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Cómo rematar una historia sin derramar una gota de sangre

BY MARTHA ZEIN

¿Cuántos peces tienen que llover para que un cuento nos arrastre y nos lleve al otro lado de los puntos suspensivos? Esta mañana baldeo el catamarán con la música en alto y moviendo las caderas. Bailar es un buen ritual. Es nuestra última jornada en el catamarán. Hemos visto la sonrosada aurora y recorrido las últimas diez millas en silencio. Después de un buen desayuno repartimos las tareas y a mí, como marinera que soy, me ha tocado borrar las huellas de las pasadas semanas. En sólo dos horas he encontrado el aroma del último tripulante en el envés de una almohada, la señal en la página 73 de un libro olvidado, el teléfono que dejó escrito alguien en el lateral de una caja de crema solar, un sombrero de paja cuya ala desgastada recuerda que cubrió muchos trayectos de quien fue su dueñ@… Me muevo embriagada por las historias de los objetos perdidos. Bailo con la sonrisa puesta y los ojos acuosos. Tres tiburones se mueren de risa en la barriga de mi ordenador. ¿Estaré en la antesala de una fábula o es que esperan hincarme el diente?

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Sabía que llegaría este momento, que sería yo la que tendría que peinar el cabello a la muñeca abandonada, pegar el sello a la carta que no se envió o vaciar el culo de las copas (qué poca sed se asomó a sus bordes) porque ya me tocó el año pasado. Ni los manuales de marinería, ni los libros de bitácora que consulté hacían referencia a la existencia de esta tarea final de modo que he tenido que deducir que debe ser algo así como rematar un relato. Que conste que no pongo ninguna objeción a declinar y ejecutar los verbos propios de mi cargo (limpieza de interiores, lavandería, atraque, desatraque, bla, bla, boa) pero es  que soy de las que no mato ni a una mosca, así que de rematar ni hablemos… por eso bailo. ¿Quién me recordó en esta campaña la danza ceremonial de los maoríes? Mientras voy y vuelvo con el cepillo y el jabón, sacando la lengua y taconeando de vez en cuando el suelo, de proa a popa, voy encarando las preguntas de última hora. Ahí viene una: Si estoy asistiendo a los últimos estertores de un cuento, querría saber si lo hago desde dentro o desde fuera. ¿Desapareceré tras la última mancha que limpie en cubierta? Me ha parecido ver por estribor a un pez burlón, se burla de la cara que llevo puesta.

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Ignoro mi destino, quizás en uno de los puntos finales con los que agoto las huellas que me van saliendo al paso esté escrita mi sentencia. Bailo. Intento hacer sonar la caracola. Froto mi nariz con alguno de los objetos perdidos, para darle la bienvenida, e intercambiar el “ha” o aliento vital. Es así como reconozco a la amiga que guardaba secretamente las colillas de sus cigarrillos, al voluntario que no volvió a por su delicada camiseta, al compañero que compraba cremas de lujo para las heridas de su piel, al visitante que tropezó nada más poner pie en cubierta y se curó a escondidas… Son simples manchas y sin embargo hablan de retales de ternura, de instantes de soledad que todos los seres humanos destilamos al vivir. Unas cuentan lo que hubo, otras lo que quedó por contar, estas últimas son las que más me interesan.  He dejado que se cuele en mi ordenador una medusa/patata, tiene pinta de saber de naufragios y es capaz de sonreír a los delfines coloraos.

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Hablan los retazos por los rincones. Habla el corcho de una botella de champán con la que José Manuel celebró que era feliz. Lo hacen los últimos folletos que nos entregaron los miembros de la plataforma Salvem PortoColom aquellos días en que preparaban las jornadas en defensa de la posidonia. Hace tres que clausuraron el mes de actividades con una fiesta en la plaza de l’Església. Recuerdo la tarde en que se asomaron al WWFSolar. El viento que nos retenía en su bahía hacía saltar a su pequeño llaüt. Llevaban una posidonia de atrevo en el lugar donde los del Nueva Catalina están desplegando ahora las velas. Habla cambién el bote de pepinos preparados por Anne (con canela, pimienta, granos de mostaza, enebro, azúcar y vinagre…) y me invita a pensar en María celebrando la intensidad agridulce de cada bocado. La defensa que nos regaló Guillem golpea con buen ritmo en la amurra y yo bailo su son. He creído ver llorar al ojo de un calamar.

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Nuestros restos siguen hablando de nosotr@s cuando ya no estamos. No hay nada más elocuente que la huella que deja un cuerpo en el colchón. Sus formas recrean la geometría de quien fue su dueñ@, por eso improviso responsos para los fragmentos que hago desaparecer y busco nuevos acomodos a los que tendrán una segunda vida a bordo. A este grupo pertenecen los platos que utilizó Fabián (Master Chef) durante su slowcooking solar, la botella en la que Inma trajo esa tisana reconstituyente que ya añoro y las frases de reconocimiento escritas en el “cuaderno de visitas”. Mientras restriego con el cepillo la cubierta dejo que se vaya de la lengua la mesa de popa, porque allí las charlas compartidas dieron lugar a buenas decisiones, argumentos inteligentes, conclusiones comprometidas… En el sillón se sentaron niñ@s capaces de dibujar peces barbudos muertos de amor.

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Me gusta dar la bienvenida a bordo diciendo a l@s viajer@s que creo que si están a bordo es porque son personas que se plantean preguntas y que sólo por esto ya me caen muy bien. Me alegra recordarles que son nuestros interrogantes los que hacen hablar al mundo, es así como las formas de los objetos cuentan una historia. De este modo empezaba a explicar que el WWFSolar nació para cumplir un sueño (cruzar el Atlántico utilizando exclusivamente la energía del sol) de ahí su aspecto, su tamaño, el número de placas, el diseño de los patines… Parte de los soñadores de este barco procedían de los hermosos márgenes del sistema: un puñado de jubilados (los que llevaron a cabo la travesía transatlántica) y un ingeniero recién salido de la facultad (diseñador del motor). !Me gustan estos protagonistas!, entre otras razones porque permite hablar de otros márgenes, tan minúsculos como los bordes de las olas (en sus puntillas duerme el secreto de nuestro movimiento en el mar). Un día un niño dibujó un pez aislado en una pecera dentro del océano y me robó el aliento. Hace años siete personas con limitaciones físicas y psíquicas acompañadas de siete jóvenes creativ@s me ayudaron a llenar de vida a un personaje silencioso, un pececillo rojo que vivía solitario en una pecera redonda al que pusimos de nombre Lo Pez. ¿Es que los cuentos están enlazados por corredores invisibles? Y si así fuera, ¿tienen forma de estantería?

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Restriego con energía las curvas de las escotillas. Me divierte que en los barcos las ventanas no tengan esquinas. Tarareo (el jabón jaleado da más espuma),  me entretengo en los objetos perdidos con el mismo interés con el que el capitán atiende al murmullo de la hélice durante la travesía o al cambio de temperatura del motor. He comprobado que así pueden llevarme a un lugar que ya no existe. Por ejemplo, este molinillo de viento, uno de los que hicieron los niños para decorar las figuras de arena durante el acto final de la campaña en la playa de Talamanca (Ibiza). No me extraña que sus creaciones inspiraran el cierre de una campaña que quería reivindicar el uso de la energía renovable como alternativa a las prospecciones de hidrocarburos en el Mediterráneo. Sus animales marinos son los más hermosos que he visto jamás en tierra. Les declaro descubridores de una mitología alternativa a las bestias que habitaban en los confines de la tierra durante siglos y hacían del fondo del mar su reino devorador de barcos. Quizás cuando sean adultos tengan que imaginar cómo fueron esas especies que hoy estamos haciendo desaparecer con la pesca agresiva y los intereses comerciales, pero ahora lo que les sale de la punta de sus lápices de colores es un mar lleno de vida risueña, disparatada y, sobre todo, diversa. Lejos de los monstruos marinos que los cartógrafos inventaron durante los siglos X al XV para ilustrar los posibles peligros de navegación, ell@s imaginan que el confín del mundo puede ser un lugar acogedor.

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El capitán resopla a mi lado. El calor aprieta. Aún nos queda hacer el equipaje. ¿Cuál será el objeto que se desprenda de nuestras mochilas y vaya a parar a ese agujero negro en el que acaban las novelas, los cuentos, los relatos de las abuelas? ¿Qué mancha dejaremos que por otros será limpiada? Si soy yo quien la borre, ¿habré rematado mi propia sombra? En nuestras maletas no hay pelucas empolvadas en talco, ni narices rojas, ni ropajes doblados del revés, ni filtros de colores guardados de forma exquisita junto a enchufes y cables. Aquí no se acabó el espectáculo (la simple existencia del barco solar recuerda que otro modelo energético es posible, toda una metáfora política, económica y social en los tiempos que corren), aunque es cierto que el martes pasado nos visitaron decenas de delfines y la magia envolvió la travesía. Ninguno lucía bigote, ni lanzaba corazones por la boca y ni tenía cuerpo de nube, sabía que no iba con ellos el,pez-ojo con su cría.

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¿Y lo intangible? ¿Cómo se limpian los flecos que no se ven? En este catamarán conocimos a personas que están haciendo revoluciones invisibles y sin embargo contagiosas, como Giovanni, quien, cambiando el motor de gasoil de su velero por uno eléctrico está dando forma a un nuevo modelo de vida. No parecía un hombre agobiado por tener una jornada laboral reducida por “la crisis” sino una persona que trabaja unas horas al día para ganar dinero y el resto para ganar en autonomía. Nos contó que cada vez que había adquirido una pieza para su velero tuvo que superar una traba del mercado energético, el alimentario, el de la locomoción, el administrativo y el del conocimiento, lo que le hacía ver cuán grande y pesada era la dictadura del sistema. Su grado de libertad aumenta a medida que intercambia información y esto funciona en ambos sentidos, por eso nos buscó cuando leyó en la prensa que navegaríamos por su zona.

Estábamos terminando nuestra conversación en el catamarán solar cuando se asomó por popa, tímidamente, un energético anciano, Joan, mestre d’aixa conocido como Es Curret. Fue así como sucedió que el oficio del pasado dió la mano al futuro y nuestro mundo pegó un brinco. Curret fue explicándonos con los ojos iluminados algunos de los secretos de la construcción de llaüts, una pasión que heredó de su abuelo cuando apenas tenía 12 años y con la que alimentó a sus hij@s. El por qué de las formas, pesos, materiales… que hoy sostienen tantas embarcaciones se coló para siempre en nuestro discurso sobre las posibilidades de los nuevos motores eléctricos. Fluímos de tal manera que terminamos en el interior de lo que fue una pequeña parte de su astillero. Su hijo varón arquitecto lo transformó en un bloque de viviendas de lujo en primera línea de playa y un garaje en el que guarda sus tesoros. Allí, junto a las plantillas de madera que usaba para construir las embarcaciones, estaban las herramientas de los calafates que, según Curret, componían música al martillear la estopa con la que daban estanqueidad a las tablas.

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Semanas después, en Ibiza, Javi y Raúl, técnicos de medioambiente de Santa Eulàlia y San José, nos volvían a mostrar aquellas herramientas como útiles que querrían utilizar en la recuperación del Reina del Mar, un llaut de carga de 12 metros de eslora construido a principios del siglo pasado y que están rehabilitando con sus propias manos. La caja en la que aquellos calafates guardaban sus aparejos de hierro les servía al mismo tiempo de asiento, un detalle hablaba de una forma de vida. Según recordó José, en Galicia eran trabajadores itinerantes, que iban de puerto en puerto reparando naves, aislándolas del agua. Para los seres nómadas la ligereza es un factor importante.  Javi, Raúl y el capitán se habían conocido antes de forma virtual, movidos por una pasión compartida: las embarcaciones tradicionales, el slowsailing y las soluciones respetuosas con el medioambiente. Además, forman parte de la plataforma Alianza Mar Blava, por tanto estábamos destinad@s a encontrarnos durante la campaña. Cuando nos invitaron a ver su barco de madera no imaginaba que me regalarían una imagen que tardaré mucho tiempo en olvidar. Aquel llaut descansaba sobre puntales recios a la sombra de un enorme pino, junto a un pajar, una higuera, un caballo blanco, un galgo también blanco y mazorcas de maíz. Hace cinco años que encontraron la nave encallada en la costa, comida por el tiempo. Desde entonces, en sus horas libres, se dedican a pulir, clavar, ajustar, cepillar, doblar las tablas con calor, acudir a mercados de segunda mano donde adquirir tesoros náuticos, buscar troncos capaces de ser mástiles… Su entusiasmo es contagioso. ¡Al lado de su aventura todo son dulces colinas!

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Toca irse, ser borrada o rematada. Mientras espero mi destino voy haciendo con mis cosas un hatillo. Utilizo el mocador de lligall que me regaló Vicent Forteza. Mi amigo me ha enseñado a usar el tradicional pañuelo pitiuso para envolver paquetes, hacer bolsos e incluso transformarlo en un top agro/playero y ha bautizado la iniciativa como furoshiki pitius haciendo referencia a la palabra con la que se conoce este pañuelo en Japón. Giro llave de este viaje en la cerradura. ¿Dónde he quedado, dentro o fuera? Veo pasar una peza con los labios pintados, lleva en la boca el resto de un poema…

la foto 18(final del poema de Rafael Alberti “De mar a mar”, que cuelga sobre la mesa de mapas del pailebote Cala Millor. Es una de las quinientas copias que firmó en Huelva en el año 91, a los ochenta y nueve años, en recuerdo a su madre, que era natural de esta ciudad. Siempre, siempre, somos niñas, bien lo saben l@s poetas)

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