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Navegar puede ser una caricia sanadora

BY MARTHA ZEIN

No es posible volver a los mismos lugares, lo saben l@s exiliad@s, l@s emigrantes, l@s viajer@s y cualquiera que haya abandonado la infancia. Los espacios vividos están hechos de tiempo y este factor es como el agua libre: fluye y hace que nada permanezca donde se le espera.

Dentro de tres semanas vuelvo a enrolarme como marinera en el catamarán solar del WWF. Antes de que termine este mes volveré a mirar de cerca los secretos de una campaña que este año acariciará el Mediterráneo balear y se asomará a unas islas que son capaces de conmoverme. “Vuelvo”, “volveré”, “volver”… Declino un verbo imposible.

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Sabía que esto sucedería. No puede irse alguien que no cree en la naturaleza de las despedidas. “¿Cómo creer en ellas si soy un ser de procesos más que de objetivos?”, me preguntaba en el último post. Aquel 26 de agosto dejábamos el barco amarrado en el puerto de Alicante sin saber si volveríamos a él y a mí lo único que se me ocurría era mirar el cielo. Después de seis semanas de singladura había aprendido a ir a donde el sol me llevara y seguía fascinada con la experiencia. ¿Cómo no iba a estarlo si el primer día de navegación el capitán me comunicó que para ir más lejos debíamos de ir más lentos?

Durante mi estancia a bordo había comprobado que en los márgenes de las utopías habitan centenares de personas dispuestas a hacer realidad lo que otras consideran una quimera: vehículos impulsados por energías renovables, iniciativas turísticas respetuosas con el medioambiente, cogestión de los recursos marinos por parte de agentes históricamente en conflicto, una agricultura y una pesca respetuosas con la naturaleza, soluciones económicas en armonía con los organismos vivos de este planeta… Me nutrí el corazón y la cabeza con sus actos y propuestas, volvía a tierra esponjada y agradecida, pero si había algo que había conseguido calar hasta la última células de mi organismo era el descubrimiento de la lentitud.

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Como marinera del catamarán solar había bordeado la costa de Cataluña a la velocidad con la que los seres humanos corren, es decir, de una manera orgánica. Aquel no sólo era un privilegio sino una dulce doma: debía observar la vida con un detenimiento poco habitual para una persona de acción. Esto me llevó a tener una relación profundamente erótica con el planeta.

Desayunar filosofía mientras el paisaje se desliza en el horizonte empujado por la brisa me hizo entender que l@s “poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias” (Octavio Paz, discurso para la recepción del Premio Nobel: “La búsqueda del presente”, 1991). Tirar del hilo de la lentitud puso en cubierta el silencio interior, la percepción consciente, la meditación como forma de reflexión. Comprobé que el mar tiene unos ritmos muy alejados de las exigencias terrestres y esto obliga al desapego, a la confianza y al desasimiento, por eso, cuando amarramos el catamarán en el puerto y le dejamos listo para una larga hibernación me limité a preguntar al cielo dónde me llevaría el sol.

La respuesta me aguardaba a pocos kilómetros de la desembocadura del Ebro, en el puerto de Sant Carles de La Rápita, donde había terminado la campaña del WWF, en un acto que hermanó las aguas dulces y las saladas junto a la Plataforma en Defensa de l’Ebre (PDE). En su salida al mar aquel río con el que tantos vínculos tengo escondía un tesoro: un velero de 12 metros de eslora y dos palos llamado GoOn que en apenas dos semanas se convertía en mi nuevo lugar de residencia.

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Mientras me adaptaba a sus formas la tierra tembló. Las actividades del almacén subterráneo de gas instalado en la costa de Castellón y Tarragona (Castor) provocarían más de 300 seísmos en pocas semanas. El asunto iba más allá de la indignación y el estupor: Aquel Trintella IV debía llevarme a orillas de Formentera, es decir, navegaría precisamente por donde el mar se quebraba.

Fue una travesía inquietante. El azul vencido por el otoño escondía uno de esos monstruos construidos por la ambición humana capaces de destruir la vida submarina y yo tomaba conciencia de que durante los próximos meses dormiría sobre su piel. Había encontrado trabajo en el Parque Natural de Ses Salines, de día viviría arrullada por la respiración del Mediterráneo, al caer la noche me pondría en sus manos.

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Me explicaron que mi tarea consistiría en colocar silenciosos planteles de especies vegetales autóctonas (que apenas asomaban tres centímetros de la tierra) en los rincones más yermos del parque. El objetivo era  regenerar una parte de su sistema dunar afectado por la instalación de la red eléctrica y yo lo asimilé a mi manera: ayudaría a cicatrizar una herida de tres kilómetros. De marinera solar pasaba a ser una especie de enfermera, habitante de la sutil frontera que enlaza y separa la vida de la muerte. Así pasé el otoño, el invierno y la primavera: conviviendo con lo minúsculo.

Durante siete meses he ayudado al viento a peinar las aristas que las excavadoras dejaban en la arena, he descubierto los caprichos de la escarcha sobre las escasas hojas, he deshecho la estela de nuestra devoradora civilización que cuela sus plásticos en los pequeños ombligos de las rocas, he trabajado en silencio durante horas con una cadencia orgánica hasta descubrir el profundo significado de la palabra “quietud” y desde ahí he despertado quinientas veces cada mañana, una por cada semilla que plantaba en tierra.

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En medio de esas diminutas tareas llegó el día en que aprendí que los seísmos pueden producirse de la piel para dentro.

La primavera no sólo cubría de amarillo las dunas y hacía empinarse a la vida. Las calles que hasta ese momento habían permanecido vacías se veían envueltas en una frenética actividad; pintor@s, albañiles, electricistas, limpiador@s… devolvían a las paredes la blancura perdida, habilitaban chiringuitos, llenaban de productos llamativos los escaparates… La Semana Santa devolvía a Formentera una identidad que yo no conocía: la turística. De repente me vi envuelta en mi particular “Show de Truman”. Como le sucedió al protagonista de aquella película, descubrí de golpe que la isla era un plató, que para miles de personas aquella duna y sus secretos no eran más que un decorado y yo su jardinera, que aquel rincón del Mediterráneo formaba parte de uno de esos ambiciosos realitys en los que vive gran parte de nuestra civilización.

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Comienza Junio y sigo mirando el cielo. Este invierno ha sido más seco de lo que parece. El Consejo de Ministros aprobó el Plan Hidrológico de la Cuenca del Ebro, volviendo a poner en peligro la vitalidad del río. Las personas más comprometidas con la vida submarina se han unido contra las prospecciones petrolíferas que la compañía escocesa Cairn Energy pretende llevar a cabo en el golfo de Valencia, a escasos kilómetros de las costas ibicencas. El movimiento, bautizado como Alianza Mar Blava, lleva años denunciando que este tipo de explotaciones.

Este verano el catamarán solar surcará el Mediterráneo balear con una campaña bautizada “Comprometidos con el Mar” y yo regreso a este cuaderno de bitácora preguntándome por las caricias sanadoras.

Integrar el camino, en eso consiste dejar que el sol te lleve  ¿No?

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4 thoughts on “Navegar puede ser una caricia sanadora

  1. Me alegro de que “vuelvas”, de que “volváis”. No sólo por vosotros, por lo felices que sé que vais a ser. Me alegro también por mí, porque pronto reaparecerán en mi bandeja de entrada los regalos periódicos de tus posts. Me siento afortunado.
    Un besazo!

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