Placeres responsables (Imagina un mundo sin pescado)

La historia del barco solar continúa por las costas del Mediterráneo español.

Este año la campaña de #fishforward se centra en Valencia y en esta pregunta:

Y la marinera del solar se cuela, como siempre, llena de preguntas.

Esta vez su respuesta se enlaza con una gran anfitriona: Food&Fun, en cuyo blog me invitan a contar esta historia… la de un mundo sin pescado.

Me gusta experimentar la vida a través de los sentidos. Tener un cuerpo es todo un privilegio, de hecho no envidio nada a los famosos ángeles, para quienes una caricia, el sabor de una copa de buen vino o el aroma de las rosas es imposible. Comulgo con la forma que tiene de definirse María Solviellas, chef de “Ca Na Toneta” (Caimari, Mallorca): “soy una hedonista responsable, busco el placer con la cabeza”. Me acerco a la afirmación que hace el filósofo Michel Onfray en El Manifiesto hedonista: “goza y haz gozar, sin hacer daño a nadie ni a ti mismo”. Me pongo de puntillas en sus afirmaciones para dar un paso más: me declaro hedonista responsable, una mujer a la que le gusta gozar y hacer gozar, sin hacer daño a nadie ni a mí misma… en beneficio del planeta.

Esta afirmación completa es el efecto secundario del evento “Imagina un mundo sin pescado” organizado por Food&Fun para la campaña de WWF sobre el consumo de pescado responsable. En el seno del acto inaugural de esta ONG internacional que defiende la naturaleza del planeta, Alberto Ferruz (chef del restaurante Bon Amb), Rakel Cernicharo (chef del restaurante Karak) y Andrés Pereda (chef del restaurante Komori) se propusieron imaginarse al frente de una cocina del futuro. La idea puede parecer de cienciaficción pero desafortunadamente es una posibilidad cada vez es más cercana. Nos estamos aproximando a un mundo con mares muertos, sin fauna en sus fondos, en el que el sabor, la textura o incluso la forma de un pescado se podría convertir en un placer que sólo las manos expertas sabrán reproducir apelando a la memoria del paladar y a la imaginación de los comensales.

Rakel Cernicharo(ganadora de “Top Chef” 2017 y vecina de Food&Fun) dio un paso al frente y creó una “vieira con tierra de tinta de calamar”. El plato recreaba la apariencia de ese bello y sabroso molusco bivalvo, emparentado con las almejas y las ostras, que no sólo hace las delicias de cualquier cocina sino que tiene un enorme arraigo en Occidente como símbolo del peregrinaje al Camino de Santiago. Al ser típica de las costas gallegas, quienes peregrinaban hasta Santiago de Compostela la llevaban a sus lugares de origen como rupia de que habían llegado hasta el final del camino, el extremo más occidental del continente Europeo, Finisterrae. La chef combinó magistralmente leche de coco, cítricos, mantequilla, huevos, cacao, sal en escamas, azúcar, fruta de la pasión, hierbabuena… ¡Qué placer más triste! El vacío del mar se hizo evidente en medio del dulce. No encontré olas ni amaneceres ni sonido de ballenas en aquel bocado.

La propuesta de Alberto fue una contundente y sencilla pirámide de harina de pescado, elaborada para “engañar” al paladar. Su propuesta me dejaba aún más muda, pues ya no era posible un pez ni en su forma. Sin ellos no habría focas, ni peces manta, ni delfines, ni tiburones… las verdes praderas de posidonia estarían desoladas…

Andrés no pudo presentar nada, no es posible hacer sushi sin carne de pescado. En ese futuro él no existiría.

Entre el 12% y el 28% de las capturas mundiales de pescado no están reguladas; el 90% de las poblaciones de pescado estudiadas en el Mediterráneo están sobreexplotadas… el mar se muere de agotamiento.

Ante ese panorama tomé nota de sus recomendaciones con el corazón y el estómago encogidos: informarme del origen y situación de los productos marinos que ofrecen los restaurantes (lo que implica que se utilice un etiquetado adecuado en los puestos de venta), abrir mi paladar a otras especies (lo que facilitará su presencia en los menús), consumir pescados locales cuyas poblaciones estén en buen estado de conservación… y algo más: reducir mi ingesta de pescado y cuando lo coma, hacerlo con alegría y respeto, consciente como soy de que son seres cada vez más escasos.

Despierto mis sentidos para hacer más placenteros y sostenibles mis vínculos con el planeta. ¡Gracias a los miembros de WWF, Rakel, Alberto y Andrés, por este despertar hedonista 3.0.!

Receta

Vieira con tierra de tinta de calamar

Para la vieira

  • 500ml de leche de coco
  • Azúcar
  • Sal
  • Una pizca de ras al hanut
  • Corteza a de cítricos
  • 6-8 g de agar agar

Llevamos a ebullición y vertemos en los moldes después de pasar por un colador

Para la tierra de tinta de calamar (Es un streussel)

  • 100g de mantequilla
  • 100g de harina
  • 80g de azúcar
  • 20g de cacao puro bio
  • Vainilla
  • Nuez moscada
  • Y sal en escamas

Hornear a 180g sin dejar de mover

Para el gel de fruta de la pasión

  • Para el gel de fruta de la pasión
  • 100ml de fruta de la pasión
  • 100ml de tpt ( almíbar base)
  • 2 g de alginato

Para el Lemond curd

  • 4 limas
  • 4 huevos
  • 100g de mantequilla
  • 250g de azúcar aprox, según gustos
  • Un toque de sal

Para las falsas algas de hierbabuena

  • 100g de hojas
  • 200 ml de tpt
  • Ralladura de Lima
  • Azúcar glas
  • Hojas picadas de hierbabuena
  • 8 g de cloruro
  • 2-5 g de alginato

Elaboración:

Hacer el baño de cloruro con litro de agua. Reposar.

Escaldar las hojas dos segundos , remojar con hielo. Trituras conjunto con el tpt y 100ml más de agua y el alginato. Una vez hecho el gel, espolvorear con la luna rallada y la menta.

Dejar caer a chorro en el baño de cloruro,remover enérgicamente, colar y enjuagar varias veces. Espolvorear con azúcar glas.

Montaje

Desmoldaremos el flan y le daremos forma de vieira. Con la miel de caña, le aportaremos el color. La rellenamos del gel de fruta de la pasión.

Hacemos un volcán, en su centro el Lenin curd, encima las falsas algas y sobre ella nuestra fabulosa vieira.

Desde Food&Fun queremos recomendar las guías de pescado para un consumo responsable, por un planeta vivo:

guiadepescado.com

pescadodetemporada.com

De Valencia a París: #niungradomas

BY MARTHA ZEIN

El catamarán solar de WWF partió de Valencia pero el mensaje sigue en pie: El planeta se calienta cada vez más. Nuestra vida, y sobre todo la de quienes viven en los países más pobres y vulnerables, ya se está viendo afectada: lluvias extremas y sequías prolongadas, escasez de alimentos, daños en ecosistemas esenciales como el Ártico, los océanos o los bosques tropicales, extinción de especies maravillosas…

Hemos sido embajadores de una campaña urgente. El planeta no puede esperar. El próximo diciembre, líderes de todo el mudo se reunirán en la Cumbre de París para hablar del futuro del clima… y del planeta. Y de una vez por todas, deben alcanzar un acuerdo ambicioso que evite un cambio climático catastrófico.

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Pero también sabemos que aún estamos a tiempo, que un modelo energético más saludable, seguro y justo es posible y el cambio ya está en marcha, aunque algunos gobiernos y empresas sigan poniendo obstáculos.

Por eso, mientras avanzamos sobre este Mediterráneo que nos acuna, seguimos diciendo quw es eL momento de actuar, AHORA, porque somos la última generación que puede poner freno al cambio climático.

Podemos y debemos hacer mucho más. Pide al gobierno que aplique en España y defienda en París un modelo 100% renovable y el fin del apoyo a los combustibles fósiles y contaminantes.

Por el planeta. Por ti. Di NO al cambio climático.

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Mentir para que nada cambie, amar para frenar el cambio.

BY MARTHA ZEIN

Acaba de bajarse del barco solar José Luis, un activista de siete años. “Si cuido al planeta, él cuidará de mi”, me dice. Le respondo, con los ojos muy abiertos: “Oh, qué hermosa frase”. Encoge los hombros y sonríe, quitándole importancia: “¡Claro, es que es verdad!”.

Han empezado a rodar cabezas en Volkswagen después de que la empresa automovilística reconociera que instaló un software para esquivar controles medioambientales en 11 millones de vehículos diésel de todo el mundo. Esta mañana WWF cerró la campaña #niungradomas en Valencia con un mensaje muy claro: los gobiernos deben dejar de subvencionar las energías fósiles.

En el cielo la luna se va haciendo llena, recordando que el tiempo pasa.

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Llevo días escuchando que podemos frenar el cambio climático. Durante la campaña a bordo del barco solar he ido elaborando mi particular listado de acciones, fruto de conversaciones con quienes nos hemos ido cruzando: desde promover la eficiencia energética de nuestros hogares a promover que los ayuntamientos lleguen a acuerdos con cooperativas de energías renovables como alternativa a las grandes compañías eléctricas. Reforestar y conservar los bosques, selvas y humedales y a escala más pequeña apostar por los jardines comunitarios, bosques comestibles, azoteas verdes… Hacer uso de material de bajo consumo de energía y, por supuesto, usar el coche eléctrico. Mientras esto sucedía se desencadenaba el escándalo de Volkswagen, uno de los mayores fabricantes de automóviles del mundo. Lejos de innovar apostando por los motores eléctricos se habían dedicado a desarrollar un programa para que sus motores diésel siguieran contaminando por encima de los límites legales.

Su fraude es revelador: Si no existe un control público minucioso y férreo sobre lo que hacen los fabricantes es porque estas grandes empresas sostienen algo más que un modelo económico: apuestan por el poder que da el dinero. A las élites que defienden este modelo (de vida) les importa un carajo el cuidado y, por tanto, la salud del planeta.

Saben que tienen las de perder, por eso mienten.

Fiebre

BY MARTHA ZEIN

Es hora de empezar a hablar en primera persona. Superamos el siglo XX sabiendo que nada humano nos es ajeno, ahora estamos preparad@s para afirmar que nada de lo que le sucede al planeta nos es ajeno porque formamos parte de él. Su fiebre es la nuestra.

Tras el verano más seco registrado por la ciencia se acerca un otoño de lluvias torrenciales y fuertes vientos. El clima está perdiendo el control. Los lagos se secan, los rios llevan cada vez más lodo, el agua de los pozos se saliniza. Es hora de empezar a decir “me enfermo, mis lagrimales se secan, me ahogo, mi comportamiento es tóxico. No le sucede a las generaciones futuras, ni a los más míser@s del planeta, me sucede a mí, porque no hay separación entre el planeta y yo, porque yo soy agua y formo parte de este mundo azul”.

Hace 20 años que sabemos que estamos calentando el planeta pero no tomamos las medidas adecuadas. Seguimos apostando por los beneficios económicos que generan los modos de producción tóxicos. Aunque en parte tomamos medidas para reducir la emisión de CO2 (reducimos el consumo de combustibles fósiles, apostamos por la energía renovable, usamos transportes públicos, sacamos las bicicletas a la calle, practicamos el consumo colaborativo…), seguimos haciéndolo de forma marginal. Es hora de abandonar nuestro comportamiento tóxico de forma absoluta, hagamos un cambio integral, apostemos, por ejemplo, por unos gobiernos que desarrollen una economía basada en recursos. Pongamos límites claros al uso del petróleo y a las prácticas que lo promueven.

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Un informe de 2013 determinó que 90 empresas, 50 de ellas cotizadas en bolsas de valores, eran responsables por casi dos terceras partes de las emisiones industriales de todo el mundo durante los últimos dos siglos. Algunas de estas compañías, fundamentalmente las petrolíferas, sabían del riesgo de las emisiones de CO2 ya en 1980. No nos engañemos, la 21 Conferencia de las Partes (COP21) que se celebrará en diciembre en París quizás alcance acuerdos vinculantes para el 2030 y el 2040, pero serán mínimos. ¿Qué esperar de una conferencia patrocinada por corporaciones como EDF y Engie, cuyas operaciones de carbono equivalen a la mitad de todas las emisiones en Francia?

Nuestro problema es que ya no nos queda tiempo. Ya estamos sufriendo. Nuestros lagrimales ya nos están dando el aviso. El nivel del mar sobre el que navegamos aumenta día a día (el Mediterráneo sube tres milímetros por año, a lo largo del siglo XX aumentó 20 centímetros). Las altas temperaturas baten récords cada verano. Los humedales costeros retroceden. Las olas están cambiando de altura. Las pocas lluvias son cortas y torrenciales. Los pulmones más débiles se quiebran. ACNUR calcula que serán entre 250 y 1.000 millones las personas de todo del mundo que perderán sus casas o se verán forzadas a mudarse de territorio y hasta de país por estas causas en los próximos 50 años.
No es una amenaza, está sucediendo: somos la fiebre de este planeta.

El cielo cuenta

BY MARTHA ZEIN

Mira hacia arriba. El azul no miente. Si se revuelve habrá tormenta.

El azul no existe, es sólo una ilusión óptica, sin embargo, las nubes, el viento, el sol  y todo lo que en él sucede es real. Allí arriba se están cociendo asuntos que vienen de aquí abajo: lluvias repentinas y torrenciales, altas temperaturas, vientos secos y huracanados.

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Azul arriba, azul abajo. Hemos zarpado hacia Valencia. Esta vez el WWFsolar es el embajador de la campaña #niungradomas. Somos la generación que se enfrenta al cambio climático. Este agua sobre la que navegamos absorbe el 40% del dióxido de carbono que emiten nuestros coches y fábricas, este mar se está comiendo la costa centímetro a centímetro, este azul se está calentando y la vida hierve con cada grado.

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Mira hacia arriba y dime si quieres formar parte de esta fiebre.

Sé de 15.700 personas que hoy, ahora, ya se están moviendo para frenar el cambio climático.

Mira aquí, en #niungradomas

Cómo rematar una historia sin derramar una gota de sangre

BY MARTHA ZEIN

¿Cuántos peces tienen que llover para que un cuento nos arrastre y nos lleve al otro lado de los puntos suspensivos? Esta mañana baldeo el catamarán con la música en alto y moviendo las caderas. Bailar es un buen ritual. Es nuestra última jornada en el catamarán. Hemos visto la sonrosada aurora y recorrido las últimas diez millas en silencio. Después de un buen desayuno repartimos las tareas y a mí, como marinera que soy, me ha tocado borrar las huellas de las pasadas semanas. En sólo dos horas he encontrado el aroma del último tripulante en el envés de una almohada, la señal en la página 73 de un libro olvidado, el teléfono que dejó escrito alguien en el lateral de una caja de crema solar, un sombrero de paja cuya ala desgastada recuerda que cubrió muchos trayectos de quien fue su dueñ@… Me muevo embriagada por las historias de los objetos perdidos. Bailo con la sonrisa puesta y los ojos acuosos. Tres tiburones se mueren de risa en la barriga de mi ordenador. ¿Estaré en la antesala de una fábula o es que esperan hincarme el diente?

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Sabía que llegaría este momento, que sería yo la que tendría que peinar el cabello a la muñeca abandonada, pegar el sello a la carta que no se envió o vaciar el culo de las copas (qué poca sed se asomó a sus bordes) porque ya me tocó el año pasado. Ni los manuales de marinería, ni los libros de bitácora que consulté hacían referencia a la existencia de esta tarea final de modo que he tenido que deducir que debe ser algo así como rematar un relato. Que conste que no pongo ninguna objeción a declinar y ejecutar los verbos propios de mi cargo (limpieza de interiores, lavandería, atraque, desatraque, bla, bla, boa) pero es  que soy de las que no mato ni a una mosca, así que de rematar ni hablemos… por eso bailo. ¿Quién me recordó en esta campaña la danza ceremonial de los maoríes? Mientras voy y vuelvo con el cepillo y el jabón, sacando la lengua y taconeando de vez en cuando el suelo, de proa a popa, voy encarando las preguntas de última hora. Ahí viene una: Si estoy asistiendo a los últimos estertores de un cuento, querría saber si lo hago desde dentro o desde fuera. ¿Desapareceré tras la última mancha que limpie en cubierta? Me ha parecido ver por estribor a un pez burlón, se burla de la cara que llevo puesta.

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Ignoro mi destino, quizás en uno de los puntos finales con los que agoto las huellas que me van saliendo al paso esté escrita mi sentencia. Bailo. Intento hacer sonar la caracola. Froto mi nariz con alguno de los objetos perdidos, para darle la bienvenida, e intercambiar el “ha” o aliento vital. Es así como reconozco a la amiga que guardaba secretamente las colillas de sus cigarrillos, al voluntario que no volvió a por su delicada camiseta, al compañero que compraba cremas de lujo para las heridas de su piel, al visitante que tropezó nada más poner pie en cubierta y se curó a escondidas… Son simples manchas y sin embargo hablan de retales de ternura, de instantes de soledad que todos los seres humanos destilamos al vivir. Unas cuentan lo que hubo, otras lo que quedó por contar, estas últimas son las que más me interesan.  He dejado que se cuele en mi ordenador una medusa/patata, tiene pinta de saber de naufragios y es capaz de sonreír a los delfines coloraos.

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Hablan los retazos por los rincones. Habla el corcho de una botella de champán con la que José Manuel celebró que era feliz. Lo hacen los últimos folletos que nos entregaron los miembros de la plataforma Salvem PortoColom aquellos días en que preparaban las jornadas en defensa de la posidonia. Hace tres que clausuraron el mes de actividades con una fiesta en la plaza de l’Església. Recuerdo la tarde en que se asomaron al WWFSolar. El viento que nos retenía en su bahía hacía saltar a su pequeño llaüt. Llevaban una posidonia de atrevo en el lugar donde los del Nueva Catalina están desplegando ahora las velas. Habla cambién el bote de pepinos preparados por Anne (con canela, pimienta, granos de mostaza, enebro, azúcar y vinagre…) y me invita a pensar en María celebrando la intensidad agridulce de cada bocado. La defensa que nos regaló Guillem golpea con buen ritmo en la amurra y yo bailo su son. He creído ver llorar al ojo de un calamar.

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Nuestros restos siguen hablando de nosotr@s cuando ya no estamos. No hay nada más elocuente que la huella que deja un cuerpo en el colchón. Sus formas recrean la geometría de quien fue su dueñ@, por eso improviso responsos para los fragmentos que hago desaparecer y busco nuevos acomodos a los que tendrán una segunda vida a bordo. A este grupo pertenecen los platos que utilizó Fabián (Master Chef) durante su slowcooking solar, la botella en la que Inma trajo esa tisana reconstituyente que ya añoro y las frases de reconocimiento escritas en el “cuaderno de visitas”. Mientras restriego con el cepillo la cubierta dejo que se vaya de la lengua la mesa de popa, porque allí las charlas compartidas dieron lugar a buenas decisiones, argumentos inteligentes, conclusiones comprometidas… En el sillón se sentaron niñ@s capaces de dibujar peces barbudos muertos de amor.

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Me gusta dar la bienvenida a bordo diciendo a l@s viajer@s que creo que si están a bordo es porque son personas que se plantean preguntas y que sólo por esto ya me caen muy bien. Me alegra recordarles que son nuestros interrogantes los que hacen hablar al mundo, es así como las formas de los objetos cuentan una historia. De este modo empezaba a explicar que el WWFSolar nació para cumplir un sueño (cruzar el Atlántico utilizando exclusivamente la energía del sol) de ahí su aspecto, su tamaño, el número de placas, el diseño de los patines… Parte de los soñadores de este barco procedían de los hermosos márgenes del sistema: un puñado de jubilados (los que llevaron a cabo la travesía transatlántica) y un ingeniero recién salido de la facultad (diseñador del motor). !Me gustan estos protagonistas!, entre otras razones porque permite hablar de otros márgenes, tan minúsculos como los bordes de las olas (en sus puntillas duerme el secreto de nuestro movimiento en el mar). Un día un niño dibujó un pez aislado en una pecera dentro del océano y me robó el aliento. Hace años siete personas con limitaciones físicas y psíquicas acompañadas de siete jóvenes creativ@s me ayudaron a llenar de vida a un personaje silencioso, un pececillo rojo que vivía solitario en una pecera redonda al que pusimos de nombre Lo Pez. ¿Es que los cuentos están enlazados por corredores invisibles? Y si así fuera, ¿tienen forma de estantería?

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Restriego con energía las curvas de las escotillas. Me divierte que en los barcos las ventanas no tengan esquinas. Tarareo (el jabón jaleado da más espuma),  me entretengo en los objetos perdidos con el mismo interés con el que el capitán atiende al murmullo de la hélice durante la travesía o al cambio de temperatura del motor. He comprobado que así pueden llevarme a un lugar que ya no existe. Por ejemplo, este molinillo de viento, uno de los que hicieron los niños para decorar las figuras de arena durante el acto final de la campaña en la playa de Talamanca (Ibiza). No me extraña que sus creaciones inspiraran el cierre de una campaña que quería reivindicar el uso de la energía renovable como alternativa a las prospecciones de hidrocarburos en el Mediterráneo. Sus animales marinos son los más hermosos que he visto jamás en tierra. Les declaro descubridores de una mitología alternativa a las bestias que habitaban en los confines de la tierra durante siglos y hacían del fondo del mar su reino devorador de barcos. Quizás cuando sean adultos tengan que imaginar cómo fueron esas especies que hoy estamos haciendo desaparecer con la pesca agresiva y los intereses comerciales, pero ahora lo que les sale de la punta de sus lápices de colores es un mar lleno de vida risueña, disparatada y, sobre todo, diversa. Lejos de los monstruos marinos que los cartógrafos inventaron durante los siglos X al XV para ilustrar los posibles peligros de navegación, ell@s imaginan que el confín del mundo puede ser un lugar acogedor.

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El capitán resopla a mi lado. El calor aprieta. Aún nos queda hacer el equipaje. ¿Cuál será el objeto que se desprenda de nuestras mochilas y vaya a parar a ese agujero negro en el que acaban las novelas, los cuentos, los relatos de las abuelas? ¿Qué mancha dejaremos que por otros será limpiada? Si soy yo quien la borre, ¿habré rematado mi propia sombra? En nuestras maletas no hay pelucas empolvadas en talco, ni narices rojas, ni ropajes doblados del revés, ni filtros de colores guardados de forma exquisita junto a enchufes y cables. Aquí no se acabó el espectáculo (la simple existencia del barco solar recuerda que otro modelo energético es posible, toda una metáfora política, económica y social en los tiempos que corren), aunque es cierto que el martes pasado nos visitaron decenas de delfines y la magia envolvió la travesía. Ninguno lucía bigote, ni lanzaba corazones por la boca y ni tenía cuerpo de nube, sabía que no iba con ellos el,pez-ojo con su cría.

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¿Y lo intangible? ¿Cómo se limpian los flecos que no se ven? En este catamarán conocimos a personas que están haciendo revoluciones invisibles y sin embargo contagiosas, como Giovanni, quien, cambiando el motor de gasoil de su velero por uno eléctrico está dando forma a un nuevo modelo de vida. No parecía un hombre agobiado por tener una jornada laboral reducida por “la crisis” sino una persona que trabaja unas horas al día para ganar dinero y el resto para ganar en autonomía. Nos contó que cada vez que había adquirido una pieza para su velero tuvo que superar una traba del mercado energético, el alimentario, el de la locomoción, el administrativo y el del conocimiento, lo que le hacía ver cuán grande y pesada era la dictadura del sistema. Su grado de libertad aumenta a medida que intercambia información y esto funciona en ambos sentidos, por eso nos buscó cuando leyó en la prensa que navegaríamos por su zona.

Estábamos terminando nuestra conversación en el catamarán solar cuando se asomó por popa, tímidamente, un energético anciano, Joan, mestre d’aixa conocido como Es Curret. Fue así como sucedió que el oficio del pasado dió la mano al futuro y nuestro mundo pegó un brinco. Curret fue explicándonos con los ojos iluminados algunos de los secretos de la construcción de llaüts, una pasión que heredó de su abuelo cuando apenas tenía 12 años y con la que alimentó a sus hij@s. El por qué de las formas, pesos, materiales… que hoy sostienen tantas embarcaciones se coló para siempre en nuestro discurso sobre las posibilidades de los nuevos motores eléctricos. Fluímos de tal manera que terminamos en el interior de lo que fue una pequeña parte de su astillero. Su hijo varón arquitecto lo transformó en un bloque de viviendas de lujo en primera línea de playa y un garaje en el que guarda sus tesoros. Allí, junto a las plantillas de madera que usaba para construir las embarcaciones, estaban las herramientas de los calafates que, según Curret, componían música al martillear la estopa con la que daban estanqueidad a las tablas.

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Semanas después, en Ibiza, Javi y Raúl, técnicos de medioambiente de Santa Eulàlia y San José, nos volvían a mostrar aquellas herramientas como útiles que querrían utilizar en la recuperación del Reina del Mar, un llaut de carga de 12 metros de eslora construido a principios del siglo pasado y que están rehabilitando con sus propias manos. La caja en la que aquellos calafates guardaban sus aparejos de hierro les servía al mismo tiempo de asiento, un detalle hablaba de una forma de vida. Según recordó José, en Galicia eran trabajadores itinerantes, que iban de puerto en puerto reparando naves, aislándolas del agua. Para los seres nómadas la ligereza es un factor importante.  Javi, Raúl y el capitán se habían conocido antes de forma virtual, movidos por una pasión compartida: las embarcaciones tradicionales, el slowsailing y las soluciones respetuosas con el medioambiente. Además, forman parte de la plataforma Alianza Mar Blava, por tanto estábamos destinad@s a encontrarnos durante la campaña. Cuando nos invitaron a ver su barco de madera no imaginaba que me regalarían una imagen que tardaré mucho tiempo en olvidar. Aquel llaut descansaba sobre puntales recios a la sombra de un enorme pino, junto a un pajar, una higuera, un caballo blanco, un galgo también blanco y mazorcas de maíz. Hace cinco años que encontraron la nave encallada en la costa, comida por el tiempo. Desde entonces, en sus horas libres, se dedican a pulir, clavar, ajustar, cepillar, doblar las tablas con calor, acudir a mercados de segunda mano donde adquirir tesoros náuticos, buscar troncos capaces de ser mástiles… Su entusiasmo es contagioso. ¡Al lado de su aventura todo son dulces colinas!

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Toca irse, ser borrada o rematada. Mientras espero mi destino voy haciendo con mis cosas un hatillo. Utilizo el mocador de lligall que me regaló Vicent Forteza. Mi amigo me ha enseñado a usar el tradicional pañuelo pitiuso para envolver paquetes, hacer bolsos e incluso transformarlo en un top agro/playero y ha bautizado la iniciativa como furoshiki pitius haciendo referencia a la palabra con la que se conoce este pañuelo en Japón. Giro llave de este viaje en la cerradura. ¿Dónde he quedado, dentro o fuera? Veo pasar una peza con los labios pintados, lleva en la boca el resto de un poema…

la foto 18(final del poema de Rafael Alberti “De mar a mar”, que cuelga sobre la mesa de mapas del pailebote Cala Millor. Es una de las quinientas copias que firmó en Huelva en el año 91, a los ochenta y nueve años, en recuerdo a su madre, que era natural de esta ciudad. Siempre, siempre, somos niñas, bien lo saben l@s poetas)

Amorrada al piló de los excesos

BY MARTHA ZEIN

El muelle al que nos acercamos está bordeado por una ristra de luces azules, como si alguien hubiera querido camuflar con un tatuaje luminiscente la agresiva fractura que existe entre el mar y el pedazo de tierra que nos recibe. Las paredes del malecón son tan altas que nuestra cubierta apenas asoma la nariz a su calzada; durante las operaciones de amarre mis ojos han quedado a ras de suelo, el brazalete eléctrico ha iluminado cada defensa que iba deslizando por la amura. Comprendo el mensaje. La parpadeante línea azul anuncia el sometimiento de la ciudad como el collar de cuero en un encuentro BDSM. He lanzado los cabos a tierra con la musculatura encajada, no importa que los operarios del puerto fueran solícitos, al fin y al cabo son seres de día y pronto desaparecerán entre el gentío, es más, encajan en el escenario, son actores sin frase.

Anudé, fui anudando el barco sintiendo que laceraba la piel compartida por la tierra y el mar con un bondage desmedido. Quizás el viejo puerto de Ibiza ya estuviera maniatado antes de que llegáramos pero nuestros cabos encajaban en las marcas de su piel y aún estoy demasiado cerca del muelle para constatar la envergadura de los arañazos y demasiado abajo como para que cualquier transeúnte parezca encaramado a un tacón de aguja. Los grandes yates alumbran con sus focos el agua, como si quisieran que las tinieblas les iluminaran. Mi calavera comienza a bailar, forzando a mi perturbada musculatura que es incapaz de sonreír ante el espectáculo.

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A los pies del puerto viejo de Ibiza

No elegí este juego y sin embargo estoy aquí. 48 horas atrás nos cruzábamos con dos hombres vestidos de blanco como sus velas. Era un día de viento creciente y avanzaban silenciosamente sobre las aguas. Hoy estarán remontando la costa de la Tramuntana en su un breve llaut (Nova Catalina), unas veces a remo, otras a golpe de viento. Su plan: dar la vuelta a Mallorca para recordar la importancia de la simplicidad, el cuidado, la desaceleración, el decrecimiento. Conversar con Giacomo es aprender de la economía del don, de iniciativas ambientalmente revolucionarias y de la defensa del agua, hacerlo con David es recuperar la memoria de la vela tradicional y una cultura. A veces van solos, otras les acompañan l@s amig@s del Noctiluca, con Mika y Hans en cabeza. Observar su desnudez me conmovió; de aquella emoción procedo. Aquí, en mi destino, cae la noche, conmigo dentro. Aquí todo es subyugante carne cruda. Entre los dos extremos me retuerzo. Dicen que en el cerebro el dolor y el placer comparten la misma membrana.

El brillo de la piedra enverdecida por las algas, su solidez y la herrumbre de los norays me recuerdan que este puerto pertenece a la estirpe de los grandes (Zadar y Trieste le miran desde otras orillas conquistadas), sus dársenas se construyeron para acoger cuadernas altas, grandes conpuertas, escaleras que desciendan desde un primer, un segundo piso. Es evidente que nuestro catamarán no forma parte de esta medida del mundo; su calado es corto, sus cascos están diseñados para cortar el mar con poco esfuerzo, no hay puertas, ni ventanas, ni aire acondicionado, ni sala de máquinas… Nuestros motores son más pequeños que los de una lavadora, funcionan con el mecanismo de los juguetes. Simple, sencillo, sostenible. En este puerto, en agosto, un barco solar es tan anómalo que nadie repara en él. Podría realizar cualquier osadía a ojos de todo el mundo sin ser vista…

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La noche inventa soles en el agua

La idea me anima. Me declaro marinera de un barco inconcebible: cumplo el sueño de l@s infiltrad@s, encarno la vida cotidiana de l@s mendig@s, gozo del superpoder de las heroínas de cómic, son los ojos de los transeúntes los que me hacen invisible. Este privilegio me otorga una libertad de movimientos poco conocida. Asomo la cabeza por la escotilla atronada por tres, cuatro, siete fuentes de música diferente. Me apuntillo para ver las calzas malvas, verdes y rosas del espigón. Ruge la noche. La ciudad se enfunda neones purpurinas. Recorro con la vista sus haces de luz antes de poner pie en esta tierra sometida. Asciendo por sus íngles, vientre, pezones, axilas y lóbulo de orejas hasta alcanzar las pestañas de la Villa y sus habitantes. En sus ojos contemplo la intermitencia voluptuosa de los espectáculos, discotecas y locales de moda. Mercancías y mercaderes se confunden, el tacto no distingue la piel del plástico. Aún no he bajado a tierra y ya se aturden mis huesos. Risas, gritos al paso de las estrellas del starsistem. Ibiza en verano es la golosina de las eléctricas. Aquí el amor no es necesario. Estoy amarrada en el rincón de los excesos.

Las primeras personas que se acercan al barco nos preguntan de quienes son aquellas enormes naves que nos jalonan. Lo hacen en inglés, en italiano, francés. En popa tenemos el barco del multimillonario ruso Mikhail Prokhorov; en proa uno de los yates de Roman Abramovich. Uno y otro se aproximan a los 100 metros de eslora, el nuestro alcanza los 14. Tengo la tentación de colarles datos que no forman parte de su cuestionario, contarles el por qué de su riqueza, pero no he venido a esto, de modo que recurro al humor: “los dueños de esos yates son los ostentosos, extravagantes, inmorales y energéticamente dependientes zares del siglo XXI. Sabemos que pueden pagarse todo el petróleo pero nosotros tenemos todo el sol necesario para navegar hasta el fin del mundo, y aquí nos ves, en la misma casilla de salida”.

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Estamos flanqueados por yates de oligarcas rusos, la sombra de Gazprom es alargada

La noche ibicenca no ha hecho más que comenzar. Su estruendo no perturba el silencio con el que nos movemos en cubierta. Somos un virus solar en un organismo gigante y luminoso. Pregunto a quién pertenece este cuerpo, a quién enriquece este dispendio, quién mantiene esta hoguera de las vanidades abierta hasta el amanecer. El capitán responde que a Endesa y yo imagino al ex presidente del Gobierno, José María Aznar, sonriendo, satisfecho, al ver cómo la empresa por la que fichó en enero de 2011 tiene aquí una buena cartera de clientes. Los 200.000 euros anuales que recibe como asesor externo proceden, en parte, de este frenesí. No será el único en alimentar el fuego: El que fue ministro de Economía con el PSOE, Pedro Solbes, es miembro del consejo de Administración de la italiana Enel, multinacional de la energía poseedora del 92% de Endesa. La exministra de Economía Elena Salgado (PSOE) y uno de los padres de la Constitución, Miquel Roca, también deben de estar frotándose las manos. Forman parte de esa lista de polític@s que pasan a cobrar de la empresa a la que favorecieron mientras estuvieron en el gobierno.

Mientras izo la lentitud como si fuera una bandera pirata, contemplo mi futuro botín: son términos como “la actualidad”, que tanto dan de comer a los medios de comunicación (en estos días Telefónica hace y deshace en los salones de ciertos informativos). Es hora de revisar las convenciones que organizan nuestros tiempos, los individuales, los colectivos. Los cambios de gobierno que cada cuatro años pueden desencadenar unas elecciones son para los oligarcas el último paso de un proceso que iniciaron ocho, diez años antes. Por ejemplo, el Ejecutivo de Aznar culminó en 1998 la privatización de Endesa, un camino que inició el gobierno socialista diez años antes (cuando el Estado redujo su participación al 75,6 %). El enriquecimiento personal es la razón de estas decisiones. El vínculo entre el poder político y las empresas, concretamente las de la energía, es tan estrecha que el flujo de favores funciona en ambos sentidos. Así, entre 2002 y 2007, el presidente de la compañía fue Manuel Pizarro, quién se presentaría como número dos de las listas del PP en las elecciones generales de 2008. El actual ministro de Economía, Luis de Guindos, fue consejero de Endesa desde 2009, cargo que abandonó cuando asumió su cartera de ministro.

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Fotógraf@s apostados, esperando a que desembarque el star-sistem

A falta de mástil me encaramo al mojón de amarre y lanzo el grito de guerra (hacia adentro, pero con la misma furia, con la misma voluntad arengadora): ¡Al ataque, mis valientes! ¡arranquemos nuestra vida cotidiana de sus agendas con actos impredecibles y desobedientes! ¡No estemos donde nos esperan! Nuestro presente colectivo fue diseñado un decenio atrás, por eso para adivinar sus decisiones es tan interesante acudir a las hemerotecas. Por ejemplo, en septiembre de 2006 el entonces consejero delegado de Endesa, Rafael Miranda, se reunió en Moscú con el vicepresidente del Comité Ejecutivo del gigante ruso Gazprom, Alexander Medvedev, para analizar oportunidades conjuntas en los negocios del gas y la electricidad. Al calor de lo sucedido en Ucrania esta noticia hace que cambie mi percepción del presente. Miro a proa, miro a popa, ¿Qué estarán tramando los dueños de las embarcaciones que nos escoltan? ¿Con quién se estarán dando un chapuzón? ¿Con quién jugarán al oligopoly? Estrujo mi galería de preguntas.

Por el puente del yate de proa camina un famoso actor del star-system. A su paso, tod@s gritan. L@s fotógraf@s llevaban horas esperando esta foto. Quizás cuando regresen a casa unos y otros miren atónitos el recibo de la luz o se pregunten por qué los billetes de avión son cada vez más caros o quizás vayan a más e indaguen de dónde salió todo aquel dispendio, aunque no sé si se darán cuenta que contribuyeron a mantener la fiesta en alto y que esta no es nada inocente porque en la era del fin del petróleo cualquier derroche energético crea un nuevo tipo de pobreza y probablemente ell@s sean l@a primer@s afectad@s. Como bien explica Esther Vivas, “la pobreza, hoy por hoy, ya no solo implica no tener trabajo, no llegar a fin de mes, no poder pagar la hipoteca o el alquiler sino, también, no poder prender la luz, tomar una ducha o encender la calefacción”.

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En esta feria l@s adolescentes (y no tanto) gritan durante horas el nombre de sus ídolos

Quizá los neones, las fiestas, el consumo hasta morir sean una vía de escape para quienes quieren huir de la oscuridad de la crisis, pero hay lugares en los que la trampa se hace tan evidente que es difícil caer en ella y el barco solar es uno de ellos, no tanto por ser una anomalía sino porque navegar en él es algo no pautado. De eso se trata, de ponerse en una situación en el que puedas sentir la resistencia al cambio, cuando esto suceda tómatelo como un buen síntoma: estás tocando hueso. L@s dueñ@s del mercado necesitan que “Ibiza” siga ardiendo en nuestro imaginario porque sólo zambulléndonos en ese estilo de vida pueden mantener sus privilegios, por eso llenan las copas de veraneantes, consumidores, emplead@s y fans, para poder seguir coleccionando yates que en cada jornada de navegación devoran el presupuesto energético anual de diez hogares medios. Quienes asisten a esta voluptuosa hoguera creen que han ganado un sitio alrededor de su mesa, no se dan cuenta que están siendo servidos en sus platos y serán devorad@s con desgana.

No todo es feria. De hecho cada vez son menos los feriantes. Los márgenes de las oligarquías son tan grandes que a l@s ciudadan@s rebeldes, resistentes y desobedientes se empiezan a unir colectivos y entidades que no suelen entrar en estas lides. En junio del año pasado la Plataforma por un Nuevo Modelo Energético entregó más de 100.000 firmas a la Fiscalía Anticorrupción para que investigara la incorporación de ex-polític@s a los consejos de administración de las eléctricas, por si se hubiera incurrido en hechos constitutivos de delito tales como prevaricación o tráfico de influencias. Mientras el asunto recorre el lento itinerario de la administración de justicia, las acciones se multiplican. En los últimos días hemos compartido navegación, actividades y conversaciones con miembros de la plataforma Alianza Mar Blava, un claro ejemplo de hasta qué punto un claro bien común puede enlazar a la administración, entidades privadas, organizaciones medioambientales y colectivos que en otros ámbitos de la existencia siguen estando confrontados. Paralizar las prospecciones de hidrocarburos en el golfo de Valencia es un claro bien común que ha servido para iniciar un modelo de acción política basado en el consenso, en acciones positivas como método de resistencia y en nuevas formas de liderazgo (grupos de trabajo, cargos rotatorios, actividad asamblearia… Esta acción común exige la acción directa de cada uno de sus miembros, como ciudadan@s, pueden reducir sus necesidades de energía, contratar electricidad con cooperativas verdes, producir electricidad limpia y, para l@s más valientes, recurrir a la desobediencia civil más tradicional.

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En este mercado inoculamos nuestros tenderetes

El horizonte del dueño de Paladium (el yate que nos jalona la popa) pasa por la explotación del niquel, el paladio y el oro, el del Ectasea (a quién apunta nuestra proa) gira en torno a las explotaciones de gas y petróleo, el de este barco solar es la soberanía energética entendida como la “capacidad de una comunidad política para ejercer el control y la potestad, y para regular de manera racional, limitada y sustentable la explotación de los recursos energéticos”. Los tres estamos amorrados al piló de los despropósitos, unos para someter el cuerpo de la ciudad, otr@s lo hacemos para deshacer sus ataduras. Sí, hasta mis huesos bailan, pero son diferentes melodías. Qué extraño este lecho, qué perversa la orgía de este escote.

Preguntas devoradoras, bocas fósiles y pétreas aletas de nariz

BY MARTHA ZEIN

Orejas inmensas, coños calizos, anos ciegos y cuencas de ojos, la sierra de Tramuntana muestra sus oquedades de apariencia plácida y tamaño devorador, diez veces, cien, quizá mil veces más grandes que un ser humano. Los priragüistas son hormigas, aquella motora con botellas de buceo es un moscardón, los veleros que se acercan a las laderas, mariposas. Soy montaña y también un minúsculo isópodo a punto de ser fosilizado. Por primera vez dejo que una mosca recorra mi brazo. Aguanto su cosquilleo; termino espantándola. Todo sucede en silencio. Sobre nuestras cabezas el vuelo circular de un halcón.

Navegar lento enmudece el paisaje. La alianza del sol, el viento y el mar empuja este barco hacia delante. Atiendo a su negociación: El deseo tiene una silla (la más frágil) alrededor de esta mesa; hace tiempo que no vienen a sentarse la voluntad o el esfuerzo; acumulación y ahorro perdieron su sitio; los costes se alían con el cuidado… Según el GPS el próximo puerto aparecerá apenas en unas millas. Miro el trazado de nuestra ruta en el mapa: Estamos a punto de cerrar el círculo que comenzamos el 1 de julio. La campaña que empezó en Palma, saltó a Cala Ratjada y pasó por Alcúdia después de visitar Menorca, está alcanzando Sòller. Es decir, hemos dado la vuelta a Mallorca y lo hemos hecho de este a oeste, imitando el recorrido solar. A veces la coherencia toma decisiones por su cuenta. Así pues, no miento si digo que este catamarán avanza llevando la contraria a las agujas del reloj. La paradoja está servida.

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Hace unos días José hizo una reflexión en torno al impacto que causó la aparición del reloj mecánico en la historia de la humanidad. Fue uno de los inventos que mejor arraigó en la nueva mentalidad de la era industrial (el objeto llevaba siglos dando vueltas) pues facilitaba la organización del trabajo en serie y la producción estandarizada. Con la división de la jornada en horas, minutos y segundos llegó la coreografía de los actos sociales y también una nueva forma de ordenar el día, definir la noche, entender el pasado, esperar el futuro… y experimentar un nuevo desposeimiento: la supeditación de los ciclos de la naturaleza y de nuestra biología (la vida) a una medida ajena a nuestra percepción fisiológica y psicológica, es decir, la imposición de un nuevo canon sobre quienes sómos.

Hablar del tiempo en un barco lento es extraño. Escribo mientras todo sucede detenidamente. Cada vez que levanto la vista del ordenador, la veo, como quien vuelve una y otra vez a mirarse en el espejo y se encuentra con el mismo rostro, propio y siempre ligeramente extraño. La sierra de Tramuntana se deja mirar ajena a mis monólogos, abandonándome a un placer onanista. ¿Cuántos seres humanos habrán pisado ese rincón? Soy consciente del privilegio: Veo aquello que ignoran quienes se asoman al cortado. Ese hueco íntimo, aquel pliegue, se ofrece sólo a mis ojos, en ellos veo orificios primigenios, así son antes de convertirse en heridas del cemento. Desde el mar la sierra muestra su cara oculta, los cráteres que comparte con la luna.

No es fácil que aquí, en este lugar del mapa, la tierra se deje mirar. Ésta es la isla del Mediterráneo más cercana a los circuitos comerciales de la Europa rica y el turismo del sol y playa centra sus focos en el mar. La única tierra que entra dentro de los cánones es la que se ofrece como colchón de arena; sobre ella yacen l@s bañistas, nos la brindan abierta de piernas, turistas y playas copulan un cíclico “samaritano” colectivo. Sin embargo aquí, ahora, desde el barco solar, la Tramuntana se brinda vertical, agreste, y enreda libremente sus faldas en el agua. La contemplo, apenas ha sido tocada por las prisas, es tan ajena al actual modo de vida que ni siquiera encaja en el adjetivo “virgen”, ella parece sierra dueña de sí misma.

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Durante las dos últimas jornadas he mirado estas rocas como si fueran un espejo inmenso: en ambos lados estaba yo, inquiriendo al mundo y sorprendiéndome de mi pertenencia. El diálogo resulta infinito porque en ambos lados del interrogante está mi mirada sorprendida y también algo no dicho o a punto de ser pronunciado. Si desde el barco miro a la sierra y le inquiero (espejito, espejito mágico, quién es esa que veo), el otro lado me devuelve el eco de una pregunta anterior. Delante de este paisaje y sus huecos observo a la que fui, la que caminó alrededor de Mallorca a pie agarrada a un hilo, colocando un capullo de seda en cada kilómetro recorrido con la intención de convertir la isla en una mariposa (Imago). En este lado contemplo a la marinera que soy, la que está viviendo en una nave solar que surca el exhausto Mediterráneo para conectar a l@s habitantes, trabajador@s y amantes del mar con las energías renovables y las artes de pesca respetuosas con la vida. El cristal de este maleable espejo es la línea en la que agua y tierra se besan e intercambian granos de arena y sal. En ambas caras la que fui y la que soy se preguntaban, mirando al otro lado. En ambos momentos, antes y ahora, dábamos y doy la vuelta a la isla de este a oeste, llevando la contraria a los relojes. Aquella que fui llevaba los bolsillos llenos de capullos de seda, cada kilómetro se agachaba para convertir aquellos minúsculos botones en hitos del camino, una nueva unidad métrica. La que soy se siente oruga frente a esa pared que la contempla. ¡Qué extraño juego de reflejos, que insospechada simetría, qué cierto es que cambiando la posición puedes ver otros mundos en el mismo mundo!.

Quien ha navegado sabe que en el mar el tiempo, las distancias, la orientación, los ritmos, son distintos a los de tierra. La derecha es estribor, la izquierda se llama babor, los kilómetros se transforman en millas, la velocidad se mide en nudos y la puntualidad es imposible. Vivir en un barco exige tener poco, ser autosuficiente, tener conciencia de que no siempre habrá un grifo al lado, un enchufe, un surtidor de gasolina, una tienda, una señal de wifi. En un barco los relojes quedan abolidos, de nada sirve saber que han pasado dos horas o cien cuando el viento desea medirse las fuerzas, si las olas no quieren colaborar. En tierra cambian los olores, las piernas cobran el poder, la mirada se adapta a nuevas perspectivas, la información se ordena de otro modo… L@s habitantes del mar y los de la tierra siempre guardan un punto ciego para “el otro”. Si la nave es solar este extrañamiento es mayor.

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El simple hecho de que el sol intervenga en tu vida cambia la forma de concebir tu paso por el mundo, para empezar cortas los lazos de dependencia con las multinacionales eléctricas y las petrolíferas; además, te planteas tu uso de la energía como una relación constante: no puedes consumir más de lo que ingresas, no puedes acumular energía (como quien ahorra dinero en una cuenta del banco) y ese “ingreso” no depende de tu capacidad de trabajo o tu ascendencia sobre los demás sino de algo tan ajeno a ti como las horas de luz que te lleguen del cielo y de la calidad de sus rayos.

Las personas que se acercan al catamarán suelen proceder de una vida “terrestre”, es decir, funcionan por códigos de conducta bastante diferentes, sin embargo ahí están, asomándose, y eso me fascina. ¿Qué ven, qué reflejo les atrapa?. Espero a que lleguen, niñ@s o ancian@s, hombres, mujeres, no importa condición social o forma de vida, su primera pregunta suele ser siempre la misma: qué velocidad alcanza. ¿No es extraño que la conversación siempre empiece por el mismo lugar? La respuesta sobre la “velocidad” (hasta 8 nudos en la situación más óptima, aunque en las travesías largas no solemos superar los 4) no puede interesar del mismo modo a quien maneja una motora de salvamento marítimo que a quien posee una golondrina en la que pasea a turistas que lo que quieren es disfrutar el máximo tiempo posible del viaje. ¿Por qué les interesa la velocidad, es decir, la relación entre el espacio y el tiempo? ¿Es que tienen prisa? ¿A dónde se supone que hay que ir? ¿De dónde queremos escapar? ¿Es la inercia de quien está acostumbrad@ a ver anuncios de coches? ¿Por qué compramos velocidad? ¿Para qué la queremos? ¿Hasta aquí nos ha llevado la colonización de nuestro imaginario sobre el uso del tiempo?

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Existen otras dos preguntas, de esas que también surgen fácilmente de cualquier garganta: cuánta autonomía tiene y cuánto cuesta el barco. La primera me parece delatora: Nos sentimos tan indefensos sin nuestros proveedores de alimentos, energías, etc, que lo primero que pensamos es hasta qué punto es peligroso vivir alejad@s de antenas parabólicas, surtidores, contadores de luz… Explicar que es posible el “flujo contínuo” de energía, que pueden vivir al margen de un modelo energético dependiente, implica para muchas personas un despertar, un cambio de posición frente al espejo. La pregunta que hace mención al dinero me parece casi de sentido común. Las tarifas eléctricas, el paro, la reducción de nuestra capacidad de consumo… hay múltiples factores que llevan a que la mayoría de l@s ciudadan@s de este país se plantee cómo vivir con menos dinero. En el fin de la era del petróleo esta energía es cada vez más cara y está sometida a intereses transnacionales, lo que hace evidente nuestra falta de control sobre los precios. Llevamos navegando un mes con un gasto de cero euros. La respuesta es contundente, sin embargo la conclusión sigue asustando porque las tres preguntas hasta ahora mencionadas alimentan el miedo.

Hay un tipo de interrogantes que si salen más fácilmente de la punta de la lengua es porque son cuestiones adquiridas, introducidas, artificiales, hechas para ocupar el espacio de otras. Se comportan de forma invasora, sustituyen a nuestras curiosidades e intereses, no nos pertenecen porque en realidad no surgen como fruto de la curiosidad, el deseo o la reflexión, las usamos para establecer un vínculo, para romper el hielo con una persona desconocida… o para callar las inquietudes más incómodas, esas que nos da vergüenza formular porque nos resultan incómodas. Aunque parecen prácticas o al menos inocentes, llevo días insistiendo que han de ponerse bajo sospecha porque nos impiden mirar hacia otro lado y orientan nuestras reflexiones hacia lugares que no nos interesan. Son “preguntas borradoras” que de alguna manera hemos incorporado en nuestros monólogos, están prefabricadas, hechas en serie, por eso todo el mundo las lleva dentro y si el sistema las promueve es para que ocupen el espacio de otras. Parecen amables, es evidente (por sus efectos secundarios) que no les sientan bien a nuestra autonomía y sin embargo las seguimos formulando. Nos comportamos, pues, como si fuéramos adict@s a ellas, a una línea de pensamiento.

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Quien logra arrancar de su garganta las cuartas y quintas preguntas descubre su diversidad. Unas personas se interesan por aspectos específicos del motor o del diseño de la nave, otras por la comparativa que supone mantener un motor de gasolina frente a uno como el nuestro (solar) o la huella de carbono, las hay que se plantean las estrategias que utiliza el mercado para que tengamos dificultades a la hora de adquirir el material para instalar este tipo de soluciones en nuestros vehículos, y hay quienes han subido al barco para hablar sobre soluciones aún más osadas como la denominada “energía libre”…

Este fin de semana Giacomo De Stefano y David Oliver, con el apoyo del GOB, comienzan una particular circunnavegación en torno a Mallorca. También lo harán del este al oeste, pero sobre un llaut a vela y remo. La razón de esta iniciativa es defender el respeto del agua, compartir, aprender y activar proyectos de economía sostenible. El proyecto medioambiental se denomina “Volta Mallorca” y está abierto a cualquier persona que quiera sumarse a navegar con poco. Imaginar su velero a los pies de la Tramuntana me vuelve a hacer pensar en este espejo rocoso hecho de granos de sal y arena ante el que construimos nuestras señas de identidad y que exige una toma de conciencia y un grado de responsabilidad constante. Espejito, montaña, mar, espejito mágico, ¿quiénes somos es@s que nos miramos?.

A Adela se le rizaba el mar en las pupilas

BY MARTHA ZEIN

Le dije que la cofradía de Baiona (Vigo) acababa de elegir a una mujer (Susana González Álvarez, percebeira) como patrona mayor y que era la primera en la historia de la Villa. Me lo había comentado la noche anterior Bety, con visible alegría, y a mí me había parecido que el nombramiento permitía aventurar un cambio de mentalidad entre l@s profesionales del sector, al fin y al cabo una mujer es una anomalía en el organigrama del mundo pesquero. “Permitir que los márgenes accedan al poder hace evidente que su centro está agotado y que esa alternativa ha ganado una credibilidad capaz de vencer los prejuicios y los miedos, ¿No crees?”

Adela escuchaba sin cambiar el gesto, simplemente me dejaba hablar, y yo me lo tomaba como una invitación a entrar en su cabeza hasta la cocina.

“Disculpa la osadía porque soy una recién llegada al mundo del mar y lo que digo tiene que ver más con mi intuición que con mi experiencia, pero es evidente que quienes pescan, manejan los barcos y los poseen son hombres agarrados a un tipo de masculinidad, a una forma de hacer y de moverse. Tiene que ser muy difícil romper ciertas costumbres, ¿Verdad?” Adela alzó las cejas, me pareció que sonreía y yo dejé que mi corazón siguiera hablando.

En esos días había oído mensajes contradictorios. Si bien el ambiente del puerto pesquero de Ciutadella (Menorca) era acogedor y el contacto con los pescadores era amable, por mucho que la presencia de “Els amics de la mar” (una asociación que se esfuerza por mantener vivo el legado marítimo) llenara de vida los muelles, el malestar entre los profesionales de las artes mayores era evidente. “¿Por qué están enfadados? Y, sobre todo, ¿por qué no reconocen que lo están?, esa emoción está impidiendo que presten atención al mar, ese mar que tanto amáis. ¿De qué valen las rencillas antiguas, los rencores heredados, las competiciones entre familias? Tienen que terminar agotados y tristes, es descorazonador trabajar así. Imagino las reuniones sectoriales, si alzan la voz no es para exclamar sus derechos sino para dejar de escuchar su dolor. El mar está tocado de muerte, lo dicen las redes cada día, hacen rugir sus motores para no oír que esa vida que tanto aman está dando sus últimas bocanadas,,, y mientras, disimulan, compiten y se odian”.

Hacía varias frases que mi corazón hablaba a sus ojos. Las retinas de Adela son capaces de envolverse en agua, tienen un mar interior. En el cielo las nubes llenaban de sombras la ciudad.

imageNarrar y dejar que las nubes compongan

Me hice navegante de palabras hace diez años. Aprendí esta profesión junto al río Ebro, a fuerza de dormir junto a él y de caminar a su lado del nacimiento a la desembocadura.

En los momentos más frágiles del recorrido fueron apareciendo personas que me confortaban de forma generosa. Sucedió desde el primer día. Pronto entendí que lo increíble no era constatar la bondad de aquellos seres humanos sino comprobar que cada vez que ponía mi sed, mi sueño o mi hambre en sus manos mi lengua se aligeraba. Era tal mi agradecimiento, deseaba tanto compensarles y tenía la mochila tan vacía que lo único que se me ocurría poner encima de la mesa era una historia. Mi intención era contarles un relato caliente como su plato, tibio como su lecho, reconfortante como su abrigo… Y esto me obligó a prestar atención a sus preguntas.

Quienes encontré en mi tercer día junto al Ebro querían saber cómo había visto la tierra y el agua en aquellos escasos sesenta kilómetros que había recorrido. Cuando llevaba cuarenta días caminando mis interlocutor@s me seguían inquiriendo sobre cómo era el agua y la tierra y los habitantes de los sesenta kilómetros anteriores. El río que hacía vibrar, el que lograba esponjar los corazones, era el inmediato y no el remoto, los paraísos que interesaban eran los que ya conocían o estaban en su ruta, los infiernos que asustaban eran los que ardían debajo de sus camas. Lo que querían era asomarse y reconocerse en el espejo de mi relato.

Los ojos de Adela me llevaron a aquel río y, como hice entonces, dejé que fueran sus retinas las que encauzaran mi reflexión. Cuando se asomaba el brillo acuoso, cuando dejaba de pestañear, cuando percibía cómo se acurrucaban sus ojos, soñadores, en sus cuencas, mi palabra se recreaba en una idea y mi relato seguía ese sendero. “Puede parecerte una osadía, yo no sé, yo sólo voy atando cabos”, me disculpaba cuando veía que el agua quería desbordar el cerco de sus pestañas y a continuación guardaba silencio o cambiaba el paso.

A lo largo de los treinta minutos que duró nuestra conversación vimos cómo el catamarán cambiaba de forma: unas veces era caballo alado, otras alfombra mágica…

imageEn un rincón de la mesa, Adela, en el otro, yo, a nuestros pies el agua

Adela me observaba como si lo hiciera desde el fondo de un pozo, de uno de esos pous con los que recogen el agua de lluvia en Baleares, a los que debes encaramarte si quieres ver tu reflejo y que sin embargo saben anidar la luna. Los suyos brillaban, decían lo que callaba la boca, sabían contar aquello que pasaba de puntillas a nuestro alrededor. Los he visto otras veces en otros rostros. En Mallorca he aprendido a escuchar la locuacidad silenciosa, por eso sé que las historias pueden avanzar como lo hacen las aguas de un rio: adaptándose a la orografía del paisaje, sin perder su cauce. Definitivamente, Adela tenía la mirada isleña.

Nuestra conversación fue intensa aunque ella apenas abriera la boca. Me dijo que era hija de pescadores y que su familia seguía viviendo del mar, concretamente del arrastre; le contesté que estaba descubriendo su mundo, que sabía que apenas había diez barcos arrastreros en Menorca y que había asuntos que mi corazón no entendía; me preguntó cuáles y sonreí. Antes de caminar junto al Ebro mi respuesta hubiera sido otra pero recordé lo que ya sabía: los seres humanos queremos que nos cuenten historias sobre nuestr@s vecino@s, nuestr@s prójim@s, enemig@s, amig@s, quienes habitan en nuestros márgenes, se asoman a nuestras vidas y nos contemplan. No lloramos del mismo modo por la muerte de un ser querido que por la de un desconocido, por mucho que en ambos casos se nos parta el corazón. Nuestra capacidad para la simpatía está llena de grados.

Empecé a hablarle de mi primer encuentro con un pescador de artes mayores. Sucedió el año pasado, en uno de los talleres impartidos por el equipo de WWF durante la campaña. Los hombres allí reunidos visualizaban su futuro a medio plazo (apenas diez años) y uno de ellos se atrevió a hablar: Sus hij@s iban a la escuela sin avergonzarse de que sus padres fueran arrastreros, en tierra todos entendían que ellos también amaban el mar. No sé si se había dado cuenta que el trasfondo del juego era desear aquello que aún no había sucedido. Me impactó escucharle, su ignorancia de sí, su malestar disfrazado de reivindicaciones profesionales.

     En esto consiste narrar, ser navegante de palabras

En los ojos de Adela volvió a subir la marea. “Las emociones son políticas, no se puede tomar decisiones de espaldas a ellas, si queréis organizaros de otro modo alguien debería de trabajar las emociones del grupo. He oído que la potencia de los arrastreros de Baleares es la que más se ajusta a la letra de la ley comparado al resto de España (usan motores de 500/600 cv cuando hay barcos que pueden alcanzar los 2000 cv) y que si la fauna y flora del canal de Menorca se mantiene en buen estado es también gracias a vuestra forma de pescar. Tenéis muchas razones para estar orgullos@s del camino recorrido, ¿por qué no aceptáis que estáis vinculados? ¿Por qué las rencillas? Si lo miras bien, es el amor en todas sus manifestaciones (odio, compasión, envidia, tolerancia, el miedo a la crítica…) el que sostiene los ideales de justicia, crea alianzas, suma o resta votos… Alguien tiene que dar este golpe en el timón”.

Adela me regalaba la humedad de sus ojos y yo navegaba en ellos. La noche anterior había buscado los nombres de las mujeres que fueron elegidas patronas en las cofradías gallegas en las elecciones de los últimos días. Quería ver su aspecto, qué modelo de mujer representaban. Al frente de la Cofradía de Pescadores “A Anunciada” de Baiona encontré la frondosa melena de Susana González Álvarez; me llamó la atención el mentón prominente y firme de María Isabel Maroño Vázquez, la nueva patrona mayor de la Cofradía de Pescadores de Ferrol; en Cedeira se estrenaba Lucía Villar Martínez… Era la primera vez que los hombres del sector elegían como líder a una mujer, lo que daba fe de su voluntad de cambio, y con ellas habían apostado por una forma concreta de entender el poder: las tres llevaban años trabajando en el mar y aún así consideraban que llegaban al puesto dispuestas a aprender y las tres decían que tomarían decisiones partiendo de la escucha atenta.

“Imagino que se trata de buscar soluciones desde otro lugar, ¿no te parece?”, le dije a Adela horas después, “el sector se enfrenta a cambios profundos, sobre todo en lo que se refiere a gestión de los recursos, ¿No crees que es un buen momento para dejar a un lado las incompatibilidades personales?”. Y a continuación le recordé una historia que he oído muchas veces en boca del capitán: En una de esas pírricas negociaciones con el hombre blanco un indio del continente americano recordó que no caería en regalos, chantajes o lisonjas porque “no podría ser el jefe si pretendiera hacer lo contrario de lo que mi gente quiere”, el jefe no manda sino que obedece a quienes le eligieron.

Este post va dirigido a los ojos de una mujer de la que nunca supe el nombre y a la que bauticé Adela. Tiene mi misma edad, un pelo canoso y rebelde y se le rizaba el mar en las pupilas. Le agradezco que hiciera hablar a mi corazón.

Entre los dientes de un monstruo resbaladizo

BY MARTHA ZEIN

Al fin el viento amaina y deja que el mar nos acune. El horizonte se acerca dulcemente. No soy yo quien va (estoy sentada). !Ahí llega!, ¡ahí llega la línea azul!. “Debo de andar teñida”, miro mis manos y la mesa con los restos del desayuno en busca de pruebas. Los últimos tomates ecológicos que nos trajeron del huerto de Annie, el resto del queso fresco de Raúl – uno de los voluntarios del primer turno-, las olives trencadas por Vicenç, el pan de Bego, todo conserva su propio aroma y el color que les dio la tierra, sin embargo hace horas que el futuro entra por proa, vestido de añil. Concluyo que sólo soy capaz de oler el presente, de tocar algunas huellas del pasado, que todo cuanto muerdo es aquí y ahora. Hinco el diente a una manzana, qué dulce acidez. Entre su carne se ha colado un pequeño pánico infantil: me deslizo lentamente en las fauces de un monstruo resbaladizo. Las nubes hacen de labio superior, el aire es su lengua invisible. Cómo y soy comida, qué extraña ensoñación fractal.

image¿La ballena de Jonás no tendría la lengua azul?

Atrás quedó Cala Ratjada (Mallorca), ahí delante aparecerá Ciutadella (Menorca). Navegamos por un espacio que enlaza las despedidas y los encuentros. Esta campaña hace evidente que aquello que solemos concebir como una frontera, como una puerta de salida, un borde o el umbral, es un lugar habitable. En uno de sus mares debemos de estar moviéndonos, fluyendo entre el adiós y los buenos días, besando en la boca a esta quimera resbaladiza hecha de tiempo. Si una gota de mar puede representar a todos los océanos, si un helecho es igual a cada una de sus partes, deduzco que en una escala histórica nuestro catamarán está enlazando el trágico siglo XX de los excesos con este siglo XXI que apenas está ganándose el nombre.

Anoche llegó a mi ordenador el primer poema de mi sobrina Charlotte (7 años) en el que hablaba de un monstruo capaz de hacerla reír: “He was all green and slimy / When he got into the bath” y yo me vuelvo niña. Asomada al borde de una enorme sonrisa cetácea me digo que los seres humanos viajamos en el “durante”, que navegar es habitar el tránsito, que vivir es llegar a ser el que eres, habitar el lugar que vives, llegar a amar a quienes amas, hacerte cargo de tus acciones y pensar tus propios pensamientos. Ser humano es un punto de llegada.

imageLo de arriba como lo de abajo

Observo a la timonel, que ahora es Judith. La veo envuelta en un cielo esponjoso: Azul arriba, azul abajo; el principio de correspondencia. Me detengo en los detalles que me ofrece este instante para entender la ruta de mi escritura, como si el mundo se me ofreciera a modo de texto inmenso. Para l@s narrador@s trashumantes no hay palabras “nuestras”, simplemente pertenecen al camino y de ahí las tomamos, con respeto, alegría y frugalidad. Por eso estoy aquí, espigando imágenes e ideas. Unas veces tienen forma de instantes, otras son frases usadas o ajenas o retazos de libros o ideas fugaces o humildes epifanías o restos de naufragios como el estribillo de una canción olvidada. “Así en la tierra como en el cielo”. Imagen fractal, oración marchita. ¿En cuántos relatos, trascendentes o inmanentes, aparecen enlazados tierra y cielo? Y en ese binomio, el mar ¿dónde queda?

Tiro del hilo. A bordo de este catamarán es fácil experimentar viejos asuntos, como que todo fluye y refluye, que todo asciende y desciende y se mueve rítmicamente como un péndulo y que nada está inmóvil y que, en fin, todo vibra, y que esta experiencia es compatible con preguntas como “¿Dónde estoy?” o “¿Qué estamos viviendo?”. Las respuestas, por supuesto, pueden tener forma histórica, no sólo geográfica o poética; por ejemplo, afirmar que estamos viviendo en el caos de una tiranía compacta en la que están involucradas desde las 200 multinacionales más grandes del mundo al Pentágono, una dictadura que al mismo tiempo es difusa, ubicua y materialmente localizable, capaz de destruir la vida en el planeta en el que opera.

imageConstruyendo puentes

Ha llegado a mis manos el libro “El siglo de la gran prueba”, de Jorge Riechmann. En él este poeta, filósofo y ambientalista recuerda que “el arte de la verdadera política” es el de “la política para que haya humanidad, de la política informada por la conciencia de fragilidad, la aceptación de la finitud humana y el respeto a la dignidad del otro“. En esta era de la información y el intercambio de datos, el compromiso político consiste en demostrar que de lo que digo respondo con mi persona y de lo que hago respondo con mi palabra. Palabra y obra, vasos comunicantes. Este compromiso individual y cotidiano puede ser una flecha dirigida a nuestr@s líderes pero también la base de un ideario y de una estrategia de empoderamiento colectivo. Navegar a bordo del WWFSolar es una forma de expresar estos planteamientos.

Envuelt@s en futuro, mientras muerdo el presente y recorro las costas de Baleares, cada conversación a la que asisto es un acto político, cada opinión una forma de testimonio, como sucedió la noche en la que Sergi llegó nadando al barco.

Mientras fuera caía el sol, Sergi puso encima de la mesa el concepto de “custodia del territorio” y fuimos picando de su plato en animada charla nutricia. Fue así como hablamos de corresponsabilidad, de nuevos modelos de gestión y gobernanza, de cooperación, de alcanzar el bien común…  Por lo que entendí, custodiar el territorio es un verbo que en tierra declinan propietari@s y usuari@s pero que en el mar, al no existir la propiedad privada, puede hacerlo cualquiera que se sienta implicado en el cuidado de los espacios marinos. Consiste en ir más allá del respeto individual hacia nuestro entorno, supone “trabajar en red”, desarrollar mecanismos de colaboración entre la sociedad civil, la comunidad científica, l@s trabajadores de la tierra o del mar, l@s propietari@s de las parcelas y la Administración Pública de modo que se puedan alcanzar “acuerdos voluntarios”. Cuando éstos van más allá del aspecto testimonial y tienen capacidad ejecutiva, alcanzan la categoría de “cogestión”.

imageNavegar en un texto…

Sergi sabe de lo que habla, es miembro del GOB-Menorca, director de OBSAM (Observatorio Socioambiental de Menorca) y coordinador la Xarxa de Custodia del Territori. En la reunión también está Bego, una bióloga que tras su jubilación continúa implicada de una manera activa en actividades de custodia como la que lleva a cabo la red Observadors del Mar. Desde hace unos meses forma parte de una red de casi 600 observador@s que ofrecen sus datos y fotos a la comunidad científica para que ésta pueda conocer cómo el calentamiento global, la contaminación, la sobrepesca, las invasiones de especies, etc… están amenazando el ecosistema marino. Hay proyectos de investigación que recogen información sobre especies indicadoras de fenómenos de cambios como las gorgonias o las medusas, otros buscan conocer mejor la biodiversidad en el Mediterráneo (detectando, por ejemplo, las esponjas amenazadas), cuantificar el incremento de esta problemática, concienciar a los ciudadanos a hacer un uso responsable del mar…

La experiencia de quienes van subiendo en constante cuentagotas al WWFSolar llena de matices el lema de la campaña: “Compromesos amb el mar”. Como marinera del catamarán voy metiendo en mi cuaderno de bitácora palabras fascinantes, términos que no había pronunciado antes. Extraños peces. Esta mañana he pescado un concepto que estoy deseando digerir: “esfuerzo pesquero”. En el entorno marinero se trata de una medida de intensidad de las operaciones de pesca determinada por las artes (equipo empleado para la captura), los caladeros (zonas donde se colocan las redes de pesca), el tiempo de la extracción… Nada más oírlo pregunté quién es el que hace el esfuerzo y me miraron de forma condescendiente. Está claro que no sólo soy de letras sino que soy más terrícola de lo que puedo llegar a imaginar. En el fondo de mis oídos rió el monstruo resbaladizo (“He’s a little strange / He sleeps in our bin”, me recordó anoche Charlotte).

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En la vida cotidiana de l@s terrícolas “esfuerzo” se identifica con sufrimiento gracias a una cadena de equivalencias que nos llevan a enlazar lo que el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española entiende como “Empleo enérgico de la fuerza física contra algún impulso o resistencia“ (es decir, “esfuerzo”) con el término “sacrificio”. Según la quinta acepción del citado Diccionario sacrificio es el “Peligro o trabajo graves a que se somete una persona“. Sin ninguna duda la mayoría de los seres humanos hemos experimentado sufrimientos al esforzarnos en el logro de alguna cosa, este sufrimiento es el que nos lleva a asimilar esfuerzo con sacrificio.

Pues bien, ¿Qué hace la palabra “esfuerzo” en el seno de una actividad económica? ¿Eh? ¿Dónde coloco yo ese término en mi contabilidad cotidiana? Cómo directora de una productora de documentales me costó mucho hacer encajar mi actividad artística en el término “coste” y ahora resulta que existe un rincón en el mercado en el que es posible calcular el “esfuerzo” en términos económicos. Si están dispuestos a reconocer que el esfuerzo es cuantificable y puede tener valor monetario, que alguien me diga quién hace ese esfuerzo/sufrimiento/sacrificio ¿No?

Como la risa de la ballena es cada vez más alta, decido resolver yo sola el enigma, o al menos llevarme una respuesta a la boca para que esta sensación fractal llegue a un equilibro (me comen, yo como), de modo que acudo a un glosario “formal”. Encuentro la siguiente definición en el diccionario de ecotropía : “El esfuerzo pesquero QUE EJERCE UN BARCO puede definirse como el producto de su tiempo de pesca y su capacidad pesquera, entendiendo ésta como el potencial de la embarcación para capturar peces”. !Eureka! Si el esfuerzo lo ejerce un barco (en términos de sufrimiento el verbo sería “inflinge”) se supone que lo hace sobre alguien o algo, es decir, que en esta relación el barco es la parte activa mientras que la pasiva es el entorno marino. Salto de la silla. ¡Menudo hallazgo! No puedo dejar de brincar. !El impacto de nuestra actividad pesquera ha logrado no ser expulsada de la contabilidad nacional e internacional! ¡Lo que hoy llamamos huella ecológica se enlaza con una palabra resiliente!, !es importante!, !importante!.

Mi tesoro no parece excitar demasiado a mi alrededor y sin embargo a mí me asalta un aluvión de ideas. El hecho de que en el mar no exista propiedad privada quizá haya permitido que la Historia de la humanidad no haya cerrado la puerta a la fragilidad de esta parte de la naturaleza y a nuestra dependencia de él. Uhm, ganarse la vida en negociación constante con el mar, el viento, el sol… me parece cada vez más subyugante.

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La semana pasada, apostada en el bar del muelle de Cala Ratjada (Mallorca), vi regresar del mar a arrastreros y barcas de artes menores. Les observé intermitentemente, en tierra cuando el viento de Levante nos permitía abandonar el catamarán con confianza y en cubierta cuando el mar demandaba atención. L@s expert@s del WWF organizaban el primer taller participativo de la campaña con la cofradía de pescadores de la localidad. El dueño de la taberna, Gaspar, me contaba que si en el año 2008 el Ministerio de Medio Ambiente y el Govern balear crearon la Reserva Marina de Interés Pesquero de Cala Ratjada fue por iniciativa de la Cofradía de Pescadores y que ha sido su capacidad de decisión lo que ha permitido la apertura de una pequeña lonja en el puerto. La lonja ha permitido que el mundo se haga un poco más coherente. Apenas hace tres meses que la población del lugar accede por vez primera en su historia a un pescado fresco que hasta ahora siempre veían pasar de largo, pues iba del mar a la lonja de Palma, con el consabido incremento de precio. Mientras, en el otro lado del puerto, apenas a 500 metros de nuestro amarre, el barullo de los turistas incrementaba con cada gol de Alemania en el Mundial de fútbol.

En invierno el municipio está habitado por 11.000 personas, una cifra que alcanza las 40.000 durante los meses de verano, la mayoría jóvenes alemanes que llegan a la localidad de la mano de touroperadores que les prometen fiestas de alcohol y sexo a precios ridículos. La cifra me la dio el propio alcalde, Rafael Fernández, cuando se subió al catamarán acompañado de algun@s miembr@s de su equipo de gobierno. Nada más oírle recordé que es la misma proporción que soporta Formentera y que hace insostenible su modelo económico, deja seca a la isla, multiplica hasta un doloroso absurdo el tráfico de botellas de agua y de alimento, encarece la gestión de residuos y convierte en un acto minoritario cualquier movilización local que defienda la sostenibilidad de su entorno. Cualquier decisión pública se ve distorsionada por esta avalancha de personas que esquilman a su paso todo lo que encuentran: cultura, medio ambiente, economía… Nuestra cadena trófica se desequilibra con este modelo turístico, en Cala Ratjada y en Formentera por goleada de 1/4.

“Nuestras economías son predominantemente economías de servicios, si nos atenemos a la asignación de fuerza de trabajo. Pero dependen, no menos que hace un milenio, de una producción adecuada de alimentos” explica Vaclav Smil, científico checo/canadiense y analista político en “Alimentar al mundo -un reto del siglo XXI” y yo no puedo evitar recordar esa palabra resiliente, “esfuerzo” (pesquero) y sentir que el mar es una fuente de recursos y alimentos.

Llueve. Ayer nos pilló paseando por la costa y hoy en el WWFSolar. Encontramos refugio en un búnker abandonado. Ví caer la lluvia por un ventanuco, entre las piedras se colaba un hilillo de agua y pensé “Llueve en el vientre de la ballena”. Aquí, ahora, se deshace el cielo sobre el tejado solar (arriba agua, abajo también) y yo me imagino navegandoentre los dientes de una extraña ballena.