“Lost in translation” (el laberinto, el extravío)

BY MARTHA ZEIN

Siete de la mañana. Desde la radio costera de Cabo La Nao Salvamento Marítimo avisa de la pérdida de la radiobaliza de un barco llamado “Garañón” en un lugar indefinido del golfo de Valencia. A más de cien millas de distancia, desde Palma, las mismas autoridades alertan sobre este accidente a los habitantes del mar. El satélite recogió la señal de alarma del transmisor a las cuatro de la madrugada pero no logran fijar sus coordenadas.

Una pequeña caja flotando en medio del golfo me acerca a la sombra de los naufragios. La voz masculina vuelve a repetir desde el canal 16: “Pan-Pan, Pan-Pan, Pan-Pan. Llamada general, llamada general, llamada general. Aquí Cabo La Nao Radio…” Su estructurada y periódica letanía transforma el mar en un laberinto líquido en el que no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso. Navego en su interior, por tanto soy un ser irremediablemente extraviado. El GPS indica que quedan 57 millas hasta nuestro destino; la exactitud de mi astuta herramienta no niega que el mar tenga el poder de la indefinición.

Las previsiones anunciaban que el tiempo sería cada vez más adverso, por eso hemos optado por abandonar la costa peninsular lo más rápidamente posible, una ironía si se tiene en cuenta que en el mejor de los casos nuestro catamarán solar no supera los 6 nudos por hora. No necesitamos que el viento arrecie, ni que venga en contra, ni que el cielo se tiña de gris, sin embargo la margarita ha empezado a deshojarse. Por el momento los nubarrones se ordenan por babor y por estribor, dejando un pasillo azul precisamente en la dirección a las islas, lo que me anima a seguir esa linea recta que aparece en la pantalla y en la que no termino de creer porque sospecho que podría doblarse y desdoblarse en infinitos puntos entre los que cualquier nave podría ir y volver, rebotar, dar vueltas… La duda me asaltó hace un puñado de días, mientras Jean Paul vaciaba las entrañas de nuestro velero.

Tras 43 años juntos, el agotado motor Perkins del GoOn quedaba expuesto al sol del varadero del club Náutico de Palma, dejando un rastro de grasa y lodo tan oscuro como la sangre seca. Tradicionalmente los pescadores han bautizado sus embarcaciones con nombres de mujer, (quizá para no olvidar que aman, que desean el cobijo de un vientre femenino…) de modo que me imaginé que asistía al parto del GoOn. En esas andaba cuando se posó en mi cabeza el título de un cuento de Borges: “La Muerte y la brújula”. El protagonista del relato explica a su asesino que sabe “de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective” y a mí me dio por pensar que cuando marcamos la ruta en el navegador siempre es recta. No hay máquinas ni compases que tracen curvas en las cartas náuticas.

imageJean Paul, Toni y el vientre del GoOn

Sentí un pequeño vahído, como si la desentrañada fuera yo y no mi velera. Habíamos regresado por segunda vez a Mallorca en menos de una semana, al día siguiente volveríamos a zarpar rumbo a Alicante, en esta ocasión en ferry. Una fuerza centrífuga desconocida nos devolvía una y otra vez al punto de partida. Ante mí se abría el misterio de las líneas rectas.

Pan, pan. Pan, pan. Pan, pan. Llamada general…” Ahora es otra voz masculina la que da las mismas claves. En un lugar llamado “Salvamento Marítimo” han debido de cambiar los turnos. Reviso el azul en busca de alguna huella. Esas no son las sombras de las nubes en el agua sino de las alas de esas aves fantásticas que durante siglos habitaron en los confines del mar. Se dirigen a la costa, en sus picos llevan flores malvas que esta noche trasgos y hadas frotarán en los ojos de l@s amantes. Aunque no lo indique el GPS (nuestro virtual hilo de Ariadna) por el horizonte se asoma lentamente la noche de San Juan. Una de ellas se posa en cubierta. Es una niña del paraíso, veo como se atusa sus plumas en un mástil que no tengo. Me dice su nombre: Sara.

image Sara, ave del paraíso

Aletean mis párpados. Pere y José Luis Secorún realizaban un nuevo capítulo para el programa de televisión Thalassa (TV3). El protagonista de la pieza era Manu Sanfélix, director de documentales submarinos de National Geographic, frente a cuyo club de buceo estuvimos amarrados todo el invierno. Manu lleva meses grabando los fondos marinos del planeta, desde el Artico hasta el Ecuador pasando por este maltratado Mediterráneo Occidental.

El ir y venir de estos hombres me envolvió en el viejo aroma de los rodajes y en esa particular observación del mundo que exige el cine, con sus planos, contra planos, saltos de eje, racords… Después de 25 años narrando temas medioambientales, en contacto con los conflictos y las soluciones que afectan a la salud de este planeta, poseen un punto de vista ecléctico sobre cualquier asunto vinculado con la naturaleza y eso se refleja en su forma de moverse, hacia dónde miran, dónde se paran. Fueron con el capitán a la duna para hablar sobre la “sobrefrecuentación” de los espacios naturales y nada más llegar repararon que las suaves curvas de la playa se habían transformado en sólo unos días en arena batida bajo los pies de cientos de turistas.

Apenas estuvimos tres días juntos, pero fue el tiempo suficiente como para recordar que quienes narran el mundo saben convertir las historias en corredores infinitamente divisibles. El apasionante juego que ofrecen los flashbacks, las acciones paralelas, los trucos del suspense, etc. se convierte con el tiempo en un camino de conocimiento. Me lo contaron los ojos de los hermanos Secorún: “la vida es una sucesión de encrucijadas en las que pueden suceder interesantes extravíos“. Vuelvo a los míos; yo también sé desdoblar el tiempo.

imagePere, José Luis, el capitán y la arena

Con la extraña euforia de una enferma que al fin encuentra el diagnóstico, sonrío a nuestro catamarán; ahora comprendo la naturaleza de los laberintos, son un espacio donde hallar todo lo que no tiene sitio en los mapas. Puedo fabricarlos con un solo pestañeo.

Mis pulmones se inflan. Levanto la cabeza. Sara no está. En el aire flota el aroma de la flor del pensamiento. Regreso al horizonte. Nos acercamos a la costa de una remota isla. Tiene aspecto de luna creciente. El mar se adentra por entre sus cuernos hasta formar una inmensa bahía rodeada por todas partes de colinas que le ponen al resguardo de los vientos. La reconozco, es Utopía, también conocida como “en ningún sitio”.

Según relata Thomas Moro, fue descubierta en el siglo XVI por Rafael Hitlodeo, un aventurero que había formado parte de las exploraciones de Américo Vespuccio por el Nuevo Mundo. En busca de lugares amables tomó las riendas de su destino y fue saltando de nave en nave (“Los primeros barcos que toparon eran de quilla plana, y las velas estaban zurcidas de mimbres o de hojas de papiro. En otros lugares las velas eran de cuero. Posteriormente encontraron quillas puntiagudas y velas de cáñamo…”) hasta llegar a Utopía, un lugar cuyos habitantes viven en perfecto equilibrio social, económico y político.

Alcanzar su orilla no fue una empresa fácil. Allí “cualquier desembarco está tan impedido por defensas tanto naturales como artificiales, que un puñado de combatientes podría rechazar fácilmente a un numeroso ejército“, le gustaba recordar al explorador. Sólo arriban a esta isla quienes llevan en sus venas sangre utópica o los seres afortunados y Hitlodeo pertenecía a este último grupo.

imagePlano de la isla “Utopía” levantado por Thomas Moro

Desde su descubrimiento son muchas las naves que han puesto rumbo a sus costas. Los gobiernos obtusos la temen, por eso sus notarios recuerdan con profusión las expediciones que naufragaron en el camino mientras relegan al olvido aquellas que alcanzaron su resguardo. Para nublar este destino llevan siglos fabricando laberintos administrativos minados de caminos que se bifurcan. Su frenética actividad no ha impedido que cientos de embarcaciones sigan zarpando hacia ese destino; en sus tripulaciones llevan vigías capaces de ver entre líneas.

Como ell@s, desdoblo la que marca el GPS. Sé qué en alguno de sus puntos podríamos cruzarnos con el SolarPlanet, el barco solar más grande del planeta.  Hace cuatro años que inició la vuelta al mundo defendiendo la democratizaciòn de la energía a partir de fuentes renovables, poniendo de manifiesto que cada individuo puede generar su propia energía solar, almacenarla y hacer buen uso de ella. Compartimos con ese inmenso catamarán un mismo código genético pues algunos ingenieros que participaron en la fabricación del WWFSolar colaboraron en su construcción.

Ahí vuelve Sara. Esta vez viene acompañada de Iñaki, uno de los trasgos del sueño de una noche de verano. Llevan meses ensayando en las jarcias del pailebote Rafael Verdera un hipnotizador aleteo. Trazan ante mí un par de piruetas. Les pregunto si estarán en la inauguración de nuestra quinta singladura. Será en el Club Náutico de Palma, el 1 de julio: “Un grupo de modelos con el cuerpo pintado de peces realizarán una performance, 30 niños de la Escuela del Mar del Club Náutico saltarán con nosotr@s al agua y…

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El viento empieza a aumentar su intensidad. El anemómetro indica que hemos superado los veinte kms/hora. El soñador de nuestro laberinto debe de haber puesto en marcha su imaginación. En la línea que dibuja el horizonte leo: “Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, puedes anular su estolidez“. Sonrío. Comprendo la jugada. Sé orientarme en estos corredores porque ya los descifró el detective de “La muerte y la brújula”: “Cometa un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy”, le dijo a su asesino.

El actual gobierno ha encerrado a l@s defensor@s del Ebro en un laberinto parecido, hecho de leyes, planes parciales, prebendas sectoriales… con el que pretende dividir el río y ahogar el grito “Lo riu és vida” que desde hace más de una década aúna a l@s habitantes de su ribera. Afortunadamente entre ellos hay experimentad@s vigías utópic@s, como l@s miembr@s de la Plataforma en Defensa de l’Ebre (PDE). La estrategia de estos defensores del río es doble: deciden en cada encrucijada cuál es la opción que conviene tomar e integran estas soluciones en una perspectiva más amplia que les permite conjeturar la forma global del laberinto que ha creado por la Administración y así prever la próxima encrucijada y su solución.

“¡Se trata de entender la “gramática” del asunto!” exclamo y miro al cielo. Busco a Iñaki y Sara, pero han vuelto a desaparecer. El capitán me reprende. “Están prohibidos los cabeceos durante las guardias”. Miro de soslayo el GPS. He logrado desdoblar en cien caminos una milla. Soy mejor vigía de lo que imagina.

imageIñaki y Sara danzando en las jarcias del pailebote Rafael Verdera

 

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Una tripulación paralela

BY MARTHA ZEIN

Ya empiezan a enrolarse. Son pequeños peces que salen de las bocas de quienes nos acompañan o de quienes se acercan a despedirnos. Saltan a bordo como si temieran ser devoradas o desaparecer para siempre en las gargantas. Son esas frases que se dicen al azar y que se quedan colgadas en el perchero de este enorme salón azul en el que se mecen nuestras conversaciones. Hago como si no me diera cuenta de su presencia. Dejo que se sientan a salvo, y al caer la tarde, cuando el sol se apaga, las recojo. Son mis pequeños tesoros, mis fetiches, mi tripulación privada.

Silvia y Mercedes dijeron “como el anuncio de Ernest Shackleton” mientras hablaban de las motivaciones y sus nuevos proyectos. Cuando me quedé a solas volví a la frase perdida y dejé que hablara. “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. Por lo visto respondieron a este anuncio más de 5.000 aspirantes, entre ellos “tres chicas deportistas” que evidentemente no fueron seleccionadas. Son Peggy Peregrine, Valerie Davey y Betty Webster. En su breve carta decían: “No veo por qué los hombres deben tener toda la gloria y las mujeres no, sobre todo cuando hay mujeres igual de valientes y capaces”. Allí estaban ellas, abriendo nuestros caminos hace cien años. Transformo la frase y le doy un sitio en mi tripulación. Aparece así en mi cuaderno de bitácora: “La Antártida no siempre está donde se la espera ni donde todos la ven”.

tres chicas deportistas

Así arranca la carta de Peggy, Valerie y Betty.

El explorador irlandés preparaba su tercera incursión en territorio antártico. El grupo de hombres que le acompañaron fueron 27: un cocinero, dos cirujanos, un geólogo, un físico, un meteorólogo, un fotógrafo (sí, también había una cámara, como en el GoOn) y un artista para documentar el viaje, entre otros. Me interesa entender el criterio que tuvo Shackleton a la hora de montar su equipo porque yo también estoy formando mi íntima tripulación. Me entero que sus encuentros con los aspirantes no duraban más de cinco minutos. Junto al conocimiento científico y la experiencia náutica valoraba el sentido del humor.

Observo a mi primer fichaje. Me gusta. Es una frase fértil. Cada vez que vuelvo a ella me regala una reflexión. Ahora me ha hecho recordar que aquel Polo Sur que hace cien años fue capaz de atrapar al buque Endurance entre sus muros de hielo hoy está desapareciendo. Sus glaciares están en retirada y hacen que mares y océanos aumenten su nivel. Antes de que termine el siglo subirá hasta un metro de altura.

Hay una parte de mí que se regocija: ¡A la porra el boom turístico y su obsesión por las “primeras líneas”!. Es sólo un arrebato. El 80% de Maldivas se encuentra a menos de ese metro de altura. De golpe me siento flotando en un vaso a punto de desbordarse. Está llegando el tiempo de la desaparición de miles de orillas. Pienso en los habitantes de esas 1200 islas. Su tierra se va hundiendo lentamente cada día. Milímetro a milímetro, alcanzarán el anunciado metro dentro de cuarenta años. ¿Huirán, levantarán muros, vivirán encaramad@s en palafitos en medio de la nada?. Las islas del planeta se están hundiendo sin necesidad de movimientos sísmicos, sólo quienes viven en los continentes pueden mirar hacia otro lado.

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Bloques de hielo de la Antártida, el envés de las paredes calizas

Busco el diario de viaje del comandante del Endurance. “En los témpanos, los hombres se turnaron para cavar desesperadamente trincheras en torno al buque agonizante. Dentro de éste, el sonido del agua que entraba y el clic clac de las bombas se elevaba por encima de los gemidos de las torturadas vigas”. Arrebujada en mi camarote, escucho los crujidos de nuestra pequeña nave y conecto con la fragilidad. “No tengo duda que la providencia nos ha guiado… Yo sé que durante aquella larga y terrible marcha de 36 horas sobre las montañas sin nombre y glaciares, a menudo me parecía que éramos cuatro y no tres”.

Aparece ante mí la providencia. Abro mi humilde cuaderno de bitácora y emborrono otra idea: “Aceptar la presencia de lo imprevisible o de lo que ignoramos, en eso consiste navegar”.

sirena En manos de Judith encontré el retrato de la providencia

10 de la mañana. Llevamos navegando un par de horas. Intento centrarme en la información que da la sonda. El capitán me ha avisado de que en la zona hay bajos. La parte izquierda de mi cerebro reclama todo su poder. En ruta es mi babor neuronal quien lleva el mando. pues me permite transformar la información de mi entorno (a cuántos nudos vamos, hacia qué grado exacto nos dirigimos, la velocidad del viento…) en actos y pensamientos. El estribor de mi cerebro no es que esté dormido, simplemente toma notas.

La navegación es tan tranquila que me permite buscar en mi cuaderno. Encuentro el dato: el pasado 13 de abril, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó un informe en el que advierte que tenemos 15 años para evitar superar el umbral de un calentamiento global de dos grados. Mi hemisferio de estribor se tensa (abomina las cifras) y enciende la señal de alarma: !Nos estamos hundiendo! La Antártida se derrite y las olas ya han comenzado a digerirnos… No hace falta que le haga callar. “Atenta al rumbo”. El viento ha vuelto a girar. Dicen los navegantes que “el Mediterráneo es así”, que rompe las previsiones, hace lo que quiere con las corrientes y llama constantemente la atención. No me importa si el argumento es poco científico, simplemente creo a los hombres del mar y al Mediterráneo. El capitán me indica que almorzaremos tras el cabo que aparece por babor.

En unos días, estos rincones por los que surcamos a vela volverán a pasar bajo las quillas del WWF solar. Me revuelvo en mi asiento. Por primera vez en cinco años el catamarán dejará de hacer navegación costera (12 millas náuticas) para adentrarse en altamar y cubrir las 166 que separan Alicante de Mallorca. Sé que en su cubierta el viento se recibe de otra manera, que sus movimientos sobre el agua son circulares, que su forma de encaramarse a las olas es “horizontal”, nada de escorarnos por la fuerza del viento… Y también que la navegación solar facilita la percepción de los ritmos de la naturaleza y los cambiantes olores del mar. Atravesar este tramo del Mediterráneo con la conciencia despierta será probablemente una experiencia explosiva.

RENE QUILLIVIC HUNDIMIENTO CIUDAD DE YL

Ilustración de René Quillivic. “Hundimiento de la ciudad de Ys” (1924)

Aprovecho el sopor de la siesta para perderme en un magnífico libro: “Castor: la bombolla sísmica”. En él Jordi Marsal relata la ambición de Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y de ACS, una de las empresas con intereses en el almacén de gas marino situado frente a las costas de Vinaròs (Castellón), el polémico Proyecto Castor. Ante la evidente relación directa entre la inusual sucesión de pequeños terremotos en otoño pasado y la inyección de gas, el empresario estudia obligar a la Administración Pública a compensarle con una indemnización superior a los 1.400 millones de euros, que pagaríamos tod@s l@s consumidor@s a través de nuestra factura del gas.

La duna fosilizada que nos protege me sobrecoge. Su pared es una milhoja enorme esculpida por el tiempo. A su lado soy pequeña y frágil. Floto sobre una nuez. Si todas las previsiones se cumplen, mañana zarparemos rumbo a Alicante, con un alto en Ibiza o Formentera. Llevo conmigo el mapa elaborado por el WWF en el que aparecen los proyectos petroleros previstos en las aguas nacionales. Parecen un campo minado. Paseo el dedo por las que podrían ser sus heridas, imagino que mi yema es el catamarán solar. Intento conectar con todo el amor que soy capaz de sentir para que nuestro recorrido tenga una sola intención: devolver a las aguas la energía perdida y que de alguna manera llegó a mí.

Levamos anclas. Aquí, ahora, observo la dulce estela del GoOn dibujando espirales sobre el azul y deseo con toda la fuerza de mi alma devolver a mi entorno esa “sustancia” que llegó a mí, transformada en energía. En tiempos de compromiso necesario y reivindicaciones justas, es importante hacer presente la intención.

 prospecciones mediterraneo wwf

Paseo el dedo por el mapa de las heridas de esta zona del Mediterráneo

Apenas llevábamos media hora de navegación con el viento, al fin, de popa, cuando el motor del GoOn dejó de funcionar. Alejad@s de la costa, el capitán hizo las debidas comprobaciones y ordenó retroceder: “Regresamos a puerto”. Sólo en estos casos me doy cuenta de hasta qué punto están arraigadas en mí las expectativas, los calendarios, las previsiones… Cada vez que comenzamos un ciclo náutico, la naturaleza se encarga de recordamos que en un barco la vida es una constante negociación. No siempre zarpas cuando prevés, ni llegas a la cala deseada, ni el mar o el cielo te da lo que quieres o necesitas. Aquí los éxitos y los fracasos se miden de otra manera. El viento que al amanecer era nuestro aliado vuelve a darnos la cara. Avanzamos lentamente. Para nosotr@s esta noche será corta, aún más que la del próximo solsticio.

Olga asoma la cabeza por la escotilla y rompe el silencio con una enorme sonrisa. No sé cómo sucede pero una frase/pez vuelve a saltar de su boca: “El vínculo es el compromiso del inconsciente”. Sonrío. Acaba de subir a bordo el segundo miembro de mi tripulación.

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Graciela amplió la dimensión de los diálogos con esta foto. Entre el barco y su orilla “Es Caragol”

El plancton, las ballenas, los barcos y los puertos.

BY MARTHA ZEIN

Vivir en un puerto es una extraña opción; escribir en él, aún más extraño. Mezclo imágenes, palabras, ideas y emociones, unas son líquidas y otras terrestres, chocan entre sí y vuelven mis dedos espuma. No es cómodo y no siempre es excitante, sobre todo si el puerto se levanta en el borde sur de Europa, si se acerca la temporada alta y si aprieta el calor, como sucede ahora.

35 grados al sol. Por los poros de las frases (criaturas terrestres) apenas se cuela el aire y cuando esto sucede las branquias de los verbos (animales marinos) se colapsan. Estamos amarrados en Mallorca, uno de los destinos turísticos del Mediterráneo europeo por excelencia, lo que significa que hemos atracado en esa “primera línea” de la costa que tantas personas anhelan: unas quieren tener vistas a este jardín azul desde el que ahora escribo, otras desean su propia antesala en las olas, todas pagan por poseer un rincón junto al mar, aunque sea para disfrutar de un baño. Técnicamente debería de sentirme privilegiada porque habito en ese paraíso al que quieren acercarse, sin embargo me revuelvo. Escribo sentada en las puntillas de un souvenir gigante.

No muy lejos de aquí dos cruceros vomitan miles de turistas que recorren a contrarreloj los monumentos que aparecen en sus guías, sin apenas confraternizar con los autóctonos, aunque probablemente tampoco les encontrarían. Abomino de este turismo transgénico que expulsa a los isleños de sus casas y nos sepulta entre millones de seres cegados. Ningún/a navegante es propietari@ del mar sobre el que vive. El más humilde llaud y el más lujoso de los yates comparten el mismo destino. Estos dos universos antagónicos se enlazan en los puertos. Es aquí desde donde hoy escribo.

Observo la vida de los pantalanes. L@s navegantes nos acercamos a tierra para traficar con agua, energía eléctrica, alimento, afecto y, ahora que la vida virtual manda, comunicación. La única de estas cinco “mercancías” que no está en manos de grandes multinacionales es el afecto. Nos acercamos a tierra para encontrarnos con los otros. Qué extraña la vida de los puertos…

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Esta mañana me encontré con Ángel. Tiene decenas de aves en casa, una de ellas es esta águila de Harris, contratada para ahuyentar a las gaviotas del puerto. Tiene gracia que se llame Ángel y viva rodeado de alas. Se lo digo. Se sonroja. Las gaviotas ensucian los barcos, esta es la razón de sus paseos. Le contesto que los mosquitos y las abejas pican, las moscas molestan… su exterminio se lleva por delante otros insectos. ¿Hace cuánto tiempo que no se posa una mariquita en mi dedo? Anoche entraron por el grifo un puñado de brillantes noctilucas y agradecí que me recordaran que el agua contiene vida. Sus diminutos destellos de luz, tan fugaces, alimentan mis certezas más líricas, como que lo pequeño está más cerca de lo invisible y que cuanto más minúsculo sea un gesto más infinitas son sus consecuencias.

Cuando llego a este punto pienso en el plancton.

Siempre me ha fascinado que un animal tan grande como la ballena negra (llega a pesar 80 toneladas) se alimente únicamente de estos organismos microscópicos. Su suma es capaz de nutrir a estos inmensos mamíferos marinos, hoy en peligro de extinción (se estima que sólo quedan unos 400 ejemplares en todo el mundo). Sí, ése es el poder de lo pequeño.

Busco alguna referencia sobre el plancton en un libro que subió a bordo hace unas horas. El capitán estaba emocionado, de niño pasaba horas perdido en sus textos. Lo primero que hice fue mirar la edición (1960) e imaginar una sintaxis antigua, frases largas, adjetivos patricios y un tempo lento como sólo podía suceder entonces. Me asomé a sus páginas sabiendo que aquella lectura le hizo el capitán que es. El libro arranca así: “Nuestro planeta tiene un nombre usurpado. En realidad debiera llamarse Océano, ya que el mar ocupa las siete décimas partes de su superficie…” No pude dejar de leer.

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Vuelvo a abrirlo, la primera sobre el plancton que encuentro está vinculada con la expedición del Kon-Tiki en 1947 por el océano Pacífico. “Cuatro de los seis hombres de esta curiosa expedición se alimentaron de este plancton, que encontraron “excepcionalmente delicioso” en crudo o cocido, sirviendo para “satisfacer apetitos bien considerables”.

El explorador noruego Thor Heyerdahl fabricó una balsa de madera que pretendía emular las que utilizaron los habitantes de Sudamérica para alcanzar la Polinesia en tiempos precolombinos. Tras una travesía de 101 días él, sus cinco acompañantes y el loro lograron enlazar estos dos puntos del planeta.

Miro la fotografía de aquella embarcación. Es austera, como el barco solar. Una balsa plana, un trozo de tela, la fuerza de las corrientes… El diseño eficiente, de eso se trata. El del solar le permite un nadar pausado y de largo aliento como el de las ballenas, su motor se alimenta de invisibles fotones y eso imprime carácter. Las gentes del mar suelen hablar de la personalidad de las embarcaciones, asumen con naturalidad el genius loci de los romanos y afirman que los lugares tienen su espíritu, hecho a fuerza de navegar en él.

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El Rainbow Warrior III, el buque de Greenpeace, llegó hace unas horas a Ibiza procedente de Valencia para sumarse a las protestas contra las prospecciones petrolíferas que se están desarrollando en las islas. Desplegada entre sus velas, rezaba una pancarta de 144 metros cuadrados con el lema “No Oil”. Salieron a su encuentro 25 embarcaciones convocadas por la Alianza Mar Blava. Sus banderas reclamaban, en castellano, catalán e inglés “Prospecciones no, renovables sí”. De nuevo las alianzas de lo grande y lo pequeño, las sumas nutricias…

Un informe elaborado por Ecologistas en Acción basado en lo ocurrido en proyectos similares en otras partes del planeta demuestran que a menos de 500 metros de las cargas acústicas con las que buscan bolsas de gas y petróleo, los huevos y larvas explotan por efecto del sonido. Si las prospecciones se llevaran a cabo en este rincón del Mediterráneo, el marisco, los cefalópodos, el plancton… vivirán una experiencia cercana al fin del mundo. El impacto de los cañones submarinos emitiendo cada diez segundos ondas sonoras a 249 decibelios (el umbral del dolor se sitúa en los 180 decibelios) enmascarará los sonidos que las ballenas emplean para comunicarse, alimentarse u orientarse. No olvido que las ballenas pueden intercambiar información acústica hasta miles de kms de distancia.

Este verano el Mediterráneo no sólo va a ser el mar de los cruceros y las embarcaciones turísticas. L@s navegantes con conciencia han decidido unirse en su defensa de la vida. Ya tengo el calendario de nuestro periplo en el bolsillo. Iremos de puerto en puerto, haciendo sumas nutricias. El 1 de julio estaremos en el Club Náutico de Palma, el 3 entraremos en Cala Ratjada (donde pasaremos tres días), del 10 al 13 pararemos por Ciutadella, del 17 al 20 en Alcudia, el 24 alcanzamos Sóller y de allí partimos el 27 camino de Ibiza. A partir del 31 de julio enlazaremos Ibiza con Formentera, hasta el 3 de agosto, día en que clausuraremos la campaña…

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Aquí llega la luna. Me gusta verla crecer y menguar. A mi alrededor todo es naranja y el cielo de un negro acrílico. En medio del mar las noches suelen ser más oscuras, la luna abre un túnel de luz entre diminutos lunares blancos y multiplica su efecto hipnótico al reflejarse en el agua. Lejos de la costa el firmamento se pone a mis pies y las noctilucas memorizan que lo de arriba es como lo de abajo. Aún así, la emoción que esconde alzar la vista y dejarme llevar por la vida es la misma. Siempre me pareció que este sencillo gesto es universal. Ahora mismo, en miles de puntos del planeta hay personas mirando el cielo. Ese niño a punto de quedarse dormido, aquella anciana asomada al balcón de su pequeño apartamento en una ciudad difícil de pronunciar, el adinerado ejecutivo que aún sigue en viaje de negocios y yo estamos más cerca de lo que creemos.

Contemplo el collar de lunas que he ido enlazando desde niña y que llevo a mis espaldas como si fuera una cometa. El mar me mueve. Escucharlo es contenerse de danzar o de andar. Habito en un organismo vivo llamado Gaia. No sólo respiro, soy respirada.

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Navegar puede ser una caricia sanadora

BY MARTHA ZEIN

No es posible volver a los mismos lugares, lo saben l@s exiliad@s, l@s emigrantes, l@s viajer@s y cualquiera que haya abandonado la infancia. Los espacios vividos están hechos de tiempo y este factor es como el agua libre: fluye y hace que nada permanezca donde se le espera.

Dentro de tres semanas vuelvo a enrolarme como marinera en el catamarán solar del WWF. Antes de que termine este mes volveré a mirar de cerca los secretos de una campaña que este año acariciará el Mediterráneo balear y se asomará a unas islas que son capaces de conmoverme. “Vuelvo”, “volveré”, “volver”… Declino un verbo imposible.

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Sabía que esto sucedería. No puede irse alguien que no cree en la naturaleza de las despedidas. “¿Cómo creer en ellas si soy un ser de procesos más que de objetivos?”, me preguntaba en el último post. Aquel 26 de agosto dejábamos el barco amarrado en el puerto de Alicante sin saber si volveríamos a él y a mí lo único que se me ocurría era mirar el cielo. Después de seis semanas de singladura había aprendido a ir a donde el sol me llevara y seguía fascinada con la experiencia. ¿Cómo no iba a estarlo si el primer día de navegación el capitán me comunicó que para ir más lejos debíamos de ir más lentos?

Durante mi estancia a bordo había comprobado que en los márgenes de las utopías habitan centenares de personas dispuestas a hacer realidad lo que otras consideran una quimera: vehículos impulsados por energías renovables, iniciativas turísticas respetuosas con el medioambiente, cogestión de los recursos marinos por parte de agentes históricamente en conflicto, una agricultura y una pesca respetuosas con la naturaleza, soluciones económicas en armonía con los organismos vivos de este planeta… Me nutrí el corazón y la cabeza con sus actos y propuestas, volvía a tierra esponjada y agradecida, pero si había algo que había conseguido calar hasta la última células de mi organismo era el descubrimiento de la lentitud.

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Como marinera del catamarán solar había bordeado la costa de Cataluña a la velocidad con la que los seres humanos corren, es decir, de una manera orgánica. Aquel no sólo era un privilegio sino una dulce doma: debía observar la vida con un detenimiento poco habitual para una persona de acción. Esto me llevó a tener una relación profundamente erótica con el planeta.

Desayunar filosofía mientras el paisaje se desliza en el horizonte empujado por la brisa me hizo entender que l@s “poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias” (Octavio Paz, discurso para la recepción del Premio Nobel: “La búsqueda del presente”, 1991). Tirar del hilo de la lentitud puso en cubierta el silencio interior, la percepción consciente, la meditación como forma de reflexión. Comprobé que el mar tiene unos ritmos muy alejados de las exigencias terrestres y esto obliga al desapego, a la confianza y al desasimiento, por eso, cuando amarramos el catamarán en el puerto y le dejamos listo para una larga hibernación me limité a preguntar al cielo dónde me llevaría el sol.

La respuesta me aguardaba a pocos kilómetros de la desembocadura del Ebro, en el puerto de Sant Carles de La Rápita, donde había terminado la campaña del WWF, en un acto que hermanó las aguas dulces y las saladas junto a la Plataforma en Defensa de l’Ebre (PDE). En su salida al mar aquel río con el que tantos vínculos tengo escondía un tesoro: un velero de 12 metros de eslora y dos palos llamado GoOn que en apenas dos semanas se convertía en mi nuevo lugar de residencia.

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Mientras me adaptaba a sus formas la tierra tembló. Las actividades del almacén subterráneo de gas instalado en la costa de Castellón y Tarragona (Castor) provocarían más de 300 seísmos en pocas semanas. El asunto iba más allá de la indignación y el estupor: Aquel Trintella IV debía llevarme a orillas de Formentera, es decir, navegaría precisamente por donde el mar se quebraba.

Fue una travesía inquietante. El azul vencido por el otoño escondía uno de esos monstruos construidos por la ambición humana capaces de destruir la vida submarina y yo tomaba conciencia de que durante los próximos meses dormiría sobre su piel. Había encontrado trabajo en el Parque Natural de Ses Salines, de día viviría arrullada por la respiración del Mediterráneo, al caer la noche me pondría en sus manos.

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Me explicaron que mi tarea consistiría en colocar silenciosos planteles de especies vegetales autóctonas (que apenas asomaban tres centímetros de la tierra) en los rincones más yermos del parque. El objetivo era  regenerar una parte de su sistema dunar afectado por la instalación de la red eléctrica y yo lo asimilé a mi manera: ayudaría a cicatrizar una herida de tres kilómetros. De marinera solar pasaba a ser una especie de enfermera, habitante de la sutil frontera que enlaza y separa la vida de la muerte. Así pasé el otoño, el invierno y la primavera: conviviendo con lo minúsculo.

Durante siete meses he ayudado al viento a peinar las aristas que las excavadoras dejaban en la arena, he descubierto los caprichos de la escarcha sobre las escasas hojas, he deshecho la estela de nuestra devoradora civilización que cuela sus plásticos en los pequeños ombligos de las rocas, he trabajado en silencio durante horas con una cadencia orgánica hasta descubrir el profundo significado de la palabra “quietud” y desde ahí he despertado quinientas veces cada mañana, una por cada semilla que plantaba en tierra.

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En medio de esas diminutas tareas llegó el día en que aprendí que los seísmos pueden producirse de la piel para dentro.

La primavera no sólo cubría de amarillo las dunas y hacía empinarse a la vida. Las calles que hasta ese momento habían permanecido vacías se veían envueltas en una frenética actividad; pintor@s, albañiles, electricistas, limpiador@s… devolvían a las paredes la blancura perdida, habilitaban chiringuitos, llenaban de productos llamativos los escaparates… La Semana Santa devolvía a Formentera una identidad que yo no conocía: la turística. De repente me vi envuelta en mi particular “Show de Truman”. Como le sucedió al protagonista de aquella película, descubrí de golpe que la isla era un plató, que para miles de personas aquella duna y sus secretos no eran más que un decorado y yo su jardinera, que aquel rincón del Mediterráneo formaba parte de uno de esos ambiciosos realitys en los que vive gran parte de nuestra civilización.

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Comienza Junio y sigo mirando el cielo. Este invierno ha sido más seco de lo que parece. El Consejo de Ministros aprobó el Plan Hidrológico de la Cuenca del Ebro, volviendo a poner en peligro la vitalidad del río. Las personas más comprometidas con la vida submarina se han unido contra las prospecciones petrolíferas que la compañía escocesa Cairn Energy pretende llevar a cabo en el golfo de Valencia, a escasos kilómetros de las costas ibicencas. El movimiento, bautizado como Alianza Mar Blava, lleva años denunciando que este tipo de explotaciones.

Este verano el catamarán solar surcará el Mediterráneo balear con una campaña bautizada “Comprometidos con el Mar” y yo regreso a este cuaderno de bitácora preguntándome por las caricias sanadoras.

Integrar el camino, en eso consiste dejar que el sol te lleve  ¿No?