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“Lost in translation” (el laberinto, el extravío)

BY MARTHA ZEIN

Siete de la mañana. Desde la radio costera de Cabo La Nao Salvamento Marítimo avisa de la pérdida de la radiobaliza de un barco llamado “Garañón” en un lugar indefinido del golfo de Valencia. A más de cien millas de distancia, desde Palma, las mismas autoridades alertan sobre este accidente a los habitantes del mar. El satélite recogió la señal de alarma del transmisor a las cuatro de la madrugada pero no logran fijar sus coordenadas.

Una pequeña caja flotando en medio del golfo me acerca a la sombra de los naufragios. La voz masculina vuelve a repetir desde el canal 16: “Pan-Pan, Pan-Pan, Pan-Pan. Llamada general, llamada general, llamada general. Aquí Cabo La Nao Radio…” Su estructurada y periódica letanía transforma el mar en un laberinto líquido en el que no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso. Navego en su interior, por tanto soy un ser irremediablemente extraviado. El GPS indica que quedan 57 millas hasta nuestro destino; la exactitud de mi astuta herramienta no niega que el mar tenga el poder de la indefinición.

Las previsiones anunciaban que el tiempo sería cada vez más adverso, por eso hemos optado por abandonar la costa peninsular lo más rápidamente posible, una ironía si se tiene en cuenta que en el mejor de los casos nuestro catamarán solar no supera los 6 nudos por hora. No necesitamos que el viento arrecie, ni que venga en contra, ni que el cielo se tiña de gris, sin embargo la margarita ha empezado a deshojarse. Por el momento los nubarrones se ordenan por babor y por estribor, dejando un pasillo azul precisamente en la dirección a las islas, lo que me anima a seguir esa linea recta que aparece en la pantalla y en la que no termino de creer porque sospecho que podría doblarse y desdoblarse en infinitos puntos entre los que cualquier nave podría ir y volver, rebotar, dar vueltas… La duda me asaltó hace un puñado de días, mientras Jean Paul vaciaba las entrañas de nuestro velero.

Tras 43 años juntos, el agotado motor Perkins del GoOn quedaba expuesto al sol del varadero del club Náutico de Palma, dejando un rastro de grasa y lodo tan oscuro como la sangre seca. Tradicionalmente los pescadores han bautizado sus embarcaciones con nombres de mujer, (quizá para no olvidar que aman, que desean el cobijo de un vientre femenino…) de modo que me imaginé que asistía al parto del GoOn. En esas andaba cuando se posó en mi cabeza el título de un cuento de Borges: “La Muerte y la brújula”. El protagonista del relato explica a su asesino que sabe “de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective” y a mí me dio por pensar que cuando marcamos la ruta en el navegador siempre es recta. No hay máquinas ni compases que tracen curvas en las cartas náuticas.

imageJean Paul, Toni y el vientre del GoOn

Sentí un pequeño vahído, como si la desentrañada fuera yo y no mi velera. Habíamos regresado por segunda vez a Mallorca en menos de una semana, al día siguiente volveríamos a zarpar rumbo a Alicante, en esta ocasión en ferry. Una fuerza centrífuga desconocida nos devolvía una y otra vez al punto de partida. Ante mí se abría el misterio de las líneas rectas.

Pan, pan. Pan, pan. Pan, pan. Llamada general…” Ahora es otra voz masculina la que da las mismas claves. En un lugar llamado “Salvamento Marítimo” han debido de cambiar los turnos. Reviso el azul en busca de alguna huella. Esas no son las sombras de las nubes en el agua sino de las alas de esas aves fantásticas que durante siglos habitaron en los confines del mar. Se dirigen a la costa, en sus picos llevan flores malvas que esta noche trasgos y hadas frotarán en los ojos de l@s amantes. Aunque no lo indique el GPS (nuestro virtual hilo de Ariadna) por el horizonte se asoma lentamente la noche de San Juan. Una de ellas se posa en cubierta. Es una niña del paraíso, veo como se atusa sus plumas en un mástil que no tengo. Me dice su nombre: Sara.

image Sara, ave del paraíso

Aletean mis párpados. Pere y José Luis Secorún realizaban un nuevo capítulo para el programa de televisión Thalassa (TV3). El protagonista de la pieza era Manu Sanfélix, director de documentales submarinos de National Geographic, frente a cuyo club de buceo estuvimos amarrados todo el invierno. Manu lleva meses grabando los fondos marinos del planeta, desde el Artico hasta el Ecuador pasando por este maltratado Mediterráneo Occidental.

El ir y venir de estos hombres me envolvió en el viejo aroma de los rodajes y en esa particular observación del mundo que exige el cine, con sus planos, contra planos, saltos de eje, racords… Después de 25 años narrando temas medioambientales, en contacto con los conflictos y las soluciones que afectan a la salud de este planeta, poseen un punto de vista ecléctico sobre cualquier asunto vinculado con la naturaleza y eso se refleja en su forma de moverse, hacia dónde miran, dónde se paran. Fueron con el capitán a la duna para hablar sobre la “sobrefrecuentación” de los espacios naturales y nada más llegar repararon que las suaves curvas de la playa se habían transformado en sólo unos días en arena batida bajo los pies de cientos de turistas.

Apenas estuvimos tres días juntos, pero fue el tiempo suficiente como para recordar que quienes narran el mundo saben convertir las historias en corredores infinitamente divisibles. El apasionante juego que ofrecen los flashbacks, las acciones paralelas, los trucos del suspense, etc. se convierte con el tiempo en un camino de conocimiento. Me lo contaron los ojos de los hermanos Secorún: “la vida es una sucesión de encrucijadas en las que pueden suceder interesantes extravíos“. Vuelvo a los míos; yo también sé desdoblar el tiempo.

imagePere, José Luis, el capitán y la arena

Con la extraña euforia de una enferma que al fin encuentra el diagnóstico, sonrío a nuestro catamarán; ahora comprendo la naturaleza de los laberintos, son un espacio donde hallar todo lo que no tiene sitio en los mapas. Puedo fabricarlos con un solo pestañeo.

Mis pulmones se inflan. Levanto la cabeza. Sara no está. En el aire flota el aroma de la flor del pensamiento. Regreso al horizonte. Nos acercamos a la costa de una remota isla. Tiene aspecto de luna creciente. El mar se adentra por entre sus cuernos hasta formar una inmensa bahía rodeada por todas partes de colinas que le ponen al resguardo de los vientos. La reconozco, es Utopía, también conocida como “en ningún sitio”.

Según relata Thomas Moro, fue descubierta en el siglo XVI por Rafael Hitlodeo, un aventurero que había formado parte de las exploraciones de Américo Vespuccio por el Nuevo Mundo. En busca de lugares amables tomó las riendas de su destino y fue saltando de nave en nave (“Los primeros barcos que toparon eran de quilla plana, y las velas estaban zurcidas de mimbres o de hojas de papiro. En otros lugares las velas eran de cuero. Posteriormente encontraron quillas puntiagudas y velas de cáñamo…”) hasta llegar a Utopía, un lugar cuyos habitantes viven en perfecto equilibrio social, económico y político.

Alcanzar su orilla no fue una empresa fácil. Allí “cualquier desembarco está tan impedido por defensas tanto naturales como artificiales, que un puñado de combatientes podría rechazar fácilmente a un numeroso ejército“, le gustaba recordar al explorador. Sólo arriban a esta isla quienes llevan en sus venas sangre utópica o los seres afortunados y Hitlodeo pertenecía a este último grupo.

imagePlano de la isla “Utopía” levantado por Thomas Moro

Desde su descubrimiento son muchas las naves que han puesto rumbo a sus costas. Los gobiernos obtusos la temen, por eso sus notarios recuerdan con profusión las expediciones que naufragaron en el camino mientras relegan al olvido aquellas que alcanzaron su resguardo. Para nublar este destino llevan siglos fabricando laberintos administrativos minados de caminos que se bifurcan. Su frenética actividad no ha impedido que cientos de embarcaciones sigan zarpando hacia ese destino; en sus tripulaciones llevan vigías capaces de ver entre líneas.

Como ell@s, desdoblo la que marca el GPS. Sé qué en alguno de sus puntos podríamos cruzarnos con el SolarPlanet, el barco solar más grande del planeta.  Hace cuatro años que inició la vuelta al mundo defendiendo la democratizaciòn de la energía a partir de fuentes renovables, poniendo de manifiesto que cada individuo puede generar su propia energía solar, almacenarla y hacer buen uso de ella. Compartimos con ese inmenso catamarán un mismo código genético pues algunos ingenieros que participaron en la fabricación del WWFSolar colaboraron en su construcción.

Ahí vuelve Sara. Esta vez viene acompañada de Iñaki, uno de los trasgos del sueño de una noche de verano. Llevan meses ensayando en las jarcias del pailebote Rafael Verdera un hipnotizador aleteo. Trazan ante mí un par de piruetas. Les pregunto si estarán en la inauguración de nuestra quinta singladura. Será en el Club Náutico de Palma, el 1 de julio: “Un grupo de modelos con el cuerpo pintado de peces realizarán una performance, 30 niños de la Escuela del Mar del Club Náutico saltarán con nosotr@s al agua y…

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El viento empieza a aumentar su intensidad. El anemómetro indica que hemos superado los veinte kms/hora. El soñador de nuestro laberinto debe de haber puesto en marcha su imaginación. En la línea que dibuja el horizonte leo: “Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, puedes anular su estolidez“. Sonrío. Comprendo la jugada. Sé orientarme en estos corredores porque ya los descifró el detective de “La muerte y la brújula”: “Cometa un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy”, le dijo a su asesino.

El actual gobierno ha encerrado a l@s defensor@s del Ebro en un laberinto parecido, hecho de leyes, planes parciales, prebendas sectoriales… con el que pretende dividir el río y ahogar el grito “Lo riu és vida” que desde hace más de una década aúna a l@s habitantes de su ribera. Afortunadamente entre ellos hay experimentad@s vigías utópic@s, como l@s miembr@s de la Plataforma en Defensa de l’Ebre (PDE). La estrategia de estos defensores del río es doble: deciden en cada encrucijada cuál es la opción que conviene tomar e integran estas soluciones en una perspectiva más amplia que les permite conjeturar la forma global del laberinto que ha creado por la Administración y así prever la próxima encrucijada y su solución.

“¡Se trata de entender la “gramática” del asunto!” exclamo y miro al cielo. Busco a Iñaki y Sara, pero han vuelto a desaparecer. El capitán me reprende. “Están prohibidos los cabeceos durante las guardias”. Miro de soslayo el GPS. He logrado desdoblar en cien caminos una milla. Soy mejor vigía de lo que imagina.

imageIñaki y Sara danzando en las jarcias del pailebote Rafael Verdera

 

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