En el fondo del mar crecen flores de asfalto

BY MARTHA ZEIN

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… Cuando se mide la vida en ciclos no son posibles las despedidas pues el tiempo se hace inagotable gracias al eterno retorno. Con esa forma de medir el mundo hasta el espacio cambia, el humus, por ejemplo, se convierte en el lugar en el que se encuentran la vida y la muerte…

… Este planeta azul creó todas las grandes reglas que hoy nos gobiernan, desde la gravedad a los amaneceres: sólo por ser como es, existe la vida tal y como la conocemos y tal y como la necesitamos….

Hablo sola por los aeropuertos. De vez en cuando paro y escribo: “Provenimos del planeta azul, es decir, de sus ciclos y sus evoluciones en el tiempo, por tanto en él sólo existe una despedida posible: cuando la vida, en su aspecto más microscópico y nimio, desaparezca definitivamente. Es esa dimensión de la existencia la que estamos poniendo en peligro los seres humanos. No valen los cálculos, esos que colocan el final de los días en una cifra llena de ceros que no llegaremos a alcanzar como individuos pero sí como especie, no valen porque no hay cantidades que sean capaces de representar la dimensión de nuestros actos cuando son crueles. Lo llamamos ‘nuestro entorno’ cuando se trata de nuestros orígenes, de nuestro cuerpo, que ni siquiera es nuestro ni es uno porque está constantemente relacionándose con lo que le rodea; con el oxígeno, por ejemplo”.

Redacto esta crónica ahora que la campaña en el barco solar ha terminado sabiendo que no es del todo cierto porque todo continúa. Para empezar, dos dias despuès del cierre oficial WWF dio el gran salto por la defensa de los rios, es decir, el agua, o sea, hidrógeno, oxígeno y todos esas sustancias y elementos que fue capaz de crear este planeta durante millones de años y por los que pudimos existir nosotros, los seres humanos, por el momento la única especie capaz de escribir crónicas.

Tecleo en los aviones, en mitad del cielo, entre nubes, en territorio solar, a cientos de kilómetros del catamarán (al que volveremos en septiembre)… sin dejar de bucear. Llevo así unos días: he caminado sumergida por el asfalto, me he subido a trenes, autobuses y coches, estoy aquí arriba, más cerca del sol, habitando en todo momento en el planeta agua. Haber participado en la campaña sobre el respeto a los fondos marinos facilita ciertos estados de conciencia. Hace cuatro dias y más de mil kilómetros atrás se me ocurrió ir aún más abajo de lo que permiten mis oídos y mis pulmones, a ese lugar sólo habitado por microorganismos y los sofisticados aparatos que podemos elaborar los humanos (siempre hemos sabido desarrollar las herramientas necesarias para mejorar nuestra existencia y saciar nuestras ambiciones) y ahí permanezco, en contacto con la fuente de la vida.

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(Torres de la Ciudad Perdida)

En medio de la oscuridad, allá donde las placas tectónicas que dan forma a nuestros continentes e islas se abren para seguir moldeando el planeta, el fuego, la tierra y el agua entran en diálogo. Lejos de tratados, convenios, documentos y palabras, estas conversaciones elementales toman cuerpo en lo que llamamos fumarolas. He leido bien los documentos que maneja WWF, sé cómo describir estas grietas submarinas en las que vive una de las mayores densidades de organismos del planeta: Agua muy caliente (>100ºC) y rica en minerales en la que bacterias y arqueas (tal vez las células vivas más primitivas que se conocen) se asocian y oxidan el sulfuro o el metano para producir materia orgánica…

Una vez digeridos los datos me lo cuento a mi modo: aquel lugar más parecido al infierno que al cielo es el “jardin prohibido” del que habla nuestra cultura. De golpe Adán y Eva dejan de tener forma antropomórfica, color de piel, género; todas las leyendas se esfuman y con ellas los mitos, las culpas, nuestra forma de entender el poder… ¡Como para no seguir buceando en aquella Ciudad Perdida!

El término de Ciudad Perdida no es mío sino de la comunidad científica, tan amante de los latinajos como de las metáforas. En esta ocasión se lo pusieron al conjunto de chimeneas ubicado en las dorsales del Océano Atlántico Norte que aparecen en la foto, descubiertos en el año 2000 de pura casualidad, como quien dice ayer, así de ignorantes somos sobre los procesos de la vida en esta cultura tan interesada en matar. En ese rincón hirviente las particulas minerales tienen propiedades químicas similares a las de las enzimas, esas moléculas que gobiernan nuestras reacciones químicas. Es decir, en esas fumarolas hidrotermales alcalinas los minerales se comportan de forma muy parecida a como lo hacen las enzimas en los organismos vivos: rompen los enlaces entre los átomos de carbono y oxígeno, lo que los lleva a combinarse con el agua para producir ácido fórmico, ácido acético, metanol y ácido pirúvico. Una vez se forman sustancias orgánicas simples como estas, se abre la puerta a una química orgánica más compleja.

Esta investigación prueba que se pueden sintetizar moléculas orgánicas simples en la naturaleza sin que estén presentes organismos vivos, por tanto sugiere que una química orgánica cada vez más compleja llevó hasta las moléculas autorreplicantes, y, finalmente, a la aparición de las primeras formas de vida celular, lo que más tarde dio lugar a cadenas de RNA, ADN y microbios, nuestra esencia quimica y biológica.

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(Retrato de una arquea, para incorporar a nuestro álbum de familia)

Todo ello no hace más que confirmar la llamada “teoría del mundo de agua”, hipótesis encabezada por el científico Michael Russell en los años ochenta que propone que la vida pudo haber comenzado en el interior de fondos marinos cálidos en un tiempo remoto, cuando los océanos se extendían por todo el planeta y en la tierra no eran posibles las fronteras.

Descubrir esta dimensión de la vida cuando formas parte de una campaña como la de #embarcate2015 me ha cambiado el paso. Hemos estado 15 dias recordando a quien quisiera escuchar que nuestras prospecciones en busca de gas y petróleo, nuestras artes se pesca, nuestra capacidad para contaminar el planeta y recalentarlo están poniendo en peligro los cimientos de la vida.

No quiero dejar de mirar las fumarolas hirvientes ni abandonar el corazón del abismo porque me recuerdan que nuestra capacidad para contarnos el mundo al revés es perversa. Me pregunto a qué llamamos paraíso si nuestros cuentos y creencias, es decir, si nuestra imaginación conquistada ubica el infierno en ese oscuro abismo ardiente que es, precisamente, fuente de vida. Es tal nuestra confusión que llegamos a creer que cuanto más sepamos sea el ser humano más respetuosos serán sus actos. Yo no lo veo así. Hace siglos que tenemos los datos suficientes, la ambición y la falta de respeto no se suavizan con cifras, datos, reflexiones ni leyes. Sin el amor por la vida no son posibles los cambios. Me refiero al amor expresado en términos químicos y físicos y biológicos y humanos y politicos y sublimes, porque no son más que capas de un mismo océano al que me gusta llamar Eros.

Aquí estoy, sumergida en este “planeta azul”, en este “mundo agua” al que todos pertenecemos. Desde aquí abajo veo el envés del catamarán solar, el de sus habitantes, el de los que nadan a su alrededor y el de los que se asoman a él. Todos practican, en medio de su infinita ignorancia humana, el amor por lo vivo, incluidas las enzimas y sus motores minerales. Por este tipo de personas sonrío, con ellas me enlazo; creo en el poder germinador de las redes hechas no sólo de inteligencia sino de fragmentos de piel, corazón y actos. Con ellas me voy nadando hasta otro barco, el GoOn, capaz de jugar con el viento y las mariposas.
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P.D. La teoría del mundo de agua asegura que existen dos tipos de “motores” minerales en las brechas de los océanos. Uno de ellos podría haber utilizado uno conocido como “óxido verde” mientras que el otro podría haber dependido de un metal raro llamado molibdeno. La búsqueda de nuevos medicamentos y nuevos materiales podrían querer apropiarse de este tipo de descubrimientos para satisfacer su desalmada y desamorada ambición. Frente a su desmesura he lanzado un maleficio, redactado en común singular y silbado con voz de ballena:

Tu eres castillo,
yo flor de asfalto.
No quiero tus tronos.
Si deseo que te derrumbes
es para encontrarnos durante un instante
alli donde juegan los guijarros
y que el abismo de mis ojos
añada oscuridad a tu brillante ceguera.

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El corazón de los seres luminiscentes

BY MARTHA ZEIN

Es extraño hablar de los abismos cuando una està dispuesta a ir a donde el sol la lleve; sin embargo de eso se trata en esta campaña, de ir allá donde la luz no alcanza y el sol es inconcebible, de sumergirnos a 300, 1.000, 5.000 metros para presentar nuestros respetos a todos los seres que allí viven. El reto no es fácil, para empezar el cuerpo no nos acompaña: ni los pulmones, ni la vista, ni tan siquiera media porción de nuestras vísceras podrían sostener las bajas temperaturas, la ausencia de luz y la escasez de alimentos de las zonas màs profundas de los fondos marinos.

Frio, oscuridad y hambre, qué terrible castigo para los humanos, en cambio hay miles de criaturas que en esas duras condiciones son capaces de vivir y de iluminar las tinieblas. Es decir, vivir con todas las consecuencias.

Es este último aspecto lo que más me fascina. Los seres humanos, en nuestra condiciòn de terrestres necesitados de aire y de sol, solemos tener miedo al abismo. La humanidad se ha ido contando cosas terribles de ese lugar a lo largo de su historia: que en las profundidades puede ocurrir de todo, que es “otro mundo” con sus propias reglas, que sus habitantes son seres monstruosos dispuestos a atrapar a quienes allí caen procedentes de la superficie, que en su puerta hace guardia la figura más horrible que nadie haya podido imaginar… Los acadios le dieron el nombre de Tiamat, la madre abismo, quien parió serpientes “de diente agudo, de mandíbulas despiadadas. De veneno en vez de sangre, llenó sus cuerpos. Revistió de espanto dragones furiosos. Y cargándolos de resplandor sobrenatural, los volvió como dioses”. Los egipcios convirtieron a Tiamat en Nun, su reino fue bautizado por los griegos como Hades, en la biblia se vincula con la figura terrible de Leviatán y el cristianismo lo convertirá en morada del demonio para alcanzar el título de infierno a lo largo de la Edad Media. No extraña, pues, que haya personas que teman nadar allí donde no se alcanza a ver el fondo.

Las nuevas tecnologías y las grandes catàstrofes como los tsunamis han sacado a nuestra luz la existencia de criaturas tan surrealistas como diminutas, voraces más por la escasez de alimentos que por su ferocidad, llevándose por delante tanto mito. A medida que la comunidad científica va dando forma a la vida en el fondo del ocèano, llena de maravillas lo que durante miles de años ha sido el avieso fondo de nuestras pesadillas. Buceo en los datos durante los huecos de la campaña dispuesta a eliminar infiernos, mientras l@s voluntari@s levantan las carpas y promueven el respeto por el mar y sus habitantes más antiguos. Me convierto en borradora de miedos, esa será mi contribución.

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Dragar nuestro miedo al abismo está siendo una tarea enriquecedora. Una de las primeras lecciones que he aprendido es que podemos iluminar la oscuridad con nuestra propia luz incluso cuando las tinieblas sean tan densas como una taza de chocolate. La frase “no importa, mañana volverá a salir el sol” siempre me pareció un consuelo blando de modo que ahora abrazo con alegría las soluciones de la bioquímica. Digo, “No, no hace falta esperar a que amanezca para vivir con todas las consecuencias” y a continuación “Si, claro, podemos apropiarnos de nuestros actos hasta hacerlos esclarecedores, fluorescentes”. Para alcanzar tales afirmaciones he tomado como maestros a bacterias, hongos, protistas unicelulares, celentéreos, gusanos, moluscos, cefalópodos, crustáceos, insectos, equinodermos y peces de los fondos abisales.

El 90% de los animales de las profundidades marinas es capaz de crear su propia luz, podemos encontrar, pues, miles de ejemplos fascinantes, como el “Teuthowenia pellucida”, un calamar de ojos saltones y lumínicos de unos veinte centímetros, o el gusano sofonóforo apodado “el seductor” porque expele chispas luminosas a modo de fuegos artificiales para atraer al sexo opuesto, o la medusa Atolla, que llega a dibujar un mandala de luz cuando la atacan (un vórtice transdimensional con una orquídea en el centro y un círculo de filamentos como tallos de hongos mágicos que parecen flotar en el espacio) o los globos azules de la Chondrocladia lampadiglobus conocida con el apodo “esponja ping-pong” (en la foto), cuya existencia se descubrió en 1995…

Me recuerda a la versión marina de los molinillos de viento. Extasiada por su belleza, me detengo en medio del abismo, que viene a ser algo así como quedarme quieta sobre un suelo en brasas porque siempre he preferido atravesar las tinieblas lo más rápidamente posible o bordearlas, incluso asomarme a ellas con el corazón en un puño y fascinarme ante lo sublime, pero no habitarlas.

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A pesar de mi entusiasmo reconozco que voy con las entrañas hechas un nudo, porque en los rostros de algunos de esos peces creo ver una expresión de horror. No he dejado de pensar en Hiroshima y Nagasaki, ese capítulo de la historia de la humanidad en la que un reducido número de personas (entre políticos, científicos, militares y pilotos) lanzaron al infierno a miles de personas, en el accidente nuclear de Chernóbil con sus miles de seres destrozados en vida… sus cuerpos mutantes, recién nacidos con malformaciones monstruosas, seres humanos condenados a despertar cada día en el abismo y habitarlo con todas las consecuencias, es decir, en el espanto y en la ternura. Despuès de que todo sucediera, cuando ya les olvidamos, siguieron viviendo y además de sentir dolor amaron, jugaron, tuvieron amigos y sueños y proyectos y deseos y… esa combinación tan extrema me quiebra.

La existencia de criaturas como los diablos negros, el tiburón lagarto, las anguilas degolladas, el yelmo de nariz cuadrada, el pez fútbol, los dragones, los engullidores, los gusanos de penacho de los manantiales hidrotermales y las babosas de aletas afiladas, seres de apariencia monstruosa pero capaces de vivir hasta la muerte me alivia. Ellos comen, se reproducen, encuentran cobijo en lo oscuro, con sus destellos son capaces de convertir las tripas de mares y océanos en un firmamento líquido. Su simple existencia, sus fascinantes y pequeñas soluciones, me recuerdan la belleza que los seres humanos podemos llegar a crear en medio de la tragedia..

No soy nada original, el premio Nobel de literatura, Kenzaburo Oé, se acercó en los años sesenta a Hiroshima en un momento difícil de su vida y allí encontró fortaleza, amor, inspiración y pasión por el ser humano. “Quedé impresionado por su coraje, su manera de vivir y de pensar (…) Me sentí impelido a examinar mi completa condición humana, reexaminé mis ideas y asumí un sentido moral de la existencia. Desde aquel día miro el mundo con los ojos de las gentes de Hiroshima”. Bizarros y hermosos seres cósmicos pobladores del espacio donde la luz no llega, capaces de demostrar que la vida es mucho más de lo que imaginamos.

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La bioluminiscencia se convierte a bordo del WWFSolar en una metáfora impactante. Más que leer bebo todo lo relacionado con ella. Se produce gracias a una reacción bioquímica en la que una sustancia llamada luciferina sufre una oxidación que es catalizada por el enzima luciferasa. Se trata de una conversión directa de la energía química en energía lumínica (del mismo modo que la energía solar se transforma en eléctrica) cuyo resultado es una «luz fría» usada para localizar a sus presas, confundir a sus depredadores, atraer a sus objetos de deseo…

El caracol Hinea brasiliana utiliza su concha como una lupa para hacer más llamativa la luz verde con la que atrae al depredador de su depredador mientras que el pulpo luminoso (en la foto) logra deslumbrar con las ventosas de sus tentáculos (extendidos puede llegar a medir 5 metros de diámetro) y atraer a sus presas y a sus parejas, a las primeras para engullorlas, a las,segundas para comerlas a besos.

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A medida que avanzo en la galería comienzo un particular juego: vincular especies con personas abisales, de esas que son capaces de llevar a cabo actos luminiscentes. La primera que enlazo es esa comadrona sin nombre a la que se refiere la poeta Kurihara Sadako en uno de sus versos; la hermano con la Mertensia Ovum, una medusa de cuerpo gelatinoso y transparente de unos 15 centímetros capaz de generar unos colores muy parecidos a los del arcoíris cada vez que se pone en movimiento (en la foto).

La noche posterior al estallido de la bomba (el próximo 6 de agosto se cumplen 70’años de aquel drama*), Mertensia dejó a un lado sus dolores para ayudar a parir a una mujer. El poema de Kurihara Sadako, superviviente de Hiroshima que vivió aquella escena, termina de este modo:

“Y así una nueva vida nació en la oscuridad de ese pozo infernal.
Y de ese modo, la comadrona moría antes del amanecer, todavía bañada en sangre.
¡Seamos comadronas!
¡Traigamos nueva vida!”

Quienes se acostumbran a ver en la noche sin luna de los fondos marinos disfrutan de nuevas armonías. Hoy mismo, mientras escribía este post, los seres luminiscentes me contaron que existe una compañía de danza integrada llamada Associación Kiakahart, formada por ocho intérpretes, entre ellos un bailarín sin piernas, una bailarina con una pierna artificial y un bailarín invidente. Dicen que sus cuerpos toman una dimensión hermosa y expresiva en el escenario y yo saco a bailar al pez víbora porque de su boca siempre abierta pueden aparecer mil risas.

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*  La explosión sobre Hiroshima destruyó completamente el 65% de los edificios de la ciudad y mató en el acto a unas setenta mil personas. En los cuatro meses siguientes, las heridas causadas por el estallido y la radiación elevaron la cifra de muertos a más de cien mil personas. La bomba era llamada Little Boy.

Viajamos al centro del Océano.

BY MARTHA ZEIN

Imagina
que el mundo diera un vuelco
y todo lo que se levanta por encima de nuestras cabezas lo hiciera con la misma desmesura bajo nuestros pies,
que valles, ríos, coronas de montañas… y todos sus habitantes tuvieran una vida ajena a la nuestra, allá abajo, bien lejos de nuestros pasos.
Imagina
que no ver fuera el estado natural de los seres vivos
o ver poco
o esforzarse en ver.
Imagina un lugar en el que caminar fuera una inútil anomalía
que tener la boca descomunal o los ojos saltones o la piel translúcida fueran valiosas cualidades,
que allí donde siempre se levantó el infierno vivieran en paz millones de seres aún por bautizar.

Llevo un par de días canturreando aquella canción que compuso John Lennon:
... You may say I’m a dreamer
But I’m not the only one…

imageCanturreo mientras me asomo al WWFsolar con los ojos zambullidos. Este año la campaña (#embarcate en su versión 20.15) gira en torno a los fondos marinos y cuando digo fondos me refiero a algo más que profundos: 200, 1000 metros bajo el nivel del mar, 3000 metros….volcanes, fosas, abismos, fallas, tierra ardiendo bajo las aguas. Y aún más abajo, donde la luz no llega y sin embargo la vida existe en su expresión más radical. Qué hermoso oximoron: la luz solar y las tinieblas marinas tocándose en el mismo barco. Las dos caras de este catamarán serán, durante dos semanas, nuestro lugar de residencia.

Cómo no cantar…
Imagine all the people
Sharing all the world…
Bajo el mar no hay fronteras posibles…

Debería haber una versión submarina de esta canción.

Desde que zarpamos de Alicante camino a Cartagena veo el mundo del revés. Son ideas encadenadas: La superficie sobre la que navegamos (en la que nado y a la que me encaramo) es el cielo del planeta acuático… +  Esta lisa superficie (mi punto de partida) es el final de un camino si se observa desde el mar…  +  De alguna manera somos aves para los seres que en ella habitan…

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Al doblar el cabo de Palos permanecí atenta a la superficie del agua: en algún lugar allá abajo, más lejos aún de la costa, a 56 km del litoral murciano, se sitúa la importante montaña submarina del Seco de Palos. Es toda una cordillera que se levanta desde los 3.000 m hasta los 100 m de profundidad de su cumbre. Si la pudiera recorrer, una vez alcanzada la cumbre volvería a bajar hacia el oeste hasta alcanzar a menos de 3 km de cabo Tiñoso un sistema de cañones y escarpes submarinos que se hunden a más de 2.500 m de profundidad. Tal es la diversidad de la fauna en ese paisaje, tales los nutrientes y sus corrientes de energía, que aquí fuera, en esta superficie-cielo en la que navegamos es fácil avistar cetáceos alimentándose o migrando. WWF reclama su inclusión como AMP y Natura 2000 por sus fondos marinos y por su importancia para los delfines, ballenas y calderones que transitan por este rincón del Mediterráneo. Yo muero por verlos…

Mientras tanto imagino, entre otras razones porque la comunidad científica apenas está descubriendo ese mundo. Los océanos, con una profundidad media de 3.900 metros, suponen el 99% de los espacios terrestres habitados, sin embargo, sólo del 5% de los fondos se ha cartografiado con detalle. Con respecto a sus habitantes, los humanos sabemos que 17.650 especies viven a más de 200 metros de profundidad y que otras 5.722 lo hacen a más de un kilómetro de profundidad. Aún quedan miles de metros por descubrir.

Son seres extraños
ajenos a nuestra medida del mundo
a nuestras percepciones
transparentes
translúcidos
contrarios a las leyes de la armonía.
Me visitan, por supuesto, en sueños. Al fin y al cabo yo les imagino. He empezado a trazar sus pequeñas biografías.

Aquí está el primero. Es una de las pocas filmaciones que han podido obtenerse de este pez en su hábitat. Las imagenes fueron tomadas el 17 de noviembre de 2014 por el robot del Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterey, MBARI (California, Estados Unidos)

Científicamente se le llama Melanocetus Johnsonii, aunque en el barco solar tiene un nombre más corto: Abi. Vive en profundidades normalmente de 3.000 – 4.000 metros.La particular antena que brota de su nariz está repleta de bacterias bioluminiscentes que se iluminan para atraer a los peces que creen que se trata de un gusano luminoso. Una vez que se acerca lo suficiente, el pez agarra a su presa con sus enormes dientes. Su boca, siempre abierta, puede tragar ejemplares de más del doble de su propia longitud, que no es mucha, pues alcanzan un tamaño máximo de 20 centímetros si son hembras mientras que los machos apenas llegan a alcanzar los 2,8 centímetros. Imagino sus pequeños ojos siempre deslumbrados y su particular forma de aparearse: el macho muerde el vientre de la hembra y, al cabo de un tiempo, se funde con ella para convertirse en un apéndice de su cuerpo. No son minutos ni horas, podría decirse que son días pero mentiría porque no hay sol ni luna que mida el tiempo. Lo único cierto es que durante ese infinito con el que sueñan los amantes, la hembra proporciona al macho riego sanguíneo y nutrientes mientras él no deja de donar esperma.

Abi… bueno, Abi no creo que naciera de esa larga y dulce e interesada cópula. Bien pudiera ser fruto del que aparece en el anterior vídeo y de este:

Abi ha salido del fondo del abismo, como quien sale del armario, ha dejado atrás las cómodas tinieblas para hacerse anfitrión de este universo a los hombres y mujeres del futuro porque sus valles y montañas, sus paraísos oscuros están siendo agredidos por su especie, los humanos. Aunque en el Mediterráneo está prohibido pescar con artes de arrastre a más de 1.000 metros, esta limitación es insuficiente, estas medidas siguen siendo insuficientes; miles de criaturas mueres ahogados o desnutridos por los microplásticos, estos restos de botellas, bolsas, tapones… obstruyen sus sistemas digestivos. Asociado e esto está el problema de la pesca fantasma producida por artes de pesca o aparejos abandonados y en los cuales los peces u otros organismos quedan atrapados. A estas muertes constantes, a estas agresiones y heridas se suman ahora los miles de seres que mueren con los oídos reventados por las prospecciones de petróleo y gas, las ondas de choque que utilizan son tan fuertes que los humanos pueden localizar estos combustibles fósiles bajo las rocas….
Una vez fuera del abismo, la vida es pura aventura.