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En la tierra, con ella; en el mar, sobre él.

BY MARTHA ZEIN

Si te sientes parte de los ciclos de la naturaleza, si en tu casa apenas hay puertas, si sabes que estás constantemente evolucionando… ¿Cómo creer en los cierres? Hace días que el catamarán solar duerme en el amarre donde pasará el invierno. Dejará de navegar durante unos meses, probablemente el mismo que estemos sin pisar su cubierta, ¿Se puede decir que hemos llegado al final? ¿Cómo hacer esta afirmación si nos embarcamos dispuest@s a ir hacia “donde el sol nos lleve”, es decir, si nuestro viaje nunca tuvo destino, si yo soy un ser de procesos más que de objetivos?
Desde esta forma de habitar el mundo escucho que se acerca el final de las vacaciones.  Esta frase, dicha a bordo de un barco, implica apurar los culos de los bronceadores, los protectores solares, las leches hidratantes… y el fondo de la nevera. No es cuestión de negar la evidencia. Efectivamente, hay cosas que se acaban o se dan por terminadas, se trata de la tiranía de los sustantivos, objetos léxicos que solemos hacer perecederos.
Se acaban las cosas, quizás, incluso el verano puede darse por terminado, o el amor,  o una guerra… y cuando regresen nos haremos l@s sorprendid@s, o diremos que hay asuntos cíclicos o que nos gusta repetirnos. Con los adjetivos somos más difus@s, por  aquello de que son intercambiables quizás. Los verbos, en cambio: Dejar partir, fluir, dar oportunidad a que “las cosas sucedan”, desapegarse, amar, respirar, son acciones que nos recuerdan que la agenda laboral se parece más y más a una ficción, que “las temporadas” pretenden apagar los ciclos, que la ansiedad por el triunfo/fracaso acorta o alarga el paso del tiempo, que las guerras son una constante en manos de “l@s de siempre”.
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Se acabó el bote de ese aceite con el que nos embadurnamos la piel tras las duchas de agosto, sin embargo nuestra pituitaria no olvida su aroma evocador. Poco a poco van bajando las temperaturas pero permanece el placer de ver avanzar las sombras en el paisaje.  Durante dos meses dijimos “!Tierra a la vista!”, desde hace unos días la tierra está bajo nuestros pies y en nuestras manos. Enredado en los tomates llegó Joanet (marinero en otras aventuras náuticas), con las almendras volvimos a Julio, Berenice, y Manolo, entre los higos compañer@s de vida como Ada y Oscar, el influjo de la luna trajo a Manuela a este planeta. ¿Qué es lo que se acaba para aquellas personas que conectan con “la constante”? A ella van enganchados verbos, frases, relatos, actitudes, conocimientos…
Después de dos meses de navegar lentamente sobre el azul y bajo él, puedo asegurar que todo está vivo, que todo es inteligente y que todo está conectado. Por tanto, ¿Quedan abolidos los finales?. Veo el último corte de la película “Jumping with Jess” de mi amigo, el cineasta Josë Luis Matoso, y, pegada a la silla, afirmo que eros y tanatos hacen una buena pareja y que su hija, la vida, es la constante que nos lleva. Nacimos tantas veces como morimos, confundimos ocasos con auroras, así de humanos seguimos siendo.
“En Alicante duerme el barco solar”, escribo esta frase en la barriga de un velero, el “Triple G”, que se ha cruzado en nuestra vida de casualidad, cedido por Jose Pedro y Manino, dos rebeldes capaces de inflar las velas de sus sueños y lograr que recorran mundo. ¿No habíamos dejado el mar? ¿Entonces, qué hacemos de nuevo aquí, con la despensa llena de tomates? ¿Cuántas veces decimos “!Se acabó!” y al poco rato vuelve a empezar el lío? ¿Cuántas veces crees que abandonas, que ya no puedes más, que ya no sabes más, y te encuentras con que sigues avanzando? ¿Qué sucede cuando descubres que eso que llamamos final es una ciudad fronteriza abierta hasta el amanecer?
Aquel cielo que antes era azul ahora es gris. Las nubes cambiaron de sitio. ¿Dónde quiere llevarnos el sol?
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Es verdad, vaciamos la despensa del catamarán, los camarotes, recogimos los aperos, es cierto que el motor no volverá a encenderse aunque el sol cargue sus baterías. Le desnudamos, llevándonos hasta el último recuerdo. Es evidente que se puede cerrar el catamarán como quien acaba un bote de mermelada de frambuesa (Mmmmm) pero… ¿Acaso tienen final los intercambios que allí se produjeron? Como las semillas, el conocimiento compartido germina, crece, fructifica. Sé que llegará el otoño y caerán sobre cubierta una parte de nuestras gotas hechas lluvia.
Para darme la razón, para acompañarme o porque sí, la tormenta se hace un sitio ahora en este cielo, el de aquí. Neil Young canta que llega el tiempo de la cosecha. Sembrar en el azul, cosecha de olas… A bordo, Enrique y Mar se dejan llevar por la Navegación Tranquila de la que me habló Joan Sol, vuelve a mi boca el Cambio Lento promovido por Miguel Murcia, muerdo un higo que respetó los principios del Slow Food… y me planteo por qué no regresar al Slow Thinking, término que quizá no exista, pero supondría hacer lo que es natural en los seres humanos: contarnos el mundo a  un ritmo no industrial incorporando a nuestra contemplación conceptos como la simbiosis, la cooperación, la diversidad, la polinización cruzada, el respeto al lugar…
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El lugar, el catamarán solar, este velero. A medida que íbamos repasando las costuras del primero, revisando los paneles solares y todas aquellas piezas que nos permitieron navegar durante casi dos meses, le fui agradeciendo… y llegó un momento en que sentí que se transformaba en un pequeño lugar sagrado. Recuerdo las reflexiones que Giacommo Di Stefano nos hizo sobre su barca “Clodia” cuando alcanzó a remo Estambul (después de dos años de su partida de Londres): la construyó con sus manos, eligió la madera, le dedicó una parte de su vida, conocía sus sonidos, sus detalles más sutiles, durante el viaje se transformó en una extensión de su cuerpo (en medio de la tormenta sólo estaban la barca y él). Esa dimensión del respeto al lugar, hizo que el catamarán solar adquiriera otro sentido, como el Brancaleón (el velero en el que vivimos durante 4 meses el año pasado) sigue pegado a una parte de nuestra piel. Esta es una de las dimensiones que facilita vivir en un barco: recuerda que el lugar que habitamos va con nosotr@s, siempre es “nuestro sitio”, no importa si es propiedad o lugar de paso.
Nos acabamos de subir a este velero. No estaba previsto. Sigo diciéndome “iré donde el sol nos lleve” y lo repito las veces que haga falta cuando llega el vértigo, la zozobra, el golpe de viento, cuando no sé leer el mapa o alguien se empeña en entender qué hago. En un par de meses este velero cruzará el Atlántico, yo habito sus vísperas. Esta semana se prevén días de lluvia y tormenta, subo la cremallera de mi chubasquero mientras el sol se esconde tras las nubes.
No sé en qué lugar habita el sol, sólo sé que de nuevo estoy sobre el agua, que en la piel llevo los arrumacos de Jaume, que en la alacena esperan tomates secos y que hoy vuelve a ser un día ganado a la vida.
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6 thoughts on “En la tierra, con ella; en el mar, sobre él.

    • Hola capitán!
      El mensaje en la botella llegó a su destino…
      Vivo en un velero desde hace meses… Este relato se convirtió en un modo de vida, en mi lugar en el mundo.
      Gracias por tu estela.
      Recuperaré este relato en breve.
      Un saludo

  1. Yo llevo cuatro años a bordo de mi balandro, mi compañero de aventuras, mi amigo, mi querido Desperado. Ahora estoy escribiendo un libro sobre mis aventuras durante este tiempo. Estamos en contacto. Abrazo

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