargue sus baterías. Le desnudamos, llevándonos hasta el último recuerdo. Es evidente que se puede cerrar el catamarán como quien acaba un bote de mermelada de frambuesa (Mmmmm) pero… ¿Acaso tienen final los intercambios que allí se produjeron? Como las semillas, el conocimiento compartido germina, crece, fructifica. Sé que llegará el otoño y caerán sobre cubierta una parte de nuestras gotas hechas lluvia.
Para darme la razón, para acompañarme o porque sí, la tormenta se hace un sitio ahora en este cielo, el de aquí. Neil Young canta que llega el tiempo de la cosecha. Sembrar en el azul, cosecha de olas… A bordo, Enrique y Mar se dejan llevar por la Navegación Tranquila de la que me habló Joan Sol, vuelve a mi boca el Cambio Lento promovido por Miguel Murcia, muerdo un higo que respetó los principios del Slow Food… y me planteo por qué no regresar al Slow Thinking, término que quizá no exista, pero supondría hacer lo que es natural en los seres humanos: contarnos el mundo a  un ritmo no industrial incorporando a nuestra contemplación conceptos como la simbiosis, la cooperación, la diversidad, la polinización cruzada, el respeto al lugar…
image
El lugar, el catamarán solar, este velero. A medida que íbamos repasando las costuras del primero, revisando los paneles solares y todas aquellas piezas que nos permitieron navegar durante casi dos meses, le fui agradeciendo… y llegó un momento en que sentí que se transformaba en un pequeño lugar sagrado. Recuerdo las reflexiones que Giacommo Di Stefano nos hizo sobre su barca “Clodia” cuando alcanzó a remo Estambul (después de dos años de su partida de Londres): la construyó con sus manos, eligió la madera, le dedicó una parte de su vida, conocía sus sonidos, sus detalles más sutiles, durante el viaje se transformó en una extensión de su cuerpo (en medio de la tormenta sólo estaban la barca y él). Esa dimensión del respeto al lugar, hizo que el catamarán solar adquiriera otro sentido, como el Brancaleón (el velero en el que vivimos durante 4 meses el año pasado) sigue pegado a una parte de nuestra piel. Esta es una de las dimensiones que facilita vivir en un barco: recuerda que el lugar que habitamos va con nosotr@s, siempre es “nuestro sitio”, no importa si es propiedad o lugar de paso.
Nos acabamos de subir a este velero. No estaba previsto. Sigo diciéndome “iré donde el sol nos lleve” y lo repito las veces que haga falta cuando llega el vértigo, la zozobra, el golpe de viento, cuando no sé leer el mapa o alguien se empeña en entender qué hago. En un par de meses este velero cruzará el Atlántico, yo habito sus vísperas. Esta semana se prevén días de lluvia y tormenta, subo la cremallera de mi chubasquero mientras el sol se esconde tras las nubes.
No sé en qué lugar habita el sol, sólo sé que de nuevo estoy sobre el agua, que en la piel llevo los arrumacos de Jaume, que en la alacena esperan tomates secos y que hoy vuelve a ser un día ganado a la vida.
Advertisements

La memoria del cuerpo, la constante, la intención.

BY MARTHA ZEIN

Llevo varios días queriendo escribir esta crónica. Abro el cuaderno, comienzo a garabatear unas líneas y al poco tiempo algo sucede que me impide continuar. Me gusta incorporar estas interrupciones en mis actos narrativos, las considero una “llamada de atención”. Cuando suceden presto atención al relato que tengo entre manos y me planteo si es el momento adecuado para escribirlo. Quizá no contemple un aspecto importante del asunto o esté confundiendo el tono… “¿Estoy mirando en el lugar adecuado?” pregunto al aire como hacen l@s kinesiólog@s con los músculos (esperando a que me responda mi voz interior) y continúo. Si al cabo de unos minutos vuelve a producirse un corte, atiendo a lo que sucede, cierro el cuaderno y cambio actividad, lo que no significa que no continúe con la historia. Simplemente dejo que su escritura crezca al margen de mi voluntad.
Einstein trabajaba así, Picasso también. Imitando sus procesos creativos he aprendido a mantener el texto “despierto” y observar cómo evoluciona en otro contexto, bajo la influencia de una circunstancia ajena aparentemente a su contenido, afectado por el azar… Esa impronta hace que cualquiera que persiga una idea salte de la silla y entienda su obra de forma más profunda, porque permite ver la estela que dibuja ese punto de partida que habitualmente llamamos inspiración. A veces es tan luminosa como la que traza una estrella fugaz.
Esta crónica arrancó la mañana en la que cumplía cincuenta días durmiendo a la intemperie. Aún en el saco de dormir, empecé a contarme el siguiente texto:
image
Despertar empujada por la insistente luz o porque la temperatura dice que va siendo la hora, no importa lo que indique el reloj. Dormir mientras mi cuerpo negocia con la humedad, el viento y las sombras haciendo que cambie de postura y gire en el lecho como quien duerme abrazada a un amante nuevo. Acostarme queriendo adivinar qué traerán las nubes…
Hago esta cuenta atrás con los ojos cerrados y la piel despierta, preguntándome en qué momento mi anatomía habrá comenzado a memorizar la experiencia que supone dormir sin techo.
Se acerca el final de este viaje y yo sigo disfrutando como una perra callejera el primer día que regresa al bosque. ¿Qué parte del proceso de dormir en la cubierta del barco solar recordarán mis músculos cuando vuelva a mi habitación y me desnude ante el espejo?
Hace cincuenta días que llevo el viento agarrado a mi cintura. Su tacto me ha hecho consciente de lo amplia que es mi superficie: ha dibujado la forma de mis pies, la hoquedad de mi nuca, la corva de mis rodillas, las aletas de mi nariz, la pequeña herida que ayer me hice en la palma de la mano… El abrazo del aire. El abrazo.
Doce años atrás, en un viaje por el desierto, conocí a una enfermera que trabajaba con bebés que nacían sord@s y cieg@s. Su experiencia le permitía asegurar que el contacto físico es una forma de adquirir conciencia. Después de una larga estancia en Marruecos, donde la mayoría de las madres llevan a sus hij@s pegad@s a su cuerpo durante mucho tiempo, agarrados en un hatillo a su cadera, a su espalda, sobre su vientre… había comprobado que ese continuado contacto permitía que las criaturas sordas y ciegas crecieran con consciencia de su corporeidad, de sus formas… de su ser en el mundo.
Desde entonces defiendo que un abrazo es importante: no sólo por el arrullo que genera o la fusión emocional de sus protagonistas, sino porque nos permite percibir que el cuerpo del otro es capaz de moldear nuestro gesto y nuestra forma de estar, al acogerle en el regazo, a la altura del corazón, lo incorpora,, nuestros brazos memorizan el volumen y las caderas recuerdan dónde comienza la cintura propia y la ajena… De algún modo, durante el abrazo, el cuerpo del otro se vuelve nuestro envase y viceversa.
image
No recuerdo ahora qué sucedió, pero mi relato quedó interrumpido en este punto. No es extraño. Navegar es una actividad llena de llamadas de atención. Cuando no es un golpe de timón, es una maniobra de amarre, un cambio de ruta… Además está la energía que mueve este barco. Hemos visto a veleros girar sobre sí mismos para poder observarnos de cerca. Hemos aprendido a distinguir cuándo una motora que mantiene el rumbo colisión no está haciendo otra cosa que acortar distancias para saludarnos. A estas alturas del viaje reducimos aún más nuestra velocidad cuando pasamos cerca de unas piraguas. Hace unos días nos abordó Rafa y sus hijas al grito “al fin, os alcancé”, corroborando que nuestro cambio de ritmo tiene sentido.
Lo único que recuerdo es que aquel día en el que mecí de nuevo esta crónica subieron al catamarán l@s niñ@s de “Educar es amar”, acompañad@s de sus madres y padres. Verles descubrir el mundo, jugar y fascinarse fue nutritivo.
“¡Mirad! ¿Qué aparecerá por proa?, ¿Un elefante? ¿Una sirena? ¿Más agua?…” Les decía, contagiada por su frescura. Largo rato después, Amber, de tres años, quiso devolverme la pelota y dijo, señalando a Fionn: “!Mira, es un bebé canela!”. Volví la cabeza y, efectivamente, la luz del atardecer caía sobre su pelo y piel, tiñéndole de un suave color ocre; parecía un niño dorado, hecho con el barro de la playa. ¿Qué formas y volúmenes veía aquella niña a nuestro alrededor? ¿Hasta qué punto estaríamos en el mismo barco? ¿Qué rememoraría Amber de nuestro viaje cuando  llegara la hora de ir a la cama? ¿Que el bebé canela comió dos galletas y la sirena siguió nadando allí abajo?
image
De regreso al puerto, en una de las conversaciones con l@s adult@s, apareció en mi boca una palabra que olvidé enseguida. Lo único pude recordar cuando volví al cuaderno fue que tenía que ver con la percepción y que cuando la pronuncié me dije “Oh, es esto lo que quiero contar”, nada más. Aún así, comencé a escribir, confiando que aquella palabra aparecería entre frase y frase. En ese momento volvíamos a estar frente a la costa de Xàbia y aquella precisamente era una noche señalada. Celebraban la fiesta de moros y cristianos. Además, rondaban las Perseidas, es decir, en un momento determinado una lluvia de estrellas arañaría el cielo y después romperían su velo los fuegos artificiales.
El momento y el lugar eran inspiradores y en mi boca se deshacía, como un caramelo, el asunto de la percepción, de modo que retomé el texto donde lo había dejado y seguí narrando…
Desde hace tres noches el cielo se cubre de lluvia de estrellas.  Esto se acaba y las Perseidas vuelan, una bella forma de celebrar siete semanas durmiendo al aire libre. 
Estamos desandando la ruta como la enagua se desliza hasta el tobillo, dejándonos caer. Ahora toca Xàbia, ayer, Gandía. Cada jornada rebaño el sol con la entrega de una recién nacida alimentándose de la teta nodriza, todo mi cuerpo mordisquea el paisaje como el bebé canela hacía con su galleta, absorto, en comunión con el alimento. De noche es el viento el que moldea mi piel.
Porque puedo contar las mordidas que otros viajes dejaron en mi carne, me pregunto dónde me habrán hincado sus dientes los cincuenta días que llevo bordo de este catamarán solar.
Veo pasar una idea, saludo un recuerdo, me reencuentro con una canción que creí olvidada y la traigo a bordo, feliz, como una perra que ha encontrado un tesoro. ¿En qué se transformará esta nueva habilidad cuando camine por tierra, día tras día, o cuando lleguen las largas noches de invierno?.
image
Desde que se cerró la campaña del WWF en la boca del Ebro, desandamos puertos, cabos y millas con una sonrisa que no nos alcanza el rostro, quizá porque hemos convertido en un hermoso hábito eso de callar junt@s y dejar que sea el viento el que haga el resto.
Después de más de siete semanas de navegación tranquila mis células nadan en endorfinas, metiendo lo de fuera (el sol) definitivamente en lo de dentro (mis defensas, mi estado de ánimo, mis pensamientos…) No hay día que no metabolice este viaje. Al final, cuando no sea más que una enagua en sus tobillos, sé que seré levemente otra…
De golpe los fuegos artificiales rompieron la noche y el cielo estalló en colores, lo que hizo que prestara toda mi atención al espectáculo, clausurándome de nuevo la inspiración. ¿Qué era lo que me estaba dejando en el tintero?
image
La respuesta apenas tardó unas horas en llegar. Sucedió a media mañana. Miracles (que compartía de nuevo un trayecto de este viaje) y yo reordenábamos las viandas que su compañero Toni había comprado en el mercado en medio de una animada charla. Le explicaba que en este viaje había mantenido conversaciones impactantes con mujeres prácticamente desconocidas. Con Nuria en el hueco que nos hicimos durante uno de las cortos trayectos por al puerto; con Ángels en tierra, a pocos metros del catamarán; con Bety mientras veíamos como el día sucumbía en el horizonte; con Judith, al tiempo que mascábamos frutos secos y frutas escarchadas; con Gema, cuyas palabras se colaron en el barco de forma inesperada, con Cristina en una de las tardes más lentas del viaje… Con todas ellas compartí la profunda complicidad de las comadres. No importa que no las conociera, por el simple hecho de ser mujer entendía su forma de resolver un conflicto, sus dudas, sus despertares e intuiciones, su relación con el mundo, con su cuerpo… Era emocionante…
Mientras yo entraba en detalles, Miracles asentía, arrebujada en el sillón. En un momento determinado, murmuró: “Sí, es el continuum”.
Todo el mundo conoce esta sensación. La visitamos en esos días de asueto que marcamos en rojo en nuestro calendario, pero también nos asalta inesperadamente al reconocernos en una mirada. A veces se transforma en un olor capaz de mecernos en melancolía o cortarnos el aliento, en un sabor, en una melodía… es esa conversación que retoman dos amigas después de años sin verse con un “como te iba diciendo”… Y también es algo sublime. Salieron en su busca l@s poetas del opio, l@s místic@s le dieron nombre, l@s amantes, cuerpo, l@s explorador@s un lugar en los mapas. Prana, qi, kundalini, orgón. éter… aquello que Miracles llamaba “el continuum” es capaz de unir lo de dentro con lo de fuera. Esa una constante que no sólo es posible recordar con la cabeza: se trata del poder de la memoria del cuerpo. Más allá de nuestra mente y nuestro corazón, nuestro cuerpo guarda sus propios recuerdos, los almacena y pone en el disparadero a nuestro hipotálamo. También recordamos de fuera hacia dentro.
image
Aquella tarde, mientras el universo entero parecía dormir la siesta, volví a la crónica, convencida de haber encontrado su sustancia. Guardé todo lo escrito y volví a empezar de cero:
El gps insiste que el punto final está en Alicante, a unas millas concretas, qué más da el sitio en el que nos situemos. Su precisión se me deshace entre los dedos porque hay instantes que agrandan el espacio y el tiempo. Uno sucedió en Burriana. Al caer la tarde aparecieron dos mujeres en el barco; a una nunca la había visto, la otra sólo se cruzó tres veces en mi vida. Sucedió algo antiguo: tres mujeres nos asomamos a la misma fuente.
Es cierto que, la costa se desliza en sentido contrario, por tanto vuelvo, pero aquel día me conmoví y no se desató la tormenta prometida y me dejé afectar por el aire fresco de Inma y por los colores de Silvia…
En el camarote, doblado, hay una sonrisa azul en forma de vestido, en la que me bañaré cada vez que me lo ponga. Hablamos de amor, de recetas, de tragedias, comedias, de política, arte, belleza, de hombres comunes, nombres compartidos, de nuestro lugar en el mundo, de la muerte y de nuestros vientres… A partir de ahora, cuando piense en la alegría de la franqueza, le pondré el cabello rojo.
Cuando se dieron la vuelta y desandaron el pantalán, llevaban tras de sí una ristra de risas nuestras y algo mío, no sé qué, que aún viaja entre ambas.
Es evidente, regreso, me digo, mientras tomo aliento en cada rincón de la costa que reconozco, como quien reposa la mano en un vientre amado. Pregunto a mi cuerpo quién es la que vuelve, cuánto de mí quedó atrás. Voy más adentro y me dirijo a mis células. ¿Vuestras sinapsis han cambiado a golpe de viento, con cada afecto? ¿Hasta qué punto esos instantes en los que percibí que entraba en armonía con el entorno no han moldeado mi organismo? Y voy más allá, insistiendo a mis átomos, mis protones, mis neutrones, mis quarcks, a esas millones de partículas que me constituyen y que nadan en un océano hecho de vacío e insisto si durante este viaje un soplo de energía les cambió el paso.
image
Vuelvo al lugar en el que embarqué, recorro, pues, la estela de este viaje, tomo la medida de su huella con todo el cuerpo, a bordo de este barco solar… Mi cuerpo tiene razones para tener memoria. Reconocer sus recuerdos acerca a cualquier ser humano a la flexibilidad de los juncos, ofrece caminos alternativos a la suma de partículas que conforman nuestra anatomía, a ese baile de átomos que nos constituye. Gracias a esta memoria recuerdo que mis arrugas tienen la torcida belleza de los olivos, no importa lo que digan las clínicas de estética, el negocio de la belleza, el peso de las costumbres, ni que mi corazón aletee cuando se encuentra con el espejo.
Esas células que se encargan de repartir la alegría del sol entre mis neuronas demuestran que la mente registra sólo una parte de la información que nos rodea y no siempre es la más útil. Por eso sé que dentro de unos meses me sorprenderé adivinando que llega la tormenta nada más salir de la oficina o asumiendo la presencia cercana de un arroyo mientras mi moto da la vuelta a una curva. La espuma de estas olas se asomará a mis pestañas cuando llegue el invierno, viendo sal donde encuentre nieve.
No recuerdo en qué momento me quedé dormida, sólo sé que desperté con la palabra que llevaba rumiando desde hace días enganchada en la punta de la lengua. Antes de que se esfumara la pronuncié en alto: Intención.
“De lo que tengo que hablar es de la intención”, volví a decirme, como quien encuentra al fin la solución a un enigma, sin saber muy bien a qué me refería.
Tardaría casi 24 horas en volver a tener un tiempo propio en el que retomar la crónica. Cuando llegué al cuaderno escribí este párrafo, pensando en mí, en todas mis comadres y en los hombres a los que amamos.
image
Soy la mujer que ama, que desea, goza y retoza, piensa, se estremece, vive, se conmueve, aprende, se indigna, juega y apura el vaso, con todo lo que es y hasta el último instante de su vida, en constante evolución. Estoy vinculada al resto de los seres por una constante, que me permite ir de lo de dentro a lo de fuera y viceversa;, tomar conciencia de ello me llena de puertas y ventanas a las que puedo asomarme y por las que transitar. Soy el resultado de una huella original, una información insuflada en una minúscula suma de óvulo y espermatozoide en la que está escrito el color de mis ojos, el arco de mi vida, mi carácter… elementos que, en contacto con el resto del universo se moldean. Las experiencias y los vínculos dan forma a mis actos, mi materia y a todo lo que me constituye. Esta certeza me permite valorar lo que hago, mi paso por esta vida, el espacio en el que despierto, la humedad transpirada, el viento retenido en el rostro… Todo me moldea, incluidas mis narraciones, porque soy un ser en relación. Incluso la manera que tengo de observarme me modifica y del mismo modo le sucede a todo cuanto observo. No controlo nada, sólo puedo hacerme responsable de una cosa: mi intención. Mi intención está conectada con el amor. En esto consiste navegar allá donde el sol nos lleve: en dejarse llevar por la intención.
Después, tarareando, comencé a hacer el equipaje. Por fin había encontrado el sentido de esta crónica. Ahora sólo hacía falta escribirla…

Las plantas superiores enredaron el barco en el lugar de los besos perdidos

BY MARTHA ZEIN

Eladio Reyes Arias reconocía a las personas que se encontraba a su paso por el sonido de sus pies sobre el empedrado, por la hora a la que salían de casa, por cómo sorteaban el socavón, por la risa a punto de salir de sus bocas, por ese “algo” que nuestros ojos roban al aire que nos roza la piel y nos deja ciego el tacto. Judith me habló de ese hombre, fotógrafo ciego y líder vecinal a quien había conocido en Cuba hacía algunos años cuando todo esto estaba por suceder. Tenía la capacidad de percibir a l@s demás sin necesidad de usar los ojos (ella misma lo comprobó el día en que fue a conocer su barrio) y a mí me emocionó saber que decía siempre “Buenas noches” aunque fuera mediodía.
Probablemente yo, como tantas otras, le hubiera amado a raudales.
No le conocí y sin embargo le recuerdo ahora que todo está en calma y siento respirar al planeta. Puedo ser mucho más concreta: oigo el aliento de este río en el que discurrimos lentamente mientras buscamos el último cobijo, percibo que gira en remolinos centrípetos, hacia el mar, empujándonos por proa. Ahora sopla de mi nuca a mis pies y luego vuelve, ligeramente, lamiendo mis tobillos hasta refrescarme el rostro.
Quizá sea gracias a que cada año soy un poco más ciega y algo más sorda por lo que hoy todo mi cuerpo puede ver las olas invisibles con las que el Ebro silba el aire, unas volutas húmedas que sé que irán desapareciendo a medida que avancemos hacia el mar. Lo sé porque desde hace unas semanas recorrer su cauce se ha convertido en extraña costumbre. Puedo ser más concisa: en las últimas 48 horas hemos ido cuatro veces de su boca al mar y viceversa, lo que me ha permitido distinguir los abrazos del agua dulce y la salada. El primero, denso y esmeralda, el segundo, de un azul salvaje. La lengua del río acercándose a lo sólido y la del mar espumándose con el aire.
image
Conozco a aquel cubano ciego con quien nunca hablé porque sé que si retrató la risa de la mujer era porque sabía hacia dónde mirar: hacia ese viento, capaz de jugar con la ropa recién lavada y revolver la paciencia de su madre, que bufaba entre las cuerdas con la boca llena de pinzas. “Juanita, te quieroooo”, gritó Eladio a esa sombra que para Judith aún no tenía rostro, y Juanita, saliendo de la oscuridad, le respondió entre risas “Y yo, mi negro”.
He visto a quinientas personas gritar, emocionadas, que el río es vida (“!Lo riu es vida!”). Allí estaban los medios de comunicación y sus cámaras, dando constancia de los hechos, sin embargo es Eladio, a quien nunca ví, el que me recuerda que ya llevaba viéndoles mucho antes de encontrarles en el embarcadero, bailando, cantando, jaleando la sostenibilidad del Ebro. Del mismo modo que la risa ya existía antes de abrir la boca, en manos del viento, las sábanas blancas y la madre del pelo revuelto, nuestra algarabía se había tejido mientras remontábamos el río. Se fueron enlazando, una a una, las personas que aman el cauce, primero en una zodiac, luego en una lancha, en tres piraguas… Fueron situándose a un lado, a otro, y las más frágiles surfearon la estela que dejaba atrás nuestro silencioso motor.
De algún modo percibimos el alborozo antes de que adquiriera esa forma concreta en la que se abrazaron, castellets, un grupo de música, niñ@s, ancian@s, jóvenes, tod@s con las camisetas azules que distinguen a l@s miembros, amig@s y simpatizantes de la Plataforma en Defensa de l’Ebre, medios de comunicación, miembr@s y voluntari@s del WWF… Por eso, cuando quienes esperaban en el embarcadero y quienes remontábamos el Ebro nos encontramos, sentimos la alegría del reconocimiento.
En tierra y sobre el agua, conocid@s y desconocid@s, a tod@s se nos esponjó el alma. Podría parecer que aquel era un acto con el que plantábamos cara a la nueva redacción del Plan Hidrológico, sin embargo, hasta el del corazón más tibio supo que aquel era un acto azuzado desde el amor a este planeta azul, con todos sus habitantes dentro.
image
Eladio hubiera estado de acuerdo en que no hace falta ser un fotógrafo ciego para reconocer que, del mismo modo que la carcajada estaba esperando en la comisura de la boca, aquel estruendo jubiloso esperaba su vez para aparecer ante nuestros ojos. De hecho, las aves conocen el misterio. Ese grupo de garzas que ahora surca el azul en busca de un lugar donde pernoctar me lo demuestra. Sus alas mueven tirabuzones de aire al mismo ritmo.
La que va en cabeza dibuja una ola invisible en la que el grupo flota y que entre todas alimentan cada vez que baten sus alas. Es una estela colectiva en la que cada una tiene su lugar preciso: el ave que dispone de más fuerza potencia la onda a base de aleteos, aportando así energía a ese lazo común, situación de la que se aprovecharán los pájaros más débiles (quienes endulzarán el ritmo del aleteo colectivo haciendo presente la fragilidad). Observo el movimiento que las abraza y une, eleva y baja sus alas, a todas por igual. Saludo de nuevo a las espirales, que vuelven a hacer acto de presencia, y concretamente a ese tirabuzón aéreo y colectivo que hace que aquella garza más que volar, sea volada.
Cae la tarde. En el barco sólo estamos el capitán y yo. Los remolinos nos llevan, nos siguen, los generamos con nuestra pequeña hélice… El río nos desplaza y todo discurre, no sólo allá donde habitan las orillas. Discurre el júbilo que quedó atrás y las sonrisas conmovidas del equipo del WWF (que cerró en Amposta la campaña 2013). Discurren los abrazos de José, de Diego, de Susana y Matilde, apretaos y bailaítos, en los que incorporamos susurros de esos que se quedan pegados a la oreja como si fueran pendientes. Discurren las desbocadas olas que cabalgan como la espuma sobre el mar, esas que al recordarme la infinitud que llevamos dentro me hicieron estremecer una mañana en la que compartía un té en la distancia con Alice. Discurre la bondad en los ojos de Didac, mi amigo del alma con el que tan sólo he compartido 30 días salpicados a lo largo de una vida, y nuestras conversaciones de madrugada, junto a  Sara, sobre la entrega, la armonía y el amor, siempre el amor… Discurren cada una de las personas que han pisado este barco y dieron lo mejor de sí, su hermosa sorpresa al descubrir que respiraban el mismo aliento con una persona desconocida. Y discurre la humedad, el rocío, los rayos de sol en la piel… Y ahora, en la que todo parecía de vuelta, !Cuánta desnudez!.
image
Un pequeño chirrido nos arranca del mutismo. Hemos enganchado fango y ramas en un motor. Llevamos un hatillo de plantas superiores (así es como las llaman l@s biólog@s para diferenciarlas de las algas) enredadas en la hélice. Después de unos minutos hurgando en la máquina, el capitán decide que tendremos que fondear aquí, donde quiere el Ebro. Con tan poca luz y el agua con tanto limo, no tenemos más opción que esperar a que amanezca en este punto del mapa. Miramos el gps. El lugar que ha escogido es la comisura de su antigua boca.
Hoy cenaremos en el lugar donde duermen los besos que el río ya no puede volver a dar al Mediterráneo. Sonrío con estremecimiento. Toca encontrarme con esas viejas palabras de amor que un día se engancharon en el cielo de mi boca. No es que tema remover el limo, es que sé que un pequeño aleteo puede hacer que una ola invisible me envuelva y me lleve hacia adelante. Quizá, en algún momento de esta noche me vea nadada, en vez de nadando y vuelva el olor de un cuerpo de antaño… o quizá sea otra mujer quien se emborrache  con aquel vino. Quizás, a miles de kilómetros, dos amantes se muerdan la boca con una voluptuosidad que ya no es mía.
Me estremezco. La oscuridad se va adueñando de nuestras sombras. Baja la temperatura. Nos prometemos que mañana bordearemos aquellos labios del Ebro, hoy sellados. Llega la luna. Mis ojos se acercan a la ceguera. Observo casi a tientas el vuelo de los pájaros sobre el delta. Recuerdo algo que leí en “El caos sostenible” (Theodor Schvvenk): el ejemplar que marcha en cabeza no tiene por qué realizar mayor esfuerzo pues la ola aérea engendrada por su grupo es capaz de propagarse a más velocidad que la que puede alcanzar cada una de las aves por separado.
Todas las aves del grupo pueden tomar energía de ese campo común, no importa qué lugar ocupen durante el vuelo ni su fortaleza, de ahí que, durante las migraciones, cada miembro de la bandada bata las alas el mismo número de veces. Hace un par de noches, Susana, Matilde y Manel me recordaban que en la Plataforma no tienen a nadie al que definan como president@… pero no es de una nueva forma de liderazgo de lo que quiero hablar, sino de ese movimiento llamado amor que puede moldear cuanto toque.
Esta mañana 500 personas amaron al río y se amaron entre sí, y lo hicieron junto al agua, el gran transmisor de energía. Quizás, a cientos de kilómetros, las fuentes y los arroyos dieron saltos al son de nuestra música; quizás, del mismo modo, las viejas palabras de amor que llevaba prendidas en mi boca hoy retocen en una cama que desconozco o quizás uno de esos besos que a cientos de kilómetros mordisquean dos amantes resuene en mi boca y visite esta noche la nuca del capitán.
El amor es una energía poderosa y el agua un magnífico transmisor (que envuelve todo el planeta). Si la energía deja su impronta en la materia, si el movimiento de los fluidos crea formas dejando constancia en las estructuras de nuestros huesos y músculos, ¿Por qué no pensar que es capaz de moldear las estructuras más profundas, las de las células, nuestras gotas, nuestros cristales? ¿Por qué no creer que amando al río hemos sido arte y parte de una espiral capaz de moldear nuestra existencia?
image
Miro al cielo. La noche no está como para lluvia de estrellas. De todos modos, pregunto a la oscuridad por la luz. L@s científic@s saben que todo es vibración, la física cuántica ya está hablando de ese lenguaje. De hecho hay una teoría que sugiere que existe un campo de energía que impregna todo el espacio y que permite que las partículas elementales que interactúan con él adquieren masa. Ese campo se conoce como el campo de Higgs. Cuando quiero mecerme me gusta pensar que esa energía, esa que da la masa a las partículas más pequeñas (bosones) es la que en otros parámetros se expresa moldeando los corazones, creando realidades, modificando el curso de la historia, dando forma a la materia.
A pesar de todo, duermo mal. Los mosquitos llenan de piel el sueño logrando que apenas llegue a ser profundo. He despertado creyendo que mi cuerpo era un río. La contracción y la dilatación de mi corazón hacía que mi sangre remontara su curso, llevando la contraria a la ley de la gravedad. Eran mis latidos los que, por un instante, lograban que lo de dentro se convirtiera en lo de fuera. Es un sueño inquietante.
Aguardo a que mis pupilas se acostumbren a la oscuridad para colocar cada asunto en su sitio. Lo consigo. Constato que el Ebro sigue respirando, que ayer era yo quien discurría, río arriba y que el resto son reverberaciones. Muy bien, todo en orden. Tomo un trago de agua. Busco una mejor postura y caigo de nuevo en el sueño, esta vez profundo.
Al día siguiente, antes de que el sol empiece a escalar el cielo, tomamos la pequeña barca auxiliar y recorremos lentamente la antigua boca del Ebro hasta alcanzar la vieja desembocadura. La hélice se enreda una y otra vez en las plantas superiores, lo que da fe del poco tránsito de barcas por la zona. A ras de superficie se adivinan las carreras de los peces. El trayecto termina en un banco de arena habitado por gaviotas. Desando las pisadas de las garzas, una balsa rosa acoge a un par de flamencos. Recorremos desnud@s el lugar, como si fuera cierto que allí duermen las palabras de amor no dichas, los besos que no se dieron, los gemidos ahogados de los amantes, y nos lanzamos al mar, como dos chiquill@s.