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Las plantas superiores enredaron el barco en el lugar de los besos perdidos

BY MARTHA ZEIN

Eladio Reyes Arias reconocía a las personas que se encontraba a su paso por el sonido de sus pies sobre el empedrado, por la hora a la que salían de casa, por cómo sorteaban el socavón, por la risa a punto de salir de sus bocas, por ese “algo” que nuestros ojos roban al aire que nos roza la piel y nos deja ciego el tacto. Judith me habló de ese hombre, fotógrafo ciego y líder vecinal a quien había conocido en Cuba hacía algunos años cuando todo esto estaba por suceder. Tenía la capacidad de percibir a l@s demás sin necesidad de usar los ojos (ella misma lo comprobó el día en que fue a conocer su barrio) y a mí me emocionó saber que decía siempre “Buenas noches” aunque fuera mediodía.
Probablemente yo, como tantas otras, le hubiera amado a raudales.
No le conocí y sin embargo le recuerdo ahora que todo está en calma y siento respirar al planeta. Puedo ser mucho más concreta: oigo el aliento de este río en el que discurrimos lentamente mientras buscamos el último cobijo, percibo que gira en remolinos centrípetos, hacia el mar, empujándonos por proa. Ahora sopla de mi nuca a mis pies y luego vuelve, ligeramente, lamiendo mis tobillos hasta refrescarme el rostro.
Quizá sea gracias a que cada año soy un poco más ciega y algo más sorda por lo que hoy todo mi cuerpo puede ver las olas invisibles con las que el Ebro silba el aire, unas volutas húmedas que sé que irán desapareciendo a medida que avancemos hacia el mar. Lo sé porque desde hace unas semanas recorrer su cauce se ha convertido en extraña costumbre. Puedo ser más concisa: en las últimas 48 horas hemos ido cuatro veces de su boca al mar y viceversa, lo que me ha permitido distinguir los abrazos del agua dulce y la salada. El primero, denso y esmeralda, el segundo, de un azul salvaje. La lengua del río acercándose a lo sólido y la del mar espumándose con el aire.
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Conozco a aquel cubano ciego con quien nunca hablé porque sé que si retrató la risa de la mujer era porque sabía hacia dónde mirar: hacia ese viento, capaz de jugar con la ropa recién lavada y revolver la paciencia de su madre, que bufaba entre las cuerdas con la boca llena de pinzas. “Juanita, te quieroooo”, gritó Eladio a esa sombra que para Judith aún no tenía rostro, y Juanita, saliendo de la oscuridad, le respondió entre risas “Y yo, mi negro”.
He visto a quinientas personas gritar, emocionadas, que el río es vida (“!Lo riu es vida!”). Allí estaban los medios de comunicación y sus cámaras, dando constancia de los hechos, sin embargo es Eladio, a quien nunca ví, el que me recuerda que ya llevaba viéndoles mucho antes de encontrarles en el embarcadero, bailando, cantando, jaleando la sostenibilidad del Ebro. Del mismo modo que la risa ya existía antes de abrir la boca, en manos del viento, las sábanas blancas y la madre del pelo revuelto, nuestra algarabía se había tejido mientras remontábamos el río. Se fueron enlazando, una a una, las personas que aman el cauce, primero en una zodiac, luego en una lancha, en tres piraguas… Fueron situándose a un lado, a otro, y las más frágiles surfearon la estela que dejaba atrás nuestro silencioso motor.
De algún modo percibimos el alborozo antes de que adquiriera esa forma concreta en la que se abrazaron, castellets, un grupo de música, niñ@s, ancian@s, jóvenes, tod@s con las camisetas azules que distinguen a l@s miembros, amig@s y simpatizantes de la Plataforma en Defensa de l’Ebre, medios de comunicación, miembr@s y voluntari@s del WWF… Por eso, cuando quienes esperaban en el embarcadero y quienes remontábamos el Ebro nos encontramos, sentimos la alegría del reconocimiento.
En tierra y sobre el agua, conocid@s y desconocid@s, a tod@s se nos esponjó el alma. Podría parecer que aquel era un acto con el que plantábamos cara a la nueva redacción del Plan Hidrológico, sin embargo, hasta el del corazón más tibio supo que aquel era un acto azuzado desde el amor a este planeta azul, con todos sus habitantes dentro.
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Eladio hubiera estado de acuerdo en que no hace falta ser un fotógrafo ciego para reconocer que, del mismo modo que la carcajada estaba esperando en la comisura de la boca, aquel estruendo jubiloso esperaba su vez para aparecer ante nuestros ojos. De hecho, las aves conocen el misterio. Ese grupo de garzas que ahora surca el azul en busca de un lugar donde pernoctar me lo demuestra. Sus alas mueven tirabuzones de aire al mismo ritmo.
La que va en cabeza dibuja una ola invisible en la que el grupo flota y que entre todas alimentan cada vez que baten sus alas. Es una estela colectiva en la que cada una tiene su lugar preciso: el ave que dispone de más fuerza potencia la onda a base de aleteos, aportando así energía a ese lazo común, situación de la que se aprovecharán los pájaros más débiles (quienes endulzarán el ritmo del aleteo colectivo haciendo presente la fragilidad). Observo el movimiento que las abraza y une, eleva y baja sus alas, a todas por igual. Saludo de nuevo a las espirales, que vuelven a hacer acto de presencia, y concretamente a ese tirabuzón aéreo y colectivo que hace que aquella garza más que volar, sea volada.
Cae la tarde. En el barco sólo estamos el capitán y yo. Los remolinos nos llevan, nos siguen, los generamos con nuestra pequeña hélice… El río nos desplaza y todo discurre, no sólo allá donde habitan las orillas. Discurre el júbilo que quedó atrás y las sonrisas conmovidas del equipo del WWF (que cerró en Amposta la campaña 2013). Discurren los abrazos de José, de Diego, de Susana y Matilde, apretaos y bailaítos, en los que incorporamos susurros de esos que se quedan pegados a la oreja como si fueran pendientes. Discurren las desbocadas olas que cabalgan como la espuma sobre el mar, esas que al recordarme la infinitud que llevamos dentro me hicieron estremecer una mañana en la que compartía un té en la distancia con Alice. Discurre la bondad en los ojos de Didac, mi amigo del alma con el que tan sólo he compartido 30 días salpicados a lo largo de una vida, y nuestras conversaciones de madrugada, junto a  Sara, sobre la entrega, la armonía y el amor, siempre el amor… Discurren cada una de las personas que han pisado este barco y dieron lo mejor de sí, su hermosa sorpresa al descubrir que respiraban el mismo aliento con una persona desconocida. Y discurre la humedad, el rocío, los rayos de sol en la piel… Y ahora, en la que todo parecía de vuelta, !Cuánta desnudez!.
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Un pequeño chirrido nos arranca del mutismo. Hemos enganchado fango y ramas en un motor. Llevamos un hatillo de plantas superiores (así es como las llaman l@s biólog@s para diferenciarlas de las algas) enredadas en la hélice. Después de unos minutos hurgando en la máquina, el capitán decide que tendremos que fondear aquí, donde quiere el Ebro. Con tan poca luz y el agua con tanto limo, no tenemos más opción que esperar a que amanezca en este punto del mapa. Miramos el gps. El lugar que ha escogido es la comisura de su antigua boca.
Hoy cenaremos en el lugar donde duermen los besos que el río ya no puede volver a dar al Mediterráneo. Sonrío con estremecimiento. Toca encontrarme con esas viejas palabras de amor que un día se engancharon en el cielo de mi boca. No es que tema remover el limo, es que sé que un pequeño aleteo puede hacer que una ola invisible me envuelva y me lleve hacia adelante. Quizá, en algún momento de esta noche me vea nadada, en vez de nadando y vuelva el olor de un cuerpo de antaño… o quizá sea otra mujer quien se emborrache  con aquel vino. Quizás, a miles de kilómetros, dos amantes se muerdan la boca con una voluptuosidad que ya no es mía.
Me estremezco. La oscuridad se va adueñando de nuestras sombras. Baja la temperatura. Nos prometemos que mañana bordearemos aquellos labios del Ebro, hoy sellados. Llega la luna. Mis ojos se acercan a la ceguera. Observo casi a tientas el vuelo de los pájaros sobre el delta. Recuerdo algo que leí en “El caos sostenible” (Theodor Schvvenk): el ejemplar que marcha en cabeza no tiene por qué realizar mayor esfuerzo pues la ola aérea engendrada por su grupo es capaz de propagarse a más velocidad que la que puede alcanzar cada una de las aves por separado.
Todas las aves del grupo pueden tomar energía de ese campo común, no importa qué lugar ocupen durante el vuelo ni su fortaleza, de ahí que, durante las migraciones, cada miembro de la bandada bata las alas el mismo número de veces. Hace un par de noches, Susana, Matilde y Manel me recordaban que en la Plataforma no tienen a nadie al que definan como president@… pero no es de una nueva forma de liderazgo de lo que quiero hablar, sino de ese movimiento llamado amor que puede moldear cuanto toque.
Esta mañana 500 personas amaron al río y se amaron entre sí, y lo hicieron junto al agua, el gran transmisor de energía. Quizás, a cientos de kilómetros, las fuentes y los arroyos dieron saltos al son de nuestra música; quizás, del mismo modo, las viejas palabras de amor que llevaba prendidas en mi boca hoy retocen en una cama que desconozco o quizás uno de esos besos que a cientos de kilómetros mordisquean dos amantes resuene en mi boca y visite esta noche la nuca del capitán.
El amor es una energía poderosa y el agua un magnífico transmisor (que envuelve todo el planeta). Si la energía deja su impronta en la materia, si el movimiento de los fluidos crea formas dejando constancia en las estructuras de nuestros huesos y músculos, ¿Por qué no pensar que es capaz de moldear las estructuras más profundas, las de las células, nuestras gotas, nuestros cristales? ¿Por qué no creer que amando al río hemos sido arte y parte de una espiral capaz de moldear nuestra existencia?
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Miro al cielo. La noche no está como para lluvia de estrellas. De todos modos, pregunto a la oscuridad por la luz. L@s científic@s saben que todo es vibración, la física cuántica ya está hablando de ese lenguaje. De hecho hay una teoría que sugiere que existe un campo de energía que impregna todo el espacio y que permite que las partículas elementales que interactúan con él adquieren masa. Ese campo se conoce como el campo de Higgs. Cuando quiero mecerme me gusta pensar que esa energía, esa que da la masa a las partículas más pequeñas (bosones) es la que en otros parámetros se expresa moldeando los corazones, creando realidades, modificando el curso de la historia, dando forma a la materia.
A pesar de todo, duermo mal. Los mosquitos llenan de piel el sueño logrando que apenas llegue a ser profundo. He despertado creyendo que mi cuerpo era un río. La contracción y la dilatación de mi corazón hacía que mi sangre remontara su curso, llevando la contraria a la ley de la gravedad. Eran mis latidos los que, por un instante, lograban que lo de dentro se convirtiera en lo de fuera. Es un sueño inquietante.
Aguardo a que mis pupilas se acostumbren a la oscuridad para colocar cada asunto en su sitio. Lo consigo. Constato que el Ebro sigue respirando, que ayer era yo quien discurría, río arriba y que el resto son reverberaciones. Muy bien, todo en orden. Tomo un trago de agua. Busco una mejor postura y caigo de nuevo en el sueño, esta vez profundo.
Al día siguiente, antes de que el sol empiece a escalar el cielo, tomamos la pequeña barca auxiliar y recorremos lentamente la antigua boca del Ebro hasta alcanzar la vieja desembocadura. La hélice se enreda una y otra vez en las plantas superiores, lo que da fe del poco tránsito de barcas por la zona. A ras de superficie se adivinan las carreras de los peces. El trayecto termina en un banco de arena habitado por gaviotas. Desando las pisadas de las garzas, una balsa rosa acoge a un par de flamencos. Recorremos desnud@s el lugar, como si fuera cierto que allí duermen las palabras de amor no dichas, los besos que no se dieron, los gemidos ahogados de los amantes, y nos lanzamos al mar, como dos chiquill@s.

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4 thoughts on “Las plantas superiores enredaron el barco en el lugar de los besos perdidos

  1. quines paraules tan boniques, per als qui hem lluitat per que el riu sigui així o millor encara, per als qui hem nascut a la seva riba i ens ha bressolat el seu cant poderós. milions de gracies a vosaltres que ens heu estimat i ens doneu suport, els 500 que estavem al moll d’Amposta mai oblidarem l’emoció sentida amb la vostra arribada. gràcies, moltissimes gracies per fer que la veu de l’Ebre es pugui sentir a tot arreu.

    • Gracias a tí y a las personas vinculadas desde hace tantos años con el Ebro, que no sólo defienden su sostenibilidad sino que sienten el río como parte de sus vidas. Aprendí, me emocioné y, sobre todo, me dejé llevar… Un fuerte abrazo y seguims en contacto, en la distancia y en la presencia.

  2. Amor al rio, al planeta, a la vida…
    El amor está ahí y a veces tenemos la suerte de vivirlo
    si asumimos riesgos y superamos miedos.
    Gracias una vez más por dar cobijo al amor!

    • Linda, amor y miedo, extraño hermanamiento. Si el primero sirve para acunar al otro, ¡estupendo! Amor y riesgos, es como decir vida y muerte. Bienvenidos los riesgos que proceden del amor. ¡A seguir vivas, Berenice, hasta la última gota de nuestro cuerpo! Y que la oscuridad nos pille enamoradas, en el sentido más amplio de la palabra amor. Un beso enorme

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