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Preguntas devoradoras, bocas fósiles y pétreas aletas de nariz

BY MARTHA ZEIN

Orejas inmensas, coños calizos, anos ciegos y cuencas de ojos, la sierra de Tramuntana muestra sus oquedades de apariencia plácida y tamaño devorador, diez veces, cien, quizá mil veces más grandes que un ser humano. Los priragüistas son hormigas, aquella motora con botellas de buceo es un moscardón, los veleros que se acercan a las laderas, mariposas. Soy montaña y también un minúsculo isópodo a punto de ser fosilizado. Por primera vez dejo que una mosca recorra mi brazo. Aguanto su cosquilleo; termino espantándola. Todo sucede en silencio. Sobre nuestras cabezas el vuelo circular de un halcón.

Navegar lento enmudece el paisaje. La alianza del sol, el viento y el mar empuja este barco hacia delante. Atiendo a su negociación: El deseo tiene una silla (la más frágil) alrededor de esta mesa; hace tiempo que no vienen a sentarse la voluntad o el esfuerzo; acumulación y ahorro perdieron su sitio; los costes se alían con el cuidado… Según el GPS el próximo puerto aparecerá apenas en unas millas. Miro el trazado de nuestra ruta en el mapa: Estamos a punto de cerrar el círculo que comenzamos el 1 de julio. La campaña que empezó en Palma, saltó a Cala Ratjada y pasó por Alcúdia después de visitar Menorca, está alcanzando Sòller. Es decir, hemos dado la vuelta a Mallorca y lo hemos hecho de este a oeste, imitando el recorrido solar. A veces la coherencia toma decisiones por su cuenta. Así pues, no miento si digo que este catamarán avanza llevando la contraria a las agujas del reloj. La paradoja está servida.

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Hace unos días José hizo una reflexión en torno al impacto que causó la aparición del reloj mecánico en la historia de la humanidad. Fue uno de los inventos que mejor arraigó en la nueva mentalidad de la era industrial (el objeto llevaba siglos dando vueltas) pues facilitaba la organización del trabajo en serie y la producción estandarizada. Con la división de la jornada en horas, minutos y segundos llegó la coreografía de los actos sociales y también una nueva forma de ordenar el día, definir la noche, entender el pasado, esperar el futuro… y experimentar un nuevo desposeimiento: la supeditación de los ciclos de la naturaleza y de nuestra biología (la vida) a una medida ajena a nuestra percepción fisiológica y psicológica, es decir, la imposición de un nuevo canon sobre quienes sómos.

Hablar del tiempo en un barco lento es extraño. Escribo mientras todo sucede detenidamente. Cada vez que levanto la vista del ordenador, la veo, como quien vuelve una y otra vez a mirarse en el espejo y se encuentra con el mismo rostro, propio y siempre ligeramente extraño. La sierra de Tramuntana se deja mirar ajena a mis monólogos, abandonándome a un placer onanista. ¿Cuántos seres humanos habrán pisado ese rincón? Soy consciente del privilegio: Veo aquello que ignoran quienes se asoman al cortado. Ese hueco íntimo, aquel pliegue, se ofrece sólo a mis ojos, en ellos veo orificios primigenios, así son antes de convertirse en heridas del cemento. Desde el mar la sierra muestra su cara oculta, los cráteres que comparte con la luna.

No es fácil que aquí, en este lugar del mapa, la tierra se deje mirar. Ésta es la isla del Mediterráneo más cercana a los circuitos comerciales de la Europa rica y el turismo del sol y playa centra sus focos en el mar. La única tierra que entra dentro de los cánones es la que se ofrece como colchón de arena; sobre ella yacen l@s bañistas, nos la brindan abierta de piernas, turistas y playas copulan un cíclico “samaritano” colectivo. Sin embargo aquí, ahora, desde el barco solar, la Tramuntana se brinda vertical, agreste, y enreda libremente sus faldas en el agua. La contemplo, apenas ha sido tocada por las prisas, es tan ajena al actual modo de vida que ni siquiera encaja en el adjetivo “virgen”, ella parece sierra dueña de sí misma.

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Durante las dos últimas jornadas he mirado estas rocas como si fueran un espejo inmenso: en ambos lados estaba yo, inquiriendo al mundo y sorprendiéndome de mi pertenencia. El diálogo resulta infinito porque en ambos lados del interrogante está mi mirada sorprendida y también algo no dicho o a punto de ser pronunciado. Si desde el barco miro a la sierra y le inquiero (espejito, espejito mágico, quién es esa que veo), el otro lado me devuelve el eco de una pregunta anterior. Delante de este paisaje y sus huecos observo a la que fui, la que caminó alrededor de Mallorca a pie agarrada a un hilo, colocando un capullo de seda en cada kilómetro recorrido con la intención de convertir la isla en una mariposa (Imago). En este lado contemplo a la marinera que soy, la que está viviendo en una nave solar que surca el exhausto Mediterráneo para conectar a l@s habitantes, trabajador@s y amantes del mar con las energías renovables y las artes de pesca respetuosas con la vida. El cristal de este maleable espejo es la línea en la que agua y tierra se besan e intercambian granos de arena y sal. En ambas caras la que fui y la que soy se preguntaban, mirando al otro lado. En ambos momentos, antes y ahora, dábamos y doy la vuelta a la isla de este a oeste, llevando la contraria a los relojes. Aquella que fui llevaba los bolsillos llenos de capullos de seda, cada kilómetro se agachaba para convertir aquellos minúsculos botones en hitos del camino, una nueva unidad métrica. La que soy se siente oruga frente a esa pared que la contempla. ¡Qué extraño juego de reflejos, que insospechada simetría, qué cierto es que cambiando la posición puedes ver otros mundos en el mismo mundo!.

Quien ha navegado sabe que en el mar el tiempo, las distancias, la orientación, los ritmos, son distintos a los de tierra. La derecha es estribor, la izquierda se llama babor, los kilómetros se transforman en millas, la velocidad se mide en nudos y la puntualidad es imposible. Vivir en un barco exige tener poco, ser autosuficiente, tener conciencia de que no siempre habrá un grifo al lado, un enchufe, un surtidor de gasolina, una tienda, una señal de wifi. En un barco los relojes quedan abolidos, de nada sirve saber que han pasado dos horas o cien cuando el viento desea medirse las fuerzas, si las olas no quieren colaborar. En tierra cambian los olores, las piernas cobran el poder, la mirada se adapta a nuevas perspectivas, la información se ordena de otro modo… L@s habitantes del mar y los de la tierra siempre guardan un punto ciego para “el otro”. Si la nave es solar este extrañamiento es mayor.

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El simple hecho de que el sol intervenga en tu vida cambia la forma de concebir tu paso por el mundo, para empezar cortas los lazos de dependencia con las multinacionales eléctricas y las petrolíferas; además, te planteas tu uso de la energía como una relación constante: no puedes consumir más de lo que ingresas, no puedes acumular energía (como quien ahorra dinero en una cuenta del banco) y ese “ingreso” no depende de tu capacidad de trabajo o tu ascendencia sobre los demás sino de algo tan ajeno a ti como las horas de luz que te lleguen del cielo y de la calidad de sus rayos.

Las personas que se acercan al catamarán suelen proceder de una vida “terrestre”, es decir, funcionan por códigos de conducta bastante diferentes, sin embargo ahí están, asomándose, y eso me fascina. ¿Qué ven, qué reflejo les atrapa?. Espero a que lleguen, niñ@s o ancian@s, hombres, mujeres, no importa condición social o forma de vida, su primera pregunta suele ser siempre la misma: qué velocidad alcanza. ¿No es extraño que la conversación siempre empiece por el mismo lugar? La respuesta sobre la “velocidad” (hasta 8 nudos en la situación más óptima, aunque en las travesías largas no solemos superar los 4) no puede interesar del mismo modo a quien maneja una motora de salvamento marítimo que a quien posee una golondrina en la que pasea a turistas que lo que quieren es disfrutar el máximo tiempo posible del viaje. ¿Por qué les interesa la velocidad, es decir, la relación entre el espacio y el tiempo? ¿Es que tienen prisa? ¿A dónde se supone que hay que ir? ¿De dónde queremos escapar? ¿Es la inercia de quien está acostumbrad@ a ver anuncios de coches? ¿Por qué compramos velocidad? ¿Para qué la queremos? ¿Hasta aquí nos ha llevado la colonización de nuestro imaginario sobre el uso del tiempo?

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Existen otras dos preguntas, de esas que también surgen fácilmente de cualquier garganta: cuánta autonomía tiene y cuánto cuesta el barco. La primera me parece delatora: Nos sentimos tan indefensos sin nuestros proveedores de alimentos, energías, etc, que lo primero que pensamos es hasta qué punto es peligroso vivir alejad@s de antenas parabólicas, surtidores, contadores de luz… Explicar que es posible el “flujo contínuo” de energía, que pueden vivir al margen de un modelo energético dependiente, implica para muchas personas un despertar, un cambio de posición frente al espejo. La pregunta que hace mención al dinero me parece casi de sentido común. Las tarifas eléctricas, el paro, la reducción de nuestra capacidad de consumo… hay múltiples factores que llevan a que la mayoría de l@s ciudadan@s de este país se plantee cómo vivir con menos dinero. En el fin de la era del petróleo esta energía es cada vez más cara y está sometida a intereses transnacionales, lo que hace evidente nuestra falta de control sobre los precios. Llevamos navegando un mes con un gasto de cero euros. La respuesta es contundente, sin embargo la conclusión sigue asustando porque las tres preguntas hasta ahora mencionadas alimentan el miedo.

Hay un tipo de interrogantes que si salen más fácilmente de la punta de la lengua es porque son cuestiones adquiridas, introducidas, artificiales, hechas para ocupar el espacio de otras. Se comportan de forma invasora, sustituyen a nuestras curiosidades e intereses, no nos pertenecen porque en realidad no surgen como fruto de la curiosidad, el deseo o la reflexión, las usamos para establecer un vínculo, para romper el hielo con una persona desconocida… o para callar las inquietudes más incómodas, esas que nos da vergüenza formular porque nos resultan incómodas. Aunque parecen prácticas o al menos inocentes, llevo días insistiendo que han de ponerse bajo sospecha porque nos impiden mirar hacia otro lado y orientan nuestras reflexiones hacia lugares que no nos interesan. Son “preguntas borradoras” que de alguna manera hemos incorporado en nuestros monólogos, están prefabricadas, hechas en serie, por eso todo el mundo las lleva dentro y si el sistema las promueve es para que ocupen el espacio de otras. Parecen amables, es evidente (por sus efectos secundarios) que no les sientan bien a nuestra autonomía y sin embargo las seguimos formulando. Nos comportamos, pues, como si fuéramos adict@s a ellas, a una línea de pensamiento.

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Quien logra arrancar de su garganta las cuartas y quintas preguntas descubre su diversidad. Unas personas se interesan por aspectos específicos del motor o del diseño de la nave, otras por la comparativa que supone mantener un motor de gasolina frente a uno como el nuestro (solar) o la huella de carbono, las hay que se plantean las estrategias que utiliza el mercado para que tengamos dificultades a la hora de adquirir el material para instalar este tipo de soluciones en nuestros vehículos, y hay quienes han subido al barco para hablar sobre soluciones aún más osadas como la denominada “energía libre”…

Este fin de semana Giacomo De Stefano y David Oliver, con el apoyo del GOB, comienzan una particular circunnavegación en torno a Mallorca. También lo harán del este al oeste, pero sobre un llaut a vela y remo. La razón de esta iniciativa es defender el respeto del agua, compartir, aprender y activar proyectos de economía sostenible. El proyecto medioambiental se denomina “Volta Mallorca” y está abierto a cualquier persona que quiera sumarse a navegar con poco. Imaginar su velero a los pies de la Tramuntana me vuelve a hacer pensar en este espejo rocoso hecho de granos de sal y arena ante el que construimos nuestras señas de identidad y que exige una toma de conciencia y un grado de responsabilidad constante. Espejito, montaña, mar, espejito mágico, ¿quiénes somos es@s que nos miramos?.

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6 thoughts on “Preguntas devoradoras, bocas fósiles y pétreas aletas de nariz

  1. Qué magnífica teoría la de las preguntas devoradoras, borradoras. Hace tiempo que pienso que hablamos demasiado para decir más bien poco (no es tu caso, para nuestra fortuna). Dices que aquellas tres primeras preguntas alimentan el miedo y se me ocurre que la verborrea supérflua que nos atrapa tan a menudo pueda surgir precisamente del miedo. El miedo al silencio (?!), el miedo a reflexionar un poco demasiado y dar con una de las cuartas o quintas preguntas. Me comprometo a hacer el ejercicio: al menos durante una temporada voy a poner bajo sospecha mis primeras preguntas, a ver si me acostumbro, a ver si crezco.

    • Hola cibberd! Verásque terminará siendo un juego muy divertido, volverás siempre a tu espejo con el pelo revuelto, como l@s niñ@s tras un día en el campo. Yo lo hago, lo sigo haciendo, y a veces no logró pasar de la primera. 😉 Un abrazo

  2. ¡Qué delicia de texto! Lo he leído al ritmo del mar, como nos has enseñado aquel día en el catamarán: “seguid el movimiento del barco…” .
    Besos, Marta (y al capitán también).

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