El corazón de los seres luminiscentes

BY MARTHA ZEIN

Es extraño hablar de los abismos cuando una està dispuesta a ir a donde el sol la lleve; sin embargo de eso se trata en esta campaña, de ir allá donde la luz no alcanza y el sol es inconcebible, de sumergirnos a 300, 1.000, 5.000 metros para presentar nuestros respetos a todos los seres que allí viven. El reto no es fácil, para empezar el cuerpo no nos acompaña: ni los pulmones, ni la vista, ni tan siquiera media porción de nuestras vísceras podrían sostener las bajas temperaturas, la ausencia de luz y la escasez de alimentos de las zonas màs profundas de los fondos marinos.

Frio, oscuridad y hambre, qué terrible castigo para los humanos, en cambio hay miles de criaturas que en esas duras condiciones son capaces de vivir y de iluminar las tinieblas. Es decir, vivir con todas las consecuencias.

Es este último aspecto lo que más me fascina. Los seres humanos, en nuestra condiciòn de terrestres necesitados de aire y de sol, solemos tener miedo al abismo. La humanidad se ha ido contando cosas terribles de ese lugar a lo largo de su historia: que en las profundidades puede ocurrir de todo, que es “otro mundo” con sus propias reglas, que sus habitantes son seres monstruosos dispuestos a atrapar a quienes allí caen procedentes de la superficie, que en su puerta hace guardia la figura más horrible que nadie haya podido imaginar… Los acadios le dieron el nombre de Tiamat, la madre abismo, quien parió serpientes “de diente agudo, de mandíbulas despiadadas. De veneno en vez de sangre, llenó sus cuerpos. Revistió de espanto dragones furiosos. Y cargándolos de resplandor sobrenatural, los volvió como dioses”. Los egipcios convirtieron a Tiamat en Nun, su reino fue bautizado por los griegos como Hades, en la biblia se vincula con la figura terrible de Leviatán y el cristianismo lo convertirá en morada del demonio para alcanzar el título de infierno a lo largo de la Edad Media. No extraña, pues, que haya personas que teman nadar allí donde no se alcanza a ver el fondo.

Las nuevas tecnologías y las grandes catàstrofes como los tsunamis han sacado a nuestra luz la existencia de criaturas tan surrealistas como diminutas, voraces más por la escasez de alimentos que por su ferocidad, llevándose por delante tanto mito. A medida que la comunidad científica va dando forma a la vida en el fondo del ocèano, llena de maravillas lo que durante miles de años ha sido el avieso fondo de nuestras pesadillas. Buceo en los datos durante los huecos de la campaña dispuesta a eliminar infiernos, mientras l@s voluntari@s levantan las carpas y promueven el respeto por el mar y sus habitantes más antiguos. Me convierto en borradora de miedos, esa será mi contribución.

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Dragar nuestro miedo al abismo está siendo una tarea enriquecedora. Una de las primeras lecciones que he aprendido es que podemos iluminar la oscuridad con nuestra propia luz incluso cuando las tinieblas sean tan densas como una taza de chocolate. La frase “no importa, mañana volverá a salir el sol” siempre me pareció un consuelo blando de modo que ahora abrazo con alegría las soluciones de la bioquímica. Digo, “No, no hace falta esperar a que amanezca para vivir con todas las consecuencias” y a continuación “Si, claro, podemos apropiarnos de nuestros actos hasta hacerlos esclarecedores, fluorescentes”. Para alcanzar tales afirmaciones he tomado como maestros a bacterias, hongos, protistas unicelulares, celentéreos, gusanos, moluscos, cefalópodos, crustáceos, insectos, equinodermos y peces de los fondos abisales.

El 90% de los animales de las profundidades marinas es capaz de crear su propia luz, podemos encontrar, pues, miles de ejemplos fascinantes, como el “Teuthowenia pellucida”, un calamar de ojos saltones y lumínicos de unos veinte centímetros, o el gusano sofonóforo apodado “el seductor” porque expele chispas luminosas a modo de fuegos artificiales para atraer al sexo opuesto, o la medusa Atolla, que llega a dibujar un mandala de luz cuando la atacan (un vórtice transdimensional con una orquídea en el centro y un círculo de filamentos como tallos de hongos mágicos que parecen flotar en el espacio) o los globos azules de la Chondrocladia lampadiglobus conocida con el apodo “esponja ping-pong” (en la foto), cuya existencia se descubrió en 1995…

Me recuerda a la versión marina de los molinillos de viento. Extasiada por su belleza, me detengo en medio del abismo, que viene a ser algo así como quedarme quieta sobre un suelo en brasas porque siempre he preferido atravesar las tinieblas lo más rápidamente posible o bordearlas, incluso asomarme a ellas con el corazón en un puño y fascinarme ante lo sublime, pero no habitarlas.

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A pesar de mi entusiasmo reconozco que voy con las entrañas hechas un nudo, porque en los rostros de algunos de esos peces creo ver una expresión de horror. No he dejado de pensar en Hiroshima y Nagasaki, ese capítulo de la historia de la humanidad en la que un reducido número de personas (entre políticos, científicos, militares y pilotos) lanzaron al infierno a miles de personas, en el accidente nuclear de Chernóbil con sus miles de seres destrozados en vida… sus cuerpos mutantes, recién nacidos con malformaciones monstruosas, seres humanos condenados a despertar cada día en el abismo y habitarlo con todas las consecuencias, es decir, en el espanto y en la ternura. Despuès de que todo sucediera, cuando ya les olvidamos, siguieron viviendo y además de sentir dolor amaron, jugaron, tuvieron amigos y sueños y proyectos y deseos y… esa combinación tan extrema me quiebra.

La existencia de criaturas como los diablos negros, el tiburón lagarto, las anguilas degolladas, el yelmo de nariz cuadrada, el pez fútbol, los dragones, los engullidores, los gusanos de penacho de los manantiales hidrotermales y las babosas de aletas afiladas, seres de apariencia monstruosa pero capaces de vivir hasta la muerte me alivia. Ellos comen, se reproducen, encuentran cobijo en lo oscuro, con sus destellos son capaces de convertir las tripas de mares y océanos en un firmamento líquido. Su simple existencia, sus fascinantes y pequeñas soluciones, me recuerdan la belleza que los seres humanos podemos llegar a crear en medio de la tragedia..

No soy nada original, el premio Nobel de literatura, Kenzaburo Oé, se acercó en los años sesenta a Hiroshima en un momento difícil de su vida y allí encontró fortaleza, amor, inspiración y pasión por el ser humano. “Quedé impresionado por su coraje, su manera de vivir y de pensar (…) Me sentí impelido a examinar mi completa condición humana, reexaminé mis ideas y asumí un sentido moral de la existencia. Desde aquel día miro el mundo con los ojos de las gentes de Hiroshima”. Bizarros y hermosos seres cósmicos pobladores del espacio donde la luz no llega, capaces de demostrar que la vida es mucho más de lo que imaginamos.

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La bioluminiscencia se convierte a bordo del WWFSolar en una metáfora impactante. Más que leer bebo todo lo relacionado con ella. Se produce gracias a una reacción bioquímica en la que una sustancia llamada luciferina sufre una oxidación que es catalizada por el enzima luciferasa. Se trata de una conversión directa de la energía química en energía lumínica (del mismo modo que la energía solar se transforma en eléctrica) cuyo resultado es una «luz fría» usada para localizar a sus presas, confundir a sus depredadores, atraer a sus objetos de deseo…

El caracol Hinea brasiliana utiliza su concha como una lupa para hacer más llamativa la luz verde con la que atrae al depredador de su depredador mientras que el pulpo luminoso (en la foto) logra deslumbrar con las ventosas de sus tentáculos (extendidos puede llegar a medir 5 metros de diámetro) y atraer a sus presas y a sus parejas, a las primeras para engullorlas, a las,segundas para comerlas a besos.

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A medida que avanzo en la galería comienzo un particular juego: vincular especies con personas abisales, de esas que son capaces de llevar a cabo actos luminiscentes. La primera que enlazo es esa comadrona sin nombre a la que se refiere la poeta Kurihara Sadako en uno de sus versos; la hermano con la Mertensia Ovum, una medusa de cuerpo gelatinoso y transparente de unos 15 centímetros capaz de generar unos colores muy parecidos a los del arcoíris cada vez que se pone en movimiento (en la foto).

La noche posterior al estallido de la bomba (el próximo 6 de agosto se cumplen 70’años de aquel drama*), Mertensia dejó a un lado sus dolores para ayudar a parir a una mujer. El poema de Kurihara Sadako, superviviente de Hiroshima que vivió aquella escena, termina de este modo:

“Y así una nueva vida nació en la oscuridad de ese pozo infernal.
Y de ese modo, la comadrona moría antes del amanecer, todavía bañada en sangre.
¡Seamos comadronas!
¡Traigamos nueva vida!”

Quienes se acostumbran a ver en la noche sin luna de los fondos marinos disfrutan de nuevas armonías. Hoy mismo, mientras escribía este post, los seres luminiscentes me contaron que existe una compañía de danza integrada llamada Associación Kiakahart, formada por ocho intérpretes, entre ellos un bailarín sin piernas, una bailarina con una pierna artificial y un bailarín invidente. Dicen que sus cuerpos toman una dimensión hermosa y expresiva en el escenario y yo saco a bailar al pez víbora porque de su boca siempre abierta pueden aparecer mil risas.

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*  La explosión sobre Hiroshima destruyó completamente el 65% de los edificios de la ciudad y mató en el acto a unas setenta mil personas. En los cuatro meses siguientes, las heridas causadas por el estallido y la radiación elevaron la cifra de muertos a más de cien mil personas. La bomba era llamada Little Boy.

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