Preguntas devoradoras, bocas fósiles y pétreas aletas de nariz

BY MARTHA ZEIN

Orejas inmensas, coños calizos, anos ciegos y cuencas de ojos, la sierra de Tramuntana muestra sus oquedades de apariencia plácida y tamaño devorador, diez veces, cien, quizá mil veces más grandes que un ser humano. Los priragüistas son hormigas, aquella motora con botellas de buceo es un moscardón, los veleros que se acercan a las laderas, mariposas. Soy montaña y también un minúsculo isópodo a punto de ser fosilizado. Por primera vez dejo que una mosca recorra mi brazo. Aguanto su cosquilleo; termino espantándola. Todo sucede en silencio. Sobre nuestras cabezas el vuelo circular de un halcón.

Navegar lento enmudece el paisaje. La alianza del sol, el viento y el mar empuja este barco hacia delante. Atiendo a su negociación: El deseo tiene una silla (la más frágil) alrededor de esta mesa; hace tiempo que no vienen a sentarse la voluntad o el esfuerzo; acumulación y ahorro perdieron su sitio; los costes se alían con el cuidado… Según el GPS el próximo puerto aparecerá apenas en unas millas. Miro el trazado de nuestra ruta en el mapa: Estamos a punto de cerrar el círculo que comenzamos el 1 de julio. La campaña que empezó en Palma, saltó a Cala Ratjada y pasó por Alcúdia después de visitar Menorca, está alcanzando Sòller. Es decir, hemos dado la vuelta a Mallorca y lo hemos hecho de este a oeste, imitando el recorrido solar. A veces la coherencia toma decisiones por su cuenta. Así pues, no miento si digo que este catamarán avanza llevando la contraria a las agujas del reloj. La paradoja está servida.

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Hace unos días José hizo una reflexión en torno al impacto que causó la aparición del reloj mecánico en la historia de la humanidad. Fue uno de los inventos que mejor arraigó en la nueva mentalidad de la era industrial (el objeto llevaba siglos dando vueltas) pues facilitaba la organización del trabajo en serie y la producción estandarizada. Con la división de la jornada en horas, minutos y segundos llegó la coreografía de los actos sociales y también una nueva forma de ordenar el día, definir la noche, entender el pasado, esperar el futuro… y experimentar un nuevo desposeimiento: la supeditación de los ciclos de la naturaleza y de nuestra biología (la vida) a una medida ajena a nuestra percepción fisiológica y psicológica, es decir, la imposición de un nuevo canon sobre quienes sómos.

Hablar del tiempo en un barco lento es extraño. Escribo mientras todo sucede detenidamente. Cada vez que levanto la vista del ordenador, la veo, como quien vuelve una y otra vez a mirarse en el espejo y se encuentra con el mismo rostro, propio y siempre ligeramente extraño. La sierra de Tramuntana se deja mirar ajena a mis monólogos, abandonándome a un placer onanista. ¿Cuántos seres humanos habrán pisado ese rincón? Soy consciente del privilegio: Veo aquello que ignoran quienes se asoman al cortado. Ese hueco íntimo, aquel pliegue, se ofrece sólo a mis ojos, en ellos veo orificios primigenios, así son antes de convertirse en heridas del cemento. Desde el mar la sierra muestra su cara oculta, los cráteres que comparte con la luna.

No es fácil que aquí, en este lugar del mapa, la tierra se deje mirar. Ésta es la isla del Mediterráneo más cercana a los circuitos comerciales de la Europa rica y el turismo del sol y playa centra sus focos en el mar. La única tierra que entra dentro de los cánones es la que se ofrece como colchón de arena; sobre ella yacen l@s bañistas, nos la brindan abierta de piernas, turistas y playas copulan un cíclico “samaritano” colectivo. Sin embargo aquí, ahora, desde el barco solar, la Tramuntana se brinda vertical, agreste, y enreda libremente sus faldas en el agua. La contemplo, apenas ha sido tocada por las prisas, es tan ajena al actual modo de vida que ni siquiera encaja en el adjetivo “virgen”, ella parece sierra dueña de sí misma.

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Durante las dos últimas jornadas he mirado estas rocas como si fueran un espejo inmenso: en ambos lados estaba yo, inquiriendo al mundo y sorprendiéndome de mi pertenencia. El diálogo resulta infinito porque en ambos lados del interrogante está mi mirada sorprendida y también algo no dicho o a punto de ser pronunciado. Si desde el barco miro a la sierra y le inquiero (espejito, espejito mágico, quién es esa que veo), el otro lado me devuelve el eco de una pregunta anterior. Delante de este paisaje y sus huecos observo a la que fui, la que caminó alrededor de Mallorca a pie agarrada a un hilo, colocando un capullo de seda en cada kilómetro recorrido con la intención de convertir la isla en una mariposa (Imago). En este lado contemplo a la marinera que soy, la que está viviendo en una nave solar que surca el exhausto Mediterráneo para conectar a l@s habitantes, trabajador@s y amantes del mar con las energías renovables y las artes de pesca respetuosas con la vida. El cristal de este maleable espejo es la línea en la que agua y tierra se besan e intercambian granos de arena y sal. En ambas caras la que fui y la que soy se preguntaban, mirando al otro lado. En ambos momentos, antes y ahora, dábamos y doy la vuelta a la isla de este a oeste, llevando la contraria a los relojes. Aquella que fui llevaba los bolsillos llenos de capullos de seda, cada kilómetro se agachaba para convertir aquellos minúsculos botones en hitos del camino, una nueva unidad métrica. La que soy se siente oruga frente a esa pared que la contempla. ¡Qué extraño juego de reflejos, que insospechada simetría, qué cierto es que cambiando la posición puedes ver otros mundos en el mismo mundo!.

Quien ha navegado sabe que en el mar el tiempo, las distancias, la orientación, los ritmos, son distintos a los de tierra. La derecha es estribor, la izquierda se llama babor, los kilómetros se transforman en millas, la velocidad se mide en nudos y la puntualidad es imposible. Vivir en un barco exige tener poco, ser autosuficiente, tener conciencia de que no siempre habrá un grifo al lado, un enchufe, un surtidor de gasolina, una tienda, una señal de wifi. En un barco los relojes quedan abolidos, de nada sirve saber que han pasado dos horas o cien cuando el viento desea medirse las fuerzas, si las olas no quieren colaborar. En tierra cambian los olores, las piernas cobran el poder, la mirada se adapta a nuevas perspectivas, la información se ordena de otro modo… L@s habitantes del mar y los de la tierra siempre guardan un punto ciego para “el otro”. Si la nave es solar este extrañamiento es mayor.

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El simple hecho de que el sol intervenga en tu vida cambia la forma de concebir tu paso por el mundo, para empezar cortas los lazos de dependencia con las multinacionales eléctricas y las petrolíferas; además, te planteas tu uso de la energía como una relación constante: no puedes consumir más de lo que ingresas, no puedes acumular energía (como quien ahorra dinero en una cuenta del banco) y ese “ingreso” no depende de tu capacidad de trabajo o tu ascendencia sobre los demás sino de algo tan ajeno a ti como las horas de luz que te lleguen del cielo y de la calidad de sus rayos.

Las personas que se acercan al catamarán suelen proceder de una vida “terrestre”, es decir, funcionan por códigos de conducta bastante diferentes, sin embargo ahí están, asomándose, y eso me fascina. ¿Qué ven, qué reflejo les atrapa?. Espero a que lleguen, niñ@s o ancian@s, hombres, mujeres, no importa condición social o forma de vida, su primera pregunta suele ser siempre la misma: qué velocidad alcanza. ¿No es extraño que la conversación siempre empiece por el mismo lugar? La respuesta sobre la “velocidad” (hasta 8 nudos en la situación más óptima, aunque en las travesías largas no solemos superar los 4) no puede interesar del mismo modo a quien maneja una motora de salvamento marítimo que a quien posee una golondrina en la que pasea a turistas que lo que quieren es disfrutar el máximo tiempo posible del viaje. ¿Por qué les interesa la velocidad, es decir, la relación entre el espacio y el tiempo? ¿Es que tienen prisa? ¿A dónde se supone que hay que ir? ¿De dónde queremos escapar? ¿Es la inercia de quien está acostumbrad@ a ver anuncios de coches? ¿Por qué compramos velocidad? ¿Para qué la queremos? ¿Hasta aquí nos ha llevado la colonización de nuestro imaginario sobre el uso del tiempo?

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Existen otras dos preguntas, de esas que también surgen fácilmente de cualquier garganta: cuánta autonomía tiene y cuánto cuesta el barco. La primera me parece delatora: Nos sentimos tan indefensos sin nuestros proveedores de alimentos, energías, etc, que lo primero que pensamos es hasta qué punto es peligroso vivir alejad@s de antenas parabólicas, surtidores, contadores de luz… Explicar que es posible el “flujo contínuo” de energía, que pueden vivir al margen de un modelo energético dependiente, implica para muchas personas un despertar, un cambio de posición frente al espejo. La pregunta que hace mención al dinero me parece casi de sentido común. Las tarifas eléctricas, el paro, la reducción de nuestra capacidad de consumo… hay múltiples factores que llevan a que la mayoría de l@s ciudadan@s de este país se plantee cómo vivir con menos dinero. En el fin de la era del petróleo esta energía es cada vez más cara y está sometida a intereses transnacionales, lo que hace evidente nuestra falta de control sobre los precios. Llevamos navegando un mes con un gasto de cero euros. La respuesta es contundente, sin embargo la conclusión sigue asustando porque las tres preguntas hasta ahora mencionadas alimentan el miedo.

Hay un tipo de interrogantes que si salen más fácilmente de la punta de la lengua es porque son cuestiones adquiridas, introducidas, artificiales, hechas para ocupar el espacio de otras. Se comportan de forma invasora, sustituyen a nuestras curiosidades e intereses, no nos pertenecen porque en realidad no surgen como fruto de la curiosidad, el deseo o la reflexión, las usamos para establecer un vínculo, para romper el hielo con una persona desconocida… o para callar las inquietudes más incómodas, esas que nos da vergüenza formular porque nos resultan incómodas. Aunque parecen prácticas o al menos inocentes, llevo días insistiendo que han de ponerse bajo sospecha porque nos impiden mirar hacia otro lado y orientan nuestras reflexiones hacia lugares que no nos interesan. Son “preguntas borradoras” que de alguna manera hemos incorporado en nuestros monólogos, están prefabricadas, hechas en serie, por eso todo el mundo las lleva dentro y si el sistema las promueve es para que ocupen el espacio de otras. Parecen amables, es evidente (por sus efectos secundarios) que no les sientan bien a nuestra autonomía y sin embargo las seguimos formulando. Nos comportamos, pues, como si fuéramos adict@s a ellas, a una línea de pensamiento.

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Quien logra arrancar de su garganta las cuartas y quintas preguntas descubre su diversidad. Unas personas se interesan por aspectos específicos del motor o del diseño de la nave, otras por la comparativa que supone mantener un motor de gasolina frente a uno como el nuestro (solar) o la huella de carbono, las hay que se plantean las estrategias que utiliza el mercado para que tengamos dificultades a la hora de adquirir el material para instalar este tipo de soluciones en nuestros vehículos, y hay quienes han subido al barco para hablar sobre soluciones aún más osadas como la denominada “energía libre”…

Este fin de semana Giacomo De Stefano y David Oliver, con el apoyo del GOB, comienzan una particular circunnavegación en torno a Mallorca. También lo harán del este al oeste, pero sobre un llaut a vela y remo. La razón de esta iniciativa es defender el respeto del agua, compartir, aprender y activar proyectos de economía sostenible. El proyecto medioambiental se denomina “Volta Mallorca” y está abierto a cualquier persona que quiera sumarse a navegar con poco. Imaginar su velero a los pies de la Tramuntana me vuelve a hacer pensar en este espejo rocoso hecho de granos de sal y arena ante el que construimos nuestras señas de identidad y que exige una toma de conciencia y un grado de responsabilidad constante. Espejito, montaña, mar, espejito mágico, ¿quiénes somos es@s que nos miramos?.

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A Adela se le rizaba el mar en las pupilas

BY MARTHA ZEIN

Le dije que la cofradía de Baiona (Vigo) acababa de elegir a una mujer (Susana González Álvarez, percebeira) como patrona mayor y que era la primera en la historia de la Villa. Me lo había comentado la noche anterior Bety, con visible alegría, y a mí me había parecido que el nombramiento permitía aventurar un cambio de mentalidad entre l@s profesionales del sector, al fin y al cabo una mujer es una anomalía en el organigrama del mundo pesquero. “Permitir que los márgenes accedan al poder hace evidente que su centro está agotado y que esa alternativa ha ganado una credibilidad capaz de vencer los prejuicios y los miedos, ¿No crees?”

Adela escuchaba sin cambiar el gesto, simplemente me dejaba hablar, y yo me lo tomaba como una invitación a entrar en su cabeza hasta la cocina.

“Disculpa la osadía porque soy una recién llegada al mundo del mar y lo que digo tiene que ver más con mi intuición que con mi experiencia, pero es evidente que quienes pescan, manejan los barcos y los poseen son hombres agarrados a un tipo de masculinidad, a una forma de hacer y de moverse. Tiene que ser muy difícil romper ciertas costumbres, ¿Verdad?” Adela alzó las cejas, me pareció que sonreía y yo dejé que mi corazón siguiera hablando.

En esos días había oído mensajes contradictorios. Si bien el ambiente del puerto pesquero de Ciutadella (Menorca) era acogedor y el contacto con los pescadores era amable, por mucho que la presencia de “Els amics de la mar” (una asociación que se esfuerza por mantener vivo el legado marítimo) llenara de vida los muelles, el malestar entre los profesionales de las artes mayores era evidente. “¿Por qué están enfadados? Y, sobre todo, ¿por qué no reconocen que lo están?, esa emoción está impidiendo que presten atención al mar, ese mar que tanto amáis. ¿De qué valen las rencillas antiguas, los rencores heredados, las competiciones entre familias? Tienen que terminar agotados y tristes, es descorazonador trabajar así. Imagino las reuniones sectoriales, si alzan la voz no es para exclamar sus derechos sino para dejar de escuchar su dolor. El mar está tocado de muerte, lo dicen las redes cada día, hacen rugir sus motores para no oír que esa vida que tanto aman está dando sus últimas bocanadas,,, y mientras, disimulan, compiten y se odian”.

Hacía varias frases que mi corazón hablaba a sus ojos. Las retinas de Adela son capaces de envolverse en agua, tienen un mar interior. En el cielo las nubes llenaban de sombras la ciudad.

imageNarrar y dejar que las nubes compongan

Me hice navegante de palabras hace diez años. Aprendí esta profesión junto al río Ebro, a fuerza de dormir junto a él y de caminar a su lado del nacimiento a la desembocadura.

En los momentos más frágiles del recorrido fueron apareciendo personas que me confortaban de forma generosa. Sucedió desde el primer día. Pronto entendí que lo increíble no era constatar la bondad de aquellos seres humanos sino comprobar que cada vez que ponía mi sed, mi sueño o mi hambre en sus manos mi lengua se aligeraba. Era tal mi agradecimiento, deseaba tanto compensarles y tenía la mochila tan vacía que lo único que se me ocurría poner encima de la mesa era una historia. Mi intención era contarles un relato caliente como su plato, tibio como su lecho, reconfortante como su abrigo… Y esto me obligó a prestar atención a sus preguntas.

Quienes encontré en mi tercer día junto al Ebro querían saber cómo había visto la tierra y el agua en aquellos escasos sesenta kilómetros que había recorrido. Cuando llevaba cuarenta días caminando mis interlocutor@s me seguían inquiriendo sobre cómo era el agua y la tierra y los habitantes de los sesenta kilómetros anteriores. El río que hacía vibrar, el que lograba esponjar los corazones, era el inmediato y no el remoto, los paraísos que interesaban eran los que ya conocían o estaban en su ruta, los infiernos que asustaban eran los que ardían debajo de sus camas. Lo que querían era asomarse y reconocerse en el espejo de mi relato.

Los ojos de Adela me llevaron a aquel río y, como hice entonces, dejé que fueran sus retinas las que encauzaran mi reflexión. Cuando se asomaba el brillo acuoso, cuando dejaba de pestañear, cuando percibía cómo se acurrucaban sus ojos, soñadores, en sus cuencas, mi palabra se recreaba en una idea y mi relato seguía ese sendero. “Puede parecerte una osadía, yo no sé, yo sólo voy atando cabos”, me disculpaba cuando veía que el agua quería desbordar el cerco de sus pestañas y a continuación guardaba silencio o cambiaba el paso.

A lo largo de los treinta minutos que duró nuestra conversación vimos cómo el catamarán cambiaba de forma: unas veces era caballo alado, otras alfombra mágica…

imageEn un rincón de la mesa, Adela, en el otro, yo, a nuestros pies el agua

Adela me observaba como si lo hiciera desde el fondo de un pozo, de uno de esos pous con los que recogen el agua de lluvia en Baleares, a los que debes encaramarte si quieres ver tu reflejo y que sin embargo saben anidar la luna. Los suyos brillaban, decían lo que callaba la boca, sabían contar aquello que pasaba de puntillas a nuestro alrededor. Los he visto otras veces en otros rostros. En Mallorca he aprendido a escuchar la locuacidad silenciosa, por eso sé que las historias pueden avanzar como lo hacen las aguas de un rio: adaptándose a la orografía del paisaje, sin perder su cauce. Definitivamente, Adela tenía la mirada isleña.

Nuestra conversación fue intensa aunque ella apenas abriera la boca. Me dijo que era hija de pescadores y que su familia seguía viviendo del mar, concretamente del arrastre; le contesté que estaba descubriendo su mundo, que sabía que apenas había diez barcos arrastreros en Menorca y que había asuntos que mi corazón no entendía; me preguntó cuáles y sonreí. Antes de caminar junto al Ebro mi respuesta hubiera sido otra pero recordé lo que ya sabía: los seres humanos queremos que nos cuenten historias sobre nuestr@s vecino@s, nuestr@s prójim@s, enemig@s, amig@s, quienes habitan en nuestros márgenes, se asoman a nuestras vidas y nos contemplan. No lloramos del mismo modo por la muerte de un ser querido que por la de un desconocido, por mucho que en ambos casos se nos parta el corazón. Nuestra capacidad para la simpatía está llena de grados.

Empecé a hablarle de mi primer encuentro con un pescador de artes mayores. Sucedió el año pasado, en uno de los talleres impartidos por el equipo de WWF durante la campaña. Los hombres allí reunidos visualizaban su futuro a medio plazo (apenas diez años) y uno de ellos se atrevió a hablar: Sus hij@s iban a la escuela sin avergonzarse de que sus padres fueran arrastreros, en tierra todos entendían que ellos también amaban el mar. No sé si se había dado cuenta que el trasfondo del juego era desear aquello que aún no había sucedido. Me impactó escucharle, su ignorancia de sí, su malestar disfrazado de reivindicaciones profesionales.

     En esto consiste narrar, ser navegante de palabras

En los ojos de Adela volvió a subir la marea. “Las emociones son políticas, no se puede tomar decisiones de espaldas a ellas, si queréis organizaros de otro modo alguien debería de trabajar las emociones del grupo. He oído que la potencia de los arrastreros de Baleares es la que más se ajusta a la letra de la ley comparado al resto de España (usan motores de 500/600 cv cuando hay barcos que pueden alcanzar los 2000 cv) y que si la fauna y flora del canal de Menorca se mantiene en buen estado es también gracias a vuestra forma de pescar. Tenéis muchas razones para estar orgullos@s del camino recorrido, ¿por qué no aceptáis que estáis vinculados? ¿Por qué las rencillas? Si lo miras bien, es el amor en todas sus manifestaciones (odio, compasión, envidia, tolerancia, el miedo a la crítica…) el que sostiene los ideales de justicia, crea alianzas, suma o resta votos… Alguien tiene que dar este golpe en el timón”.

Adela me regalaba la humedad de sus ojos y yo navegaba en ellos. La noche anterior había buscado los nombres de las mujeres que fueron elegidas patronas en las cofradías gallegas en las elecciones de los últimos días. Quería ver su aspecto, qué modelo de mujer representaban. Al frente de la Cofradía de Pescadores “A Anunciada” de Baiona encontré la frondosa melena de Susana González Álvarez; me llamó la atención el mentón prominente y firme de María Isabel Maroño Vázquez, la nueva patrona mayor de la Cofradía de Pescadores de Ferrol; en Cedeira se estrenaba Lucía Villar Martínez… Era la primera vez que los hombres del sector elegían como líder a una mujer, lo que daba fe de su voluntad de cambio, y con ellas habían apostado por una forma concreta de entender el poder: las tres llevaban años trabajando en el mar y aún así consideraban que llegaban al puesto dispuestas a aprender y las tres decían que tomarían decisiones partiendo de la escucha atenta.

“Imagino que se trata de buscar soluciones desde otro lugar, ¿no te parece?”, le dije a Adela horas después, “el sector se enfrenta a cambios profundos, sobre todo en lo que se refiere a gestión de los recursos, ¿No crees que es un buen momento para dejar a un lado las incompatibilidades personales?”. Y a continuación le recordé una historia que he oído muchas veces en boca del capitán: En una de esas pírricas negociaciones con el hombre blanco un indio del continente americano recordó que no caería en regalos, chantajes o lisonjas porque “no podría ser el jefe si pretendiera hacer lo contrario de lo que mi gente quiere”, el jefe no manda sino que obedece a quienes le eligieron.

Este post va dirigido a los ojos de una mujer de la que nunca supe el nombre y a la que bauticé Adela. Tiene mi misma edad, un pelo canoso y rebelde y se le rizaba el mar en las pupilas. Le agradezco que hiciera hablar a mi corazón.

Entre los dientes de un monstruo resbaladizo

BY MARTHA ZEIN

Al fin el viento amaina y deja que el mar nos acune. El horizonte se acerca dulcemente. No soy yo quien va (estoy sentada). !Ahí llega!, ¡ahí llega la línea azul!. “Debo de andar teñida”, miro mis manos y la mesa con los restos del desayuno en busca de pruebas. Los últimos tomates ecológicos que nos trajeron del huerto de Annie, el resto del queso fresco de Raúl – uno de los voluntarios del primer turno-, las olives trencadas por Vicenç, el pan de Bego, todo conserva su propio aroma y el color que les dio la tierra, sin embargo hace horas que el futuro entra por proa, vestido de añil. Concluyo que sólo soy capaz de oler el presente, de tocar algunas huellas del pasado, que todo cuanto muerdo es aquí y ahora. Hinco el diente a una manzana, qué dulce acidez. Entre su carne se ha colado un pequeño pánico infantil: me deslizo lentamente en las fauces de un monstruo resbaladizo. Las nubes hacen de labio superior, el aire es su lengua invisible. Cómo y soy comida, qué extraña ensoñación fractal.

image¿La ballena de Jonás no tendría la lengua azul?

Atrás quedó Cala Ratjada (Mallorca), ahí delante aparecerá Ciutadella (Menorca). Navegamos por un espacio que enlaza las despedidas y los encuentros. Esta campaña hace evidente que aquello que solemos concebir como una frontera, como una puerta de salida, un borde o el umbral, es un lugar habitable. En uno de sus mares debemos de estar moviéndonos, fluyendo entre el adiós y los buenos días, besando en la boca a esta quimera resbaladiza hecha de tiempo. Si una gota de mar puede representar a todos los océanos, si un helecho es igual a cada una de sus partes, deduzco que en una escala histórica nuestro catamarán está enlazando el trágico siglo XX de los excesos con este siglo XXI que apenas está ganándose el nombre.

Anoche llegó a mi ordenador el primer poema de mi sobrina Charlotte (7 años) en el que hablaba de un monstruo capaz de hacerla reír: “He was all green and slimy / When he got into the bath” y yo me vuelvo niña. Asomada al borde de una enorme sonrisa cetácea me digo que los seres humanos viajamos en el “durante”, que navegar es habitar el tránsito, que vivir es llegar a ser el que eres, habitar el lugar que vives, llegar a amar a quienes amas, hacerte cargo de tus acciones y pensar tus propios pensamientos. Ser humano es un punto de llegada.

imageLo de arriba como lo de abajo

Observo a la timonel, que ahora es Judith. La veo envuelta en un cielo esponjoso: Azul arriba, azul abajo; el principio de correspondencia. Me detengo en los detalles que me ofrece este instante para entender la ruta de mi escritura, como si el mundo se me ofreciera a modo de texto inmenso. Para l@s narrador@s trashumantes no hay palabras “nuestras”, simplemente pertenecen al camino y de ahí las tomamos, con respeto, alegría y frugalidad. Por eso estoy aquí, espigando imágenes e ideas. Unas veces tienen forma de instantes, otras son frases usadas o ajenas o retazos de libros o ideas fugaces o humildes epifanías o restos de naufragios como el estribillo de una canción olvidada. “Así en la tierra como en el cielo”. Imagen fractal, oración marchita. ¿En cuántos relatos, trascendentes o inmanentes, aparecen enlazados tierra y cielo? Y en ese binomio, el mar ¿dónde queda?

Tiro del hilo. A bordo de este catamarán es fácil experimentar viejos asuntos, como que todo fluye y refluye, que todo asciende y desciende y se mueve rítmicamente como un péndulo y que nada está inmóvil y que, en fin, todo vibra, y que esta experiencia es compatible con preguntas como “¿Dónde estoy?” o “¿Qué estamos viviendo?”. Las respuestas, por supuesto, pueden tener forma histórica, no sólo geográfica o poética; por ejemplo, afirmar que estamos viviendo en el caos de una tiranía compacta en la que están involucradas desde las 200 multinacionales más grandes del mundo al Pentágono, una dictadura que al mismo tiempo es difusa, ubicua y materialmente localizable, capaz de destruir la vida en el planeta en el que opera.

imageConstruyendo puentes

Ha llegado a mis manos el libro “El siglo de la gran prueba”, de Jorge Riechmann. En él este poeta, filósofo y ambientalista recuerda que “el arte de la verdadera política” es el de “la política para que haya humanidad, de la política informada por la conciencia de fragilidad, la aceptación de la finitud humana y el respeto a la dignidad del otro“. En esta era de la información y el intercambio de datos, el compromiso político consiste en demostrar que de lo que digo respondo con mi persona y de lo que hago respondo con mi palabra. Palabra y obra, vasos comunicantes. Este compromiso individual y cotidiano puede ser una flecha dirigida a nuestr@s líderes pero también la base de un ideario y de una estrategia de empoderamiento colectivo. Navegar a bordo del WWFSolar es una forma de expresar estos planteamientos.

Envuelt@s en futuro, mientras muerdo el presente y recorro las costas de Baleares, cada conversación a la que asisto es un acto político, cada opinión una forma de testimonio, como sucedió la noche en la que Sergi llegó nadando al barco.

Mientras fuera caía el sol, Sergi puso encima de la mesa el concepto de “custodia del territorio” y fuimos picando de su plato en animada charla nutricia. Fue así como hablamos de corresponsabilidad, de nuevos modelos de gestión y gobernanza, de cooperación, de alcanzar el bien común…  Por lo que entendí, custodiar el territorio es un verbo que en tierra declinan propietari@s y usuari@s pero que en el mar, al no existir la propiedad privada, puede hacerlo cualquiera que se sienta implicado en el cuidado de los espacios marinos. Consiste en ir más allá del respeto individual hacia nuestro entorno, supone “trabajar en red”, desarrollar mecanismos de colaboración entre la sociedad civil, la comunidad científica, l@s trabajadores de la tierra o del mar, l@s propietari@s de las parcelas y la Administración Pública de modo que se puedan alcanzar “acuerdos voluntarios”. Cuando éstos van más allá del aspecto testimonial y tienen capacidad ejecutiva, alcanzan la categoría de “cogestión”.

imageNavegar en un texto…

Sergi sabe de lo que habla, es miembro del GOB-Menorca, director de OBSAM (Observatorio Socioambiental de Menorca) y coordinador la Xarxa de Custodia del Territori. En la reunión también está Bego, una bióloga que tras su jubilación continúa implicada de una manera activa en actividades de custodia como la que lleva a cabo la red Observadors del Mar. Desde hace unos meses forma parte de una red de casi 600 observador@s que ofrecen sus datos y fotos a la comunidad científica para que ésta pueda conocer cómo el calentamiento global, la contaminación, la sobrepesca, las invasiones de especies, etc… están amenazando el ecosistema marino. Hay proyectos de investigación que recogen información sobre especies indicadoras de fenómenos de cambios como las gorgonias o las medusas, otros buscan conocer mejor la biodiversidad en el Mediterráneo (detectando, por ejemplo, las esponjas amenazadas), cuantificar el incremento de esta problemática, concienciar a los ciudadanos a hacer un uso responsable del mar…

La experiencia de quienes van subiendo en constante cuentagotas al WWFSolar llena de matices el lema de la campaña: “Compromesos amb el mar”. Como marinera del catamarán voy metiendo en mi cuaderno de bitácora palabras fascinantes, términos que no había pronunciado antes. Extraños peces. Esta mañana he pescado un concepto que estoy deseando digerir: “esfuerzo pesquero”. En el entorno marinero se trata de una medida de intensidad de las operaciones de pesca determinada por las artes (equipo empleado para la captura), los caladeros (zonas donde se colocan las redes de pesca), el tiempo de la extracción… Nada más oírlo pregunté quién es el que hace el esfuerzo y me miraron de forma condescendiente. Está claro que no sólo soy de letras sino que soy más terrícola de lo que puedo llegar a imaginar. En el fondo de mis oídos rió el monstruo resbaladizo (“He’s a little strange / He sleeps in our bin”, me recordó anoche Charlotte).

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En la vida cotidiana de l@s terrícolas “esfuerzo” se identifica con sufrimiento gracias a una cadena de equivalencias que nos llevan a enlazar lo que el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española entiende como “Empleo enérgico de la fuerza física contra algún impulso o resistencia“ (es decir, “esfuerzo”) con el término “sacrificio”. Según la quinta acepción del citado Diccionario sacrificio es el “Peligro o trabajo graves a que se somete una persona“. Sin ninguna duda la mayoría de los seres humanos hemos experimentado sufrimientos al esforzarnos en el logro de alguna cosa, este sufrimiento es el que nos lleva a asimilar esfuerzo con sacrificio.

Pues bien, ¿Qué hace la palabra “esfuerzo” en el seno de una actividad económica? ¿Eh? ¿Dónde coloco yo ese término en mi contabilidad cotidiana? Cómo directora de una productora de documentales me costó mucho hacer encajar mi actividad artística en el término “coste” y ahora resulta que existe un rincón en el mercado en el que es posible calcular el “esfuerzo” en términos económicos. Si están dispuestos a reconocer que el esfuerzo es cuantificable y puede tener valor monetario, que alguien me diga quién hace ese esfuerzo/sufrimiento/sacrificio ¿No?

Como la risa de la ballena es cada vez más alta, decido resolver yo sola el enigma, o al menos llevarme una respuesta a la boca para que esta sensación fractal llegue a un equilibro (me comen, yo como), de modo que acudo a un glosario “formal”. Encuentro la siguiente definición en el diccionario de ecotropía : “El esfuerzo pesquero QUE EJERCE UN BARCO puede definirse como el producto de su tiempo de pesca y su capacidad pesquera, entendiendo ésta como el potencial de la embarcación para capturar peces”. !Eureka! Si el esfuerzo lo ejerce un barco (en términos de sufrimiento el verbo sería “inflinge”) se supone que lo hace sobre alguien o algo, es decir, que en esta relación el barco es la parte activa mientras que la pasiva es el entorno marino. Salto de la silla. ¡Menudo hallazgo! No puedo dejar de brincar. !El impacto de nuestra actividad pesquera ha logrado no ser expulsada de la contabilidad nacional e internacional! ¡Lo que hoy llamamos huella ecológica se enlaza con una palabra resiliente!, !es importante!, !importante!.

Mi tesoro no parece excitar demasiado a mi alrededor y sin embargo a mí me asalta un aluvión de ideas. El hecho de que en el mar no exista propiedad privada quizá haya permitido que la Historia de la humanidad no haya cerrado la puerta a la fragilidad de esta parte de la naturaleza y a nuestra dependencia de él. Uhm, ganarse la vida en negociación constante con el mar, el viento, el sol… me parece cada vez más subyugante.

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La semana pasada, apostada en el bar del muelle de Cala Ratjada (Mallorca), vi regresar del mar a arrastreros y barcas de artes menores. Les observé intermitentemente, en tierra cuando el viento de Levante nos permitía abandonar el catamarán con confianza y en cubierta cuando el mar demandaba atención. L@s expert@s del WWF organizaban el primer taller participativo de la campaña con la cofradía de pescadores de la localidad. El dueño de la taberna, Gaspar, me contaba que si en el año 2008 el Ministerio de Medio Ambiente y el Govern balear crearon la Reserva Marina de Interés Pesquero de Cala Ratjada fue por iniciativa de la Cofradía de Pescadores y que ha sido su capacidad de decisión lo que ha permitido la apertura de una pequeña lonja en el puerto. La lonja ha permitido que el mundo se haga un poco más coherente. Apenas hace tres meses que la población del lugar accede por vez primera en su historia a un pescado fresco que hasta ahora siempre veían pasar de largo, pues iba del mar a la lonja de Palma, con el consabido incremento de precio. Mientras, en el otro lado del puerto, apenas a 500 metros de nuestro amarre, el barullo de los turistas incrementaba con cada gol de Alemania en el Mundial de fútbol.

En invierno el municipio está habitado por 11.000 personas, una cifra que alcanza las 40.000 durante los meses de verano, la mayoría jóvenes alemanes que llegan a la localidad de la mano de touroperadores que les prometen fiestas de alcohol y sexo a precios ridículos. La cifra me la dio el propio alcalde, Rafael Fernández, cuando se subió al catamarán acompañado de algun@s miembr@s de su equipo de gobierno. Nada más oírle recordé que es la misma proporción que soporta Formentera y que hace insostenible su modelo económico, deja seca a la isla, multiplica hasta un doloroso absurdo el tráfico de botellas de agua y de alimento, encarece la gestión de residuos y convierte en un acto minoritario cualquier movilización local que defienda la sostenibilidad de su entorno. Cualquier decisión pública se ve distorsionada por esta avalancha de personas que esquilman a su paso todo lo que encuentran: cultura, medio ambiente, economía… Nuestra cadena trófica se desequilibra con este modelo turístico, en Cala Ratjada y en Formentera por goleada de 1/4.

“Nuestras economías son predominantemente economías de servicios, si nos atenemos a la asignación de fuerza de trabajo. Pero dependen, no menos que hace un milenio, de una producción adecuada de alimentos” explica Vaclav Smil, científico checo/canadiense y analista político en “Alimentar al mundo -un reto del siglo XXI” y yo no puedo evitar recordar esa palabra resiliente, “esfuerzo” (pesquero) y sentir que el mar es una fuente de recursos y alimentos.

Llueve. Ayer nos pilló paseando por la costa y hoy en el WWFSolar. Encontramos refugio en un búnker abandonado. Ví caer la lluvia por un ventanuco, entre las piedras se colaba un hilillo de agua y pensé “Llueve en el vientre de la ballena”. Aquí, ahora, se deshace el cielo sobre el tejado solar (arriba agua, abajo también) y yo me imagino navegandoentre los dientes de una extraña ballena.

La militancia de las hormigas

BY MARTHA ZEIN

Ron y mujeres; ron y sexo; ron y afecto; que alguien entibie este corazón y el calor llegue al estómago y el olvido permita que se cerquen sólo los buenos recuerdos. He sentido esta suma varias veces durante las últimas semanas, anoche fue la última. Las largas travesías son un balcón a lo inmenso y más en un barco tan desnudo como éste.

El mar está siendo generoso y el sol se empeña en alimentar nuestras placas pero el viento parece dispuesto a recordarnos cada día que somos seres vivos y por tanto frágiles y que la consciencia de la propia vulnerabilidad es lo que nos hace supervivientes. En medio del temporal ha vuelto a mí, una y otra vez, la voz de Nuria explicándome que la botella nunca está medio llena o medio vacía porque eso que consideramos “nada” es también una “sustancia” que existe, afecta, tiene aroma, humedad… Y yo no he dejado de imaginarme colada en una de esas botellas de cristal en las que los barcos parecen atrapados para siempre en medio de una tormenta.

Me lo contó aquella tarde en la que el mar azuzaba el catamarán en la bahía de Palma. A la altura de Can Pere Antoni un puñado de personas manifestaban su rechazo a las prospecciones y al otro lado de esa orilla ella hablaba del necesario cambio de mentalidad que da lugar a empresas de comunicación como la que acaba de montar (“MOM”), en la que los valores vinculados con la maternidad se aplican a sus compromisos laborales.

El cuidado, que fue expulsado por el neoliberalismo de la contabilidad nacional a mediados del siglo pasado, vuelve a ponerse encima de la mesa de las negociaciones políticas, de la economía. Ahora cuenta hacerse cargo de la condición finita de cualquiera de los seres humanos; ahora reconocer la presencia de los otros no sólo implica verles como una amenaza sino cómo seres entre los que existe una inevitable interdependencia. ¡Claro que la botella está siempre llena! Ahí estaba el viento, haciendo evidente que eso que llamamos “nada” puede tener la fuerza de un temporal y desbaratar a su paso el significado de “mucho”, “poco”, “éxito”, “fracaso”, “mayorías”, “minorías”, dejando antiguas ciertas aritméticas.

El WWFSolar se unía de manera silenciosa y ostensible a la defensa de la paralización de las prospecciones de hidrocarburos previstas en el Mediterráneo occidental y lo hacía dando saltos sobre las olas, rotundamente presente y evidentemente frágil. Nuria hablaba de las botellas siempre llenas y yo me sentía feliz a bordo. La tripulación contaba también con la presencia de una niña de meses y con Mika, la presidenta del GOB de Mallorca (una de las entidades que forman parte de Marea Blava Mallorca, la plataforma que convocaba aquella concentración en tierra). Esta suma hacía evidente que la vulnerabilidad es el máximo común denominador de todo lo vivo, la razón que nos permite asomarnos a la inmensidad y sus atajos, por eso la voz de Nuria ha estado recordándome que la botella también está llena de mar y de intangibles y furiosos vientos racheados.

Nada más llegar a Cala Ratjada exclamé anoche ¡Ron y afecto!. Llevaba la mandíbula encajada, los pies agarrados al suelo y el cuerpo hecho una amapola: si soy vulnerable, hasta aquí he sabido llegar, la muerte continúa esperándome, la vida me sigue eligiendo. Ya sé que no sucedió “nada”, que en peores mares hemos navegado, pero el viento y yo llevábamos muchas horas hablando y eso es intensamente “algo”. Entre otros asuntos, nos habíamos dedicado a echar cuentas, de esas en las que uno y uno no son dos y dos mas dos son más de cuatro.

Ahora podría ser más racional, puedo decir que un objetivo que beneficia a un montón de individualidades mide su éxito económico con indicadores que van más allá de los valores de cambio (el dinero) como son el bien social, el ecológico, el democrático… pero anoche tenía la garganta seca, la taberna de Cala Ratjada estaba cerrada y en el muelle no esperaban pescador@s, contrabandistas, piratas ni mariner@s. Por eso agarré el cuaderno de bitácora y escupí un par de líneas: “Esta noche el faro y el rayo compitieron por darnos luz. El cielo se tiñó de blanco. El puerto, el puerto…”.

Hacía menos de 36 horas que habíamos inaugurado oficialmente la campaña y sin embargo parecía que había transcurrido un siglo. Amarrada al muelle, sin ganas de dejarme llevar por el sueño, sentía la resaca de quien ha sido superviviente, no importa la dimensión de la tragedia. No importa si el naufragio ha sido en los brazos de alguien, en la marea de una cama vacía, en los grandes salones de la corte… Cuando una lleva medio siglo viva siempre hay algún naufragio del que se ha salido. Por eso, brindando al cielo, seguí haciendo ese tipo de cuentas que hacemos l@s que fuimos de letras. Por ejemplo, recordé con media sonrisa que la campaña del WWFSolar no había hecho más que empezar y sin embargo acabábamos de cruzar el ecuador de nuestro periplo. Esta es, de hecho, la quinta de las diez crónicas previstas. Tardar tanto en llegar al punto de partida como en alcanzar la meta (el cierre de la campaña será el tres de agosto) me pareció una paradoja sensual: Acercarse a la boca del ser amado puede ser un acto tan estremecedoramente largo como el propio beso.

El WWF había comenzado la campaña “Compromesos con el mar 2014”, ya estábamos en Cala Ratjada, el primer puerto del recorrido, desde hacía unas horas todo era morderle los labios al Mediterráneo… ¡Que corran las botellas siempre llenas! Estaremos aquí hasta el domingo con un claro objetivo: sensibilizar sobre la necesidad de una pesca más sostenible, recordar que los recursos pesqueros están sobreexplotados (especialmente en el mar Mediterráneo), apoyar a las cofradías de pescadores en su evolución hacia artes de pesca menos invasoras, explicar la guía de consumo responsable de pescado e informar a quienes se asomen al catamarán del desarrollo y utilización de las energías renovables. ¡Eso es!

Al día siguiente llegaría el primer grupo de voluntarios, apenas quedaban unas horas para el amanecer, pero la oscuridad se me ofrecía una inmensa pizarra en la que podía escribir sumas infinitas y yo no quería cerrar los ojos. Se me había colado dentro esa constante que hace que todo el océano pueda estar escrito en un grano de sal, ese punto común que es capaz de enlazar miles de reivindicaciones y de vincularme con millones de personas.

“Es grande el cielo / y arriba siembran mundos”, dejó dicho Octavio Paz (poema “Estrellas y Grillo”, del libro “Arbol Adentro”). Las últimas once millas las deshice mirando la luz del faro, con ese deseo de alcanzar la tierra que permite encontrar la eternidad en una hora. No importa que no hubiera luna ni que entrara la lluvia por estribor, esas estrellas borradas por la tormenta hace billones de años estuvieron juntas en un solo punto. Me gusta pensar en ese punto como un resultado y no tanto como un origen del que nos vamos alejando. No nos podemos separar de aquello a lo que, como seres mortales, siempre volvemos.

image Carmen y Rodrigo, una pareja comprometida

Durante la navegación los monólogos están tan interrumpidos por los fenómenos de la naturaleza que deberían entenderse como un diálogo. La de ayer fue especialmente larga. Antes de llegar a tierra le había contado al viento que Rodrigo llama “Micromovilización constante y generalizada” a esa suma de iniciativas que están demostrando ser una eficaz palanca de cambio en el terreno político. Él, Carmen y sus hijas fueron las primeras personas que subieron a bordo cuando alcanzamos Mallorca tras varios días de travesía desde Alicante. La isla recibía al WWFSolar a la altura de puerto Adriano y allí nos esperaba esta pareja de ciudadan@s comprometid@s, en uno de los espigones contra el que tanto pelearon hace años. La ampliación de estas instalaciones deportivas, situadas en medio de las reservas marinas de El Toro y de les Illes Malgrats, se llevó por delante en 2007 cinco hectáreas de posidonia, a pesar de las directivas europeas que protegen esta especie, de que la UNESCO las hubiera declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad y de los informes desfavorables de los técnicos de la Administración Pública. El Ayuntamientp de Calvià contó con el apoyo del Ministerio de Medio Ambiente (de Jaume Matas) que resolvió a favor de la ampliación.

¡Cinco hectáreas! ¡Qué herida más grande!. Carmen aún se estremece, por la pérdida de la belleza, de la vida en el mar y por las deslealtades. Ahí están las lujosas embarcaciones esperando a que sus dueños las saquen de paseo, amarradas sobre un fondo de arena calva.

Guardo en el ordenador mi último encuentro con una pradera de posidonia. En aquel rincón de la costa de Ibiza el mar no era azul, sino verde. Antes de lanzarme al agua contemplé el esponjoso fondo. Aquellas plantas que de forma tan natural vimos florecer en otoño en Formentera, que acariciaron nuestros pies en los breves chapuzones de invierno y cuyos frutos flotantes (una especie de olivas de mar) se asomaron a nuestros ojos en primavera, son el hábitat de cientos de organismos que encuentran entre sus tallos y hojas alimento y protección.

Hoy, la asociación a la que pertenecen Rodrigo y Carmen, SOS Can Vairet, sigue plantando cara a los favores que el Ayuntamiento de Calvià concede a la empresa que explota las instalaciones portuarias, Ocibar. Por ejemplo, ahora ha cerrado de forma definitiva el acceso natural a la Caleta de El Toro, sustituyendo el paso que había hasta ahora por una escalera metálica. Esta instalación “no es más que otro paso adelante en la dirección de privatizar ´de facto´ el acceso y la propia Caleta”, explica Carmen.

“Desvelar la realidad es una forma de militancia, pues permite a la ciudadanía tomar decisiones libres y conscientes”, comenta. Para ella, informar sobre los verdaderos intereses que mueven las decisiones políticas es una labor primordial a la que dedica muchas horas al día de forma altruista. El bien común, la constante, puede encarnarse en un grano de sal, durar una hora eterna, palpitar en algo tan frágil como en una pradera de posidonia.

Apenas hace veinte millas, la defensa de la posidonia fue capaz de enlazar Can Vairet con Porto Colom, dos puntos alejados de esta isla. Las previsiones anunciaban que el viento amainaría al caer el sol, de modo que aguardamos en su puerto a que llegara ese momento. Fueron tan sólo un par de horas, el tiempo suficiente como para que se asomaran al catamarán un puñado de miembros de la plataforma Salvem PortoColom. Llevaban consigo los carteles de las primeras “Jornades per a la conservació de la Posidònia” que empiezan este fin de semana y culminan en agosto con conferencias y mesas redondas. Su reivindicación es clara: defender la salud del Mediterráneo recordando a l@s navegantes que no lancen el ancla sobre estas praderas submarinas. Aunque existen boyas, sus gestores han puesto unos precios demasiado elevados y esto provoca que muchas embarcaciones opten por fondear incontroladamente sobre la posidonia sin que ninguna autoridad se lo impida.

imageSalvem PortoColom en defensa de la posidonia

Este recorrido por las Baleares no ha hecho más que empezar y no ha habido día que no hayan aparecido en el barco una iniciativa diferente, una reivindicación nueva, una manifestación minúscula del cuidado por el entorno. En una isla, la calle y la naturaleza, el mar y las plazas, son espacios públicos, bienes progresivamente desmantelados por la privatización y el neoliberalismo, por formas cada vez más aceleradas de desigualdad económica y tácticas antidemocráticas de lo autoritario. Por eso la defensa de la salud del Mediterráneo es un acto político constante para cientos de micromovilizaciones en Baleares, reivindicaciones que normalmente las grandes urbes olvidan y los terrícolas relegan a un segundo lugar en sus apretadas agendas políticas.

Quedan por delante jornadas en las que preveo decenas de encuentros singulares y reivindicaciones llenas de matices, quizá por eso anoche empecé a hacer sumas en la oscuridad, para agrandar el espacio de las ecuaciones y dejar que aparezca la constante. Llegan desde otros rincones de este planeta los mensajes de quienes cuidan su entorno y a sus gentes de forma individual y colectiva, desde la militancia o el compromiso diario o el arte.  Sonrío al pensar en las sumas que permiten enlazar el agua que mana de una cueva como la de Hundidero-Gato en Málaga con esta isla del Mediterráneo. Agua somos y en agua nos convertiremos, ¡viva la belleza y la vida!.

Seguí brindando durante horas, ebria de noche. Antes de que cerrara los ojos llegó a mi ordenador la versión digital y gratuita de “Exportando paraísos. La colonización turística del planeta”, un libro escrito por Joan Buades, publicado por vez primera en 2006 y acompañado ahora de un nuevo prólogo del geógrafo (y amigo) Ivan Murray. Ahí va el link: http://www.albasud.org/noticia/ca/573/exportando-para-sos-la-colonizaci-n-tur-stica-del-planeta

Y ahora sí, buenas noches.