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La memoria del cuerpo, la constante, la intención.

BY MARTHA ZEIN

Llevo varios días queriendo escribir esta crónica. Abro el cuaderno, comienzo a garabatear unas líneas y al poco tiempo algo sucede que me impide continuar. Me gusta incorporar estas interrupciones en mis actos narrativos, las considero una “llamada de atención”. Cuando suceden presto atención al relato que tengo entre manos y me planteo si es el momento adecuado para escribirlo. Quizá no contemple un aspecto importante del asunto o esté confundiendo el tono… “¿Estoy mirando en el lugar adecuado?” pregunto al aire como hacen l@s kinesiólog@s con los músculos (esperando a que me responda mi voz interior) y continúo. Si al cabo de unos minutos vuelve a producirse un corte, atiendo a lo que sucede, cierro el cuaderno y cambio actividad, lo que no significa que no continúe con la historia. Simplemente dejo que su escritura crezca al margen de mi voluntad.
Einstein trabajaba así, Picasso también. Imitando sus procesos creativos he aprendido a mantener el texto “despierto” y observar cómo evoluciona en otro contexto, bajo la influencia de una circunstancia ajena aparentemente a su contenido, afectado por el azar… Esa impronta hace que cualquiera que persiga una idea salte de la silla y entienda su obra de forma más profunda, porque permite ver la estela que dibuja ese punto de partida que habitualmente llamamos inspiración. A veces es tan luminosa como la que traza una estrella fugaz.
Esta crónica arrancó la mañana en la que cumplía cincuenta días durmiendo a la intemperie. Aún en el saco de dormir, empecé a contarme el siguiente texto:
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Despertar empujada por la insistente luz o porque la temperatura dice que va siendo la hora, no importa lo que indique el reloj. Dormir mientras mi cuerpo negocia con la humedad, el viento y las sombras haciendo que cambie de postura y gire en el lecho como quien duerme abrazada a un amante nuevo. Acostarme queriendo adivinar qué traerán las nubes…
Hago esta cuenta atrás con los ojos cerrados y la piel despierta, preguntándome en qué momento mi anatomía habrá comenzado a memorizar la experiencia que supone dormir sin techo.
Se acerca el final de este viaje y yo sigo disfrutando como una perra callejera el primer día que regresa al bosque. ¿Qué parte del proceso de dormir en la cubierta del barco solar recordarán mis músculos cuando vuelva a mi habitación y me desnude ante el espejo?
Hace cincuenta días que llevo el viento agarrado a mi cintura. Su tacto me ha hecho consciente de lo amplia que es mi superficie: ha dibujado la forma de mis pies, la hoquedad de mi nuca, la corva de mis rodillas, las aletas de mi nariz, la pequeña herida que ayer me hice en la palma de la mano… El abrazo del aire. El abrazo.
Doce años atrás, en un viaje por el desierto, conocí a una enfermera que trabajaba con bebés que nacían sord@s y cieg@s. Su experiencia le permitía asegurar que el contacto físico es una forma de adquirir conciencia. Después de una larga estancia en Marruecos, donde la mayoría de las madres llevan a sus hij@s pegad@s a su cuerpo durante mucho tiempo, agarrados en un hatillo a su cadera, a su espalda, sobre su vientre… había comprobado que ese continuado contacto permitía que las criaturas sordas y ciegas crecieran con consciencia de su corporeidad, de sus formas… de su ser en el mundo.
Desde entonces defiendo que un abrazo es importante: no sólo por el arrullo que genera o la fusión emocional de sus protagonistas, sino porque nos permite percibir que el cuerpo del otro es capaz de moldear nuestro gesto y nuestra forma de estar, al acogerle en el regazo, a la altura del corazón, lo incorpora,, nuestros brazos memorizan el volumen y las caderas recuerdan dónde comienza la cintura propia y la ajena… De algún modo, durante el abrazo, el cuerpo del otro se vuelve nuestro envase y viceversa.
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No recuerdo ahora qué sucedió, pero mi relato quedó interrumpido en este punto. No es extraño. Navegar es una actividad llena de llamadas de atención. Cuando no es un golpe de timón, es una maniobra de amarre, un cambio de ruta… Además está la energía que mueve este barco. Hemos visto a veleros girar sobre sí mismos para poder observarnos de cerca. Hemos aprendido a distinguir cuándo una motora que mantiene el rumbo colisión no está haciendo otra cosa que acortar distancias para saludarnos. A estas alturas del viaje reducimos aún más nuestra velocidad cuando pasamos cerca de unas piraguas. Hace unos días nos abordó Rafa y sus hijas al grito “al fin, os alcancé”, corroborando que nuestro cambio de ritmo tiene sentido.
Lo único que recuerdo es que aquel día en el que mecí de nuevo esta crónica subieron al catamarán l@s niñ@s de “Educar es amar”, acompañad@s de sus madres y padres. Verles descubrir el mundo, jugar y fascinarse fue nutritivo.
“¡Mirad! ¿Qué aparecerá por proa?, ¿Un elefante? ¿Una sirena? ¿Más agua?…” Les decía, contagiada por su frescura. Largo rato después, Amber, de tres años, quiso devolverme la pelota y dijo, señalando a Fionn: “!Mira, es un bebé canela!”. Volví la cabeza y, efectivamente, la luz del atardecer caía sobre su pelo y piel, tiñéndole de un suave color ocre; parecía un niño dorado, hecho con el barro de la playa. ¿Qué formas y volúmenes veía aquella niña a nuestro alrededor? ¿Hasta qué punto estaríamos en el mismo barco? ¿Qué rememoraría Amber de nuestro viaje cuando  llegara la hora de ir a la cama? ¿Que el bebé canela comió dos galletas y la sirena siguió nadando allí abajo?
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De regreso al puerto, en una de las conversaciones con l@s adult@s, apareció en mi boca una palabra que olvidé enseguida. Lo único pude recordar cuando volví al cuaderno fue que tenía que ver con la percepción y que cuando la pronuncié me dije “Oh, es esto lo que quiero contar”, nada más. Aún así, comencé a escribir, confiando que aquella palabra aparecería entre frase y frase. En ese momento volvíamos a estar frente a la costa de Xàbia y aquella precisamente era una noche señalada. Celebraban la fiesta de moros y cristianos. Además, rondaban las Perseidas, es decir, en un momento determinado una lluvia de estrellas arañaría el cielo y después romperían su velo los fuegos artificiales.
El momento y el lugar eran inspiradores y en mi boca se deshacía, como un caramelo, el asunto de la percepción, de modo que retomé el texto donde lo había dejado y seguí narrando…
Desde hace tres noches el cielo se cubre de lluvia de estrellas.  Esto se acaba y las Perseidas vuelan, una bella forma de celebrar siete semanas durmiendo al aire libre. 
Estamos desandando la ruta como la enagua se desliza hasta el tobillo, dejándonos caer. Ahora toca Xàbia, ayer, Gandía. Cada jornada rebaño el sol con la entrega de una recién nacida alimentándose de la teta nodriza, todo mi cuerpo mordisquea el paisaje como el bebé canela hacía con su galleta, absorto, en comunión con el alimento. De noche es el viento el que moldea mi piel.
Porque puedo contar las mordidas que otros viajes dejaron en mi carne, me pregunto dónde me habrán hincado sus dientes los cincuenta días que llevo bordo de este catamarán solar.
Veo pasar una idea, saludo un recuerdo, me reencuentro con una canción que creí olvidada y la traigo a bordo, feliz, como una perra que ha encontrado un tesoro. ¿En qué se transformará esta nueva habilidad cuando camine por tierra, día tras día, o cuando lleguen las largas noches de invierno?.
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Desde que se cerró la campaña del WWF en la boca del Ebro, desandamos puertos, cabos y millas con una sonrisa que no nos alcanza el rostro, quizá porque hemos convertido en un hermoso hábito eso de callar junt@s y dejar que sea el viento el que haga el resto.
Después de más de siete semanas de navegación tranquila mis células nadan en endorfinas, metiendo lo de fuera (el sol) definitivamente en lo de dentro (mis defensas, mi estado de ánimo, mis pensamientos…) No hay día que no metabolice este viaje. Al final, cuando no sea más que una enagua en sus tobillos, sé que seré levemente otra…
De golpe los fuegos artificiales rompieron la noche y el cielo estalló en colores, lo que hizo que prestara toda mi atención al espectáculo, clausurándome de nuevo la inspiración. ¿Qué era lo que me estaba dejando en el tintero?
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La respuesta apenas tardó unas horas en llegar. Sucedió a media mañana. Miracles (que compartía de nuevo un trayecto de este viaje) y yo reordenábamos las viandas que su compañero Toni había comprado en el mercado en medio de una animada charla. Le explicaba que en este viaje había mantenido conversaciones impactantes con mujeres prácticamente desconocidas. Con Nuria en el hueco que nos hicimos durante uno de las cortos trayectos por al puerto; con Ángels en tierra, a pocos metros del catamarán; con Bety mientras veíamos como el día sucumbía en el horizonte; con Judith, al tiempo que mascábamos frutos secos y frutas escarchadas; con Gema, cuyas palabras se colaron en el barco de forma inesperada, con Cristina en una de las tardes más lentas del viaje… Con todas ellas compartí la profunda complicidad de las comadres. No importa que no las conociera, por el simple hecho de ser mujer entendía su forma de resolver un conflicto, sus dudas, sus despertares e intuiciones, su relación con el mundo, con su cuerpo… Era emocionante…
Mientras yo entraba en detalles, Miracles asentía, arrebujada en el sillón. En un momento determinado, murmuró: “Sí, es el continuum”.
Todo el mundo conoce esta sensación. La visitamos en esos días de asueto que marcamos en rojo en nuestro calendario, pero también nos asalta inesperadamente al reconocernos en una mirada. A veces se transforma en un olor capaz de mecernos en melancolía o cortarnos el aliento, en un sabor, en una melodía… es esa conversación que retoman dos amigas después de años sin verse con un “como te iba diciendo”… Y también es algo sublime. Salieron en su busca l@s poetas del opio, l@s místic@s le dieron nombre, l@s amantes, cuerpo, l@s explorador@s un lugar en los mapas. Prana, qi, kundalini, orgón. éter… aquello que Miracles llamaba “el continuum” es capaz de unir lo de dentro con lo de fuera. Esa una constante que no sólo es posible recordar con la cabeza: se trata del poder de la memoria del cuerpo. Más allá de nuestra mente y nuestro corazón, nuestro cuerpo guarda sus propios recuerdos, los almacena y pone en el disparadero a nuestro hipotálamo. También recordamos de fuera hacia dentro.
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Aquella tarde, mientras el universo entero parecía dormir la siesta, volví a la crónica, convencida de haber encontrado su sustancia. Guardé todo lo escrito y volví a empezar de cero:
El gps insiste que el punto final está en Alicante, a unas millas concretas, qué más da el sitio en el que nos situemos. Su precisión se me deshace entre los dedos porque hay instantes que agrandan el espacio y el tiempo. Uno sucedió en Burriana. Al caer la tarde aparecieron dos mujeres en el barco; a una nunca la había visto, la otra sólo se cruzó tres veces en mi vida. Sucedió algo antiguo: tres mujeres nos asomamos a la misma fuente.
Es cierto que, la costa se desliza en sentido contrario, por tanto vuelvo, pero aquel día me conmoví y no se desató la tormenta prometida y me dejé afectar por el aire fresco de Inma y por los colores de Silvia…
En el camarote, doblado, hay una sonrisa azul en forma de vestido, en la que me bañaré cada vez que me lo ponga. Hablamos de amor, de recetas, de tragedias, comedias, de política, arte, belleza, de hombres comunes, nombres compartidos, de nuestro lugar en el mundo, de la muerte y de nuestros vientres… A partir de ahora, cuando piense en la alegría de la franqueza, le pondré el cabello rojo.
Cuando se dieron la vuelta y desandaron el pantalán, llevaban tras de sí una ristra de risas nuestras y algo mío, no sé qué, que aún viaja entre ambas.
Es evidente, regreso, me digo, mientras tomo aliento en cada rincón de la costa que reconozco, como quien reposa la mano en un vientre amado. Pregunto a mi cuerpo quién es la que vuelve, cuánto de mí quedó atrás. Voy más adentro y me dirijo a mis células. ¿Vuestras sinapsis han cambiado a golpe de viento, con cada afecto? ¿Hasta qué punto esos instantes en los que percibí que entraba en armonía con el entorno no han moldeado mi organismo? Y voy más allá, insistiendo a mis átomos, mis protones, mis neutrones, mis quarcks, a esas millones de partículas que me constituyen y que nadan en un océano hecho de vacío e insisto si durante este viaje un soplo de energía les cambió el paso.
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Vuelvo al lugar en el que embarqué, recorro, pues, la estela de este viaje, tomo la medida de su huella con todo el cuerpo, a bordo de este barco solar… Mi cuerpo tiene razones para tener memoria. Reconocer sus recuerdos acerca a cualquier ser humano a la flexibilidad de los juncos, ofrece caminos alternativos a la suma de partículas que conforman nuestra anatomía, a ese baile de átomos que nos constituye. Gracias a esta memoria recuerdo que mis arrugas tienen la torcida belleza de los olivos, no importa lo que digan las clínicas de estética, el negocio de la belleza, el peso de las costumbres, ni que mi corazón aletee cuando se encuentra con el espejo.
Esas células que se encargan de repartir la alegría del sol entre mis neuronas demuestran que la mente registra sólo una parte de la información que nos rodea y no siempre es la más útil. Por eso sé que dentro de unos meses me sorprenderé adivinando que llega la tormenta nada más salir de la oficina o asumiendo la presencia cercana de un arroyo mientras mi moto da la vuelta a una curva. La espuma de estas olas se asomará a mis pestañas cuando llegue el invierno, viendo sal donde encuentre nieve.
No recuerdo en qué momento me quedé dormida, sólo sé que desperté con la palabra que llevaba rumiando desde hace días enganchada en la punta de la lengua. Antes de que se esfumara la pronuncié en alto: Intención.
“De lo que tengo que hablar es de la intención”, volví a decirme, como quien encuentra al fin la solución a un enigma, sin saber muy bien a qué me refería.
Tardaría casi 24 horas en volver a tener un tiempo propio en el que retomar la crónica. Cuando llegué al cuaderno escribí este párrafo, pensando en mí, en todas mis comadres y en los hombres a los que amamos.
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Soy la mujer que ama, que desea, goza y retoza, piensa, se estremece, vive, se conmueve, aprende, se indigna, juega y apura el vaso, con todo lo que es y hasta el último instante de su vida, en constante evolución. Estoy vinculada al resto de los seres por una constante, que me permite ir de lo de dentro a lo de fuera y viceversa;, tomar conciencia de ello me llena de puertas y ventanas a las que puedo asomarme y por las que transitar. Soy el resultado de una huella original, una información insuflada en una minúscula suma de óvulo y espermatozoide en la que está escrito el color de mis ojos, el arco de mi vida, mi carácter… elementos que, en contacto con el resto del universo se moldean. Las experiencias y los vínculos dan forma a mis actos, mi materia y a todo lo que me constituye. Esta certeza me permite valorar lo que hago, mi paso por esta vida, el espacio en el que despierto, la humedad transpirada, el viento retenido en el rostro… Todo me moldea, incluidas mis narraciones, porque soy un ser en relación. Incluso la manera que tengo de observarme me modifica y del mismo modo le sucede a todo cuanto observo. No controlo nada, sólo puedo hacerme responsable de una cosa: mi intención. Mi intención está conectada con el amor. En esto consiste navegar allá donde el sol nos lleve: en dejarse llevar por la intención.
Después, tarareando, comencé a hacer el equipaje. Por fin había encontrado el sentido de esta crónica. Ahora sólo hacía falta escribirla…
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4 thoughts on “La memoria del cuerpo, la constante, la intención.

  1. Qué emocionante y precioso relato querida !!! regalazo para sentidos e inspiración. A ver si atracáis antes de mi partida. Un abrazo. Angeles

  2. El agua inunda tú crónica, y el aire, los dos fluidos, que ya en oriente se asociaban a las emociones. Todo en tu texto es intención, y fascinación.
    A mí, el contacto silencioso y suave, lento y sutil del barco con el mar, que no lo corta, sino que lo acaricia, me ha inspirado esa fascinación. Tantos días en el barco, tienen que ser por si mismos un elixir de vida.
    Volver a cruzarme con vosotros me hizo conectarme súbitamente a la fascinación por la conexión de las sonrisas, los silencios, la fascinación pudorosamente muda, pero compartida entre nosotros. El agua que fluía de una sonrisa a otra… Gracias por iluminar y llenarme de color con este texto, creo que has puesto palabras a esos instantes tan maravillosos…
    Con mucho cariño,
    Raúl

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