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La militancia de las hormigas

BY MARTHA ZEIN

Ron y mujeres; ron y sexo; ron y afecto; que alguien entibie este corazón y el calor llegue al estómago y el olvido permita que se cerquen sólo los buenos recuerdos. He sentido esta suma varias veces durante las últimas semanas, anoche fue la última. Las largas travesías son un balcón a lo inmenso y más en un barco tan desnudo como éste.

El mar está siendo generoso y el sol se empeña en alimentar nuestras placas pero el viento parece dispuesto a recordarnos cada día que somos seres vivos y por tanto frágiles y que la consciencia de la propia vulnerabilidad es lo que nos hace supervivientes. En medio del temporal ha vuelto a mí, una y otra vez, la voz de Nuria explicándome que la botella nunca está medio llena o medio vacía porque eso que consideramos “nada” es también una “sustancia” que existe, afecta, tiene aroma, humedad… Y yo no he dejado de imaginarme colada en una de esas botellas de cristal en las que los barcos parecen atrapados para siempre en medio de una tormenta.

Me lo contó aquella tarde en la que el mar azuzaba el catamarán en la bahía de Palma. A la altura de Can Pere Antoni un puñado de personas manifestaban su rechazo a las prospecciones y al otro lado de esa orilla ella hablaba del necesario cambio de mentalidad que da lugar a empresas de comunicación como la que acaba de montar (“MOM”), en la que los valores vinculados con la maternidad se aplican a sus compromisos laborales.

El cuidado, que fue expulsado por el neoliberalismo de la contabilidad nacional a mediados del siglo pasado, vuelve a ponerse encima de la mesa de las negociaciones políticas, de la economía. Ahora cuenta hacerse cargo de la condición finita de cualquiera de los seres humanos; ahora reconocer la presencia de los otros no sólo implica verles como una amenaza sino cómo seres entre los que existe una inevitable interdependencia. ¡Claro que la botella está siempre llena! Ahí estaba el viento, haciendo evidente que eso que llamamos “nada” puede tener la fuerza de un temporal y desbaratar a su paso el significado de “mucho”, “poco”, “éxito”, “fracaso”, “mayorías”, “minorías”, dejando antiguas ciertas aritméticas.

El WWFSolar se unía de manera silenciosa y ostensible a la defensa de la paralización de las prospecciones de hidrocarburos previstas en el Mediterráneo occidental y lo hacía dando saltos sobre las olas, rotundamente presente y evidentemente frágil. Nuria hablaba de las botellas siempre llenas y yo me sentía feliz a bordo. La tripulación contaba también con la presencia de una niña de meses y con Mika, la presidenta del GOB de Mallorca (una de las entidades que forman parte de Marea Blava Mallorca, la plataforma que convocaba aquella concentración en tierra). Esta suma hacía evidente que la vulnerabilidad es el máximo común denominador de todo lo vivo, la razón que nos permite asomarnos a la inmensidad y sus atajos, por eso la voz de Nuria ha estado recordándome que la botella también está llena de mar y de intangibles y furiosos vientos racheados.

Nada más llegar a Cala Ratjada exclamé anoche ¡Ron y afecto!. Llevaba la mandíbula encajada, los pies agarrados al suelo y el cuerpo hecho una amapola: si soy vulnerable, hasta aquí he sabido llegar, la muerte continúa esperándome, la vida me sigue eligiendo. Ya sé que no sucedió “nada”, que en peores mares hemos navegado, pero el viento y yo llevábamos muchas horas hablando y eso es intensamente “algo”. Entre otros asuntos, nos habíamos dedicado a echar cuentas, de esas en las que uno y uno no son dos y dos mas dos son más de cuatro.

Ahora podría ser más racional, puedo decir que un objetivo que beneficia a un montón de individualidades mide su éxito económico con indicadores que van más allá de los valores de cambio (el dinero) como son el bien social, el ecológico, el democrático… pero anoche tenía la garganta seca, la taberna de Cala Ratjada estaba cerrada y en el muelle no esperaban pescador@s, contrabandistas, piratas ni mariner@s. Por eso agarré el cuaderno de bitácora y escupí un par de líneas: “Esta noche el faro y el rayo compitieron por darnos luz. El cielo se tiñó de blanco. El puerto, el puerto…”.

Hacía menos de 36 horas que habíamos inaugurado oficialmente la campaña y sin embargo parecía que había transcurrido un siglo. Amarrada al muelle, sin ganas de dejarme llevar por el sueño, sentía la resaca de quien ha sido superviviente, no importa la dimensión de la tragedia. No importa si el naufragio ha sido en los brazos de alguien, en la marea de una cama vacía, en los grandes salones de la corte… Cuando una lleva medio siglo viva siempre hay algún naufragio del que se ha salido. Por eso, brindando al cielo, seguí haciendo ese tipo de cuentas que hacemos l@s que fuimos de letras. Por ejemplo, recordé con media sonrisa que la campaña del WWFSolar no había hecho más que empezar y sin embargo acabábamos de cruzar el ecuador de nuestro periplo. Esta es, de hecho, la quinta de las diez crónicas previstas. Tardar tanto en llegar al punto de partida como en alcanzar la meta (el cierre de la campaña será el tres de agosto) me pareció una paradoja sensual: Acercarse a la boca del ser amado puede ser un acto tan estremecedoramente largo como el propio beso.

El WWF había comenzado la campaña “Compromesos con el mar 2014”, ya estábamos en Cala Ratjada, el primer puerto del recorrido, desde hacía unas horas todo era morderle los labios al Mediterráneo… ¡Que corran las botellas siempre llenas! Estaremos aquí hasta el domingo con un claro objetivo: sensibilizar sobre la necesidad de una pesca más sostenible, recordar que los recursos pesqueros están sobreexplotados (especialmente en el mar Mediterráneo), apoyar a las cofradías de pescadores en su evolución hacia artes de pesca menos invasoras, explicar la guía de consumo responsable de pescado e informar a quienes se asomen al catamarán del desarrollo y utilización de las energías renovables. ¡Eso es!

Al día siguiente llegaría el primer grupo de voluntarios, apenas quedaban unas horas para el amanecer, pero la oscuridad se me ofrecía una inmensa pizarra en la que podía escribir sumas infinitas y yo no quería cerrar los ojos. Se me había colado dentro esa constante que hace que todo el océano pueda estar escrito en un grano de sal, ese punto común que es capaz de enlazar miles de reivindicaciones y de vincularme con millones de personas.

“Es grande el cielo / y arriba siembran mundos”, dejó dicho Octavio Paz (poema “Estrellas y Grillo”, del libro “Arbol Adentro”). Las últimas once millas las deshice mirando la luz del faro, con ese deseo de alcanzar la tierra que permite encontrar la eternidad en una hora. No importa que no hubiera luna ni que entrara la lluvia por estribor, esas estrellas borradas por la tormenta hace billones de años estuvieron juntas en un solo punto. Me gusta pensar en ese punto como un resultado y no tanto como un origen del que nos vamos alejando. No nos podemos separar de aquello a lo que, como seres mortales, siempre volvemos.

image Carmen y Rodrigo, una pareja comprometida

Durante la navegación los monólogos están tan interrumpidos por los fenómenos de la naturaleza que deberían entenderse como un diálogo. La de ayer fue especialmente larga. Antes de llegar a tierra le había contado al viento que Rodrigo llama “Micromovilización constante y generalizada” a esa suma de iniciativas que están demostrando ser una eficaz palanca de cambio en el terreno político. Él, Carmen y sus hijas fueron las primeras personas que subieron a bordo cuando alcanzamos Mallorca tras varios días de travesía desde Alicante. La isla recibía al WWFSolar a la altura de puerto Adriano y allí nos esperaba esta pareja de ciudadan@s comprometid@s, en uno de los espigones contra el que tanto pelearon hace años. La ampliación de estas instalaciones deportivas, situadas en medio de las reservas marinas de El Toro y de les Illes Malgrats, se llevó por delante en 2007 cinco hectáreas de posidonia, a pesar de las directivas europeas que protegen esta especie, de que la UNESCO las hubiera declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad y de los informes desfavorables de los técnicos de la Administración Pública. El Ayuntamientp de Calvià contó con el apoyo del Ministerio de Medio Ambiente (de Jaume Matas) que resolvió a favor de la ampliación.

¡Cinco hectáreas! ¡Qué herida más grande!. Carmen aún se estremece, por la pérdida de la belleza, de la vida en el mar y por las deslealtades. Ahí están las lujosas embarcaciones esperando a que sus dueños las saquen de paseo, amarradas sobre un fondo de arena calva.

Guardo en el ordenador mi último encuentro con una pradera de posidonia. En aquel rincón de la costa de Ibiza el mar no era azul, sino verde. Antes de lanzarme al agua contemplé el esponjoso fondo. Aquellas plantas que de forma tan natural vimos florecer en otoño en Formentera, que acariciaron nuestros pies en los breves chapuzones de invierno y cuyos frutos flotantes (una especie de olivas de mar) se asomaron a nuestros ojos en primavera, son el hábitat de cientos de organismos que encuentran entre sus tallos y hojas alimento y protección.

Hoy, la asociación a la que pertenecen Rodrigo y Carmen, SOS Can Vairet, sigue plantando cara a los favores que el Ayuntamiento de Calvià concede a la empresa que explota las instalaciones portuarias, Ocibar. Por ejemplo, ahora ha cerrado de forma definitiva el acceso natural a la Caleta de El Toro, sustituyendo el paso que había hasta ahora por una escalera metálica. Esta instalación “no es más que otro paso adelante en la dirección de privatizar ´de facto´ el acceso y la propia Caleta”, explica Carmen.

“Desvelar la realidad es una forma de militancia, pues permite a la ciudadanía tomar decisiones libres y conscientes”, comenta. Para ella, informar sobre los verdaderos intereses que mueven las decisiones políticas es una labor primordial a la que dedica muchas horas al día de forma altruista. El bien común, la constante, puede encarnarse en un grano de sal, durar una hora eterna, palpitar en algo tan frágil como en una pradera de posidonia.

Apenas hace veinte millas, la defensa de la posidonia fue capaz de enlazar Can Vairet con Porto Colom, dos puntos alejados de esta isla. Las previsiones anunciaban que el viento amainaría al caer el sol, de modo que aguardamos en su puerto a que llegara ese momento. Fueron tan sólo un par de horas, el tiempo suficiente como para que se asomaran al catamarán un puñado de miembros de la plataforma Salvem PortoColom. Llevaban consigo los carteles de las primeras “Jornades per a la conservació de la Posidònia” que empiezan este fin de semana y culminan en agosto con conferencias y mesas redondas. Su reivindicación es clara: defender la salud del Mediterráneo recordando a l@s navegantes que no lancen el ancla sobre estas praderas submarinas. Aunque existen boyas, sus gestores han puesto unos precios demasiado elevados y esto provoca que muchas embarcaciones opten por fondear incontroladamente sobre la posidonia sin que ninguna autoridad se lo impida.

imageSalvem PortoColom en defensa de la posidonia

Este recorrido por las Baleares no ha hecho más que empezar y no ha habido día que no hayan aparecido en el barco una iniciativa diferente, una reivindicación nueva, una manifestación minúscula del cuidado por el entorno. En una isla, la calle y la naturaleza, el mar y las plazas, son espacios públicos, bienes progresivamente desmantelados por la privatización y el neoliberalismo, por formas cada vez más aceleradas de desigualdad económica y tácticas antidemocráticas de lo autoritario. Por eso la defensa de la salud del Mediterráneo es un acto político constante para cientos de micromovilizaciones en Baleares, reivindicaciones que normalmente las grandes urbes olvidan y los terrícolas relegan a un segundo lugar en sus apretadas agendas políticas.

Quedan por delante jornadas en las que preveo decenas de encuentros singulares y reivindicaciones llenas de matices, quizá por eso anoche empecé a hacer sumas en la oscuridad, para agrandar el espacio de las ecuaciones y dejar que aparezca la constante. Llegan desde otros rincones de este planeta los mensajes de quienes cuidan su entorno y a sus gentes de forma individual y colectiva, desde la militancia o el compromiso diario o el arte.  Sonrío al pensar en las sumas que permiten enlazar el agua que mana de una cueva como la de Hundidero-Gato en Málaga con esta isla del Mediterráneo. Agua somos y en agua nos convertiremos, ¡viva la belleza y la vida!.

Seguí brindando durante horas, ebria de noche. Antes de que cerrara los ojos llegó a mi ordenador la versión digital y gratuita de “Exportando paraísos. La colonización turística del planeta”, un libro escrito por Joan Buades, publicado por vez primera en 2006 y acompañado ahora de un nuevo prólogo del geógrafo (y amigo) Ivan Murray. Ahí va el link: http://www.albasud.org/noticia/ca/573/exportando-para-sos-la-colonizaci-n-tur-stica-del-planeta

Y ahora sí, buenas noches.

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