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A Adela se le rizaba el mar en las pupilas

BY MARTHA ZEIN

Le dije que la cofradía de Baiona (Vigo) acababa de elegir a una mujer (Susana González Álvarez, percebeira) como patrona mayor y que era la primera en la historia de la Villa. Me lo había comentado la noche anterior Bety, con visible alegría, y a mí me había parecido que el nombramiento permitía aventurar un cambio de mentalidad entre l@s profesionales del sector, al fin y al cabo una mujer es una anomalía en el organigrama del mundo pesquero. “Permitir que los márgenes accedan al poder hace evidente que su centro está agotado y que esa alternativa ha ganado una credibilidad capaz de vencer los prejuicios y los miedos, ¿No crees?”

Adela escuchaba sin cambiar el gesto, simplemente me dejaba hablar, y yo me lo tomaba como una invitación a entrar en su cabeza hasta la cocina.

“Disculpa la osadía porque soy una recién llegada al mundo del mar y lo que digo tiene que ver más con mi intuición que con mi experiencia, pero es evidente que quienes pescan, manejan los barcos y los poseen son hombres agarrados a un tipo de masculinidad, a una forma de hacer y de moverse. Tiene que ser muy difícil romper ciertas costumbres, ¿Verdad?” Adela alzó las cejas, me pareció que sonreía y yo dejé que mi corazón siguiera hablando.

En esos días había oído mensajes contradictorios. Si bien el ambiente del puerto pesquero de Ciutadella (Menorca) era acogedor y el contacto con los pescadores era amable, por mucho que la presencia de “Els amics de la mar” (una asociación que se esfuerza por mantener vivo el legado marítimo) llenara de vida los muelles, el malestar entre los profesionales de las artes mayores era evidente. “¿Por qué están enfadados? Y, sobre todo, ¿por qué no reconocen que lo están?, esa emoción está impidiendo que presten atención al mar, ese mar que tanto amáis. ¿De qué valen las rencillas antiguas, los rencores heredados, las competiciones entre familias? Tienen que terminar agotados y tristes, es descorazonador trabajar así. Imagino las reuniones sectoriales, si alzan la voz no es para exclamar sus derechos sino para dejar de escuchar su dolor. El mar está tocado de muerte, lo dicen las redes cada día, hacen rugir sus motores para no oír que esa vida que tanto aman está dando sus últimas bocanadas,,, y mientras, disimulan, compiten y se odian”.

Hacía varias frases que mi corazón hablaba a sus ojos. Las retinas de Adela son capaces de envolverse en agua, tienen un mar interior. En el cielo las nubes llenaban de sombras la ciudad.

imageNarrar y dejar que las nubes compongan

Me hice navegante de palabras hace diez años. Aprendí esta profesión junto al río Ebro, a fuerza de dormir junto a él y de caminar a su lado del nacimiento a la desembocadura.

En los momentos más frágiles del recorrido fueron apareciendo personas que me confortaban de forma generosa. Sucedió desde el primer día. Pronto entendí que lo increíble no era constatar la bondad de aquellos seres humanos sino comprobar que cada vez que ponía mi sed, mi sueño o mi hambre en sus manos mi lengua se aligeraba. Era tal mi agradecimiento, deseaba tanto compensarles y tenía la mochila tan vacía que lo único que se me ocurría poner encima de la mesa era una historia. Mi intención era contarles un relato caliente como su plato, tibio como su lecho, reconfortante como su abrigo… Y esto me obligó a prestar atención a sus preguntas.

Quienes encontré en mi tercer día junto al Ebro querían saber cómo había visto la tierra y el agua en aquellos escasos sesenta kilómetros que había recorrido. Cuando llevaba cuarenta días caminando mis interlocutor@s me seguían inquiriendo sobre cómo era el agua y la tierra y los habitantes de los sesenta kilómetros anteriores. El río que hacía vibrar, el que lograba esponjar los corazones, era el inmediato y no el remoto, los paraísos que interesaban eran los que ya conocían o estaban en su ruta, los infiernos que asustaban eran los que ardían debajo de sus camas. Lo que querían era asomarse y reconocerse en el espejo de mi relato.

Los ojos de Adela me llevaron a aquel río y, como hice entonces, dejé que fueran sus retinas las que encauzaran mi reflexión. Cuando se asomaba el brillo acuoso, cuando dejaba de pestañear, cuando percibía cómo se acurrucaban sus ojos, soñadores, en sus cuencas, mi palabra se recreaba en una idea y mi relato seguía ese sendero. “Puede parecerte una osadía, yo no sé, yo sólo voy atando cabos”, me disculpaba cuando veía que el agua quería desbordar el cerco de sus pestañas y a continuación guardaba silencio o cambiaba el paso.

A lo largo de los treinta minutos que duró nuestra conversación vimos cómo el catamarán cambiaba de forma: unas veces era caballo alado, otras alfombra mágica…

imageEn un rincón de la mesa, Adela, en el otro, yo, a nuestros pies el agua

Adela me observaba como si lo hiciera desde el fondo de un pozo, de uno de esos pous con los que recogen el agua de lluvia en Baleares, a los que debes encaramarte si quieres ver tu reflejo y que sin embargo saben anidar la luna. Los suyos brillaban, decían lo que callaba la boca, sabían contar aquello que pasaba de puntillas a nuestro alrededor. Los he visto otras veces en otros rostros. En Mallorca he aprendido a escuchar la locuacidad silenciosa, por eso sé que las historias pueden avanzar como lo hacen las aguas de un rio: adaptándose a la orografía del paisaje, sin perder su cauce. Definitivamente, Adela tenía la mirada isleña.

Nuestra conversación fue intensa aunque ella apenas abriera la boca. Me dijo que era hija de pescadores y que su familia seguía viviendo del mar, concretamente del arrastre; le contesté que estaba descubriendo su mundo, que sabía que apenas había diez barcos arrastreros en Menorca y que había asuntos que mi corazón no entendía; me preguntó cuáles y sonreí. Antes de caminar junto al Ebro mi respuesta hubiera sido otra pero recordé lo que ya sabía: los seres humanos queremos que nos cuenten historias sobre nuestr@s vecino@s, nuestr@s prójim@s, enemig@s, amig@s, quienes habitan en nuestros márgenes, se asoman a nuestras vidas y nos contemplan. No lloramos del mismo modo por la muerte de un ser querido que por la de un desconocido, por mucho que en ambos casos se nos parta el corazón. Nuestra capacidad para la simpatía está llena de grados.

Empecé a hablarle de mi primer encuentro con un pescador de artes mayores. Sucedió el año pasado, en uno de los talleres impartidos por el equipo de WWF durante la campaña. Los hombres allí reunidos visualizaban su futuro a medio plazo (apenas diez años) y uno de ellos se atrevió a hablar: Sus hij@s iban a la escuela sin avergonzarse de que sus padres fueran arrastreros, en tierra todos entendían que ellos también amaban el mar. No sé si se había dado cuenta que el trasfondo del juego era desear aquello que aún no había sucedido. Me impactó escucharle, su ignorancia de sí, su malestar disfrazado de reivindicaciones profesionales.

     En esto consiste narrar, ser navegante de palabras

En los ojos de Adela volvió a subir la marea. “Las emociones son políticas, no se puede tomar decisiones de espaldas a ellas, si queréis organizaros de otro modo alguien debería de trabajar las emociones del grupo. He oído que la potencia de los arrastreros de Baleares es la que más se ajusta a la letra de la ley comparado al resto de España (usan motores de 500/600 cv cuando hay barcos que pueden alcanzar los 2000 cv) y que si la fauna y flora del canal de Menorca se mantiene en buen estado es también gracias a vuestra forma de pescar. Tenéis muchas razones para estar orgullos@s del camino recorrido, ¿por qué no aceptáis que estáis vinculados? ¿Por qué las rencillas? Si lo miras bien, es el amor en todas sus manifestaciones (odio, compasión, envidia, tolerancia, el miedo a la crítica…) el que sostiene los ideales de justicia, crea alianzas, suma o resta votos… Alguien tiene que dar este golpe en el timón”.

Adela me regalaba la humedad de sus ojos y yo navegaba en ellos. La noche anterior había buscado los nombres de las mujeres que fueron elegidas patronas en las cofradías gallegas en las elecciones de los últimos días. Quería ver su aspecto, qué modelo de mujer representaban. Al frente de la Cofradía de Pescadores “A Anunciada” de Baiona encontré la frondosa melena de Susana González Álvarez; me llamó la atención el mentón prominente y firme de María Isabel Maroño Vázquez, la nueva patrona mayor de la Cofradía de Pescadores de Ferrol; en Cedeira se estrenaba Lucía Villar Martínez… Era la primera vez que los hombres del sector elegían como líder a una mujer, lo que daba fe de su voluntad de cambio, y con ellas habían apostado por una forma concreta de entender el poder: las tres llevaban años trabajando en el mar y aún así consideraban que llegaban al puesto dispuestas a aprender y las tres decían que tomarían decisiones partiendo de la escucha atenta.

“Imagino que se trata de buscar soluciones desde otro lugar, ¿no te parece?”, le dije a Adela horas después, “el sector se enfrenta a cambios profundos, sobre todo en lo que se refiere a gestión de los recursos, ¿No crees que es un buen momento para dejar a un lado las incompatibilidades personales?”. Y a continuación le recordé una historia que he oído muchas veces en boca del capitán: En una de esas pírricas negociaciones con el hombre blanco un indio del continente americano recordó que no caería en regalos, chantajes o lisonjas porque “no podría ser el jefe si pretendiera hacer lo contrario de lo que mi gente quiere”, el jefe no manda sino que obedece a quienes le eligieron.

Este post va dirigido a los ojos de una mujer de la que nunca supe el nombre y a la que bauticé Adela. Tiene mi misma edad, un pelo canoso y rebelde y se le rizaba el mar en las pupilas. Le agradezco que hiciera hablar a mi corazón.

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