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Preguntas devoradoras, bocas fósiles y pétreas aletas de nariz

BY MARTHA ZEIN

Orejas inmensas, coños calizos, anos ciegos y cuencas de ojos, la sierra de Tramuntana muestra sus oquedades de apariencia plácida y tamaño devorador, diez veces, cien, quizá mil veces más grandes que un ser humano. Los priragüistas son hormigas, aquella motora con botellas de buceo es un moscardón, los veleros que se acercan a las laderas, mariposas. Soy montaña y también un minúsculo isópodo a punto de ser fosilizado. Por primera vez dejo que una mosca recorra mi brazo. Aguanto su cosquilleo; termino espantándola. Todo sucede en silencio. Sobre nuestras cabezas el vuelo circular de un halcón.

Navegar lento enmudece el paisaje. La alianza del sol, el viento y el mar empuja este barco hacia delante. Atiendo a su negociación: El deseo tiene una silla (la más frágil) alrededor de esta mesa; hace tiempo que no vienen a sentarse la voluntad o el esfuerzo; acumulación y ahorro perdieron su sitio; los costes se alían con el cuidado… Según el GPS el próximo puerto aparecerá apenas en unas millas. Miro el trazado de nuestra ruta en el mapa: Estamos a punto de cerrar el círculo que comenzamos el 1 de julio. La campaña que empezó en Palma, saltó a Cala Ratjada y pasó por Alcúdia después de visitar Menorca, está alcanzando Sòller. Es decir, hemos dado la vuelta a Mallorca y lo hemos hecho de este a oeste, imitando el recorrido solar. A veces la coherencia toma decisiones por su cuenta. Así pues, no miento si digo que este catamarán avanza llevando la contraria a las agujas del reloj. La paradoja está servida.

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Hace unos días José hizo una reflexión en torno al impacto que causó la aparición del reloj mecánico en la historia de la humanidad. Fue uno de los inventos que mejor arraigó en la nueva mentalidad de la era industrial (el objeto llevaba siglos dando vueltas) pues facilitaba la organización del trabajo en serie y la producción estandarizada. Con la división de la jornada en horas, minutos y segundos llegó la coreografía de los actos sociales y también una nueva forma de ordenar el día, definir la noche, entender el pasado, esperar el futuro… y experimentar un nuevo desposeimiento: la supeditación de los ciclos de la naturaleza y de nuestra biología (la vida) a una medida ajena a nuestra percepción fisiológica y psicológica, es decir, la imposición de un nuevo canon sobre quienes sómos.

Hablar del tiempo en un barco lento es extraño. Escribo mientras todo sucede detenidamente. Cada vez que levanto la vista del ordenador, la veo, como quien vuelve una y otra vez a mirarse en el espejo y se encuentra con el mismo rostro, propio y siempre ligeramente extraño. La sierra de Tramuntana se deja mirar ajena a mis monólogos, abandonándome a un placer onanista. ¿Cuántos seres humanos habrán pisado ese rincón? Soy consciente del privilegio: Veo aquello que ignoran quienes se asoman al cortado. Ese hueco íntimo, aquel pliegue, se ofrece sólo a mis ojos, en ellos veo orificios primigenios, así son antes de convertirse en heridas del cemento. Desde el mar la sierra muestra su cara oculta, los cráteres que comparte con la luna.

No es fácil que aquí, en este lugar del mapa, la tierra se deje mirar. Ésta es la isla del Mediterráneo más cercana a los circuitos comerciales de la Europa rica y el turismo del sol y playa centra sus focos en el mar. La única tierra que entra dentro de los cánones es la que se ofrece como colchón de arena; sobre ella yacen l@s bañistas, nos la brindan abierta de piernas, turistas y playas copulan un cíclico “samaritano” colectivo. Sin embargo aquí, ahora, desde el barco solar, la Tramuntana se brinda vertical, agreste, y enreda libremente sus faldas en el agua. La contemplo, apenas ha sido tocada por las prisas, es tan ajena al actual modo de vida que ni siquiera encaja en el adjetivo “virgen”, ella parece sierra dueña de sí misma.

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Durante las dos últimas jornadas he mirado estas rocas como si fueran un espejo inmenso: en ambos lados estaba yo, inquiriendo al mundo y sorprendiéndome de mi pertenencia. El diálogo resulta infinito porque en ambos lados del interrogante está mi mirada sorprendida y también algo no dicho o a punto de ser pronunciado. Si desde el barco miro a la sierra y le inquiero (espejito, espejito mágico, quién es esa que veo), el otro lado me devuelve el eco de una pregunta anterior. Delante de este paisaje y sus huecos observo a la que fui, la que caminó alrededor de Mallorca a pie agarrada a un hilo, colocando un capullo de seda en cada kilómetro recorrido con la intención de convertir la isla en una mariposa (Imago). En este lado contemplo a la marinera que soy, la que está viviendo en una nave solar que surca el exhausto Mediterráneo para conectar a l@s habitantes, trabajador@s y amantes del mar con las energías renovables y las artes de pesca respetuosas con la vida. El cristal de este maleable espejo es la línea en la que agua y tierra se besan e intercambian granos de arena y sal. En ambas caras la que fui y la que soy se preguntaban, mirando al otro lado. En ambos momentos, antes y ahora, dábamos y doy la vuelta a la isla de este a oeste, llevando la contraria a los relojes. Aquella que fui llevaba los bolsillos llenos de capullos de seda, cada kilómetro se agachaba para convertir aquellos minúsculos botones en hitos del camino, una nueva unidad métrica. La que soy se siente oruga frente a esa pared que la contempla. ¡Qué extraño juego de reflejos, que insospechada simetría, qué cierto es que cambiando la posición puedes ver otros mundos en el mismo mundo!.

Quien ha navegado sabe que en el mar el tiempo, las distancias, la orientación, los ritmos, son distintos a los de tierra. La derecha es estribor, la izquierda se llama babor, los kilómetros se transforman en millas, la velocidad se mide en nudos y la puntualidad es imposible. Vivir en un barco exige tener poco, ser autosuficiente, tener conciencia de que no siempre habrá un grifo al lado, un enchufe, un surtidor de gasolina, una tienda, una señal de wifi. En un barco los relojes quedan abolidos, de nada sirve saber que han pasado dos horas o cien cuando el viento desea medirse las fuerzas, si las olas no quieren colaborar. En tierra cambian los olores, las piernas cobran el poder, la mirada se adapta a nuevas perspectivas, la información se ordena de otro modo… L@s habitantes del mar y los de la tierra siempre guardan un punto ciego para “el otro”. Si la nave es solar este extrañamiento es mayor.

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El simple hecho de que el sol intervenga en tu vida cambia la forma de concebir tu paso por el mundo, para empezar cortas los lazos de dependencia con las multinacionales eléctricas y las petrolíferas; además, te planteas tu uso de la energía como una relación constante: no puedes consumir más de lo que ingresas, no puedes acumular energía (como quien ahorra dinero en una cuenta del banco) y ese “ingreso” no depende de tu capacidad de trabajo o tu ascendencia sobre los demás sino de algo tan ajeno a ti como las horas de luz que te lleguen del cielo y de la calidad de sus rayos.

Las personas que se acercan al catamarán suelen proceder de una vida “terrestre”, es decir, funcionan por códigos de conducta bastante diferentes, sin embargo ahí están, asomándose, y eso me fascina. ¿Qué ven, qué reflejo les atrapa?. Espero a que lleguen, niñ@s o ancian@s, hombres, mujeres, no importa condición social o forma de vida, su primera pregunta suele ser siempre la misma: qué velocidad alcanza. ¿No es extraño que la conversación siempre empiece por el mismo lugar? La respuesta sobre la “velocidad” (hasta 8 nudos en la situación más óptima, aunque en las travesías largas no solemos superar los 4) no puede interesar del mismo modo a quien maneja una motora de salvamento marítimo que a quien posee una golondrina en la que pasea a turistas que lo que quieren es disfrutar el máximo tiempo posible del viaje. ¿Por qué les interesa la velocidad, es decir, la relación entre el espacio y el tiempo? ¿Es que tienen prisa? ¿A dónde se supone que hay que ir? ¿De dónde queremos escapar? ¿Es la inercia de quien está acostumbrad@ a ver anuncios de coches? ¿Por qué compramos velocidad? ¿Para qué la queremos? ¿Hasta aquí nos ha llevado la colonización de nuestro imaginario sobre el uso del tiempo?

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Existen otras dos preguntas, de esas que también surgen fácilmente de cualquier garganta: cuánta autonomía tiene y cuánto cuesta el barco. La primera me parece delatora: Nos sentimos tan indefensos sin nuestros proveedores de alimentos, energías, etc, que lo primero que pensamos es hasta qué punto es peligroso vivir alejad@s de antenas parabólicas, surtidores, contadores de luz… Explicar que es posible el “flujo contínuo” de energía, que pueden vivir al margen de un modelo energético dependiente, implica para muchas personas un despertar, un cambio de posición frente al espejo. La pregunta que hace mención al dinero me parece casi de sentido común. Las tarifas eléctricas, el paro, la reducción de nuestra capacidad de consumo… hay múltiples factores que llevan a que la mayoría de l@s ciudadan@s de este país se plantee cómo vivir con menos dinero. En el fin de la era del petróleo esta energía es cada vez más cara y está sometida a intereses transnacionales, lo que hace evidente nuestra falta de control sobre los precios. Llevamos navegando un mes con un gasto de cero euros. La respuesta es contundente, sin embargo la conclusión sigue asustando porque las tres preguntas hasta ahora mencionadas alimentan el miedo.

Hay un tipo de interrogantes que si salen más fácilmente de la punta de la lengua es porque son cuestiones adquiridas, introducidas, artificiales, hechas para ocupar el espacio de otras. Se comportan de forma invasora, sustituyen a nuestras curiosidades e intereses, no nos pertenecen porque en realidad no surgen como fruto de la curiosidad, el deseo o la reflexión, las usamos para establecer un vínculo, para romper el hielo con una persona desconocida… o para callar las inquietudes más incómodas, esas que nos da vergüenza formular porque nos resultan incómodas. Aunque parecen prácticas o al menos inocentes, llevo días insistiendo que han de ponerse bajo sospecha porque nos impiden mirar hacia otro lado y orientan nuestras reflexiones hacia lugares que no nos interesan. Son “preguntas borradoras” que de alguna manera hemos incorporado en nuestros monólogos, están prefabricadas, hechas en serie, por eso todo el mundo las lleva dentro y si el sistema las promueve es para que ocupen el espacio de otras. Parecen amables, es evidente (por sus efectos secundarios) que no les sientan bien a nuestra autonomía y sin embargo las seguimos formulando. Nos comportamos, pues, como si fuéramos adict@s a ellas, a una línea de pensamiento.

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Quien logra arrancar de su garganta las cuartas y quintas preguntas descubre su diversidad. Unas personas se interesan por aspectos específicos del motor o del diseño de la nave, otras por la comparativa que supone mantener un motor de gasolina frente a uno como el nuestro (solar) o la huella de carbono, las hay que se plantean las estrategias que utiliza el mercado para que tengamos dificultades a la hora de adquirir el material para instalar este tipo de soluciones en nuestros vehículos, y hay quienes han subido al barco para hablar sobre soluciones aún más osadas como la denominada “energía libre”…

Este fin de semana Giacomo De Stefano y David Oliver, con el apoyo del GOB, comienzan una particular circunnavegación en torno a Mallorca. También lo harán del este al oeste, pero sobre un llaut a vela y remo. La razón de esta iniciativa es defender el respeto del agua, compartir, aprender y activar proyectos de economía sostenible. El proyecto medioambiental se denomina “Volta Mallorca” y está abierto a cualquier persona que quiera sumarse a navegar con poco. Imaginar su velero a los pies de la Tramuntana me vuelve a hacer pensar en este espejo rocoso hecho de granos de sal y arena ante el que construimos nuestras señas de identidad y que exige una toma de conciencia y un grado de responsabilidad constante. Espejito, montaña, mar, espejito mágico, ¿quiénes somos es@s que nos miramos?.

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A Adela se le rizaba el mar en las pupilas

BY MARTHA ZEIN

Le dije que la cofradía de Baiona (Vigo) acababa de elegir a una mujer (Susana González Álvarez, percebeira) como patrona mayor y que era la primera en la historia de la Villa. Me lo había comentado la noche anterior Bety, con visible alegría, y a mí me había parecido que el nombramiento permitía aventurar un cambio de mentalidad entre l@s profesionales del sector, al fin y al cabo una mujer es una anomalía en el organigrama del mundo pesquero. “Permitir que los márgenes accedan al poder hace evidente que su centro está agotado y que esa alternativa ha ganado una credibilidad capaz de vencer los prejuicios y los miedos, ¿No crees?”

Adela escuchaba sin cambiar el gesto, simplemente me dejaba hablar, y yo me lo tomaba como una invitación a entrar en su cabeza hasta la cocina.

“Disculpa la osadía porque soy una recién llegada al mundo del mar y lo que digo tiene que ver más con mi intuición que con mi experiencia, pero es evidente que quienes pescan, manejan los barcos y los poseen son hombres agarrados a un tipo de masculinidad, a una forma de hacer y de moverse. Tiene que ser muy difícil romper ciertas costumbres, ¿Verdad?” Adela alzó las cejas, me pareció que sonreía y yo dejé que mi corazón siguiera hablando.

En esos días había oído mensajes contradictorios. Si bien el ambiente del puerto pesquero de Ciutadella (Menorca) era acogedor y el contacto con los pescadores era amable, por mucho que la presencia de “Els amics de la mar” (una asociación que se esfuerza por mantener vivo el legado marítimo) llenara de vida los muelles, el malestar entre los profesionales de las artes mayores era evidente. “¿Por qué están enfadados? Y, sobre todo, ¿por qué no reconocen que lo están?, esa emoción está impidiendo que presten atención al mar, ese mar que tanto amáis. ¿De qué valen las rencillas antiguas, los rencores heredados, las competiciones entre familias? Tienen que terminar agotados y tristes, es descorazonador trabajar así. Imagino las reuniones sectoriales, si alzan la voz no es para exclamar sus derechos sino para dejar de escuchar su dolor. El mar está tocado de muerte, lo dicen las redes cada día, hacen rugir sus motores para no oír que esa vida que tanto aman está dando sus últimas bocanadas,,, y mientras, disimulan, compiten y se odian”.

Hacía varias frases que mi corazón hablaba a sus ojos. Las retinas de Adela son capaces de envolverse en agua, tienen un mar interior. En el cielo las nubes llenaban de sombras la ciudad.

imageNarrar y dejar que las nubes compongan

Me hice navegante de palabras hace diez años. Aprendí esta profesión junto al río Ebro, a fuerza de dormir junto a él y de caminar a su lado del nacimiento a la desembocadura.

En los momentos más frágiles del recorrido fueron apareciendo personas que me confortaban de forma generosa. Sucedió desde el primer día. Pronto entendí que lo increíble no era constatar la bondad de aquellos seres humanos sino comprobar que cada vez que ponía mi sed, mi sueño o mi hambre en sus manos mi lengua se aligeraba. Era tal mi agradecimiento, deseaba tanto compensarles y tenía la mochila tan vacía que lo único que se me ocurría poner encima de la mesa era una historia. Mi intención era contarles un relato caliente como su plato, tibio como su lecho, reconfortante como su abrigo… Y esto me obligó a prestar atención a sus preguntas.

Quienes encontré en mi tercer día junto al Ebro querían saber cómo había visto la tierra y el agua en aquellos escasos sesenta kilómetros que había recorrido. Cuando llevaba cuarenta días caminando mis interlocutor@s me seguían inquiriendo sobre cómo era el agua y la tierra y los habitantes de los sesenta kilómetros anteriores. El río que hacía vibrar, el que lograba esponjar los corazones, era el inmediato y no el remoto, los paraísos que interesaban eran los que ya conocían o estaban en su ruta, los infiernos que asustaban eran los que ardían debajo de sus camas. Lo que querían era asomarse y reconocerse en el espejo de mi relato.

Los ojos de Adela me llevaron a aquel río y, como hice entonces, dejé que fueran sus retinas las que encauzaran mi reflexión. Cuando se asomaba el brillo acuoso, cuando dejaba de pestañear, cuando percibía cómo se acurrucaban sus ojos, soñadores, en sus cuencas, mi palabra se recreaba en una idea y mi relato seguía ese sendero. “Puede parecerte una osadía, yo no sé, yo sólo voy atando cabos”, me disculpaba cuando veía que el agua quería desbordar el cerco de sus pestañas y a continuación guardaba silencio o cambiaba el paso.

A lo largo de los treinta minutos que duró nuestra conversación vimos cómo el catamarán cambiaba de forma: unas veces era caballo alado, otras alfombra mágica…

imageEn un rincón de la mesa, Adela, en el otro, yo, a nuestros pies el agua

Adela me observaba como si lo hiciera desde el fondo de un pozo, de uno de esos pous con los que recogen el agua de lluvia en Baleares, a los que debes encaramarte si quieres ver tu reflejo y que sin embargo saben anidar la luna. Los suyos brillaban, decían lo que callaba la boca, sabían contar aquello que pasaba de puntillas a nuestro alrededor. Los he visto otras veces en otros rostros. En Mallorca he aprendido a escuchar la locuacidad silenciosa, por eso sé que las historias pueden avanzar como lo hacen las aguas de un rio: adaptándose a la orografía del paisaje, sin perder su cauce. Definitivamente, Adela tenía la mirada isleña.

Nuestra conversación fue intensa aunque ella apenas abriera la boca. Me dijo que era hija de pescadores y que su familia seguía viviendo del mar, concretamente del arrastre; le contesté que estaba descubriendo su mundo, que sabía que apenas había diez barcos arrastreros en Menorca y que había asuntos que mi corazón no entendía; me preguntó cuáles y sonreí. Antes de caminar junto al Ebro mi respuesta hubiera sido otra pero recordé lo que ya sabía: los seres humanos queremos que nos cuenten historias sobre nuestr@s vecino@s, nuestr@s prójim@s, enemig@s, amig@s, quienes habitan en nuestros márgenes, se asoman a nuestras vidas y nos contemplan. No lloramos del mismo modo por la muerte de un ser querido que por la de un desconocido, por mucho que en ambos casos se nos parta el corazón. Nuestra capacidad para la simpatía está llena de grados.

Empecé a hablarle de mi primer encuentro con un pescador de artes mayores. Sucedió el año pasado, en uno de los talleres impartidos por el equipo de WWF durante la campaña. Los hombres allí reunidos visualizaban su futuro a medio plazo (apenas diez años) y uno de ellos se atrevió a hablar: Sus hij@s iban a la escuela sin avergonzarse de que sus padres fueran arrastreros, en tierra todos entendían que ellos también amaban el mar. No sé si se había dado cuenta que el trasfondo del juego era desear aquello que aún no había sucedido. Me impactó escucharle, su ignorancia de sí, su malestar disfrazado de reivindicaciones profesionales.

     En esto consiste narrar, ser navegante de palabras

En los ojos de Adela volvió a subir la marea. “Las emociones son políticas, no se puede tomar decisiones de espaldas a ellas, si queréis organizaros de otro modo alguien debería de trabajar las emociones del grupo. He oído que la potencia de los arrastreros de Baleares es la que más se ajusta a la letra de la ley comparado al resto de España (usan motores de 500/600 cv cuando hay barcos que pueden alcanzar los 2000 cv) y que si la fauna y flora del canal de Menorca se mantiene en buen estado es también gracias a vuestra forma de pescar. Tenéis muchas razones para estar orgullos@s del camino recorrido, ¿por qué no aceptáis que estáis vinculados? ¿Por qué las rencillas? Si lo miras bien, es el amor en todas sus manifestaciones (odio, compasión, envidia, tolerancia, el miedo a la crítica…) el que sostiene los ideales de justicia, crea alianzas, suma o resta votos… Alguien tiene que dar este golpe en el timón”.

Adela me regalaba la humedad de sus ojos y yo navegaba en ellos. La noche anterior había buscado los nombres de las mujeres que fueron elegidas patronas en las cofradías gallegas en las elecciones de los últimos días. Quería ver su aspecto, qué modelo de mujer representaban. Al frente de la Cofradía de Pescadores “A Anunciada” de Baiona encontré la frondosa melena de Susana González Álvarez; me llamó la atención el mentón prominente y firme de María Isabel Maroño Vázquez, la nueva patrona mayor de la Cofradía de Pescadores de Ferrol; en Cedeira se estrenaba Lucía Villar Martínez… Era la primera vez que los hombres del sector elegían como líder a una mujer, lo que daba fe de su voluntad de cambio, y con ellas habían apostado por una forma concreta de entender el poder: las tres llevaban años trabajando en el mar y aún así consideraban que llegaban al puesto dispuestas a aprender y las tres decían que tomarían decisiones partiendo de la escucha atenta.

“Imagino que se trata de buscar soluciones desde otro lugar, ¿no te parece?”, le dije a Adela horas después, “el sector se enfrenta a cambios profundos, sobre todo en lo que se refiere a gestión de los recursos, ¿No crees que es un buen momento para dejar a un lado las incompatibilidades personales?”. Y a continuación le recordé una historia que he oído muchas veces en boca del capitán: En una de esas pírricas negociaciones con el hombre blanco un indio del continente americano recordó que no caería en regalos, chantajes o lisonjas porque “no podría ser el jefe si pretendiera hacer lo contrario de lo que mi gente quiere”, el jefe no manda sino que obedece a quienes le eligieron.

Este post va dirigido a los ojos de una mujer de la que nunca supe el nombre y a la que bauticé Adela. Tiene mi misma edad, un pelo canoso y rebelde y se le rizaba el mar en las pupilas. Le agradezco que hiciera hablar a mi corazón.

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Entre los dientes de un monstruo resbaladizo

BY MARTHA ZEIN

Al fin el viento amaina y deja que el mar nos acune. El horizonte se acerca dulcemente. No soy yo quien va (estoy sentada). !Ahí llega!, ¡ahí llega la línea azul!. “Debo de andar teñida”, miro mis manos y la mesa con los restos del desayuno en busca de pruebas. Los últimos tomates ecológicos que nos trajeron del huerto de Annie, el resto del queso fresco de Raúl – uno de los voluntarios del primer turno-, las olives trencadas por Vicenç, el pan de Bego, todo conserva su propio aroma y el color que les dio la tierra, sin embargo hace horas que el futuro entra por proa, vestido de añil. Concluyo que sólo soy capaz de oler el presente, de tocar algunas huellas del pasado, que todo cuanto muerdo es aquí y ahora. Hinco el diente a una manzana, qué dulce acidez. Entre su carne se ha colado un pequeño pánico infantil: me deslizo lentamente en las fauces de un monstruo resbaladizo. Las nubes hacen de labio superior, el aire es su lengua invisible. Cómo y soy comida, qué extraña ensoñación fractal.

image¿La ballena de Jonás no tendría la lengua azul?

Atrás quedó Cala Ratjada (Mallorca), ahí delante aparecerá Ciutadella (Menorca). Navegamos por un espacio que enlaza las despedidas y los encuentros. Esta campaña hace evidente que aquello que solemos concebir como una frontera, como una puerta de salida, un borde o el umbral, es un lugar habitable. En uno de sus mares debemos de estar moviéndonos, fluyendo entre el adiós y los buenos días, besando en la boca a esta quimera resbaladiza hecha de tiempo. Si una gota de mar puede representar a todos los océanos, si un helecho es igual a cada una de sus partes, deduzco que en una escala histórica nuestro catamarán está enlazando el trágico siglo XX de los excesos con este siglo XXI que apenas está ganándose el nombre.

Anoche llegó a mi ordenador el primer poema de mi sobrina Charlotte (7 años) en el que hablaba de un monstruo capaz de hacerla reír: “He was all green and slimy / When he got into the bath” y yo me vuelvo niña. Asomada al borde de una enorme sonrisa cetácea me digo que los seres humanos viajamos en el “durante”, que navegar es habitar el tránsito, que vivir es llegar a ser el que eres, habitar el lugar que vives, llegar a amar a quienes amas, hacerte cargo de tus acciones y pensar tus propios pensamientos. Ser humano es un punto de llegada.

imageLo de arriba como lo de abajo

Observo a la timonel, que ahora es Judith. La veo envuelta en un cielo esponjoso: Azul arriba, azul abajo; el principio de correspondencia. Me detengo en los detalles que me ofrece este instante para entender la ruta de mi escritura, como si el mundo se me ofreciera a modo de texto inmenso. Para l@s narrador@s trashumantes no hay palabras “nuestras”, simplemente pertenecen al camino y de ahí las tomamos, con respeto, alegría y frugalidad. Por eso estoy aquí, espigando imágenes e ideas. Unas veces tienen forma de instantes, otras son frases usadas o ajenas o retazos de libros o ideas fugaces o humildes epifanías o restos de naufragios como el estribillo de una canción olvidada. “Así en la tierra como en el cielo”. Imagen fractal, oración marchita. ¿En cuántos relatos, trascendentes o inmanentes, aparecen enlazados tierra y cielo? Y en ese binomio, el mar ¿dónde queda?

Tiro del hilo. A bordo de este catamarán es fácil experimentar viejos asuntos, como que todo fluye y refluye, que todo asciende y desciende y se mueve rítmicamente como un péndulo y que nada está inmóvil y que, en fin, todo vibra, y que esta experiencia es compatible con preguntas como “¿Dónde estoy?” o “¿Qué estamos viviendo?”. Las respuestas, por supuesto, pueden tener forma histórica, no sólo geográfica o poética; por ejemplo, afirmar que estamos viviendo en el caos de una tiranía compacta en la que están involucradas desde las 200 multinacionales más grandes del mundo al Pentágono, una dictadura que al mismo tiempo es difusa, ubicua y materialmente localizable, capaz de destruir la vida en el planeta en el que opera.

imageConstruyendo puentes

Ha llegado a mis manos el libro “El siglo de la gran prueba”, de Jorge Riechmann. En él este poeta, filósofo y ambientalista recuerda que “el arte de la verdadera política” es el de “la política para que haya humanidad, de la política informada por la conciencia de fragilidad, la aceptación de la finitud humana y el respeto a la dignidad del otro“. En esta era de la información y el intercambio de datos, el compromiso político consiste en demostrar que de lo que digo respondo con mi persona y de lo que hago respondo con mi palabra. Palabra y obra, vasos comunicantes. Este compromiso individual y cotidiano puede ser una flecha dirigida a nuestr@s líderes pero también la base de un ideario y de una estrategia de empoderamiento colectivo. Navegar a bordo del WWFSolar es una forma de expresar estos planteamientos.

Envuelt@s en futuro, mientras muerdo el presente y recorro las costas de Baleares, cada conversación a la que asisto es un acto político, cada opinión una forma de testimonio, como sucedió la noche en la que Sergi llegó nadando al barco.

Mientras fuera caía el sol, Sergi puso encima de la mesa el concepto de “custodia del territorio” y fuimos picando de su plato en animada charla nutricia. Fue así como hablamos de corresponsabilidad, de nuevos modelos de gestión y gobernanza, de cooperación, de alcanzar el bien común…  Por lo que entendí, custodiar el territorio es un verbo que en tierra declinan propietari@s y usuari@s pero que en el mar, al no existir la propiedad privada, puede hacerlo cualquiera que se sienta implicado en el cuidado de los espacios marinos. Consiste en ir más allá del respeto individual hacia nuestro entorno, supone “trabajar en red”, desarrollar mecanismos de colaboración entre la sociedad civil, la comunidad científica, l@s trabajadores de la tierra o del mar, l@s propietari@s de las parcelas y la Administración Pública de modo que se puedan alcanzar “acuerdos voluntarios”. Cuando éstos van más allá del aspecto testimonial y tienen capacidad ejecutiva, alcanzan la categoría de “cogestión”.

imageNavegar en un texto…

Sergi sabe de lo que habla, es miembro del GOB-Menorca, director de OBSAM (Observatorio Socioambiental de Menorca) y coordinador la Xarxa de Custodia del Territori. En la reunión también está Bego, una bióloga que tras su jubilación continúa implicada de una manera activa en actividades de custodia como la que lleva a cabo la red Observadors del Mar. Desde hace unos meses forma parte de una red de casi 600 observador@s que ofrecen sus datos y fotos a la comunidad científica para que ésta pueda conocer cómo el calentamiento global, la contaminación, la sobrepesca, las invasiones de especies, etc… están amenazando el ecosistema marino. Hay proyectos de investigación que recogen información sobre especies indicadoras de fenómenos de cambios como las gorgonias o las medusas, otros buscan conocer mejor la biodiversidad en el Mediterráneo (detectando, por ejemplo, las esponjas amenazadas), cuantificar el incremento de esta problemática, concienciar a los ciudadanos a hacer un uso responsable del mar…

La experiencia de quienes van subiendo en constante cuentagotas al WWFSolar llena de matices el lema de la campaña: “Compromesos amb el mar”. Como marinera del catamarán voy metiendo en mi cuaderno de bitácora palabras fascinantes, términos que no había pronunciado antes. Extraños peces. Esta mañana he pescado un concepto que estoy deseando digerir: “esfuerzo pesquero”. En el entorno marinero se trata de una medida de intensidad de las operaciones de pesca determinada por las artes (equipo empleado para la captura), los caladeros (zonas donde se colocan las redes de pesca), el tiempo de la extracción… Nada más oírlo pregunté quién es el que hace el esfuerzo y me miraron de forma condescendiente. Está claro que no sólo soy de letras sino que soy más terrícola de lo que puedo llegar a imaginar. En el fondo de mis oídos rió el monstruo resbaladizo (“He’s a little strange / He sleeps in our bin”, me recordó anoche Charlotte).

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En la vida cotidiana de l@s terrícolas “esfuerzo” se identifica con sufrimiento gracias a una cadena de equivalencias que nos llevan a enlazar lo que el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española entiende como “Empleo enérgico de la fuerza física contra algún impulso o resistencia“ (es decir, “esfuerzo”) con el término “sacrificio”. Según la quinta acepción del citado Diccionario sacrificio es el “Peligro o trabajo graves a que se somete una persona“. Sin ninguna duda la mayoría de los seres humanos hemos experimentado sufrimientos al esforzarnos en el logro de alguna cosa, este sufrimiento es el que nos lleva a asimilar esfuerzo con sacrificio.

Pues bien, ¿Qué hace la palabra “esfuerzo” en el seno de una actividad económica? ¿Eh? ¿Dónde coloco yo ese término en mi contabilidad cotidiana? Cómo directora de una productora de documentales me costó mucho hacer encajar mi actividad artística en el término “coste” y ahora resulta que existe un rincón en el mercado en el que es posible calcular el “esfuerzo” en términos económicos. Si están dispuestos a reconocer que el esfuerzo es cuantificable y puede tener valor monetario, que alguien me diga quién hace ese esfuerzo/sufrimiento/sacrificio ¿No?

Como la risa de la ballena es cada vez más alta, decido resolver yo sola el enigma, o al menos llevarme una respuesta a la boca para que esta sensación fractal llegue a un equilibro (me comen, yo como), de modo que acudo a un glosario “formal”. Encuentro la siguiente definición en el diccionario de ecotropía : “El esfuerzo pesquero QUE EJERCE UN BARCO puede definirse como el producto de su tiempo de pesca y su capacidad pesquera, entendiendo ésta como el potencial de la embarcación para capturar peces”. !Eureka! Si el esfuerzo lo ejerce un barco (en términos de sufrimiento el verbo sería “inflinge”) se supone que lo hace sobre alguien o algo, es decir, que en esta relación el barco es la parte activa mientras que la pasiva es el entorno marino. Salto de la silla. ¡Menudo hallazgo! No puedo dejar de brincar. !El impacto de nuestra actividad pesquera ha logrado no ser expulsada de la contabilidad nacional e internacional! ¡Lo que hoy llamamos huella ecológica se enlaza con una palabra resiliente!, !es importante!, !importante!.

Mi tesoro no parece excitar demasiado a mi alrededor y sin embargo a mí me asalta un aluvión de ideas. El hecho de que en el mar no exista propiedad privada quizá haya permitido que la Historia de la humanidad no haya cerrado la puerta a la fragilidad de esta parte de la naturaleza y a nuestra dependencia de él. Uhm, ganarse la vida en negociación constante con el mar, el viento, el sol… me parece cada vez más subyugante.

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La semana pasada, apostada en el bar del muelle de Cala Ratjada (Mallorca), vi regresar del mar a arrastreros y barcas de artes menores. Les observé intermitentemente, en tierra cuando el viento de Levante nos permitía abandonar el catamarán con confianza y en cubierta cuando el mar demandaba atención. L@s expert@s del WWF organizaban el primer taller participativo de la campaña con la cofradía de pescadores de la localidad. El dueño de la taberna, Gaspar, me contaba que si en el año 2008 el Ministerio de Medio Ambiente y el Govern balear crearon la Reserva Marina de Interés Pesquero de Cala Ratjada fue por iniciativa de la Cofradía de Pescadores y que ha sido su capacidad de decisión lo que ha permitido la apertura de una pequeña lonja en el puerto. La lonja ha permitido que el mundo se haga un poco más coherente. Apenas hace tres meses que la población del lugar accede por vez primera en su historia a un pescado fresco que hasta ahora siempre veían pasar de largo, pues iba del mar a la lonja de Palma, con el consabido incremento de precio. Mientras, en el otro lado del puerto, apenas a 500 metros de nuestro amarre, el barullo de los turistas incrementaba con cada gol de Alemania en el Mundial de fútbol.

En invierno el municipio está habitado por 11.000 personas, una cifra que alcanza las 40.000 durante los meses de verano, la mayoría jóvenes alemanes que llegan a la localidad de la mano de touroperadores que les prometen fiestas de alcohol y sexo a precios ridículos. La cifra me la dio el propio alcalde, Rafael Fernández, cuando se subió al catamarán acompañado de algun@s miembr@s de su equipo de gobierno. Nada más oírle recordé que es la misma proporción que soporta Formentera y que hace insostenible su modelo económico, deja seca a la isla, multiplica hasta un doloroso absurdo el tráfico de botellas de agua y de alimento, encarece la gestión de residuos y convierte en un acto minoritario cualquier movilización local que defienda la sostenibilidad de su entorno. Cualquier decisión pública se ve distorsionada por esta avalancha de personas que esquilman a su paso todo lo que encuentran: cultura, medio ambiente, economía… Nuestra cadena trófica se desequilibra con este modelo turístico, en Cala Ratjada y en Formentera por goleada de 1/4.

“Nuestras economías son predominantemente economías de servicios, si nos atenemos a la asignación de fuerza de trabajo. Pero dependen, no menos que hace un milenio, de una producción adecuada de alimentos” explica Vaclav Smil, científico checo/canadiense y analista político en “Alimentar al mundo -un reto del siglo XXI” y yo no puedo evitar recordar esa palabra resiliente, “esfuerzo” (pesquero) y sentir que el mar es una fuente de recursos y alimentos.

Llueve. Ayer nos pilló paseando por la costa y hoy en el WWFSolar. Encontramos refugio en un búnker abandonado. Ví caer la lluvia por un ventanuco, entre las piedras se colaba un hilillo de agua y pensé “Llueve en el vientre de la ballena”. Aquí, ahora, se deshace el cielo sobre el tejado solar (arriba agua, abajo también) y yo me imagino navegandoentre los dientes de una extraña ballena.

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La militancia de las hormigas

BY MARTHA ZEIN

Ron y mujeres; ron y sexo; ron y afecto; que alguien entibie este corazón y el calor llegue al estómago y el olvido permita que se cerquen sólo los buenos recuerdos. He sentido esta suma varias veces durante las últimas semanas, anoche fue la última. Las largas travesías son un balcón a lo inmenso y más en un barco tan desnudo como éste.

El mar está siendo generoso y el sol se empeña en alimentar nuestras placas pero el viento parece dispuesto a recordarnos cada día que somos seres vivos y por tanto frágiles y que la consciencia de la propia vulnerabilidad es lo que nos hace supervivientes. En medio del temporal ha vuelto a mí, una y otra vez, la voz de Nuria explicándome que la botella nunca está medio llena o medio vacía porque eso que consideramos “nada” es también una “sustancia” que existe, afecta, tiene aroma, humedad… Y yo no he dejado de imaginarme colada en una de esas botellas de cristal en las que los barcos parecen atrapados para siempre en medio de una tormenta.

Me lo contó aquella tarde en la que el mar azuzaba el catamarán en la bahía de Palma. A la altura de Can Pere Antoni un puñado de personas manifestaban su rechazo a las prospecciones y al otro lado de esa orilla ella hablaba del necesario cambio de mentalidad que da lugar a empresas de comunicación como la que acaba de montar (“MOM”), en la que los valores vinculados con la maternidad se aplican a sus compromisos laborales.

El cuidado, que fue expulsado por el neoliberalismo de la contabilidad nacional a mediados del siglo pasado, vuelve a ponerse encima de la mesa de las negociaciones políticas, de la economía. Ahora cuenta hacerse cargo de la condición finita de cualquiera de los seres humanos; ahora reconocer la presencia de los otros no sólo implica verles como una amenaza sino cómo seres entre los que existe una inevitable interdependencia. ¡Claro que la botella está siempre llena! Ahí estaba el viento, haciendo evidente que eso que llamamos “nada” puede tener la fuerza de un temporal y desbaratar a su paso el significado de “mucho”, “poco”, “éxito”, “fracaso”, “mayorías”, “minorías”, dejando antiguas ciertas aritméticas.

El WWFSolar se unía de manera silenciosa y ostensible a la defensa de la paralización de las prospecciones de hidrocarburos previstas en el Mediterráneo occidental y lo hacía dando saltos sobre las olas, rotundamente presente y evidentemente frágil. Nuria hablaba de las botellas siempre llenas y yo me sentía feliz a bordo. La tripulación contaba también con la presencia de una niña de meses y con Mika, la presidenta del GOB de Mallorca (una de las entidades que forman parte de Marea Blava Mallorca, la plataforma que convocaba aquella concentración en tierra). Esta suma hacía evidente que la vulnerabilidad es el máximo común denominador de todo lo vivo, la razón que nos permite asomarnos a la inmensidad y sus atajos, por eso la voz de Nuria ha estado recordándome que la botella también está llena de mar y de intangibles y furiosos vientos racheados.

Nada más llegar a Cala Ratjada exclamé anoche ¡Ron y afecto!. Llevaba la mandíbula encajada, los pies agarrados al suelo y el cuerpo hecho una amapola: si soy vulnerable, hasta aquí he sabido llegar, la muerte continúa esperándome, la vida me sigue eligiendo. Ya sé que no sucedió “nada”, que en peores mares hemos navegado, pero el viento y yo llevábamos muchas horas hablando y eso es intensamente “algo”. Entre otros asuntos, nos habíamos dedicado a echar cuentas, de esas en las que uno y uno no son dos y dos mas dos son más de cuatro.

Ahora podría ser más racional, puedo decir que un objetivo que beneficia a un montón de individualidades mide su éxito económico con indicadores que van más allá de los valores de cambio (el dinero) como son el bien social, el ecológico, el democrático… pero anoche tenía la garganta seca, la taberna de Cala Ratjada estaba cerrada y en el muelle no esperaban pescador@s, contrabandistas, piratas ni mariner@s. Por eso agarré el cuaderno de bitácora y escupí un par de líneas: “Esta noche el faro y el rayo compitieron por darnos luz. El cielo se tiñó de blanco. El puerto, el puerto…”.

Hacía menos de 36 horas que habíamos inaugurado oficialmente la campaña y sin embargo parecía que había transcurrido un siglo. Amarrada al muelle, sin ganas de dejarme llevar por el sueño, sentía la resaca de quien ha sido superviviente, no importa la dimensión de la tragedia. No importa si el naufragio ha sido en los brazos de alguien, en la marea de una cama vacía, en los grandes salones de la corte… Cuando una lleva medio siglo viva siempre hay algún naufragio del que se ha salido. Por eso, brindando al cielo, seguí haciendo ese tipo de cuentas que hacemos l@s que fuimos de letras. Por ejemplo, recordé con media sonrisa que la campaña del WWFSolar no había hecho más que empezar y sin embargo acabábamos de cruzar el ecuador de nuestro periplo. Esta es, de hecho, la quinta de las diez crónicas previstas. Tardar tanto en llegar al punto de partida como en alcanzar la meta (el cierre de la campaña será el tres de agosto) me pareció una paradoja sensual: Acercarse a la boca del ser amado puede ser un acto tan estremecedoramente largo como el propio beso.

El WWF había comenzado la campaña “Compromesos con el mar 2014”, ya estábamos en Cala Ratjada, el primer puerto del recorrido, desde hacía unas horas todo era morderle los labios al Mediterráneo… ¡Que corran las botellas siempre llenas! Estaremos aquí hasta el domingo con un claro objetivo: sensibilizar sobre la necesidad de una pesca más sostenible, recordar que los recursos pesqueros están sobreexplotados (especialmente en el mar Mediterráneo), apoyar a las cofradías de pescadores en su evolución hacia artes de pesca menos invasoras, explicar la guía de consumo responsable de pescado e informar a quienes se asomen al catamarán del desarrollo y utilización de las energías renovables. ¡Eso es!

Al día siguiente llegaría el primer grupo de voluntarios, apenas quedaban unas horas para el amanecer, pero la oscuridad se me ofrecía una inmensa pizarra en la que podía escribir sumas infinitas y yo no quería cerrar los ojos. Se me había colado dentro esa constante que hace que todo el océano pueda estar escrito en un grano de sal, ese punto común que es capaz de enlazar miles de reivindicaciones y de vincularme con millones de personas.

“Es grande el cielo / y arriba siembran mundos”, dejó dicho Octavio Paz (poema “Estrellas y Grillo”, del libro “Arbol Adentro”). Las últimas once millas las deshice mirando la luz del faro, con ese deseo de alcanzar la tierra que permite encontrar la eternidad en una hora. No importa que no hubiera luna ni que entrara la lluvia por estribor, esas estrellas borradas por la tormenta hace billones de años estuvieron juntas en un solo punto. Me gusta pensar en ese punto como un resultado y no tanto como un origen del que nos vamos alejando. No nos podemos separar de aquello a lo que, como seres mortales, siempre volvemos.

image Carmen y Rodrigo, una pareja comprometida

Durante la navegación los monólogos están tan interrumpidos por los fenómenos de la naturaleza que deberían entenderse como un diálogo. La de ayer fue especialmente larga. Antes de llegar a tierra le había contado al viento que Rodrigo llama “Micromovilización constante y generalizada” a esa suma de iniciativas que están demostrando ser una eficaz palanca de cambio en el terreno político. Él, Carmen y sus hijas fueron las primeras personas que subieron a bordo cuando alcanzamos Mallorca tras varios días de travesía desde Alicante. La isla recibía al WWFSolar a la altura de puerto Adriano y allí nos esperaba esta pareja de ciudadan@s comprometid@s, en uno de los espigones contra el que tanto pelearon hace años. La ampliación de estas instalaciones deportivas, situadas en medio de las reservas marinas de El Toro y de les Illes Malgrats, se llevó por delante en 2007 cinco hectáreas de posidonia, a pesar de las directivas europeas que protegen esta especie, de que la UNESCO las hubiera declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad y de los informes desfavorables de los técnicos de la Administración Pública. El Ayuntamientp de Calvià contó con el apoyo del Ministerio de Medio Ambiente (de Jaume Matas) que resolvió a favor de la ampliación.

¡Cinco hectáreas! ¡Qué herida más grande!. Carmen aún se estremece, por la pérdida de la belleza, de la vida en el mar y por las deslealtades. Ahí están las lujosas embarcaciones esperando a que sus dueños las saquen de paseo, amarradas sobre un fondo de arena calva.

Guardo en el ordenador mi último encuentro con una pradera de posidonia. En aquel rincón de la costa de Ibiza el mar no era azul, sino verde. Antes de lanzarme al agua contemplé el esponjoso fondo. Aquellas plantas que de forma tan natural vimos florecer en otoño en Formentera, que acariciaron nuestros pies en los breves chapuzones de invierno y cuyos frutos flotantes (una especie de olivas de mar) se asomaron a nuestros ojos en primavera, son el hábitat de cientos de organismos que encuentran entre sus tallos y hojas alimento y protección.

Hoy, la asociación a la que pertenecen Rodrigo y Carmen, SOS Can Vairet, sigue plantando cara a los favores que el Ayuntamiento de Calvià concede a la empresa que explota las instalaciones portuarias, Ocibar. Por ejemplo, ahora ha cerrado de forma definitiva el acceso natural a la Caleta de El Toro, sustituyendo el paso que había hasta ahora por una escalera metálica. Esta instalación “no es más que otro paso adelante en la dirección de privatizar ´de facto´ el acceso y la propia Caleta”, explica Carmen.

“Desvelar la realidad es una forma de militancia, pues permite a la ciudadanía tomar decisiones libres y conscientes”, comenta. Para ella, informar sobre los verdaderos intereses que mueven las decisiones políticas es una labor primordial a la que dedica muchas horas al día de forma altruista. El bien común, la constante, puede encarnarse en un grano de sal, durar una hora eterna, palpitar en algo tan frágil como en una pradera de posidonia.

Apenas hace veinte millas, la defensa de la posidonia fue capaz de enlazar Can Vairet con Porto Colom, dos puntos alejados de esta isla. Las previsiones anunciaban que el viento amainaría al caer el sol, de modo que aguardamos en su puerto a que llegara ese momento. Fueron tan sólo un par de horas, el tiempo suficiente como para que se asomaran al catamarán un puñado de miembros de la plataforma Salvem PortoColom. Llevaban consigo los carteles de las primeras “Jornades per a la conservació de la Posidònia” que empiezan este fin de semana y culminan en agosto con conferencias y mesas redondas. Su reivindicación es clara: defender la salud del Mediterráneo recordando a l@s navegantes que no lancen el ancla sobre estas praderas submarinas. Aunque existen boyas, sus gestores han puesto unos precios demasiado elevados y esto provoca que muchas embarcaciones opten por fondear incontroladamente sobre la posidonia sin que ninguna autoridad se lo impida.

imageSalvem PortoColom en defensa de la posidonia

Este recorrido por las Baleares no ha hecho más que empezar y no ha habido día que no hayan aparecido en el barco una iniciativa diferente, una reivindicación nueva, una manifestación minúscula del cuidado por el entorno. En una isla, la calle y la naturaleza, el mar y las plazas, son espacios públicos, bienes progresivamente desmantelados por la privatización y el neoliberalismo, por formas cada vez más aceleradas de desigualdad económica y tácticas antidemocráticas de lo autoritario. Por eso la defensa de la salud del Mediterráneo es un acto político constante para cientos de micromovilizaciones en Baleares, reivindicaciones que normalmente las grandes urbes olvidan y los terrícolas relegan a un segundo lugar en sus apretadas agendas políticas.

Quedan por delante jornadas en las que preveo decenas de encuentros singulares y reivindicaciones llenas de matices, quizá por eso anoche empecé a hacer sumas en la oscuridad, para agrandar el espacio de las ecuaciones y dejar que aparezca la constante. Llegan desde otros rincones de este planeta los mensajes de quienes cuidan su entorno y a sus gentes de forma individual y colectiva, desde la militancia o el compromiso diario o el arte.  Sonrío al pensar en las sumas que permiten enlazar el agua que mana de una cueva como la de Hundidero-Gato en Málaga con esta isla del Mediterráneo. Agua somos y en agua nos convertiremos, ¡viva la belleza y la vida!.

Seguí brindando durante horas, ebria de noche. Antes de que cerrara los ojos llegó a mi ordenador la versión digital y gratuita de “Exportando paraísos. La colonización turística del planeta”, un libro escrito por Joan Buades, publicado por vez primera en 2006 y acompañado ahora de un nuevo prólogo del geógrafo (y amigo) Ivan Murray. Ahí va el link: http://www.albasud.org/noticia/ca/573/exportando-para-sos-la-colonizaci-n-tur-stica-del-planeta

Y ahora sí, buenas noches.

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“Lost in translation” (el laberinto, el extravío)

BY MARTHA ZEIN

Siete de la mañana. Desde la radio costera de Cabo La Nao Salvamento Marítimo avisa de la pérdida de la radiobaliza de un barco llamado “Garañón” en un lugar indefinido del golfo de Valencia. A más de cien millas de distancia, desde Palma, las mismas autoridades alertan sobre este accidente a los habitantes del mar. El satélite recogió la señal de alarma del transmisor a las cuatro de la madrugada pero no logran fijar sus coordenadas.

Una pequeña caja flotando en medio del golfo me acerca a la sombra de los naufragios. La voz masculina vuelve a repetir desde el canal 16: “Pan-Pan, Pan-Pan, Pan-Pan. Llamada general, llamada general, llamada general. Aquí Cabo La Nao Radio…” Su estructurada y periódica letanía transforma el mar en un laberinto líquido en el que no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso. Navego en su interior, por tanto soy un ser irremediablemente extraviado. El GPS indica que quedan 57 millas hasta nuestro destino; la exactitud de mi astuta herramienta no niega que el mar tenga el poder de la indefinición.

Las previsiones anunciaban que el tiempo sería cada vez más adverso, por eso hemos optado por abandonar la costa peninsular lo más rápidamente posible, una ironía si se tiene en cuenta que en el mejor de los casos nuestro catamarán solar no supera los 6 nudos por hora. No necesitamos que el viento arrecie, ni que venga en contra, ni que el cielo se tiña de gris, sin embargo la margarita ha empezado a deshojarse. Por el momento los nubarrones se ordenan por babor y por estribor, dejando un pasillo azul precisamente en la dirección a las islas, lo que me anima a seguir esa linea recta que aparece en la pantalla y en la que no termino de creer porque sospecho que podría doblarse y desdoblarse en infinitos puntos entre los que cualquier nave podría ir y volver, rebotar, dar vueltas… La duda me asaltó hace un puñado de días, mientras Jean Paul vaciaba las entrañas de nuestro velero.

Tras 43 años juntos, el agotado motor Perkins del GoOn quedaba expuesto al sol del varadero del club Náutico de Palma, dejando un rastro de grasa y lodo tan oscuro como la sangre seca. Tradicionalmente los pescadores han bautizado sus embarcaciones con nombres de mujer, (quizá para no olvidar que aman, que desean el cobijo de un vientre femenino…) de modo que me imaginé que asistía al parto del GoOn. En esas andaba cuando se posó en mi cabeza el título de un cuento de Borges: “La Muerte y la brújula”. El protagonista del relato explica a su asesino que sabe “de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective” y a mí me dio por pensar que cuando marcamos la ruta en el navegador siempre es recta. No hay máquinas ni compases que tracen curvas en las cartas náuticas.

imageJean Paul, Toni y el vientre del GoOn

Sentí un pequeño vahído, como si la desentrañada fuera yo y no mi velera. Habíamos regresado por segunda vez a Mallorca en menos de una semana, al día siguiente volveríamos a zarpar rumbo a Alicante, en esta ocasión en ferry. Una fuerza centrífuga desconocida nos devolvía una y otra vez al punto de partida. Ante mí se abría el misterio de las líneas rectas.

Pan, pan. Pan, pan. Pan, pan. Llamada general…” Ahora es otra voz masculina la que da las mismas claves. En un lugar llamado “Salvamento Marítimo” han debido de cambiar los turnos. Reviso el azul en busca de alguna huella. Esas no son las sombras de las nubes en el agua sino de las alas de esas aves fantásticas que durante siglos habitaron en los confines del mar. Se dirigen a la costa, en sus picos llevan flores malvas que esta noche trasgos y hadas frotarán en los ojos de l@s amantes. Aunque no lo indique el GPS (nuestro virtual hilo de Ariadna) por el horizonte se asoma lentamente la noche de San Juan. Una de ellas se posa en cubierta. Es una niña del paraíso, veo como se atusa sus plumas en un mástil que no tengo. Me dice su nombre: Sara.

image Sara, ave del paraíso

Aletean mis párpados. Pere y José Luis Secorún realizaban un nuevo capítulo para el programa de televisión Thalassa (TV3). El protagonista de la pieza era Manu Sanfélix, director de documentales submarinos de National Geographic, frente a cuyo club de buceo estuvimos amarrados todo el invierno. Manu lleva meses grabando los fondos marinos del planeta, desde el Artico hasta el Ecuador pasando por este maltratado Mediterráneo Occidental.

El ir y venir de estos hombres me envolvió en el viejo aroma de los rodajes y en esa particular observación del mundo que exige el cine, con sus planos, contra planos, saltos de eje, racords… Después de 25 años narrando temas medioambientales, en contacto con los conflictos y las soluciones que afectan a la salud de este planeta, poseen un punto de vista ecléctico sobre cualquier asunto vinculado con la naturaleza y eso se refleja en su forma de moverse, hacia dónde miran, dónde se paran. Fueron con el capitán a la duna para hablar sobre la “sobrefrecuentación” de los espacios naturales y nada más llegar repararon que las suaves curvas de la playa se habían transformado en sólo unos días en arena batida bajo los pies de cientos de turistas.

Apenas estuvimos tres días juntos, pero fue el tiempo suficiente como para recordar que quienes narran el mundo saben convertir las historias en corredores infinitamente divisibles. El apasionante juego que ofrecen los flashbacks, las acciones paralelas, los trucos del suspense, etc. se convierte con el tiempo en un camino de conocimiento. Me lo contaron los ojos de los hermanos Secorún: “la vida es una sucesión de encrucijadas en las que pueden suceder interesantes extravíos“. Vuelvo a los míos; yo también sé desdoblar el tiempo.

imagePere, José Luis, el capitán y la arena

Con la extraña euforia de una enferma que al fin encuentra el diagnóstico, sonrío a nuestro catamarán; ahora comprendo la naturaleza de los laberintos, son un espacio donde hallar todo lo que no tiene sitio en los mapas. Puedo fabricarlos con un solo pestañeo.

Mis pulmones se inflan. Levanto la cabeza. Sara no está. En el aire flota el aroma de la flor del pensamiento. Regreso al horizonte. Nos acercamos a la costa de una remota isla. Tiene aspecto de luna creciente. El mar se adentra por entre sus cuernos hasta formar una inmensa bahía rodeada por todas partes de colinas que le ponen al resguardo de los vientos. La reconozco, es Utopía, también conocida como “en ningún sitio”.

Según relata Thomas Moro, fue descubierta en el siglo XVI por Rafael Hitlodeo, un aventurero que había formado parte de las exploraciones de Américo Vespuccio por el Nuevo Mundo. En busca de lugares amables tomó las riendas de su destino y fue saltando de nave en nave (“Los primeros barcos que toparon eran de quilla plana, y las velas estaban zurcidas de mimbres o de hojas de papiro. En otros lugares las velas eran de cuero. Posteriormente encontraron quillas puntiagudas y velas de cáñamo…”) hasta llegar a Utopía, un lugar cuyos habitantes viven en perfecto equilibrio social, económico y político.

Alcanzar su orilla no fue una empresa fácil. Allí “cualquier desembarco está tan impedido por defensas tanto naturales como artificiales, que un puñado de combatientes podría rechazar fácilmente a un numeroso ejército“, le gustaba recordar al explorador. Sólo arriban a esta isla quienes llevan en sus venas sangre utópica o los seres afortunados y Hitlodeo pertenecía a este último grupo.

imagePlano de la isla “Utopía” levantado por Thomas Moro

Desde su descubrimiento son muchas las naves que han puesto rumbo a sus costas. Los gobiernos obtusos la temen, por eso sus notarios recuerdan con profusión las expediciones que naufragaron en el camino mientras relegan al olvido aquellas que alcanzaron su resguardo. Para nublar este destino llevan siglos fabricando laberintos administrativos minados de caminos que se bifurcan. Su frenética actividad no ha impedido que cientos de embarcaciones sigan zarpando hacia ese destino; en sus tripulaciones llevan vigías capaces de ver entre líneas.

Como ell@s, desdoblo la que marca el GPS. Sé qué en alguno de sus puntos podríamos cruzarnos con el SolarPlanet, el barco solar más grande del planeta.  Hace cuatro años que inició la vuelta al mundo defendiendo la democratizaciòn de la energía a partir de fuentes renovables, poniendo de manifiesto que cada individuo puede generar su propia energía solar, almacenarla y hacer buen uso de ella. Compartimos con ese inmenso catamarán un mismo código genético pues algunos ingenieros que participaron en la fabricación del WWFSolar colaboraron en su construcción.

Ahí vuelve Sara. Esta vez viene acompañada de Iñaki, uno de los trasgos del sueño de una noche de verano. Llevan meses ensayando en las jarcias del pailebote Rafael Verdera un hipnotizador aleteo. Trazan ante mí un par de piruetas. Les pregunto si estarán en la inauguración de nuestra quinta singladura. Será en el Club Náutico de Palma, el 1 de julio: “Un grupo de modelos con el cuerpo pintado de peces realizarán una performance, 30 niños de la Escuela del Mar del Club Náutico saltarán con nosotr@s al agua y…

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El viento empieza a aumentar su intensidad. El anemómetro indica que hemos superado los veinte kms/hora. El soñador de nuestro laberinto debe de haber puesto en marcha su imaginación. En la línea que dibuja el horizonte leo: “Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, puedes anular su estolidez“. Sonrío. Comprendo la jugada. Sé orientarme en estos corredores porque ya los descifró el detective de “La muerte y la brújula”: “Cometa un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy”, le dijo a su asesino.

El actual gobierno ha encerrado a l@s defensor@s del Ebro en un laberinto parecido, hecho de leyes, planes parciales, prebendas sectoriales… con el que pretende dividir el río y ahogar el grito “Lo riu és vida” que desde hace más de una década aúna a l@s habitantes de su ribera. Afortunadamente entre ellos hay experimentad@s vigías utópic@s, como l@s miembr@s de la Plataforma en Defensa de l’Ebre (PDE). La estrategia de estos defensores del río es doble: deciden en cada encrucijada cuál es la opción que conviene tomar e integran estas soluciones en una perspectiva más amplia que les permite conjeturar la forma global del laberinto que ha creado por la Administración y así prever la próxima encrucijada y su solución.

“¡Se trata de entender la “gramática” del asunto!” exclamo y miro al cielo. Busco a Iñaki y Sara, pero han vuelto a desaparecer. El capitán me reprende. “Están prohibidos los cabeceos durante las guardias”. Miro de soslayo el GPS. He logrado desdoblar en cien caminos una milla. Soy mejor vigía de lo que imagina.

imageIñaki y Sara danzando en las jarcias del pailebote Rafael Verdera

 

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Una tripulación paralela

BY MARTHA ZEIN

Ya empiezan a enrolarse. Son pequeños peces que salen de las bocas de quienes nos acompañan o de quienes se acercan a despedirnos. Saltan a bordo como si temieran ser devoradas o desaparecer para siempre en las gargantas. Son esas frases que se dicen al azar y que se quedan colgadas en el perchero de este enorme salón azul en el que se mecen nuestras conversaciones. Hago como si no me diera cuenta de su presencia. Dejo que se sientan a salvo, y al caer la tarde, cuando el sol se apaga, las recojo. Son mis pequeños tesoros, mis fetiches, mi tripulación privada.

Silvia y Mercedes dijeron “como el anuncio de Ernest Shackleton” mientras hablaban de las motivaciones y sus nuevos proyectos. Cuando me quedé a solas volví a la frase perdida y dejé que hablara. “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. Por lo visto respondieron a este anuncio más de 5.000 aspirantes, entre ellos “tres chicas deportistas” que evidentemente no fueron seleccionadas. Son Peggy Peregrine, Valerie Davey y Betty Webster. En su breve carta decían: “No veo por qué los hombres deben tener toda la gloria y las mujeres no, sobre todo cuando hay mujeres igual de valientes y capaces”. Allí estaban ellas, abriendo nuestros caminos hace cien años. Transformo la frase y le doy un sitio en mi tripulación. Aparece así en mi cuaderno de bitácora: “La Antártida no siempre está donde se la espera ni donde todos la ven”.

tres chicas deportistas

Así arranca la carta de Peggy, Valerie y Betty.

El explorador irlandés preparaba su tercera incursión en territorio antártico. El grupo de hombres que le acompañaron fueron 27: un cocinero, dos cirujanos, un geólogo, un físico, un meteorólogo, un fotógrafo (sí, también había una cámara, como en el GoOn) y un artista para documentar el viaje, entre otros. Me interesa entender el criterio que tuvo Shackleton a la hora de montar su equipo porque yo también estoy formando mi íntima tripulación. Me entero que sus encuentros con los aspirantes no duraban más de cinco minutos. Junto al conocimiento científico y la experiencia náutica valoraba el sentido del humor.

Observo a mi primer fichaje. Me gusta. Es una frase fértil. Cada vez que vuelvo a ella me regala una reflexión. Ahora me ha hecho recordar que aquel Polo Sur que hace cien años fue capaz de atrapar al buque Endurance entre sus muros de hielo hoy está desapareciendo. Sus glaciares están en retirada y hacen que mares y océanos aumenten su nivel. Antes de que termine el siglo subirá hasta un metro de altura.

Hay una parte de mí que se regocija: ¡A la porra el boom turístico y su obsesión por las “primeras líneas”!. Es sólo un arrebato. El 80% de Maldivas se encuentra a menos de ese metro de altura. De golpe me siento flotando en un vaso a punto de desbordarse. Está llegando el tiempo de la desaparición de miles de orillas. Pienso en los habitantes de esas 1200 islas. Su tierra se va hundiendo lentamente cada día. Milímetro a milímetro, alcanzarán el anunciado metro dentro de cuarenta años. ¿Huirán, levantarán muros, vivirán encaramad@s en palafitos en medio de la nada?. Las islas del planeta se están hundiendo sin necesidad de movimientos sísmicos, sólo quienes viven en los continentes pueden mirar hacia otro lado.

antartida.-_el_deshielo

Bloques de hielo de la Antártida, el envés de las paredes calizas

Busco el diario de viaje del comandante del Endurance. “En los témpanos, los hombres se turnaron para cavar desesperadamente trincheras en torno al buque agonizante. Dentro de éste, el sonido del agua que entraba y el clic clac de las bombas se elevaba por encima de los gemidos de las torturadas vigas”. Arrebujada en mi camarote, escucho los crujidos de nuestra pequeña nave y conecto con la fragilidad. “No tengo duda que la providencia nos ha guiado… Yo sé que durante aquella larga y terrible marcha de 36 horas sobre las montañas sin nombre y glaciares, a menudo me parecía que éramos cuatro y no tres”.

Aparece ante mí la providencia. Abro mi humilde cuaderno de bitácora y emborrono otra idea: “Aceptar la presencia de lo imprevisible o de lo que ignoramos, en eso consiste navegar”.

sirena En manos de Judith encontré el retrato de la providencia

10 de la mañana. Llevamos navegando un par de horas. Intento centrarme en la información que da la sonda. El capitán me ha avisado de que en la zona hay bajos. La parte izquierda de mi cerebro reclama todo su poder. En ruta es mi babor neuronal quien lleva el mando. pues me permite transformar la información de mi entorno (a cuántos nudos vamos, hacia qué grado exacto nos dirigimos, la velocidad del viento…) en actos y pensamientos. El estribor de mi cerebro no es que esté dormido, simplemente toma notas.

La navegación es tan tranquila que me permite buscar en mi cuaderno. Encuentro el dato: el pasado 13 de abril, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó un informe en el que advierte que tenemos 15 años para evitar superar el umbral de un calentamiento global de dos grados. Mi hemisferio de estribor se tensa (abomina las cifras) y enciende la señal de alarma: !Nos estamos hundiendo! La Antártida se derrite y las olas ya han comenzado a digerirnos… No hace falta que le haga callar. “Atenta al rumbo”. El viento ha vuelto a girar. Dicen los navegantes que “el Mediterráneo es así”, que rompe las previsiones, hace lo que quiere con las corrientes y llama constantemente la atención. No me importa si el argumento es poco científico, simplemente creo a los hombres del mar y al Mediterráneo. El capitán me indica que almorzaremos tras el cabo que aparece por babor.

En unos días, estos rincones por los que surcamos a vela volverán a pasar bajo las quillas del WWF solar. Me revuelvo en mi asiento. Por primera vez en cinco años el catamarán dejará de hacer navegación costera (12 millas náuticas) para adentrarse en altamar y cubrir las 166 que separan Alicante de Mallorca. Sé que en su cubierta el viento se recibe de otra manera, que sus movimientos sobre el agua son circulares, que su forma de encaramarse a las olas es “horizontal”, nada de escorarnos por la fuerza del viento… Y también que la navegación solar facilita la percepción de los ritmos de la naturaleza y los cambiantes olores del mar. Atravesar este tramo del Mediterráneo con la conciencia despierta será probablemente una experiencia explosiva.

RENE QUILLIVIC HUNDIMIENTO CIUDAD DE YL

Ilustración de René Quillivic. “Hundimiento de la ciudad de Ys” (1924)

Aprovecho el sopor de la siesta para perderme en un magnífico libro: “Castor: la bombolla sísmica”. En él Jordi Marsal relata la ambición de Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y de ACS, una de las empresas con intereses en el almacén de gas marino situado frente a las costas de Vinaròs (Castellón), el polémico Proyecto Castor. Ante la evidente relación directa entre la inusual sucesión de pequeños terremotos en otoño pasado y la inyección de gas, el empresario estudia obligar a la Administración Pública a compensarle con una indemnización superior a los 1.400 millones de euros, que pagaríamos tod@s l@s consumidor@s a través de nuestra factura del gas.

La duna fosilizada que nos protege me sobrecoge. Su pared es una milhoja enorme esculpida por el tiempo. A su lado soy pequeña y frágil. Floto sobre una nuez. Si todas las previsiones se cumplen, mañana zarparemos rumbo a Alicante, con un alto en Ibiza o Formentera. Llevo conmigo el mapa elaborado por el WWF en el que aparecen los proyectos petroleros previstos en las aguas nacionales. Parecen un campo minado. Paseo el dedo por las que podrían ser sus heridas, imagino que mi yema es el catamarán solar. Intento conectar con todo el amor que soy capaz de sentir para que nuestro recorrido tenga una sola intención: devolver a las aguas la energía perdida y que de alguna manera llegó a mí.

Levamos anclas. Aquí, ahora, observo la dulce estela del GoOn dibujando espirales sobre el azul y deseo con toda la fuerza de mi alma devolver a mi entorno esa “sustancia” que llegó a mí, transformada en energía. En tiempos de compromiso necesario y reivindicaciones justas, es importante hacer presente la intención.

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Paseo el dedo por el mapa de las heridas de esta zona del Mediterráneo

Apenas llevábamos media hora de navegación con el viento, al fin, de popa, cuando el motor del GoOn dejó de funcionar. Alejad@s de la costa, el capitán hizo las debidas comprobaciones y ordenó retroceder: “Regresamos a puerto”. Sólo en estos casos me doy cuenta de hasta qué punto están arraigadas en mí las expectativas, los calendarios, las previsiones… Cada vez que comenzamos un ciclo náutico, la naturaleza se encarga de recordamos que en un barco la vida es una constante negociación. No siempre zarpas cuando prevés, ni llegas a la cala deseada, ni el mar o el cielo te da lo que quieres o necesitas. Aquí los éxitos y los fracasos se miden de otra manera. El viento que al amanecer era nuestro aliado vuelve a darnos la cara. Avanzamos lentamente. Para nosotr@s esta noche será corta, aún más que la del próximo solsticio.

Olga asoma la cabeza por la escotilla y rompe el silencio con una enorme sonrisa. No sé cómo sucede pero una frase/pez vuelve a saltar de su boca: “El vínculo es el compromiso del inconsciente”. Sonrío. Acaba de subir a bordo el segundo miembro de mi tripulación.

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Graciela amplió la dimensión de los diálogos con esta foto. Entre el barco y su orilla “Es Caragol”

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El plancton, las ballenas, los barcos y los puertos.

BY MARTHA ZEIN

Vivir en un puerto es una extraña opción; escribir en él, aún más extraño. Mezclo imágenes, palabras, ideas y emociones, unas son líquidas y otras terrestres, chocan entre sí y vuelven mis dedos espuma. No es cómodo y no siempre es excitante, sobre todo si el puerto se levanta en el borde sur de Europa, si se acerca la temporada alta y si aprieta el calor, como sucede ahora.

35 grados al sol. Por los poros de las frases (criaturas terrestres) apenas se cuela el aire y cuando esto sucede las branquias de los verbos (animales marinos) se colapsan. Estamos amarrados en Mallorca, uno de los destinos turísticos del Mediterráneo europeo por excelencia, lo que significa que hemos atracado en esa “primera línea” de la costa que tantas personas anhelan: unas quieren tener vistas a este jardín azul desde el que ahora escribo, otras desean su propia antesala en las olas, todas pagan por poseer un rincón junto al mar, aunque sea para disfrutar de un baño. Técnicamente debería de sentirme privilegiada porque habito en ese paraíso al que quieren acercarse, sin embargo me revuelvo. Escribo sentada en las puntillas de un souvenir gigante.

No muy lejos de aquí dos cruceros vomitan miles de turistas que recorren a contrarreloj los monumentos que aparecen en sus guías, sin apenas confraternizar con los autóctonos, aunque probablemente tampoco les encontrarían. Abomino de este turismo transgénico que expulsa a los isleños de sus casas y nos sepulta entre millones de seres cegados. Ningún/a navegante es propietari@ del mar sobre el que vive. El más humilde llaud y el más lujoso de los yates comparten el mismo destino. Estos dos universos antagónicos se enlazan en los puertos. Es aquí desde donde hoy escribo.

Observo la vida de los pantalanes. L@s navegantes nos acercamos a tierra para traficar con agua, energía eléctrica, alimento, afecto y, ahora que la vida virtual manda, comunicación. La única de estas cinco “mercancías” que no está en manos de grandes multinacionales es el afecto. Nos acercamos a tierra para encontrarnos con los otros. Qué extraña la vida de los puertos…

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Esta mañana me encontré con Ángel. Tiene decenas de aves en casa, una de ellas es esta águila de Harris, contratada para ahuyentar a las gaviotas del puerto. Tiene gracia que se llame Ángel y viva rodeado de alas. Se lo digo. Se sonroja. Las gaviotas ensucian los barcos, esta es la razón de sus paseos. Le contesto que los mosquitos y las abejas pican, las moscas molestan… su exterminio se lleva por delante otros insectos. ¿Hace cuánto tiempo que no se posa una mariquita en mi dedo? Anoche entraron por el grifo un puñado de brillantes noctilucas y agradecí que me recordaran que el agua contiene vida. Sus diminutos destellos de luz, tan fugaces, alimentan mis certezas más líricas, como que lo pequeño está más cerca de lo invisible y que cuanto más minúsculo sea un gesto más infinitas son sus consecuencias.

Cuando llego a este punto pienso en el plancton.

Siempre me ha fascinado que un animal tan grande como la ballena negra (llega a pesar 80 toneladas) se alimente únicamente de estos organismos microscópicos. Su suma es capaz de nutrir a estos inmensos mamíferos marinos, hoy en peligro de extinción (se estima que sólo quedan unos 400 ejemplares en todo el mundo). Sí, ése es el poder de lo pequeño.

Busco alguna referencia sobre el plancton en un libro que subió a bordo hace unas horas. El capitán estaba emocionado, de niño pasaba horas perdido en sus textos. Lo primero que hice fue mirar la edición (1960) e imaginar una sintaxis antigua, frases largas, adjetivos patricios y un tempo lento como sólo podía suceder entonces. Me asomé a sus páginas sabiendo que aquella lectura le hizo el capitán que es. El libro arranca así: “Nuestro planeta tiene un nombre usurpado. En realidad debiera llamarse Océano, ya que el mar ocupa las siete décimas partes de su superficie…” No pude dejar de leer.

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Vuelvo a abrirlo, la primera sobre el plancton que encuentro está vinculada con la expedición del Kon-Tiki en 1947 por el océano Pacífico. “Cuatro de los seis hombres de esta curiosa expedición se alimentaron de este plancton, que encontraron “excepcionalmente delicioso” en crudo o cocido, sirviendo para “satisfacer apetitos bien considerables”.

El explorador noruego Thor Heyerdahl fabricó una balsa de madera que pretendía emular las que utilizaron los habitantes de Sudamérica para alcanzar la Polinesia en tiempos precolombinos. Tras una travesía de 101 días él, sus cinco acompañantes y el loro lograron enlazar estos dos puntos del planeta.

Miro la fotografía de aquella embarcación. Es austera, como el barco solar. Una balsa plana, un trozo de tela, la fuerza de las corrientes… El diseño eficiente, de eso se trata. El del solar le permite un nadar pausado y de largo aliento como el de las ballenas, su motor se alimenta de invisibles fotones y eso imprime carácter. Las gentes del mar suelen hablar de la personalidad de las embarcaciones, asumen con naturalidad el genius loci de los romanos y afirman que los lugares tienen su espíritu, hecho a fuerza de navegar en él.

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El Rainbow Warrior III, el buque de Greenpeace, llegó hace unas horas a Ibiza procedente de Valencia para sumarse a las protestas contra las prospecciones petrolíferas que se están desarrollando en las islas. Desplegada entre sus velas, rezaba una pancarta de 144 metros cuadrados con el lema “No Oil”. Salieron a su encuentro 25 embarcaciones convocadas por la Alianza Mar Blava. Sus banderas reclamaban, en castellano, catalán e inglés “Prospecciones no, renovables sí”. De nuevo las alianzas de lo grande y lo pequeño, las sumas nutricias…

Un informe elaborado por Ecologistas en Acción basado en lo ocurrido en proyectos similares en otras partes del planeta demuestran que a menos de 500 metros de las cargas acústicas con las que buscan bolsas de gas y petróleo, los huevos y larvas explotan por efecto del sonido. Si las prospecciones se llevaran a cabo en este rincón del Mediterráneo, el marisco, los cefalópodos, el plancton… vivirán una experiencia cercana al fin del mundo. El impacto de los cañones submarinos emitiendo cada diez segundos ondas sonoras a 249 decibelios (el umbral del dolor se sitúa en los 180 decibelios) enmascarará los sonidos que las ballenas emplean para comunicarse, alimentarse u orientarse. No olvido que las ballenas pueden intercambiar información acústica hasta miles de kms de distancia.

Este verano el Mediterráneo no sólo va a ser el mar de los cruceros y las embarcaciones turísticas. L@s navegantes con conciencia han decidido unirse en su defensa de la vida. Ya tengo el calendario de nuestro periplo en el bolsillo. Iremos de puerto en puerto, haciendo sumas nutricias. El 1 de julio estaremos en el Club Náutico de Palma, el 3 entraremos en Cala Ratjada (donde pasaremos tres días), del 10 al 13 pararemos por Ciutadella, del 17 al 20 en Alcudia, el 24 alcanzamos Sóller y de allí partimos el 27 camino de Ibiza. A partir del 31 de julio enlazaremos Ibiza con Formentera, hasta el 3 de agosto, día en que clausuraremos la campaña…

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Aquí llega la luna. Me gusta verla crecer y menguar. A mi alrededor todo es naranja y el cielo de un negro acrílico. En medio del mar las noches suelen ser más oscuras, la luna abre un túnel de luz entre diminutos lunares blancos y multiplica su efecto hipnótico al reflejarse en el agua. Lejos de la costa el firmamento se pone a mis pies y las noctilucas memorizan que lo de arriba es como lo de abajo. Aún así, la emoción que esconde alzar la vista y dejarme llevar por la vida es la misma. Siempre me pareció que este sencillo gesto es universal. Ahora mismo, en miles de puntos del planeta hay personas mirando el cielo. Ese niño a punto de quedarse dormido, aquella anciana asomada al balcón de su pequeño apartamento en una ciudad difícil de pronunciar, el adinerado ejecutivo que aún sigue en viaje de negocios y yo estamos más cerca de lo que creemos.

Contemplo el collar de lunas que he ido enlazando desde niña y que llevo a mis espaldas como si fuera una cometa. El mar me mueve. Escucharlo es contenerse de danzar o de andar. Habito en un organismo vivo llamado Gaia. No sólo respiro, soy respirada.

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Navegar puede ser una caricia sanadora

BY MARTHA ZEIN

No es posible volver a los mismos lugares, lo saben l@s exiliad@s, l@s emigrantes, l@s viajer@s y cualquiera que haya abandonado la infancia. Los espacios vividos están hechos de tiempo y este factor es como el agua libre: fluye y hace que nada permanezca donde se le espera.

Dentro de tres semanas vuelvo a enrolarme como marinera en el catamarán solar del WWF. Antes de que termine este mes volveré a mirar de cerca los secretos de una campaña que este año acariciará el Mediterráneo balear y se asomará a unas islas que son capaces de conmoverme. “Vuelvo”, “volveré”, “volver”… Declino un verbo imposible.

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Sabía que esto sucedería. No puede irse alguien que no cree en la naturaleza de las despedidas. “¿Cómo creer en ellas si soy un ser de procesos más que de objetivos?”, me preguntaba en el último post. Aquel 26 de agosto dejábamos el barco amarrado en el puerto de Alicante sin saber si volveríamos a él y a mí lo único que se me ocurría era mirar el cielo. Después de seis semanas de singladura había aprendido a ir a donde el sol me llevara y seguía fascinada con la experiencia. ¿Cómo no iba a estarlo si el primer día de navegación el capitán me comunicó que para ir más lejos debíamos de ir más lentos?

Durante mi estancia a bordo había comprobado que en los márgenes de las utopías habitan centenares de personas dispuestas a hacer realidad lo que otras consideran una quimera: vehículos impulsados por energías renovables, iniciativas turísticas respetuosas con el medioambiente, cogestión de los recursos marinos por parte de agentes históricamente en conflicto, una agricultura y una pesca respetuosas con la naturaleza, soluciones económicas en armonía con los organismos vivos de este planeta… Me nutrí el corazón y la cabeza con sus actos y propuestas, volvía a tierra esponjada y agradecida, pero si había algo que había conseguido calar hasta la última células de mi organismo era el descubrimiento de la lentitud.

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Como marinera del catamarán solar había bordeado la costa de Cataluña a la velocidad con la que los seres humanos corren, es decir, de una manera orgánica. Aquel no sólo era un privilegio sino una dulce doma: debía observar la vida con un detenimiento poco habitual para una persona de acción. Esto me llevó a tener una relación profundamente erótica con el planeta.

Desayunar filosofía mientras el paisaje se desliza en el horizonte empujado por la brisa me hizo entender que l@s “poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias” (Octavio Paz, discurso para la recepción del Premio Nobel: “La búsqueda del presente”, 1991). Tirar del hilo de la lentitud puso en cubierta el silencio interior, la percepción consciente, la meditación como forma de reflexión. Comprobé que el mar tiene unos ritmos muy alejados de las exigencias terrestres y esto obliga al desapego, a la confianza y al desasimiento, por eso, cuando amarramos el catamarán en el puerto y le dejamos listo para una larga hibernación me limité a preguntar al cielo dónde me llevaría el sol.

La respuesta me aguardaba a pocos kilómetros de la desembocadura del Ebro, en el puerto de Sant Carles de La Rápita, donde había terminado la campaña del WWF, en un acto que hermanó las aguas dulces y las saladas junto a la Plataforma en Defensa de l’Ebre (PDE). En su salida al mar aquel río con el que tantos vínculos tengo escondía un tesoro: un velero de 12 metros de eslora y dos palos llamado GoOn que en apenas dos semanas se convertía en mi nuevo lugar de residencia.

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Mientras me adaptaba a sus formas la tierra tembló. Las actividades del almacén subterráneo de gas instalado en la costa de Castellón y Tarragona (Castor) provocarían más de 300 seísmos en pocas semanas. El asunto iba más allá de la indignación y el estupor: Aquel Trintella IV debía llevarme a orillas de Formentera, es decir, navegaría precisamente por donde el mar se quebraba.

Fue una travesía inquietante. El azul vencido por el otoño escondía uno de esos monstruos construidos por la ambición humana capaces de destruir la vida submarina y yo tomaba conciencia de que durante los próximos meses dormiría sobre su piel. Había encontrado trabajo en el Parque Natural de Ses Salines, de día viviría arrullada por la respiración del Mediterráneo, al caer la noche me pondría en sus manos.

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Me explicaron que mi tarea consistiría en colocar silenciosos planteles de especies vegetales autóctonas (que apenas asomaban tres centímetros de la tierra) en los rincones más yermos del parque. El objetivo era  regenerar una parte de su sistema dunar afectado por la instalación de la red eléctrica y yo lo asimilé a mi manera: ayudaría a cicatrizar una herida de tres kilómetros. De marinera solar pasaba a ser una especie de enfermera, habitante de la sutil frontera que enlaza y separa la vida de la muerte. Así pasé el otoño, el invierno y la primavera: conviviendo con lo minúsculo.

Durante siete meses he ayudado al viento a peinar las aristas que las excavadoras dejaban en la arena, he descubierto los caprichos de la escarcha sobre las escasas hojas, he deshecho la estela de nuestra devoradora civilización que cuela sus plásticos en los pequeños ombligos de las rocas, he trabajado en silencio durante horas con una cadencia orgánica hasta descubrir el profundo significado de la palabra “quietud” y desde ahí he despertado quinientas veces cada mañana, una por cada semilla que plantaba en tierra.

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En medio de esas diminutas tareas llegó el día en que aprendí que los seísmos pueden producirse de la piel para dentro.

La primavera no sólo cubría de amarillo las dunas y hacía empinarse a la vida. Las calles que hasta ese momento habían permanecido vacías se veían envueltas en una frenética actividad; pintor@s, albañiles, electricistas, limpiador@s… devolvían a las paredes la blancura perdida, habilitaban chiringuitos, llenaban de productos llamativos los escaparates… La Semana Santa devolvía a Formentera una identidad que yo no conocía: la turística. De repente me vi envuelta en mi particular “Show de Truman”. Como le sucedió al protagonista de aquella película, descubrí de golpe que la isla era un plató, que para miles de personas aquella duna y sus secretos no eran más que un decorado y yo su jardinera, que aquel rincón del Mediterráneo formaba parte de uno de esos ambiciosos realitys en los que vive gran parte de nuestra civilización.

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Comienza Junio y sigo mirando el cielo. Este invierno ha sido más seco de lo que parece. El Consejo de Ministros aprobó el Plan Hidrológico de la Cuenca del Ebro, volviendo a poner en peligro la vitalidad del río. Las personas más comprometidas con la vida submarina se han unido contra las prospecciones petrolíferas que la compañía escocesa Cairn Energy pretende llevar a cabo en el golfo de Valencia, a escasos kilómetros de las costas ibicencas. El movimiento, bautizado como Alianza Mar Blava, lleva años denunciando que este tipo de explotaciones.

Este verano el catamarán solar surcará el Mediterráneo balear con una campaña bautizada “Comprometidos con el Mar” y yo regreso a este cuaderno de bitácora preguntándome por las caricias sanadoras.

Integrar el camino, en eso consiste dejar que el sol te lleve  ¿No?

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En la tierra, con ella; en el mar, sobre él.

BY MARTHA ZEIN

Si te sientes parte de los ciclos de la naturaleza, si en tu casa apenas hay puertas, si sabes que estás constantemente evolucionando… ¿Cómo creer en los cierres? Hace días que el catamarán solar duerme en el amarre donde pasará el invierno. Dejará de navegar durante unos meses, probablemente el mismo que estemos sin pisar su cubierta, ¿Se puede decir que hemos llegado al final? ¿Cómo hacer esta afirmación si nos embarcamos dispuest@s a ir hacia “donde el sol nos lleve”, es decir, si nuestro viaje nunca tuvo destino, si yo soy un ser de procesos más que de objetivos?
Desde esta forma de habitar el mundo escucho que se acerca el final de las vacaciones.  Esta frase, dicha a bordo de un barco, implica apurar los culos de los bronceadores, los protectores solares, las leches hidratantes… y el fondo de la nevera. No es cuestión de negar la evidencia. Efectivamente, hay cosas que se acaban o se dan por terminadas, se trata de la tiranía de los sustantivos, objetos léxicos que solemos hacer perecederos.
Se acaban las cosas, quizás, incluso el verano puede darse por terminado, o el amor,  o una guerra… y cuando regresen nos haremos l@s sorprendid@s, o diremos que hay asuntos cíclicos o que nos gusta repetirnos. Con los adjetivos somos más difus@s, por  aquello de que son intercambiables quizás. Los verbos, en cambio: Dejar partir, fluir, dar oportunidad a que “las cosas sucedan”, desapegarse, amar, respirar, son acciones que nos recuerdan que la agenda laboral se parece más y más a una ficción, que “las temporadas” pretenden apagar los ciclos, que la ansiedad por el triunfo/fracaso acorta o alarga el paso del tiempo, que las guerras son una constante en manos de “l@s de siempre”.
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Se acabó el bote de ese aceite con el que nos embadurnamos la piel tras las duchas de agosto, sin embargo nuestra pituitaria no olvida su aroma evocador. Poco a poco van bajando las temperaturas pero permanece el placer de ver avanzar las sombras en el paisaje.  Durante dos meses dijimos “!Tierra a la vista!”, desde hace unos días la tierra está bajo nuestros pies y en nuestras manos. Enredado en los tomates llegó Joanet (marinero en otras aventuras náuticas), con las almendras volvimos a Julio, Berenice, y Manolo, entre los higos compañer@s de vida como Ada y Oscar, el influjo de la luna trajo a Manuela a este planeta. ¿Qué es lo que se acaba para aquellas personas que conectan con “la constante”? A ella van enganchados verbos, frases, relatos, actitudes, conocimientos…
Después de dos meses de navegar lentamente sobre el azul y bajo él, puedo asegurar que todo está vivo, que todo es inteligente y que todo está conectado. Por tanto, ¿Quedan abolidos los finales?. Veo el último corte de la película “Jumping with Jess” de mi amigo, el cineasta Josë Luis Matoso, y, pegada a la silla, afirmo que eros y tanatos hacen una buena pareja y que su hija, la vida, es la constante que nos lleva. Nacimos tantas veces como morimos, confundimos ocasos con auroras, así de humanos seguimos siendo.
“En Alicante duerme el barco solar”, escribo esta frase en la barriga de un velero, el “Triple G”, que se ha cruzado en nuestra vida de casualidad, cedido por Jose Pedro y Manino, dos rebeldes capaces de inflar las velas de sus sueños y lograr que recorran mundo. ¿No habíamos dejado el mar? ¿Entonces, qué hacemos de nuevo aquí, con la despensa llena de tomates? ¿Cuántas veces decimos “!Se acabó!” y al poco rato vuelve a empezar el lío? ¿Cuántas veces crees que abandonas, que ya no puedes más, que ya no sabes más, y te encuentras con que sigues avanzando? ¿Qué sucede cuando descubres que eso que llamamos final es una ciudad fronteriza abierta hasta el amanecer?
Aquel cielo que antes era azul ahora es gris. Las nubes cambiaron de sitio. ¿Dónde quiere llevarnos el sol?
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Es verdad, vaciamos la despensa del catamarán, los camarotes, recogimos los aperos, es cierto que el motor no volverá a encenderse aunque el sol cargue sus baterías. Le desnudamos, llevándonos hasta el último recuerdo. Es evidente que se puede cerrar el catamarán como quien acaba un bote de mermelada de frambuesa (Mmmmm) pero… ¿Acaso tienen final los intercambios que allí se produjeron? Como las semillas, el conocimiento compartido germina, crece, fructifica. Sé que llegará el otoño y caerán sobre cubierta una parte de nuestras gotas hechas lluvia.
Para darme la razón, para acompañarme o porque sí, la tormenta se hace un sitio ahora en este cielo, el de aquí. Neil Young canta que llega el tiempo de la cosecha. Sembrar en el azul, cosecha de olas… A bordo, Enrique y Mar se dejan llevar por la Navegación Tranquila de la que me habló Joan Sol, vuelve a mi boca el Cambio Lento promovido por Miguel Murcia, muerdo un higo que respetó los principios del Slow Food… y me planteo por qué no regresar al Slow Thinking, término que quizá no exista, pero supondría hacer lo que es natural en los seres humanos: contarnos el mundo a  un ritmo no industrial incorporando a nuestra contemplación conceptos como la simbiosis, la cooperación, la diversidad, la polinización cruzada, el respeto al lugar…
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El lugar, el catamarán solar, este velero. A medida que íbamos repasando las costuras del primero, revisando los paneles solares y todas aquellas piezas que nos permitieron navegar durante casi dos meses, le fui agradeciendo… y llegó un momento en que sentí que se transformaba en un pequeño lugar sagrado. Recuerdo las reflexiones que Giacommo Di Stefano nos hizo sobre su barca “Clodia” cuando alcanzó a remo Estambul (después de dos años de su partida de Londres): la construyó con sus manos, eligió la madera, le dedicó una parte de su vida, conocía sus sonidos, sus detalles más sutiles, durante el viaje se transformó en una extensión de su cuerpo (en medio de la tormenta sólo estaban la barca y él). Esa dimensión del respeto al lugar, hizo que el catamarán solar adquiriera otro sentido, como el Brancaleón (el velero en el que vivimos durante 4 meses el año pasado) sigue pegado a una parte de nuestra piel. Esta es una de las dimensiones que facilita vivir en un barco: recuerda que el lugar que habitamos va con nosotr@s, siempre es “nuestro sitio”, no importa si es propiedad o lugar de paso.
Nos acabamos de subir a este velero. No estaba previsto. Sigo diciéndome “iré donde el sol nos lleve” y lo repito las veces que haga falta cuando llega el vértigo, la zozobra, el golpe de viento, cuando no sé leer el mapa o alguien se empeña en entender qué hago. En un par de meses este velero cruzará el Atlántico, yo habito sus vísperas. Esta semana se prevén días de lluvia y tormenta, subo la cremallera de mi chubasquero mientras el sol se esconde tras las nubes.
No sé en qué lugar habita el sol, sólo sé que de nuevo estoy sobre el agua, que en la piel llevo los arrumacos de Jaume, que en la alacena esperan tomates secos y que hoy vuelve a ser un día ganado a la vida.

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La memoria del cuerpo, la constante, la intención.

BY MARTHA ZEIN

Llevo varios días queriendo escribir esta crónica. Abro el cuaderno, comienzo a garabatear unas líneas y al poco tiempo algo sucede que me impide continuar. Me gusta incorporar estas interrupciones en mis actos narrativos, las considero una “llamada de atención”. Cuando suceden presto atención al relato que tengo entre manos y me planteo si es el momento adecuado para escribirlo. Quizá no contemple un aspecto importante del asunto o esté confundiendo el tono… “¿Estoy mirando en el lugar adecuado?” pregunto al aire como hacen l@s kinesiólog@s con los músculos (esperando a que me responda mi voz interior) y continúo. Si al cabo de unos minutos vuelve a producirse un corte, atiendo a lo que sucede, cierro el cuaderno y cambio actividad, lo que no significa que no continúe con la historia. Simplemente dejo que su escritura crezca al margen de mi voluntad.
Einstein trabajaba así, Picasso también. Imitando sus procesos creativos he aprendido a mantener el texto “despierto” y observar cómo evoluciona en otro contexto, bajo la influencia de una circunstancia ajena aparentemente a su contenido, afectado por el azar… Esa impronta hace que cualquiera que persiga una idea salte de la silla y entienda su obra de forma más profunda, porque permite ver la estela que dibuja ese punto de partida que habitualmente llamamos inspiración. A veces es tan luminosa como la que traza una estrella fugaz.
Esta crónica arrancó la mañana en la que cumplía cincuenta días durmiendo a la intemperie. Aún en el saco de dormir, empecé a contarme el siguiente texto:
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Despertar empujada por la insistente luz o porque la temperatura dice que va siendo la hora, no importa lo que indique el reloj. Dormir mientras mi cuerpo negocia con la humedad, el viento y las sombras haciendo que cambie de postura y gire en el lecho como quien duerme abrazada a un amante nuevo. Acostarme queriendo adivinar qué traerán las nubes…
Hago esta cuenta atrás con los ojos cerrados y la piel despierta, preguntándome en qué momento mi anatomía habrá comenzado a memorizar la experiencia que supone dormir sin techo.
Se acerca el final de este viaje y yo sigo disfrutando como una perra callejera el primer día que regresa al bosque. ¿Qué parte del proceso de dormir en la cubierta del barco solar recordarán mis músculos cuando vuelva a mi habitación y me desnude ante el espejo?
Hace cincuenta días que llevo el viento agarrado a mi cintura. Su tacto me ha hecho consciente de lo amplia que es mi superficie: ha dibujado la forma de mis pies, la hoquedad de mi nuca, la corva de mis rodillas, las aletas de mi nariz, la pequeña herida que ayer me hice en la palma de la mano… El abrazo del aire. El abrazo.
Doce años atrás, en un viaje por el desierto, conocí a una enfermera que trabajaba con bebés que nacían sord@s y cieg@s. Su experiencia le permitía asegurar que el contacto físico es una forma de adquirir conciencia. Después de una larga estancia en Marruecos, donde la mayoría de las madres llevan a sus hij@s pegad@s a su cuerpo durante mucho tiempo, agarrados en un hatillo a su cadera, a su espalda, sobre su vientre… había comprobado que ese continuado contacto permitía que las criaturas sordas y ciegas crecieran con consciencia de su corporeidad, de sus formas… de su ser en el mundo.
Desde entonces defiendo que un abrazo es importante: no sólo por el arrullo que genera o la fusión emocional de sus protagonistas, sino porque nos permite percibir que el cuerpo del otro es capaz de moldear nuestro gesto y nuestra forma de estar, al acogerle en el regazo, a la altura del corazón, lo incorpora,, nuestros brazos memorizan el volumen y las caderas recuerdan dónde comienza la cintura propia y la ajena… De algún modo, durante el abrazo, el cuerpo del otro se vuelve nuestro envase y viceversa.
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No recuerdo ahora qué sucedió, pero mi relato quedó interrumpido en este punto. No es extraño. Navegar es una actividad llena de llamadas de atención. Cuando no es un golpe de timón, es una maniobra de amarre, un cambio de ruta… Además está la energía que mueve este barco. Hemos visto a veleros girar sobre sí mismos para poder observarnos de cerca. Hemos aprendido a distinguir cuándo una motora que mantiene el rumbo colisión no está haciendo otra cosa que acortar distancias para saludarnos. A estas alturas del viaje reducimos aún más nuestra velocidad cuando pasamos cerca de unas piraguas. Hace unos días nos abordó Rafa y sus hijas al grito “al fin, os alcancé”, corroborando que nuestro cambio de ritmo tiene sentido.
Lo único que recuerdo es que aquel día en el que mecí de nuevo esta crónica subieron al catamarán l@s niñ@s de “Educar es amar”, acompañad@s de sus madres y padres. Verles descubrir el mundo, jugar y fascinarse fue nutritivo.
“¡Mirad! ¿Qué aparecerá por proa?, ¿Un elefante? ¿Una sirena? ¿Más agua?…” Les decía, contagiada por su frescura. Largo rato después, Amber, de tres años, quiso devolverme la pelota y dijo, señalando a Fionn: “!Mira, es un bebé canela!”. Volví la cabeza y, efectivamente, la luz del atardecer caía sobre su pelo y piel, tiñéndole de un suave color ocre; parecía un niño dorado, hecho con el barro de la playa. ¿Qué formas y volúmenes veía aquella niña a nuestro alrededor? ¿Hasta qué punto estaríamos en el mismo barco? ¿Qué rememoraría Amber de nuestro viaje cuando  llegara la hora de ir a la cama? ¿Que el bebé canela comió dos galletas y la sirena siguió nadando allí abajo?
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De regreso al puerto, en una de las conversaciones con l@s adult@s, apareció en mi boca una palabra que olvidé enseguida. Lo único pude recordar cuando volví al cuaderno fue que tenía que ver con la percepción y que cuando la pronuncié me dije “Oh, es esto lo que quiero contar”, nada más. Aún así, comencé a escribir, confiando que aquella palabra aparecería entre frase y frase. En ese momento volvíamos a estar frente a la costa de Xàbia y aquella precisamente era una noche señalada. Celebraban la fiesta de moros y cristianos. Además, rondaban las Perseidas, es decir, en un momento determinado una lluvia de estrellas arañaría el cielo y después romperían su velo los fuegos artificiales.
El momento y el lugar eran inspiradores y en mi boca se deshacía, como un caramelo, el asunto de la percepción, de modo que retomé el texto donde lo había dejado y seguí narrando…
Desde hace tres noches el cielo se cubre de lluvia de estrellas.  Esto se acaba y las Perseidas vuelan, una bella forma de celebrar siete semanas durmiendo al aire libre. 
Estamos desandando la ruta como la enagua se desliza hasta el tobillo, dejándonos caer. Ahora toca Xàbia, ayer, Gandía. Cada jornada rebaño el sol con la entrega de una recién nacida alimentándose de la teta nodriza, todo mi cuerpo mordisquea el paisaje como el bebé canela hacía con su galleta, absorto, en comunión con el alimento. De noche es el viento el que moldea mi piel.
Porque puedo contar las mordidas que otros viajes dejaron en mi carne, me pregunto dónde me habrán hincado sus dientes los cincuenta días que llevo bordo de este catamarán solar.
Veo pasar una idea, saludo un recuerdo, me reencuentro con una canción que creí olvidada y la traigo a bordo, feliz, como una perra que ha encontrado un tesoro. ¿En qué se transformará esta nueva habilidad cuando camine por tierra, día tras día, o cuando lleguen las largas noches de invierno?.
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Desde que se cerró la campaña del WWF en la boca del Ebro, desandamos puertos, cabos y millas con una sonrisa que no nos alcanza el rostro, quizá porque hemos convertido en un hermoso hábito eso de callar junt@s y dejar que sea el viento el que haga el resto.
Después de más de siete semanas de navegación tranquila mis células nadan en endorfinas, metiendo lo de fuera (el sol) definitivamente en lo de dentro (mis defensas, mi estado de ánimo, mis pensamientos…) No hay día que no metabolice este viaje. Al final, cuando no sea más que una enagua en sus tobillos, sé que seré levemente otra…
De golpe los fuegos artificiales rompieron la noche y el cielo estalló en colores, lo que hizo que prestara toda mi atención al espectáculo, clausurándome de nuevo la inspiración. ¿Qué era lo que me estaba dejando en el tintero?
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La respuesta apenas tardó unas horas en llegar. Sucedió a media mañana. Miracles (que compartía de nuevo un trayecto de este viaje) y yo reordenábamos las viandas que su compañero Toni había comprado en el mercado en medio de una animada charla. Le explicaba que en este viaje había mantenido conversaciones impactantes con mujeres prácticamente desconocidas. Con Nuria en el hueco que nos hicimos durante uno de las cortos trayectos por al puerto; con Ángels en tierra, a pocos metros del catamarán; con Bety mientras veíamos como el día sucumbía en el horizonte; con Judith, al tiempo que mascábamos frutos secos y frutas escarchadas; con Gema, cuyas palabras se colaron en el barco de forma inesperada, con Cristina en una de las tardes más lentas del viaje… Con todas ellas compartí la profunda complicidad de las comadres. No importa que no las conociera, por el simple hecho de ser mujer entendía su forma de resolver un conflicto, sus dudas, sus despertares e intuiciones, su relación con el mundo, con su cuerpo… Era emocionante…
Mientras yo entraba en detalles, Miracles asentía, arrebujada en el sillón. En un momento determinado, murmuró: “Sí, es el continuum”.
Todo el mundo conoce esta sensación. La visitamos en esos días de asueto que marcamos en rojo en nuestro calendario, pero también nos asalta inesperadamente al reconocernos en una mirada. A veces se transforma en un olor capaz de mecernos en melancolía o cortarnos el aliento, en un sabor, en una melodía… es esa conversación que retoman dos amigas después de años sin verse con un “como te iba diciendo”… Y también es algo sublime. Salieron en su busca l@s poetas del opio, l@s místic@s le dieron nombre, l@s amantes, cuerpo, l@s explorador@s un lugar en los mapas. Prana, qi, kundalini, orgón. éter… aquello que Miracles llamaba “el continuum” es capaz de unir lo de dentro con lo de fuera. Esa una constante que no sólo es posible recordar con la cabeza: se trata del poder de la memoria del cuerpo. Más allá de nuestra mente y nuestro corazón, nuestro cuerpo guarda sus propios recuerdos, los almacena y pone en el disparadero a nuestro hipotálamo. También recordamos de fuera hacia dentro.
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Aquella tarde, mientras el universo entero parecía dormir la siesta, volví a la crónica, convencida de haber encontrado su sustancia. Guardé todo lo escrito y volví a empezar de cero:
El gps insiste que el punto final está en Alicante, a unas millas concretas, qué más da el sitio en el que nos situemos. Su precisión se me deshace entre los dedos porque hay instantes que agrandan el espacio y el tiempo. Uno sucedió en Burriana. Al caer la tarde aparecieron dos mujeres en el barco; a una nunca la había visto, la otra sólo se cruzó tres veces en mi vida. Sucedió algo antiguo: tres mujeres nos asomamos a la misma fuente.
Es cierto que, la costa se desliza en sentido contrario, por tanto vuelvo, pero aquel día me conmoví y no se desató la tormenta prometida y me dejé afectar por el aire fresco de Inma y por los colores de Silvia…
En el camarote, doblado, hay una sonrisa azul en forma de vestido, en la que me bañaré cada vez que me lo ponga. Hablamos de amor, de recetas, de tragedias, comedias, de política, arte, belleza, de hombres comunes, nombres compartidos, de nuestro lugar en el mundo, de la muerte y de nuestros vientres… A partir de ahora, cuando piense en la alegría de la franqueza, le pondré el cabello rojo.
Cuando se dieron la vuelta y desandaron el pantalán, llevaban tras de sí una ristra de risas nuestras y algo mío, no sé qué, que aún viaja entre ambas.
Es evidente, regreso, me digo, mientras tomo aliento en cada rincón de la costa que reconozco, como quien reposa la mano en un vientre amado. Pregunto a mi cuerpo quién es la que vuelve, cuánto de mí quedó atrás. Voy más adentro y me dirijo a mis células. ¿Vuestras sinapsis han cambiado a golpe de viento, con cada afecto? ¿Hasta qué punto esos instantes en los que percibí que entraba en armonía con el entorno no han moldeado mi organismo? Y voy más allá, insistiendo a mis átomos, mis protones, mis neutrones, mis quarcks, a esas millones de partículas que me constituyen y que nadan en un océano hecho de vacío e insisto si durante este viaje un soplo de energía les cambió el paso.
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Vuelvo al lugar en el que embarqué, recorro, pues, la estela de este viaje, tomo la medida de su huella con todo el cuerpo, a bordo de este barco solar… Mi cuerpo tiene razones para tener memoria. Reconocer sus recuerdos acerca a cualquier ser humano a la flexibilidad de los juncos, ofrece caminos alternativos a la suma de partículas que conforman nuestra anatomía, a ese baile de átomos que nos constituye. Gracias a esta memoria recuerdo que mis arrugas tienen la torcida belleza de los olivos, no importa lo que digan las clínicas de estética, el negocio de la belleza, el peso de las costumbres, ni que mi corazón aletee cuando se encuentra con el espejo.
Esas células que se encargan de repartir la alegría del sol entre mis neuronas demuestran que la mente registra sólo una parte de la información que nos rodea y no siempre es la más útil. Por eso sé que dentro de unos meses me sorprenderé adivinando que llega la tormenta nada más salir de la oficina o asumiendo la presencia cercana de un arroyo mientras mi moto da la vuelta a una curva. La espuma de estas olas se asomará a mis pestañas cuando llegue el invierno, viendo sal donde encuentre nieve.
No recuerdo en qué momento me quedé dormida, sólo sé que desperté con la palabra que llevaba rumiando desde hace días enganchada en la punta de la lengua. Antes de que se esfumara la pronuncié en alto: Intención.
“De lo que tengo que hablar es de la intención”, volví a decirme, como quien encuentra al fin la solución a un enigma, sin saber muy bien a qué me refería.
Tardaría casi 24 horas en volver a tener un tiempo propio en el que retomar la crónica. Cuando llegué al cuaderno escribí este párrafo, pensando en mí, en todas mis comadres y en los hombres a los que amamos.
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Soy la mujer que ama, que desea, goza y retoza, piensa, se estremece, vive, se conmueve, aprende, se indigna, juega y apura el vaso, con todo lo que es y hasta el último instante de su vida, en constante evolución. Estoy vinculada al resto de los seres por una constante, que me permite ir de lo de dentro a lo de fuera y viceversa;, tomar conciencia de ello me llena de puertas y ventanas a las que puedo asomarme y por las que transitar. Soy el resultado de una huella original, una información insuflada en una minúscula suma de óvulo y espermatozoide en la que está escrito el color de mis ojos, el arco de mi vida, mi carácter… elementos que, en contacto con el resto del universo se moldean. Las experiencias y los vínculos dan forma a mis actos, mi materia y a todo lo que me constituye. Esta certeza me permite valorar lo que hago, mi paso por esta vida, el espacio en el que despierto, la humedad transpirada, el viento retenido en el rostro… Todo me moldea, incluidas mis narraciones, porque soy un ser en relación. Incluso la manera que tengo de observarme me modifica y del mismo modo le sucede a todo cuanto observo. No controlo nada, sólo puedo hacerme responsable de una cosa: mi intención. Mi intención está conectada con el amor. En esto consiste navegar allá donde el sol nos lleve: en dejarse llevar por la intención.
Después, tarareando, comencé a hacer el equipaje. Por fin había encontrado el sentido de esta crónica. Ahora sólo hacía falta escribirla…