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El plancton, las ballenas, los barcos y los puertos.

BY MARTHA ZEIN

Vivir en un puerto es una extraña opción; escribir en él, aún más extraño. Mezclo imágenes, palabras, ideas y emociones, unas son líquidas y otras terrestres, chocan entre sí y vuelven mis dedos espuma. No es cómodo y no siempre es excitante, sobre todo si el puerto se levanta en el borde sur de Europa, si se acerca la temporada alta y si aprieta el calor, como sucede ahora.

35 grados al sol. Por los poros de las frases (criaturas terrestres) apenas se cuela el aire y cuando esto sucede las branquias de los verbos (animales marinos) se colapsan. Estamos amarrados en Mallorca, uno de los destinos turísticos del Mediterráneo europeo por excelencia, lo que significa que hemos atracado en esa “primera línea” de la costa que tantas personas anhelan: unas quieren tener vistas a este jardín azul desde el que ahora escribo, otras desean su propia antesala en las olas, todas pagan por poseer un rincón junto al mar, aunque sea para disfrutar de un baño. Técnicamente debería de sentirme privilegiada porque habito en ese paraíso al que quieren acercarse, sin embargo me revuelvo. Escribo sentada en las puntillas de un souvenir gigante.

No muy lejos de aquí dos cruceros vomitan miles de turistas que recorren a contrarreloj los monumentos que aparecen en sus guías, sin apenas confraternizar con los autóctonos, aunque probablemente tampoco les encontrarían. Abomino de este turismo transgénico que expulsa a los isleños de sus casas y nos sepulta entre millones de seres cegados. Ningún/a navegante es propietari@ del mar sobre el que vive. El más humilde llaud y el más lujoso de los yates comparten el mismo destino. Estos dos universos antagónicos se enlazan en los puertos. Es aquí desde donde hoy escribo.

Observo la vida de los pantalanes. L@s navegantes nos acercamos a tierra para traficar con agua, energía eléctrica, alimento, afecto y, ahora que la vida virtual manda, comunicación. La única de estas cinco “mercancías” que no está en manos de grandes multinacionales es el afecto. Nos acercamos a tierra para encontrarnos con los otros. Qué extraña la vida de los puertos…

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Esta mañana me encontré con Ángel. Tiene decenas de aves en casa, una de ellas es esta águila de Harris, contratada para ahuyentar a las gaviotas del puerto. Tiene gracia que se llame Ángel y viva rodeado de alas. Se lo digo. Se sonroja. Las gaviotas ensucian los barcos, esta es la razón de sus paseos. Le contesto que los mosquitos y las abejas pican, las moscas molestan… su exterminio se lleva por delante otros insectos. ¿Hace cuánto tiempo que no se posa una mariquita en mi dedo? Anoche entraron por el grifo un puñado de brillantes noctilucas y agradecí que me recordaran que el agua contiene vida. Sus diminutos destellos de luz, tan fugaces, alimentan mis certezas más líricas, como que lo pequeño está más cerca de lo invisible y que cuanto más minúsculo sea un gesto más infinitas son sus consecuencias.

Cuando llego a este punto pienso en el plancton.

Siempre me ha fascinado que un animal tan grande como la ballena negra (llega a pesar 80 toneladas) se alimente únicamente de estos organismos microscópicos. Su suma es capaz de nutrir a estos inmensos mamíferos marinos, hoy en peligro de extinción (se estima que sólo quedan unos 400 ejemplares en todo el mundo). Sí, ése es el poder de lo pequeño.

Busco alguna referencia sobre el plancton en un libro que subió a bordo hace unas horas. El capitán estaba emocionado, de niño pasaba horas perdido en sus textos. Lo primero que hice fue mirar la edición (1960) e imaginar una sintaxis antigua, frases largas, adjetivos patricios y un tempo lento como sólo podía suceder entonces. Me asomé a sus páginas sabiendo que aquella lectura le hizo el capitán que es. El libro arranca así: “Nuestro planeta tiene un nombre usurpado. En realidad debiera llamarse Océano, ya que el mar ocupa las siete décimas partes de su superficie…” No pude dejar de leer.

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Vuelvo a abrirlo, la primera sobre el plancton que encuentro está vinculada con la expedición del Kon-Tiki en 1947 por el océano Pacífico. “Cuatro de los seis hombres de esta curiosa expedición se alimentaron de este plancton, que encontraron “excepcionalmente delicioso” en crudo o cocido, sirviendo para “satisfacer apetitos bien considerables”.

El explorador noruego Thor Heyerdahl fabricó una balsa de madera que pretendía emular las que utilizaron los habitantes de Sudamérica para alcanzar la Polinesia en tiempos precolombinos. Tras una travesía de 101 días él, sus cinco acompañantes y el loro lograron enlazar estos dos puntos del planeta.

Miro la fotografía de aquella embarcación. Es austera, como el barco solar. Una balsa plana, un trozo de tela, la fuerza de las corrientes… El diseño eficiente, de eso se trata. El del solar le permite un nadar pausado y de largo aliento como el de las ballenas, su motor se alimenta de invisibles fotones y eso imprime carácter. Las gentes del mar suelen hablar de la personalidad de las embarcaciones, asumen con naturalidad el genius loci de los romanos y afirman que los lugares tienen su espíritu, hecho a fuerza de navegar en él.

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El Rainbow Warrior III, el buque de Greenpeace, llegó hace unas horas a Ibiza procedente de Valencia para sumarse a las protestas contra las prospecciones petrolíferas que se están desarrollando en las islas. Desplegada entre sus velas, rezaba una pancarta de 144 metros cuadrados con el lema “No Oil”. Salieron a su encuentro 25 embarcaciones convocadas por la Alianza Mar Blava. Sus banderas reclamaban, en castellano, catalán e inglés “Prospecciones no, renovables sí”. De nuevo las alianzas de lo grande y lo pequeño, las sumas nutricias…

Un informe elaborado por Ecologistas en Acción basado en lo ocurrido en proyectos similares en otras partes del planeta demuestran que a menos de 500 metros de las cargas acústicas con las que buscan bolsas de gas y petróleo, los huevos y larvas explotan por efecto del sonido. Si las prospecciones se llevaran a cabo en este rincón del Mediterráneo, el marisco, los cefalópodos, el plancton… vivirán una experiencia cercana al fin del mundo. El impacto de los cañones submarinos emitiendo cada diez segundos ondas sonoras a 249 decibelios (el umbral del dolor se sitúa en los 180 decibelios) enmascarará los sonidos que las ballenas emplean para comunicarse, alimentarse u orientarse. No olvido que las ballenas pueden intercambiar información acústica hasta miles de kms de distancia.

Este verano el Mediterráneo no sólo va a ser el mar de los cruceros y las embarcaciones turísticas. L@s navegantes con conciencia han decidido unirse en su defensa de la vida. Ya tengo el calendario de nuestro periplo en el bolsillo. Iremos de puerto en puerto, haciendo sumas nutricias. El 1 de julio estaremos en el Club Náutico de Palma, el 3 entraremos en Cala Ratjada (donde pasaremos tres días), del 10 al 13 pararemos por Ciutadella, del 17 al 20 en Alcudia, el 24 alcanzamos Sóller y de allí partimos el 27 camino de Ibiza. A partir del 31 de julio enlazaremos Ibiza con Formentera, hasta el 3 de agosto, día en que clausuraremos la campaña…

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Aquí llega la luna. Me gusta verla crecer y menguar. A mi alrededor todo es naranja y el cielo de un negro acrílico. En medio del mar las noches suelen ser más oscuras, la luna abre un túnel de luz entre diminutos lunares blancos y multiplica su efecto hipnótico al reflejarse en el agua. Lejos de la costa el firmamento se pone a mis pies y las noctilucas memorizan que lo de arriba es como lo de abajo. Aún así, la emoción que esconde alzar la vista y dejarme llevar por la vida es la misma. Siempre me pareció que este sencillo gesto es universal. Ahora mismo, en miles de puntos del planeta hay personas mirando el cielo. Ese niño a punto de quedarse dormido, aquella anciana asomada al balcón de su pequeño apartamento en una ciudad difícil de pronunciar, el adinerado ejecutivo que aún sigue en viaje de negocios y yo estamos más cerca de lo que creemos.

Contemplo el collar de lunas que he ido enlazando desde niña y que llevo a mis espaldas como si fuera una cometa. El mar me mueve. Escucharlo es contenerse de danzar o de andar. Habito en un organismo vivo llamado Gaia. No sólo respiro, soy respirada.

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4 thoughts on “El plancton, las ballenas, los barcos y los puertos.

  1. ¿Hace cuánto tiempo que no se posa una mariquita en mi dedo? se pregunta Martha y su conjuro logra que me lo pregunte yo también y este es ya un intercambio poético. Gracias por compartir tu viaje y tu emoción.

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